Antofagasta de la Sierra: un viaje a la ruina del extractivismo del litio

Antofagasta de la Sierra: un viaje a la ruina del extractivismo del litio
2 diciembre, 2019 por Redacción La tinta

Por Asamblea PUCARÁ para La tinta

I- Sangre negra, tierra sacrificada

Sí, la imagen vale más que mil palabras, pero difícilmente las imágenes de esta crónica se puedan acercar al retrato del dolor que se ve y se sufre en Antofagasta de la Sierra. Tierra negra y muerta: ése es el resultado de los años de explotación de la empresa Minera del Altiplano (ahora Livent) en el Salar del Hombre Muerto. Un salar que ante todo es vida, pura vida.

Al recorrer las cuestas que lo circundan, los cerros nevados que lo enmarcan, los ríos que lo alimentan, las vicuñas, llamas, parinas, perdices y truchas que habitan la zona, sentimos el pulso de la vida, la vitalidad del planeta. En esas tierras de volcanes y aguas fósiles se siente el nacimiento del mundo, el origen de algo que trasciende el tiempo del hombre. Como contraste a esa vitalidad, a ese sentimiento imponente, lo único que hay de Muerte en el Salar, es lo que anuncia su nombre: el Hombre. El nombre encierra toda la potencia de la estupidez humana. Una codicia inexplicable, fuera de toda comprensión. Vegas muertas, ríos muertos, basurales de tóxicos, eso es el paisaje construido por el extractivismo del litio en lo más profundo de la puna catamarqueña.


Pero a la insensibilidad de empresarios y gobernantes neoliberales la muerte de la naturaleza les es indiferente, y el trato inhumano a los habitantes del lugar tampoco les quita el sueño. Por eso, porque el precio del litio crece al calor del capitalismo arrasador la empresa Livent, junto a las recién instaladas Galaxy Lithium SA y Minera Santa Rita SRL, presentaron un pedido para trazar un acueducto de 32 kilómetros con el que pretenden sacar unos 650.000 litros de agua por hora. El resultado de tamaño ecocidio es inimaginable.


Pero nada, hasta el momento, está definido: desde agosto el pueblo de Antofagasta se niega al proyecto. Luego de un corte de ruta y de la brutal represión a una familia del lugar por oponerse al tránsito de los camiones mineros por sus tierras de pastoreo, todas las miradas se dirigen a la villa cordillerana. Meses atrás, desde la Asamblea Pucará empezamos a reunirnos con vecinos y vecinas de esos pagos para coordinar acciones legales y territoriales.

Con ese objetivo viajamos el pasado fin de semana con un equipo integrado por una compañera especialista en gestión ambiental, una abogada integrante de la Defensoría del Pueblo, una compañera integrante de organismos de DDHH y un compañero comunicador. Con los cuerpos todavía emocionados, intentamos compartirles algo de lo que fue ese viaje, de lo que es la realidad que se vive en los territorios donde el extractivismo despliega su capacidad de destrucción y su voracidad contra la Pacha.

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II- Las plazas son del pueblo

Luego de viajar todo el viernes por la noche y el sábado por la mañana para recorrer las casi 9 horas que separan la ciudad de San Fernando de la Villa de Antofagasta de la Sierra, llegamos al mediodía a la casa de Aníbal y Patricia con el tiempo justo para almorzar antes de iniciar la actividad principal de ese sábado en la plaza del pueblo.

Aníbal y Patricia viven juntos hace más de 20 años en Antofagasta. Él, nacido y criado en esas tierras. Ella eligió este lugar para construir junto a su compañero su familia y su vida.

Ambos son docentes y fueron de los primeros vecinos en alertarse de los efectos que estaba teniendo el desarrollo de las empresas mineras del litio. “Poco a poco empezamos a notar algunos cambios en el caudal del río y las vegas”. Eso fue allá por 2015. En su casa, hoy Aníbal nos muestra las fotos de los casi 11 kilómetros del río Trapiche totalmente seco, muerto. Fotos que tomaron entre el dolor y el asombro. Nadie pensaba que era tanta la destrucción, nos comentan los dos. A nosotros nos lo habían contado muchas veces por teléfono y en audios. Verlo sería otra cosa: estar ahí, parados sobre el polvo seco y las matas muertas fue sentir una pequeña partecita de nuestros cuerpos secándose también.

Para la jornada de ese sábado en la plaza, Patricia había pasado el anuncio en la radio del pueblo y había conversado con lxs vecinxs, preparado carteles, mesas y mates. Nosotros llevábamos pinturas, un gran lienzo para convertir en bandera, folletos y nuestra información más urgente: el Informe de Impacto Ambiental convertido en una serie de afiches para colgar en la plaza.

