Leyes de la economía popular

Leyes de la economía popular
26 septiembre, 2019 por Redacción La tinta

Los movimientos sociales siguen protagonizando jornadas de lucha urgentes y necesarias en el actual contexto de crisis. La extensión de la ley de Emergencia Alimentaria y la aprobación de una ley de Agricultura Familiar para Córdoba son avances que hablan de realidades donde el alimento es el núcleo de combate. Proponemos pensar esas leyes como herramientas concretas en un largo camino emancipatorio protagonizado por mujeres.

Por Redacción La tinta

La arena en la que se pelea por leyes en el estado moderno juega con los códigos del patriarcado, del colonialismo y del capital. Ninguna de las llamadas “conquistas” escapan a ese monstruo de tres cabezas. Sin embargo, el fino ojo estratégico en momentos de crisis profunda y de guerra abierta y no convencional, obliga a las organizaciones sociales a avanzar en el terreno legal, garantizando un piso de acuerdos sobre los cuales trabajar, intentando revertir la urgente y desesperante realidad de millones de personas. Los movimientos sociales han demostrado tener la capacidad de intervenir y disputar en asuntos públicos, a la par de construir un sinfín de experiencias organizativas en las comunidades.

Estos espacios están integrados principalmente por mujeres de sectores populares, por esto la mayoría de las demandas se orientan a transformar las condiciones de vida de este sector, atravesado por múltiples violencias: mujeres pobres, muchas migrantes y con fuerte componente juvenil. ¿Qué nos dicen estas leyes del camino de construcción encarado por y para mujeres?

El salario social complementario (SSC) fue ganado por los movimientos sociales en diciembre de 2016. El gobierno de Macri reconoció, aprobando la ley de Emergencia Social, que los y las trabajadoras de la economía popular, aún trabajando ocho horas diarias, no llegarían al 50% del salario mínimo, vital y móvil. Laburantes de unidades productivas desarrolladas en el marco de organizaciones, movimientos sociales y grupos diversos, recibieron el salario social complementario.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

Resultó interesante el impacto que produjo en los trabajos que se asocian a las tareas de cuidado, pero en el ámbito comunitario: comedores, copas de leche, apoyos escolares, guarderías, talleres culturales y deportivos, acompañamiento a personas en situación de violencia, y un largo etcétera. Un servicio comunitario sin valor de mercado, realizado en abrumadora mayoría por mujeres.

El salario significó entonces el reconocimiento de un trabajo invisibilizado, realizado desde siempre por los sectores populares en la lucha por la supervivencia, que implica necesariamente las tramas comunales. Recibir una remuneración por la tarea de cuidados, reconocida como un trabajo de la economía popular, desafió el confinamiento que supuso en sociedades occidentales el trabajo de reproducción. Sin escapar a las complejidades, esta nueva realidad abrió preguntas interesantes: ¿qué significa que estos espacios sean pensados como unidades productivas? ¿supone una nueva forma de organización familiar? ¿desarma las jerarquías del patriarcado del salario? ¿politiza las tareas reproductivas? ¿genera nuevas subjetividades en las mujeres trabajadoras?

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En octubre de 2018 el senado aprobó la ley de Integración Socio-urbana, herramienta construida desde las organizaciones sociales para lograr un real acceso a la tierra y la vivienda. Surgida a partir del esfuerzo de más de diez mil personas que se dedicaron a relevar los más de 4.416 barrios populares identificados en el ReNaBaP (Registro Nacional de Barrios Populares), los puntos centrales de la ley son cruciales en el avance de políticas serias contra la violencia de géneros y el mejoramiento de la calidad de vida de miles de mujeres y niñes.

Se posibilitó que la vivienda esté a nombre de las mujeres, el avance en servicios indispensables para el desarrollo de una vida digna, en la seguridad de los espacios barriales habitados por 4 millones de personas. Es una necesidad urgente que los entornos barriales sean espacios donde se pueda circular y habitar de manera libre y cuidada. Por ejemplo, la iluminación, los mejores caminos y el adecuado transporte urbano de pasajeras hubieran evitado algunos de los femicidios y violaciones que lloramos estos años.

