Diálogos feministas desde Córdoba: Nati Di Marco

Diálogos feministas desde Córdoba: Nati Di Marco

Entre el desconcierto, la preocupación y la urgente resistencia, conversamos con compañeras que hace décadas luchan por los sueños colectivos. Esta vez, entrevistamos a Natalia Di Marco, docente y feminista anticapitalista, integrante de distintos espacios feministas de Córdoba. Su vida y el activismo, la militancia hoy y los desafíos que trae la ultraderecha en el gobierno.

Referente indiscutible de los feminismos cordobeses, Nati integra la Asamblea Ni Una Menos Córdoba, la Red de Docente por el Derecho al Aborto en la Campaña Nacional, Feministas del Abya Yala en Pañuelos en Rebeldía y, más recientemente, el Movimiento Federal x Más ESI. «Es difícil pensar una presentación si no es en lo colectivo, porque una es con otras y otres”, empieza.

—¿Cómo te acercaste al feminismo?

—En los 90, militaba en una izquierda que se reconocía guevarista y planteaba la solidaridad latinoamericana desde una perspectiva de clase, anticapitalista. Entre finales de los 90 y los 2000, empiezo, como otras, a identificar ciertas cuestiones que tenían que ver con las dinámicas internas de las organizaciones: la división de roles claramente marcada por el sexismo, decisiones que tomaban algunas personas y no participábamos otras.

Además, empezamos a ver límites en la lectura de la realidad, de coyuntura y también estructurales, que tenían que ver con recuperar solo la categoría de clase. Nos parecía que, excluyendo otras características de las personas, teníamos una mirada reducida. No era una cuestión especulativa de exactitud teórica; esas categorías, además de herramientas de análisis, son herramientas para pensar estrategias de transformación. A nuestro socialismo le faltaba feminismo. Hoy, también diría que le faltaba antirracismo, anticapacitismo… Empezamos a plantear esas discusiones.

Después, vino el 2000/2001, que algunos autores reconocen que tuvo raíces también en las formas de organización y las dinámicas de los entonces Encuentros Nacionales de Mujeres, porque ahí ya teníamos un ejercicio de un movimiento autónomo y asambleario que buscaba consensos, y fueron herramientas vitales en el proceso asambleario y de organización del 2001, que criticó las estructuras y empezó a pensar de otra forma la idea del poder y de la participación política. Ahí surgieron muchas organizaciones pequeñas en distintos lugares del país que se reivindicaban desde un feminismo anticapitalista, autónomo, crítico en relación a los feminismos más institucionalistas y onegeístas que emergían.

Nosotras nos organizamos como mujeres feministas anticapitalistas, articulando al interior del Movimiento de Mujeres Córdoba, que nos encontró a quienes andábamos pululando en esas épocas en torno a las luchas feministas y de las mujeres. Después, devino en las Histéricas, las Mufas y las Otras.

Entre el 2000 y el 2003, empieza a generarse una articulación entre esas pequeñas colectivas feministas, que nos conocimos en la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, y que terminamos generando Feministas Inconvenientes con La Caldera, el espacio de género de Pañuelos en Rebeldía.

Pensamos una articulación que se reivindicaba en un feminismo de clase, que se posicionaba en el campo popular y que reconocía su origen en las rebeliones del 2001, con una perspectiva latinoamericana.

Después, hablábamos del Abya Yala y, después, fuimos consolidando la idea de lo plurinacional y lo internacionalista, recuperando la profunda raíz de las luchas de clases y, al mismo tiempo, recuperando de nuestras compañeras y compañeres indígenas la noción de plurinacionalidad, reconociendo esa diversidad al interior de los movimientos.

Empezamos con los espacios de Feminismos en Resistencia, planteando que estos feminismos no reconocerían las fronteras impuestas y que nos reconocíamos hermanadas y hermanades en todo el Abya Yala y el Kurdistán, y también Palestina si hace falta, para romper en nuestras lógicas de construcción política con esas fronteras impuestas por el colonialismo, el patriarcado y el capital. Eso en relación a las organizaciones.

Pero, además, yo vivía desde el año 1998 en una cooperativa en Villa Bustos, de la Unión de Organizaciones de Base por los Derechos Sociales, que nucleaba a muchos barrios y villas en la lucha por la vivienda. Una de las cuestiones que más me impactó fue acompañar en ese momento una situación de violencia muy brutal de una amiga y vecina que vino a golpearme la puerta para decirme que tenía miedo de que su pareja la matara a ella o a sus hijos. Fue empezar a buscar qué hacer.

