Roberto “Tato” Iglesias: “La educación popular trabaja con los de abajo para los de abajo”

Roberto “Tato” Iglesias: “La educación popular trabaja con los de abajo para los de abajo”
30 septiembre, 2020 por Redacción La tinta

El profesor Roberto «Tato” Iglesias es mucho más que un referente, su increíble gira por el interior manejando “el Quirquincho” de la Universidad Trashumante -junto a educadores y artistas locales- lo convirtió en una leyenda viva de la cultura popular. En esta primera parte de una entrevista exclusiva, nos cuenta qué es la educación popular y cómo nació la red de escuelas trashumantes de las cenizas de la devastación neoliberal de los años noventa.

Por Gabriel Marco y Laura Igarza para Poesía para las masas finas

—¿Qué es la “educación popular”?

—Yo creo que, desde siempre, hubo educación popular en el mundo, sobre todo, en América Latina. Lo que pasa es que la colonización ha hecho que tengamos que leer a los autores europeos y no podamos leer a los autores nuestros que son casi todos desconocidos. Nosotros mismos somos desconocidos, o sea, somos conocidos en ciertos niveles, pero somos negados por la academia, en general, somos negados por la academia y por el mundo del poder.

Entonces, la educación popular tiene gran apoyo e influencia acá en América Latina con Paulo Freire, vos sabés muy bien eso, yo tuve la suerte de trabajar con él allá en Sao Paulo unos siete meses y después poder traerlo acá a San Luis, que fue una cosa extraordinaria, había más de tres mil personas en un club de básquet que ya no entraba más gente. Y fue un impulso muy fuerte para nosotros.

Desde la perspectiva de la educación popular, nosotros decimos que al mundo podemos dividirlo de varias formas, sociológicamente hablando: burgueses y proletarios, opresores y oprimidos, ricos y pobres, y ahora nosotros hemos adoptado un poco el lenguaje zapatista que es más claro: “los de abajo” y “los de arriba”. Entonces, la educación popular es una educación que trabaja con los de abajo para los de abajo.

Esto lo aclaro porque hay muchos educadores populares que son de escritorio. Se sientan en un escritorio, contratan gente, hacen trabajos, escriben… y yo creo que el educador popular tiene que estar en contacto con la gente permanentemente para poder aprender y para poder enseñar y trabajar juntos, ¿no?  Es más, en estos días, empiezo a escribir un artículo sobre ese tema porque me interesa mucho la “academia de los de abajo”.

Vos sabés muy bien que en “el abajo” hay un montón enorme de saberes que son riquísimos, que son certeros, y no solo en medicina, sino en todas las partes de la vida y eso está absolutamente negado y provoca risa entre “los científicos” entre comillas, los saberes populares.

La educación popular tiene tres ejes fundamentales: lo ideológico, lo político y lo metodológico.

Lo ideológico es el “desde dónde” vos mirás el mundo, desde el abajo o desde el arriba. Y eso es clave. Que la gente que está en el medio, ahí en la clase media, cuesta muchísimo que deje ese progresismo de papel para irse abajo a conversar con la gente.

Lo político es con quién te juntás. Que hoy es el problema, ¿no es cierto? Porque la educación popular tiene que ser autónoma, del gobierno, de los poderes establecidos, autónoma de la iglesia, de los partidos políticos, de todo. No podés tener un pie en el abajo y un pie adentro del gobierno. No te digo que uno no se pueda conectar con los gobiernos para resolver problemas, estoy diciendo no estar adentro. No ser parte de los que gobiernan. Esa es la autonomía. Uno tiene que relacionarse con el Estado por muchas cosas siempre, pero una cosa es relacionarse y exigir, y otra cosa es estar dentro. Que es precisamente lo que está pasando ahora.

Y lo más difícil es lo metodológico. Lo metodológico es “el cómo”.

El cómo es muy, muy difícil de implementar porque tenés que practicar, tenés que hacer la práctica. ¿Por qué esto de ponernos en ronda, qué es el escuchar, qué es el aprender saberes de los demás, qué se pregunta, cómo se pregunta…?

Esto es lo que yo más o menos entiendo por educación popular.

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Foto: Colectivo Manifiesto

—¿Qué es y cómo nació el proyecto de la Universidad Trashumante?