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La jornada fue muy buena. Durante las casi 4 horas que estuvimos en la plaza junto a los vecinos y vecinas se fueron acercando, preguntando y compartiendo pareceres y sentires. Como en casi todos los territorios afectados por el extractivismo, nadie es indiferente ni desconoce lo que pasa. Todos tienen algo para contar en relación a la violencia y los problemas con el agua. “Acá todos sabemos lo que pasa” fue una frase muy repetida. La contrapartida, también la conocemos: “Hay mucho miedo”, “el intendente se mete y separa a la gente”.

En muchos pueblos del interior del NOA la dependencia económica del Estado es una constante. A través de subsidios, “becas” y del empleo público los intendentes controlan y amenazan una por una a las personas. Nada escapa de su órbita y su paternalismo violento y amedrentador. Sin embargo, el atropello (expresión que los vecinos pronuncian con bronca y hartazgo) empieza a tener un límite. La represión que sufrió la familia Morales fue una de las gotas que empezó a rebalsar el vaso y llenar la plaza. Alfredo y Elizabeth Morales fueron de los primeros en agarrar el pincel y empezar con la bandera.

La tarde cerró ya entrada la noche, compartiendo café y tortillas con dulce de membrillo en la casa de la familia Morales. Entre consultas legales, inquietudes sobre el accionar de la empresa y el Gobierno, fuimos reconstruyendo y reviviendo la represión sufrida por la familia hace unas semanas atrás. Pero lejos de quedarnos estancados en la angustia y el dolor, la lucha y la alegría surgen como las consignas de estos días. En ningún momento Alfredo bajaba la guardia de su sonrisa. Sólo cambiaba la expresión para alguna pregunta puntual sobre los abogados o el Intendente. Luego, siempre alegre, repitiendo una y otra vez que la brutalidad de la Policía, el atropello de la empresa, la complicidad y el silencio de los políticos no lograron más que fortalecer a su familia. “Somos el ejemplo de lo que hace la minera con todos acá, pero eso vamos a hacer todo lo posible para despertar al pueblo entero, para que la gente se anime a contar”.

Con mucho cansancio, pero también con sensaciones muy buenas, nos fuimos a dormir a la espera del día difícil: el camino al centro del extractivismo sacrificial.

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(Vista aérea del Río Trapiche, tomada en Agosto de 2019 por vecinos de Antofagasta)

III- “Ustedes son los usurpadores, ustedes me tienen que pedir permiso”

Como habíamos acordado, a las 8 en punto Román Guitian estaba en la puerta esperándonos. Román es el cacique de la Comunidad Indígena de Atacameños del Altiplano. Nació y se crió a orillas del Salar, conoce los caminos, los cerros, sus historias y el padecimiento de vivir atravesado por la empresa. Nadie mejor que él para adentrarnos en esas tierras.

Un recorrido de dos horas por la naturaleza más esplendorosa que se pueda imaginar nos llevó desde la Villa de Antofagasta hacia el Salar del Hombre Muerto. Hacia el final el camino avanza por una serie de lomas, subidas y bajadas, desde las cuales se empieza a ver a lo lejos el edificio de la empresa Livent, y un poco más allá, la majestuosidad del Salar.

Pero antes, algo entorpece la vista. Uno de nosotros se paró arriba de la camioneta buscando una panorámica. Al bajar con la cámara en mano, cruzamos dos palabras que inundaron el aire de angustia:

–¿Qué es esta franja negra que hay que cruzar Román?

–Eso es el Trapiche.


Acercarse al Salar es un proceso doloroso para el espíritu. Por un lado, la destrucción del río. Del otro, la destrucción de la familia Condori. Expulsados de su casa natal, una casa de adobe pegada a unos peñascos que frenan el viento y ofrecen un poco de sombra, a la vera de un antiguo flujo convertido en dique y ahora seco. La familia Condori fue reubicada en una casa de block y techo de chapa, sin ninguna protección alrededor, sobre una loma y a la intemperie del áspero viento de la puna. Mezcla de inhumanidad e ignorancia, la empresa maltrata a la familia desde hace más de 27 años. Por eso no fue fácil iniciar el diálogo. Incluso estar acompañados de Román, a quien reconocen como cacique, no logró romper una cierta barrera de desconfianza. Una sensación de hartazgo y dolor con toda “esta gente” que viene de afuera.


La conversación con el cacique nos fue acercando, y poco a poco comprendíamos más profundamente su situación. Sin embargo, fue la propia minera quien nos facilitó el encuentro. Desde que asomamos al Salar, una camioneta de la empresa empezó a seguirnos. Al rato de llegar a la casa de la familia Condori, la camioneta de la empresa estaba estacionada atrás nuestro. Ahí Román se plantó y en un breve intercambio dejó en claro que no tenía nada que hacer ahí, mientras nuestras cámaras y teléfonos incomodaban notablemente al empleado de seguridad que había. Ese fue el momento donde Camilo y Nicolás, miembros de la familia Condori, empezaron a mirarnos distinto. Unos minutos más tarde, después de echar a la camioneta de la empresa, Camilo Condori nos dijo con gusto que podíamos entrevistarlo y llevar su testimonio a toda la provincia. Sus palabras son fuertes y claras para el que sabe escuchar: “Antes todo era verde y teníamos muchos animales, ahora está todo muerto”.