Hoy, tenemos una cantidad de recursos que, por supuesto, son insuficientes, pero accesibles, un montón de redes construidas. En ese momento, primero, fue darme cuenta que no tenía ningún registro de lo que estaba pasando, no tenía ni los nombres ni los conceptos, ni la posibilidad de verlo, y después, cuando empezamos a buscar, tampoco había dónde recurrir. Tomé conciencia de que nos faltaba tener los lentes para ver esto. Después, mi vecina se fue a otra provincia y, con el tiempo, me enteré de que lo había llamado a él para que vuelva con ella.

Eso también fue un aprendizaje: entender que el patriarcado está tan arraigado en nuestras vidas que desarmarnos, desvestirnos, sacarnos ese ropaje es un trabajo que lleva generaciones, que no tiene que ver sólo con habilitar las condiciones materiales, sino con una transformación cultural y con esos sostenes y redes que son las que nos permiten, en ciertas circunstancias, tomar las decisiones, pero después sostenerlas.

Ese es uno de los grandes desafíos que tenemos: pienso en situaciones que, ante el emergente, podemos acudir como redes feministas, pero que, sin embargo, la vida y las opresiones continúan, y entonces hay un límite que es un aprendizaje y un desafío.

—¿Podrías identificar hitos de la lucha feminista en Córdoba?

—Para mí, un momento fundante fue el lanzamiento de la Campaña por el Aborto Legal, el 28 de mayo del 2005. Estuvimos tan manijas acá que hubo medios que entendieron que el lanzamiento era en Córdoba. La construcción de una herramienta con la amplitud que tenía la Campaña tuvo un profundo efecto en términos pedagógicos y políticos, porque hay una dimensión pedagógica en las luchas sociales y feministas. La “escuela” de los Encuentros (Plurinacionales de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries) habilitó formas de funcionamiento, de construcción política y de construcción de consenso que se cristalizaron en la Campaña, reconociendo que las organizaciones, las estrategias y los lenguajes son diversos. La Campaña, no sin contradicciones, no sin diferentes momentos a lo largo de su historia, tuvo la capacidad de legitimar un montón de militancias históricas en torno al derecho al aborto y entender que ninguna era prescindible.

Otro momento que para mí es un orgullo y un hecho muy especial fue la presentación del libro Mujeres desde el Cordobazo hasta nuestros días, en 2006. Fue una construcción del Movimiento de Mujeres Córdoba que hizo esa lectura de pensar un feminismo desde los territorios, desde los barrios, desde las compañeras trabajadoras, visibilizando eso que estábamos diciendo que se invisibilizaba en nuestras organizaciones. Hicimos ese trabajo hacia atrás con las propias compañeras, viendo dónde estuvieron en toda su vida militante anterior y posterior al Cordobazo, recuperando su relato histórico. Fue autogestionado entre compañeras que no teníamos la dinámica de editar, escribir, hacer entrevistas, todo de manera colaborativa con la presencia y la guía de Marta Sagadín, que fue vital para los feminismos cordobeses y el Movimiento de Mujeres.

En 2007, el Encuentro en Córdoba fue muy importante. En cada ciudad donde se hace, necesariamente transforma el escenario. Después, en 2010, cuando se debate la Ley de Matrimonio Igualitario, ya militaba Maite (Amaya) con nosotras. Tuvimos posiciones bastante polémicas porque teníamos una mirada crítica sobre la jerarquización de la agenda de los movimientos de las diversidades y disidencias, sobre por qué había sido eso la prioridad y no, por ejemplo, lo que fue después la Ley de Identidad de Género. También había cuestiones críticas en torno al matrimonio como institución. Hoy, me parece algo imprescindible y una lucha absolutamente necesaria, y, al mismo tiempo, estuvo bueno que tuvieran lugares esas otras voces críticas dentro del movimiento.

El 2018 fue un año importante. Constituimos la Red Docente por el Derecho al Aborto en Córdoba. Quienes trabajamos en las aulas y en las escuelas asistimos a un año de un laboratorio de debate intensivo, aunque mi mejor escuela de argumentación fue la mesita que pusimos como campaña durante años, todos los jueves, frente a la Legislatura para juntar firmas. Ahí te pasabas horas debatiendo. En ese momento, nos decían que no se podía salir a hablar de aborto a la calle porque nos iban a atacar, incluso desde algunos feminismos, pero nunca nos pasó.