—La Universidad Trashumante es un proyecto que nace en San Luis después de muchos años de trabajo. Nosotros tuvimos un grupo que trabajó desde el año 83 acá en los barrios de San Luis, barrios Rawson, barrio Sargento Cabral, toda esa zona y muchos barrios más. Y después ya empezó a actuar Rodríguez Sáa y empezó a pelear a la gente con la cual nosotros trabajábamos, y tuvimos que irnos de los barrios por un tiempo y nos fuimos a trabajar con maestros. Ahí fue cuando fui a Villa Rumipal, Calamuchita, yo giraba por todo el sur de Córdoba, Neuquén, parte de Santa Fe…

Todos los fines de semana, iba a dar talleres de educación popular, se llamaba “Reflexión de la práctica docente”, y la pregunta era: ¿Qué problemas ven ustedes en su propia práctica?

Y de ahí fuimos haciendo una investigación que se llamó “Hacia la construcción de una escuela democrática”, que después publiqué yo en uno de los libros que hice.

Entonces, después de toda esa trayectoria, hicimos un taller nada más que con artistas ahí cerca de Villa Carlos Paz, una experiencia extraordinaria, y de allí empezamos a ligar el arte con la educación popular.  ¿Por qué? Nosotros esto lo estábamos buscando desde el año 82, pero no sabíamos cómo hacerlo.

Ahí yo pude empezar a ver bailar a la gente de los sectores populares, no solamente a ustedes (*se refiere al taller de danzas “Daniel” de Villa del Dique, Córdoba), sino también bien a los de abajo, ¿no cierto? Había un tipo, me acuerdo, en un salón,  que a la noche agarraba la guitarra, hacía así y había 300 personas bailando, yo quedé totalmente fascinado, y vos sabés con la forma que ustedes bailan, totalmente libres, era una cosa extraordinaria verlos.

Entonces, me empecé a entusiasmar. Después lo conozco al Raly Barrionuevo, conozco a los Coplanacu, en un curso que organizaba Cecilia iglesias y Caro Savino en Río Cuarto, estoy hablando del año 97. Entonces, ahí empezamos a trabajar más firme. Ahí hicimos el clic de que nosotros también teníamos que ser artistas. De que nosotros también teníamos que bailar, que actuar… Ahí rompimos con lo puramente intelectual y empezamos a trabajar con la cabeza, con el corazón, con el cuerpo… Y se empezaron a dar en el medio de los talleres educativos talleres de danza, de teatro, de arte, de juegos, de lo que sea, ¿no? Bueno, en todo eso, salió la universidad trashumante. Hicimos un proyecto en la universidad donde ya había entrado mucho la posmodernidad, a la gente ya no le importaba nada, no le interesaba nada…

Nos fuimos con “El quirquincho”, un Dodge 70 que giró en el año 98. Empezamos por la provincia de Córdoba, que pasamos por ahí por Villa del dique, inolvidable para mí ese taller, después fuimos al norte de Santa Fe, después fuimos a Misiones, después fuimos a Jujuy, Santiago del Estero, estuvimos en Frías, de ahí pasamos a Catamarca, San Rafael, Mendoza, Neuquén, La Pampa y Provincia de Buenos Aires. Salimos de acá de San Luis el 11 de marzo y volvimos el 22 de diciembre me parece, una cosa así, una locura, ¿viste? La verdad que nunca pinché una rueda, no sabía nada de mecánica yo. Bueno, la cuestión que, por suerte, la cosa salió bien.

Y siempre íbamos: yo, que manejaba y hacía el taller, una persona que registraba y una persona que hacía danza o arte (teatro o lo que sea.) Me quedé sin bailarines allá cerca de La Pampa porque no tenía la plata, ¿viste? Así que los talleres de danza los daba yo. ¡No sabés lo que era eso, imagínate! (risas) ¿Te acordás del Pato Mulhall? Gran bailarín el Pato. Yo di un taller de danza en un lugar y de ahí nos fuimos al cierre, y ahí estuvo el Pato y cuando vio bailar a la gente que yo le había enseñado, me dijo: ¡¡¡Sos un hdp!!!  -¡Yo no sé bailar!- (risas)