En las grandes ciudades la resistencia por el territorio no significa solamente defender la casa de la familia nuclear, como nos quisieron hacer creer con programas de erradicación y relocalización de villas. Un desalojo significa también el desarme de cierta vida y fuerza comunal, de lazos de supervivencia que van elaborando sistemas solidarios, y estrategias de resistencia.

Además, en las urbes, salir de la violencia también es cuidarse entre vecines, es colectivizar las tareas de cuidado como forma de minimizar costos, es defenderse de la pobreza, de la violencia estatal y de la violencia ejercida por los hombres. Lo comunitario en las ciudades no sólo no ha desaparecido, sino que se recrea constantemente.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

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En las últimas semanas, tras reclamos, acampes y movilizaciones, las trabajadoras de la economía popular lograron la extensión de la ley de Emergencia Alimentaria hasta 2022, y la aprobación de la Ley Provincial N° 28.981 de “Desarrollo Integral de la Agricultura Familiar Campesina e Indígena de Córdoba”.

Por unanimidad, los senadores nacionales decidieron extender la Emergencia Alimentaria y aumentar hasta el 50% los fondos destinados a programas de alimentación y nutrición, actualizando los montos trimestralmente, tomando como referencia el Índice de Precios del Consumidor y la Canasta Básica Alimentaria establecida por el INDEC. En los sectores empobrecidos de Argentina, la inseguridad alimentaria es moneda corriente, profundizada fuertemente por el gobierno macrista y sus políticas de hambre, dejando un país con niveles de falta de comida severos que alcanzan el 17,4% y déficit de nutrientes alimentarios que llegan hasta el 44%. Es un ataque al núcleo del cuidado y la reproducción de la vida, afectando fuertemente a mujeres y niñes.

“¿Cómo podemos salir de la pobreza si ni siquiera tenemos un pedazo de tierra para sembrar?”, decía una mujer hace unas semanas en una asamblea de los movimientos sociales. Pensar en el hambre en las ciudades, sin un correlato en lo agrario es una mentira del sistema: olvidar la relación del alimento con la tierra.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

La urbanización masiva, la pérdida de la dimensión de la tierra como medio básico de reproducción, la tecnología y la mentira individualista liberal, produjo una pérdida profunda de memoria sobre la importancia radical de la tierra y la comunidad. Tierra que, al menos en principio, es generadora básica de nuestro alimento, indispensable para nuestra existencia. Comunidad que cuida, sostenedora de los vínculos necesarios para una reproducción de la vida.

La indiferencia de les habitantes de las urbes sobre la tierra y la comunidad comenzó un proceso de resquebrajamiento. El arrase del territorio y el hambre, se conjugan en memorias que reaparecen. La lucha de los movimientos sociales en toda nuestramérica, la ruralización creciente de la vida, incluso urbana, con tomas de tierras, huertas comunitarias, y creativos etcéteras, ayudaron a poner en foco la importancia de la tierra y los bienes comunes.

El objetivo principal de la ley agraria es la promoción del desarrollo rural y el fomento de las actividades familiares agropecuarias diversificadas que impulsen modelos productivos sostenibles, para favorecer el arraigo rural, el agregado de valor en origen y la seguridad agroalimentaria.


“La tierra es la base material esencial para el trabajo de subsistencia de las mujeres, que a su vez es la principal fuente de seguridad alimentaria de millones de personas en todo el mundo”, dice Silvia Federicci, haciéndose eco de las feministas de nuestro Abya Yala y del África, que entienden del tema desde sus propias experiencias, tradiciones y formas de autogobierno. Pensar una agricultura de subsistencia y un uso no mercantilizado de los recursos, entendiéndolos como bienes comunes, es una mirada primordialmente feminista.


Los movimientos sociales, con sus avances y retrocesos, con sus construcciones y deconstrucciones, con sus dificultades y desafíos, son parte de la semilla de un nuevo presente. Que es de lucha, pero principalmente es de construcción de un mundo nuevo.