Como las Histéricas, las Mufas y las Otras, planteamos que el primer espacio político y de militancia era la calle, para llevar los debates feministas al barrio, a la plaza, al mercado, a los hospitales. En esta distinción entre lo público de lo privado, parecía que nuestras reivindicaciones eran propias del ámbito privado y hubo un ejercicio de politizar lo personal, construir que esas categorías son políticas. La Campaña pudo ver que no solamente la lucha se ganaba en el Congreso entre parlamentarios haciendo lobby, que era necesario, sino que también había que trabajar por una despenalización social y acompañarnos concretamente, porque para muchas, el feminismo fue una estrategia de supervivencia.

—¿Qué cambios ves en las luchas que damos los feminismos desde la masificación del movimiento?

—En la primera marcha Ni Una Menos, marchó Mestre con el cartel y Tinelli se sacaba fotos, gente responsable de todas estas violencias. Nos preguntábamos qué había pasado con nuestras consignas. Fuimos entendiendo que lo hacían porque era inevitable, porque habíamos logrado que nadie pudiera mirar para otro lado frente a la violencia machista y los femicidios. No era que habían perdido potencia nuestras luchas, sino que habíamos logrado extenderlas. El desafío era cómo hacer que, en esa masificación, nuestros feminismos sigan siendo revolucionarios, que tengan potencia transformadora, vitalidad, capacidad de subversión y de cuestionamiento.

Durante muchos años, militamos cotidianamente en diferentes espacios sin que eso fuera visible para las categorías de lo político, para los grandes nombres de lo político: las ollas del 2000 y el 2001, los acompañamientos para los abortos, las redes en los barrios para sobrevivir la violencia… ese activismo cotidiano y esa discusión en todos los espacios era militancia y era político, pero claro, no era para la estructura, la organización, el programa. Cuando estuvieron dadas las condiciones, explotó y salió, pero no fue generación espontánea, fueron décadas, también anteriores a nosotras, de militancia. Si no se pudo ver es porque las estructuras y categorías revolucionarias no incluían esas prácticas, esas dimensiones y, por eso, también quedaron sin herramientas a la hora de pensarlas.

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Imagen: Mica Di Marco

El feminismo es una construcción política que no es sólo intelectual, es dialéctica: llegás porque lo entendés, pero también lo entendés porque lo vivís y es ahí donde vamos transformando la realidad y la forma en la que entendemos la realidad. Todavía discuto con compañeros, sobre todo varones, a los que les cuesta y te dicen: «Pero el capitalismo sigue». Y sí, está bien, pero la vida se nos transformó a nosotras y nosotres que hoy tenemos otra condiciones materiales de existencia y otras posibilidades de vida, de sobrevida y de felicidad que no teníamos.

—Participás desde la creación de la Asamblea Ni Una Menos en 2015, ¿qué balance hacés de ese espacio?

—La Asamblea, de alguna manera, vino a suplir lo que fue el Movimiento de Mujeres Córdoba, como la idea de un espacio político asambleario, desde el feminismo, abierto a cualquier persona que tenga alguna necesidad. Es un espacio de una enorme generosidad, que puede albergar y comprometerse en las luchas que lleguen. Eso, para mí, es algo terriblemente valioso y que no lo tiene otro espacio en Córdoba. No es un espacio sencillo, es diverso y también ha sido golpeado brutalmente por la pandemia y por los procesos electorales, pero creo que es un espacio que vale la pena alimentar, aunque sean necesarias otras herramientas más amplias. También fue un espacio pedagógico, por la multiplicidad de voces y experiencias que confluimos, porque nos enseña otras formas de vivir, de relacionarnos, de construir política.

—El Movimiento Federal x Más ESI surge en un contexto de discursos conservadores que cuestionan la existencia de la ESI. ¿Por qué creés que es tan importante esta disputa para el gobierno actual?

La paradoja de estos supuestos libertarios es que a lo que más le temen es a la libertad. La ESI tiene que ver con la libertad, con empezar a pensar en una sexualidad y una vida que empieza a desarmar mandatos, autoritarismos, límites y lo que se propone es habilitar otras formas de vivir los cuerpos, la sexualidad, la subjetividad y de proyectar que descansa en una idea mucho más libre, sin que limite ese ejercicio la institución de la familia o de las iglesias. Implica que esas pibas, pibes y pibis puedan abrirse a otras posibilidades que su realidad cotidiana no hace posible. Le temen a la posibilidad de pensar que hay otras formas de existencia, que además se posicionan contra el individualismo, contra el sálvese quien pueda, que no piensan identidades de manera individual, sino colectiva siempre. ¿Qué más subversivo para estas lógicas que aquellas que proponen los feminismos y lo hacemos desde la ESI en las escuelas?