Hicimos Neuquén, Río Negro, después nos fuimos a Viedma, de Viedma nos fuimos a Chubut, ahí estuvimos en tres ciudades: Rawson, Trelew, etcétera; después nos fuimos a Comodoro Rivadavia, de ahí nos fuimos a Caleta Olivia, de ahí nos fuimos a la ciudad de Rio Gallegos, de ahí cruzamos por Chile hasta Tierra del Fuego, hicimos el Río Grande, Ushuaia, y volvimos de vuelta a Comodoro y fuimos ahí, por las sierras volvimos, Bariloche y -cómo se llama el pueblo este de los hippies?- El Bolsón, anduvimos por Andacollo, y de ahí volvimos a Neuquén y fue una fiesta popular inolvidable. Había venido Teresa Parodi, estaba el Raly, estaba el Chiqui (La Rosa)… murgas de Mendoza, fue una cosa extraordinaria, estuvimos dos días ahí discutiendo y bailando.

Entonces, nos pasó lo que les pasó a ustedes, en muchas ciudades se fueron formando grupos que se hicieron trashumantes, Y bueno, lo que hacíamos ahí era mucho hacer formación en educación popular, y después hacíamos una reunión anual. Y ahí empezamos a trabajar y fuimos evolucionando, después hubo gente que se fue por problemas ideológicos, hoy participa mucho en organizaciones que están en contacto con el gobierno  (si quieren, después les hablo más de esto que es muy largo…).

Y hoy lo más importante que estamos haciendo es que… ¡seguimos saliendo! A fines del año pasado, me fui a un pueblo del norte de Neuquén, Buta Ranquil, y de ahí me llevaron en auto a unas sierras imposibles de manejar, montañas, llegamos casi a la cordillera, de un pueblo en que había… no sé, ¿2000 habitantes? No hay bares, no hay confiterías, no hay cines, no hay nada, la gente vive ahí, heroico, ¿viste? Y después nos fuimos a Chubut también, con la Mariana Iglesias y Peter de la universidad trashumante.

Y hoy, lo otro que es más importante es la Escuelita Trashumante. Es el hallazgo más grande educativo porque nosotros siempre empezamos a observar que todos los movimientos sociales de todo el país: campesinos, piqueteros, etcétera, siempre estaban coordinados por gente de clase media, y nosotros también, la Trashumante igual. Entonces, dijimos: no, algo acá no camina. Entonces, empezamos a pensar un proyecto, hasta que se nos ocurrió la idea de hacer una escuela de formación de maestros, de educadores populares provenientes de sectores populares. Y empezamos a trabajar directamente con la gente de los barrios. Bueno, eso es una maravilla. Si algún día pueden venir a alguna escuelita… Hacemos con cada grupo, que son como 40 y 50 personas de todos los barrios, de muchos barrios de Córdoba, pero también de Santa fe, de Rosario, de Buenos Aires…

Hacemos tres días y hablamos de ideología, después hacemos otro encuentro y hablamos de política, y otros tres días hablamos de metodología, y después inventamos otro cuarto encuentro para hablar sobre lo actitudinal porque siempre hay puterío entre nosotros, ¿viste?  ¡Somos expertos, somos campeones mundiales en eso! (risas) Qué es la amorosidad, cómo respetarnos, cómo escucharnos, cómo saber dialogar, etcétera,  hablamos todo lo actitudinal.

Y bueno, ya hay gente que anduvo en El Quirquincho dando talleres, formada ahí en La Escuelita. Y hoy en día, tenemos gente con una formación que nos llama la atención a nosotros, cómo escribe, cómo habla, ¡es impresionante!

Ahora, se paró un poco por la cuestión esta del COVID-19.

Y la autogestión la hacemos a través de la Peña Trashumante, espero que hayan ido a bailar, son dos al año. Yo fui dos veces nada más, la primera y cuando cumplimos veinte años, que tuve que hacer un discurso, una charla, y canté ahí, canté con el Raly y con Fandermole, cantamos los tres, ¿viste? Y fue muy emocionante. Fue muy emocionante después, cuando cantaron el Raly, Fandermole y Peteco (Carabajal) la Oración del Remanso. Fue una locura, se te ponía la piel de gallina. Había tres mil quinientas personas.