Las leyes aprobadas al calor de su lucha apuntan al mejoramiento de la calidad de vida aquí y ahora, cristalizando disputas de sentido. Mostrando además, cómo las mujeres vamos resignificando el mundo que nos rodea haciéndolo un lugar más digno y justo.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

*Por Redacción La tinta / Imágenes: Colectivo Manifiesto.

Palabras claves: Emergencia alimentaria, Emergencia Social, feminismo, movimientos sociales, tierra y vivienda

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Un femicidio no es un espectáculo

Un femicidio no es un espectáculo
27 marzo, 2025 por Jazmín Iphar

Néstor Aguilar Soto era el único imputado en la causa por el femicidio de Catalina Gutiérrez y fue condenado a prisión perpetua. En el juicio, había declarado: “Soy un homicida, pero quiero defenderme y no soy un femicida”, y mostró detalles del momento y cómo cometió el asesinato. Esa escena, que ocurrió en la sala donde se desarrollaba el proceso legal, fue replicada por muchos medios locales como Telefé, Canal 12, La Voz, entre otros. ¿Por qué se piensa que es útil la información difundida? En 24 horas, ocurrieron dos femicidios en Córdoba, uno en Río Ceballos y otro en La Granja.

Por Verónika Ferrucci y Jazmín Iphar para La tinta

#ColegasNoSon

El pasado 19 de marzo, culminó el juicio por el femicidio de Catalina Gutiérrez, ocurrido el 17 de julio de 2024, donde el único imputado era Néstor Aguilar Soto, quien fue condenado a prisión perpetua por las autoridades de la Cámara en lo Correccional y Criminal de 11º Nominación de Córdoba, luego de un juicio con jurado popular. La cobertura mediática que vimos fue, al menos, irresponsable.

En la 6° audiencia del juicio, la abogada defensora de Soto, Ángela Burgos, sostuvo la estrategia judicial para que se cambie la carátula y el acusado no sea juzgado por un caso de violencia de género, ya que consideraba que eran “descabellados” esos términos, e insistió en que debía ser sentenciado por «homicidio simple». Ante los jurados populares, el acusado declaró: “Soy un homicida, pero quiero defenderme y no soy un femicida”. Y, durante la audiencia, mostró la mecánica que utilizó para matar a quien era su compañera de facultad, usando a su abogada de víctima en la simulación.

Desde la Organización Feministas en Derecho, que congrega a estudiantes y abogadas de la Facultad de Derecho de la UNC, repudiaron la actuación de la abogada Burgos por incumplimiento de deberes éticos. «Ilustrar gráficamente un femicidio no solo revictimiza a la víctima y a la familia, sino que implica una falta al Código de Ética de los abogados y abogadas en Córdoba. Tal como lo establece el art. 21 de la Ley provincial 5805 del Ejercicio de la Profesión de Abogado: ‘Los abogados son pasibles de algunas de las sanciones establecidas en esta Ley (…) por cualquiera de las siguientes faltas: Inc. 15) Excederse en las necesidades de la defensa formulando juicios o términos ofensivos a la dignidad del colega adversario o que importen violencia impropia o vejación inútil a la parte contraria, magistrados y funcionarios’”. 

Carlos Hairabedián, abogado querellante, había solicitado que se vuelva a incluir el agravante de alevosía en la causa, retornando a la carátula inicial. La fiscalía modificó la carátula del caso y sumó la agravante de criminis causa. Finalmente, la condena contempló como agravantes femicidio y criminis causa. 

¿Por qué se puso en juego la figura del término femicidio?

A tono con la época, la abogada trabajó durante todo el proceso legal para que no sea juzgado por femicidio e hizo su parte en los medios que amplificaron su voz, donde tuvo un protagonismo central. En muchos casos, sin repreguntas, aun cuando se expresaba con gritos y discusiones con quienes les hacían preguntas. Fueron pocos los casos de quienes cuestionaron el posicionamiento de la abogada, entre esos, las panelistas del programa «Mujeres Argentinas» de Canal 13, cuando Burgos dijo que “la víctima podría haber sido un hombre» y que «si sos mujer y matás, te van a juzgar como se les dé la gana”. Ante la contraargumentación, terminó abandonando la entrevista. 