IV- Salvar el Río los Patos

Subimos la bicicleta de Camilo a la camioneta para dirigirnos a su casa, que se encuentra a unos dos kilómetros de la de su madre. La distancia que separa al cauce del extinto río Trapiche de la costa del Salar. Un trayecto que Camilo pedaleó durante años, y que ahora debe hacerlo desviándose un kilómetro hacia el Este porque entre medio de su casa y la de su madre se encuentra la pista de aterrizaje que construyó Livent. Esa pista, esa marca sobre la tierra, ese alambrado impuesto, es un tajo de dolor sobre el que Camilo vuelve una y otra vez.

Las camionetas mineras nos frenaron dos veces para que no ingresemos al predio. Ambas veces, con la fortaleza del que sabe que no se arrodillará nunca más, Guitian les dejó muy en claro lo que siempre supimos y ahora tendrán que enfrentar: “Ustedes son los usurpadores, ustedes me tienen que pedir permiso a mí”.

Con la sigilosa escolta de las camionetas mineras almorzamos a orillas del Salar, compartiendo vivencias, chistes y anécdotas. Pero sintiendo como un murmullo constante que nunca deja de retumbar por el cuerpo, que en esa media hora de almuerzo, algunos metros más abajo del suelo que pisamos, unos 130.000 litros de agua dulce de las napas del suelo se convertían en vapor en los piletones de la empresa a nuestras espaldas.

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(El agua que vuelve al salar. Con alta concentración de salmuera y químicos utilizados por la empresa)

En el camino hacia el Río los Patos nos detuvimos primero en la casa de Adrián, y luego en el hogar de Román. Ambas se encuentran exactamente por donde la empresa realizó el trazado del acueducto. Tal como el informe presentado por la empresa lo explicita, la casa de Adrián está clasificada como zona de “impacto medio”, y la casa de Román como “impacto alto”. Ensimismados por nuestro asombro ante la hermosura del lugar, de la vega que hay al pie de la casa de Román, una laguna con parinas y llamas a la vera, todo a la vista del salar, una compañera exclamó su bronca contra ese eufemismo de “impacto alto”. En ese momento, sentados en la camioneta, Román cambió la cara, se dio vuelta y le pregunto: “¿Cómo es eso del impacto alto, que yo estoy en el informe ése?”. Como pudimos le explicamos que sí, que su terreno, su nombre y apellido están en ese informe, que su vega natal tendría un “impacto alto” de realizarse el acueducto. No es que Román no supiese lo que se viene, pero ese momento, ese instante fue algo distinto. Bajó la cabeza y se quedó en silencio.

Ya en plena tarde recorrimos el Río los Patos y registramos los pozos que la empresa construyó para la extracción de agua. Descansamos y conversamos sentados a la orilla del río, mientras Román nos contaba anécdotas de cuando pescaba ahí de chico. Pasamos algún tiempo en silencio, cada uno procesando sus emociones como podía. Tratando de entender en qué momento la Humanidad se degeneró tanto como para no percibir, no sentir, no comprender la necesidad de conservar esos santuarios naturales donde nacen nuestras mismas condiciones de existencia.

A la vuelta recorrimos nuevamente los alrededores de la empresa, y pudimos registrar el avance de las obras y el acopio de materiales, a pesar de que el intendente local, Julio Taritolay, le afirmó a los medios y a los vecinos que la obra estaba frenada hasta no tener el consentimiento del pueblo en una audiencia pública, tal como la ley lo ordena (audiencia que obviamente, nunca se hizo).

La mayor parte de las dos horas de vuelta a la Villa las hicimos en silencio. Teníamos el cansancio del viaje, del sol que no aflojó en todo el día, y de los más de 4.000 metros de altura por donde anduvimos. Pero ese cansancio se mezclaba con otro más profundo, más violento. El agotamiento milenario por un capítulo más de despojo territorial, de violencia colonial, de saqueo y muerte, que se suma a la memoria de nuestros pueblos. A nuestras espaldas quedaba el paso de la destrucción. El Trapiche completamente seco, muerto. 11 kilómetros de un cauce seco, tierra muerta, de sangre negra. Esa es la razón por la cual Livent necesita realizar el acueducto hacia el Río los Patos. Esa imagen, esa tierra negra, esas palabras con las que Camilo nos contó que ya no hay más animales, que ya no hay más vega, que ya no hay más vida, ese amor con el que Román nos señaló cada una de las vegas y los ríos todavía vivos, es la más potente razón para decir No al acueducto los Patos, y actualizar aquel viejo lema a los nuevos tiempos que atraviesa toda la región sudamericana: El agua vale más que el litio.

*Por Asamblea PUCARÁ para La tinta.

Palabras claves: Catamarca, Litio, megaminería

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