Devenir madres

Devenir madres
23 octubre, 2017 por Redacción La tinta

Hartas de escuchar la idealización que recae sobre la maternidad, escribimos estas líneas de un tirón. Nadie ES madre, se deviene madre. Renunciamos a la esencia que quieren depositar en nuestros cuerpos deseantes de libertad. No discutimos si hijos sí o hijos no: cada cual, con su vida, lo que le venga en ganas. Pero proponemos nunca dejar de interrogarnos sobre lo que encierra la maternidad en nuestra sociedad occidental y cristiana, en un sistema heteronormado que tiene como base a la familia, institución preparada para la creación y reproducción de los esclavos modernos, y como mecanismo de control social.

Por Redacción La tinta

La maternidad es en este sistema un tema de esos incuestionables, también para parte del feminismo europeo, blanco y de clase dominante, que hoy hegemoniza ciertos discursos. Así las cosas, es posible medir, como dijo Leonor Silvestri en alguna entrevista, “la fuerza coercitiva de un axioma por su incapacidad de recibir o albergar objeciones, y la maternidad es una de esas cosas que no se pueden objetar, y cuando una lo intenta, virulentamente es criticada o arrasada”.

Las maternidades de carne y hueso, las que se viven en nuestros territorios, escapan por complejidad e incomodidad a los ideales en los que quieren encerrarnos, y que se transforma en la vara desde la cual se mide nuestro valor como personas gestantes. Parafraseando a Atahualpa podríamos decir que para quien mira sin ver, una madre es madre no más. El desafío es mirar un poco más allá de cada historia, y si las opresiones se repiten, desconfiemos, siempre desconfiemos.

Postales de devenires

“La libertad empieza por el vientre”
(Simone de Beauvoir)

Mi madre pisaba los 30 cuando yo nací. La abuela me contó que la noche que comenzaron las contracciones mi padre se fue a una reunión política. Ella, que sabía que faltaba muy poco para el parto, corrió tras él y en la vereda le reprochó la ausencia. “Ahí vengo, no creo que en un par de horas ya nazca”, dice que le respondió. Dentro de la casa mi madre se preparaba el bolso para irse al hospital. Cuando me practiqué un aborto mi padre me contó lo que mi madre callaba, tal vez por culpa, tal vez por dolor: ella abortó cuatro años antes de mi nacimiento. Una vez se lo pregunté a mi madre, me dijo que lo hizo por mi abuelo, porque él no le perdonaría tener un hijo antes de casarse. Supe también en ese momento que mi abuela abortó porque ya había tenido un embarazo que puso en peligro su vida, y que mi tía abuela abortó porque su marido le pegaba.

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La mona cocina
con leche y harina,
prepara la sopa
y tiende la ropa.

Su marido mono
se sienta en el trono.
Sus hijas monitas
en cuatro sillitas.
¡Ay, no te rías
de sus monerías!
(María Elena Walsh, La Monta Jacinta)

A Rosa la conocí por su marido, José, que construyó el salón comunitario del barrio. Él se bebía toda la plata de la semana y ella recibía la descarga de las frustraciones en su cuerpo. Ella coordina el comedor comunitario de su barrio. Tiene cinco hijos. A la más chica la criaron desde pequeña, porque su madre la abandonó en su casa. “Tenemelá un ratito que ahí vuelvo”. Cuando regresó, un año y medio después, ya se habían encariñado. Rosa no la juzga, me explica que es jovencita, adicta a la pasta base, violentada por sus parejas, que se crió sola. Si tuvo a la nena, me cuenta, es porque pensó que por tener un hijo iba a tener algo. Rosa se ocupa de sus hijos, de sus nietos y de los y las niñas que comen en el salón. Además es trabajadora doméstica en una casa de familia, y cuida de los niños de su patrona.

3

“Me acuerdo que cuando se estrenó la película La Madre, de Máximo Gorki, fue en un cinematógrafo aristocrático de esta ciudad. Los palcos desbordaban de gente elegante y superflua. La cinta interesaba, sobre to­das las cosas, por ser del más grande cuentista ruso, aunque la tesis… la tesis no debía ser vista con agrado por esa gente.
Pero cuando en el film se vio, de pronto, un escuadrón de cosacos precipitarse sobre la madre que, en medio de una calle de Moscú, avanza con la bandera roja, súbitamente la gente prorrumpió en un grito:
-¡Bárbaros! ¡Es la madre!
Era la madre del revolucionario ruso”.
(Roberto Arlt, “La madre en la vida y en la novela”, Aguafuertes Porteñas)

Luisa vive en el conurbano bonaerense. Una foto recorrió el país en los últimos días: ella de pie en una habitación de niña, rodeada de peluches, con una remera con el rostro de su hija. Mariela tenía 14 años cuando desapareció en el año 2002 de la puerta de su casa. A los dos días, sin haberla encontrado, la causa se archivó. Luisa la buscó por todos lados, poniendo el cuerpo cada vez, sumida en una desesperación que se hizo cotidiana. La semana pasada descubrieron que la habían enterrado como NN a pocas cuadras de su casa, tras fallecer en un accidente de tren. Luisa dijo abatida: «La policía me decía que quizás se fue con un noviecito». Luisa es pobre y es mujer, igual que su hija.

4

“Me acuerdo
cuando nació mi hija.

Yo era un solo dolor miedoso,
esperando ver salir de entre mis piernas
un sueño de nueve meses
con cara y sexo”
(Gioconda Belli, Parto)

Lucía es militante LGTTBQ desde hace algunos años. Después de despotricar contra la familia como dispositivo de control social, y escribir largos panfletos sobre el amor libre y la maternidad como sujeción, un día simplemente tuvo ganas de tener una hija. Trabaja como docente de literatura en un secundario, y su compañera se gana la vida en la cocina de un hotel. Entre mates me dice que sabe que es contradictorio, pero que está en el plano de los deseos. Sabe que está reproduciendo los deseos heteronormales: familia, reproducción, pareja monógama, etc. Sigue creyendo que es importante construir maternidades subversivas, y ese camino emprende, dialogando con sus pulsiones.

Estas historias no pueden más que interrogarnos. He aquí las madres de carne y hueso. Las que se hartan de sus hijos y no pueden ni decirlo, las que abortan porque ya tienen hijos y no quieren volver a pasar por esa experiencia, las que reniegan de que las hijas y los hijos sean una cuestión de mujeres, pero si se apartan un poquito de lo que debiera ser una madre, el resto de las mujeres la condena.

¿Imaginan a mi madre pariendo en una reunión política? ¿Imaginan a una Rosa reclamando una paga por criar? ¿Imaginan una madre del barrio más rico de su ciudad descubriendo que la búsqueda de su hija era absurda porque a nadie le importó? ¿Cuántos panfletos escribiremos sin complejizar, sin mirar, sin entender lo que se siente? ¿Cuántos moldes de madres prefabricados existen?
¡Salú por todas!

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Foto: Colectivo Manifiesto

*Por Redacción La tinta / Fotos: Colectivo Manifiesto.

Palabras claves: feminismo, Maternidad

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