En estos momentos, donde es necesario volver a aclarar no solo los marcos normativos vigentes para los casos de femicidios, también se debe insistir sobre los términos del concepto. Como aclararon las Feministas en Derecho, tomando una cita de Mariana Villarreal: “El femicidio es un término político. Es una denuncia a una sociedad patriarcal que sostiene el ejercicio de violencias como modo para controlar que las mujeres se comporten conforme a los mandatos de género, donde la razón detrás de su muerte es la de asegurar lo que se espera de ellas”.

El scroll por los portales web y redes sociales de noticias locales y nacionales estuvo lleno de las fotos donde Soto muestra la maniobra con que mató a Catalina, junto a titulares que hablan de “relato escalofriante” o “el minuto a minuto del crimen”. Canal 12, La Voz, Telefé: ¿por qué piensan que es útil difundir esa información? ¿En serio nos van a poner a debatir cosas que creíamos saldadas desde 2015?

Este año, se cumple una década del Ni Una Menos y, en enero de 2025, tuvimos 1 femicidio cada 26 horas, según relevó el Observatorio «Ahora que sí nos ven». Mientras tanto, los grandes medios cordobeses parecen ignorar los marcos legales nacionales e internacionales, protocolos de acción, guías de trabajo periodístico, capacitaciones en perspectiva de género y los años de debate e investigaciones que indican con claridad cómo realizar coberturas éticamente responsables y con perspectiva de género. 

Desde el Colectivo Ni Una Menos, detallaron: «Ilustrar gráficamente un femicidio, con un enfoque sensacionalista, más que una cobertura, se parece a una manual de información para posibles agresores. Además, cuando se detallan maniobras, métodos y circunstancias de un femicidio, se revictimiza a la víctima y a su familia. Este tipo de coberturas deshumaniza a la víctima, reduciéndola a un mero objeto de morbo, perpetuando la cultura de la violencia en la que los agresores pueden encontrar justificaciones en la narrativa que se les ofrece”. 

Relatar desde la perspectiva del femicida habilita la justificación del actuar: “Catalina me pegó una cachetada y me agarró del cuello, y ahí se me apagó la tele, arrancó el Néstor loco”. 


Ya lo ha dicho Rita Segato en los comienzos de sus investigaciones y desarrollos teóricos: «Los femicidios se repiten porque se muestran como un espectáculo. La curiosidad morbosa llama a la gente a curiosear. Cuando se informa, se informa para atraer espectadores, por lo tanto, se produce un espectáculo del crimen y, ahí, ese crimen se va a promover. Aunque al agresor se lo muestre como un monstruo, es un monstruo potente y, para muchos hombres, la posición de mostrar potencia es una meta. Entonces, el monstruo potente es éticamente criticado, es inmoral, pero, a pesar de eso, es mostrado como un protagonista de una historia y un protagonista potente de una historia. Y eso es convocante para algunos hombres, por eso, se repite».


La mediatización y espectacularización, el enfoque policial, el relato constante y detallado de cómo se mata a una mujer se transforma en un espectáculo. Lamentablemente, no es novedad la forma en que muchos medios locales abordan los contenidos de las violencias de género en un contexto donde los femicidios y las denuncias por violencias en los hogares aumentan, y la política del Gobierno nacional ha sido el desmantelamiento de las políticas de prevención y asistencia como parte de la batalla cultural contra feministas y diversidades, frente a un nuevo discurso negacionista y odiante propulsado por el presidente Javier Milei.


*Si fuiste víctima de violencia de género, en Córdoba, podés comunicarte con el Polo de la Mujer al 0800-888-9898 las 24 horas del día, todos los días del año. También podés enviar un mensaje de WhatsApp al 3518141400. O acercarte y hacer la denuncia en la Unidad Judicial de Violencia Familiar, ubicada en la calle Entre Ríos n.° 680.

*Por Verónika Ferrucci y Jazmín Iphar para La tinta / Imagen de portada: La tinta.

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Palabras claves: Catalina Gutiérrez, Femicidio, Néstor Aguilar Soto

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