Además, a nivel regional, existe un movimiento profundamente conservador y fundamentalista que viene haciendo de la ESI un blanco de ataque. “Con mis hijos no te metas” surge en Perú y se ha ido multiplicando en un montón de territorios. Los liberalismos económicos más radicales siempre van de la mano de los conservadurismos morales y los fundamentalismos más brutales. Creo que a veces ellos lo entienden incluso más que nosotras: la lucha por la libertad de nuestro territorio cuerpo va de la mano de los territorios tierra y de la mano de las comunidades y de nuestros colectivos. La ESI le pone nombre a todo eso, por eso molesta y desafía a una de las instituciones más autoritarias que todavía persiste: la familia, donde todavía hay violencia física, adultocentrismo y vínculos que siguen reproduciendo formas autoritarias sin que se lo cuestione. La ESI identifica esa situación, empodera, da herramientas porque les reconoce como sujetos de derecho que no son propiedad de los adultos, para pensar desde sus propios deseos, sueños, vínculos.

—¿Qué pasó con el movimiento feminista en estos últimos años y qué desafíos tiene en este contexto?

—Primero, creo que no logramos escapar al enorme daño infringido por el aislamiento de la pandemia y por un discurso del sálvese cada une, enciérrese, olvídese de esas redes tejidas en los territorios. Muchos feminismos populares territoriales intentamos dar el debate y reconocer que no había forma de supervivencia individual, sino que había que encontrar maneras de sostener esas redes, aún en pandemia.

Marce (Expósito) nos enseñó y sostuvo eso, incluso en eso se le fue la vida. Fue una de las que dio los debates en la Asamblea Ni Una Menos para que salgamos a la calle a exigir que buscaran a Cecilia Basaldúa aunque hubiera pandemia y nos empujó a todas y todes a sostener, con los cuidados que sabíamos que había que tener, porque a muchas y muches en el aislamiento se nos iba la vida de un montón de otras formas. Hubo una reconfiguración de la militancia social y política, atacada duramente desde el gobierno y desde muchos espacios afines que caracterizaron las luchas callejeras que se sostuvieron como irresponsables. Creo que lo que lo último que podemos hacer siempre es abandonar esas redes cotidianas y ese lugar de resistencia y lucha que ya aprendimos que es, además de en todas partes, en las calles.

Sin embargo, esos debates y las profundas diferencias debilitaron los espacios y generaron rupturas al interior de los feminismos. Espero que la situación actual haga ver que es necesaria la unidad de los feminismos ante las amenazas sobre nuestras reivindicaciones y sobre los territorios, sobre nuestra supervivencia y nuestra vida cotidiana, sobre el hambre en los barrios. Hoy, necesitamos nuevas herramientas. Nuestras construcciones políticas tienen tiempos y deben responder a las realidades que vivimos.

Ojalá seamos capaces de pensar un espacio de los feminismos que pueda albergar una enorme lucha que resista a lo que se viene y que pueda conceptualizarla en términos lo suficientemente amplios para entender la realidad desde el lugar de que nunca nos vamos a salvar solas, que nos sostienen las redes y que podamos volver a revitalizar esa premisa de que todas las luchas son legítimas y necesarias, y que no debemos jerarquizarlas ni postergarlas.

Hoy, los feminismos estamos golpeados, pero, al mismo tiempo, creo que se abre una etapa que va a ser un desafío. También hay que capitalizar los aprendizajes de las experiencias de resistencia feminista a las dictaduras en Honduras, Bolivia, Perú y el proceso en Brasil. No partimos siempre de cero, están esas experiencias previas y tienen que nutrir lo que vayamos pudiendo pensar para adelante. No estamos hoy como estábamos en el 2001, hay que confiar en la experiencia de nuestros pueblos, de cómo hemos encontrado las maneras y cómo esos aprendizajes están en nosotras más allá de los olvidos o de que haya que volver a reavivar un montón de cosas que pensábamos que estaban garantizadas.

Hoy tenemos esa construcción, hoy nos tenemos, “nadie suelta a nadie”, como decían las brasileras, y eso también es un aprendizaje y una construcción profundamente política, y es algo que nos puede sostener para seguir dando esas batallas que, mientras haya capitalismo y patriarcado, seguirán siendo necesarias. Lo primero que vamos a tener que hacer es reavivar la esperanza, porque no se lucha sin esperanza, se lucha porque creemos que es posible transformar la vida.

*Por Anabella Antonelli y Nadya Scherbovsky para La tinta / Imagen de portada: Mica Di Marco.

Palabras claves: feminismo, Feminismo popular, Géneros y Diversidad

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