*Por Gabriel Marco y Laura Igarza para Poesía para las masas finas / Imagen de portada: A/D.

Palabras claves: cultura popular, educación popular, Universidad Trashumante

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El «milagro» de Davos: zarandeos, glitter y cruces

El «milagro» de Davos: zarandeos, glitter y cruces
7 febrero, 2025 por Redacción La tinta

¿Pueden la fe y el folclore transformarse en espacios de resistencia, visibilización y lucha para las diversidades y disidencias sexuales frente a los discursos de odio que circulan y son legitimados por el presidente y sus políticas de Estado?

Por Lucas Leal para La tinta

A Lucía Riba, la primera teóloga feminista que conocí y que, sin saberlo, me hizo pensarme como creyente desde mi propia sexualidad. (2008)

A Susy Shock, la primera trava que conocí cantando zambas y coplas, y a la que escuché decir, por primera vez, que debíamos reapropiarnos de nuestro folclore y resignificarlo. (2010)

Para quienes crecimos en el interior, guitarra y rosario en mano desde pequeños, el folclore y la religión, con sus respectivos guiones, configuraron nuestras subjetividades, cuerpos y deseos, puesto que ―a diferencia de las grandes ciudades― la parroquia o el taller de folclore son los “únicos” espacios de socialización. Nací en un barrio de San Miguel de Tucumán, en una cultura en la que la religiosidad popular con sus misas, procesiones y devociones lo impregnaban todo. Durante toda mi adolescencia, participé activamente de un grupo juvenil en la capilla del barrio. Lo mismo podría decir del folclore, dado que, a los 8 años, aprendí a tocar la guitarra y, tiempo después, a bailar zambas y chacareras. Tardé mucho tiempo en comprender que estas dimensiones no se oponían a mi sexualidad porque ambas sostienen el binarismo y la heterosexualidad obligatoria como única forma válida y legítima de existencia. La Iglesia, por un lado, con sus discursos, doctrinas, rituales, y el folclore, por otro, con sus letras y figuras para la danza, actúan de modo performativo en una repetición que nos hizo/hace creer y pensar que nuestras vidas no valen por no “ajustarse” a esa “norma”. Mensajes tales como que la seducción y el deseo sólo son legítimos entre el varón y la mujer; que el único modelo de familia es heterosexual; que hay roles y modos de comportarse socialmente, y debemos cumplir con ellos por ser varones o mujeres se instalan en nuestras subjetividades desde estos dos dispositivos.

Para sorpresa de muches, sin embargo, algo “milagroso” suscitó el discurso en contra del colectivo LGBTIQ+, los feminismos y la perspectiva de género, entre otras cosas, que Javier Milei pronunció en Davos. ¿Pueden la fe y el folclore transformarse en espacios de resistencia, visibilización y lucha para las diversidades y disidencias sexuales frente a los discursos de odio que circulan y son legitimados por el presidente y sus políticas de Estado? ¿Es posible que estos dispositivos “tradicionales”, que en algún momento invisibilizan nuestras identidades, ahora, resignificados, acompañen la defensa de los derechos que hemos conseguido y que hoy pretenden quitarnos en esta llamada “batalla cultural”?

¡Y se va la primera!

El tradicional Festival de Cosquín 2025, que consuma el ideal del imaginario del folclore consagrando cantores y cantoras, se transformó, en su edición número 65, en un espacio de resistencia, lucha y visibilización de las diversidades y disidencias sexogenéricas.

Cabe mencionar, en primer lugar, la Luna disidente que, por tercer año consecutivo, se llevó a cabo en el conocido “Patio de la Pirincha”. Este espacio autogestivo y colectivo es el patio de una casa (¡el patio de quien conocemos como la Piri!) que fue transformándose, desde el año 2001 a esta parte, en un espacio de referencia para artistes y promotores de la cultura en el que se impulsan proyectos, talleres y espectáculos varios durante todo el año. La Luna disidente nace en 2023 por iniciativa de la Piri, Maxi Ibañez, escritor y poeta, y La Ferni, cantora trans no binaria. Esta noche arcoíris convoca artistes locales y de distintos puntos del país donde, desde el folclore, se celebra y se resiste. 

Algo totalmente “disruptivo” fue lo que aconteció, en esta edición, en el escenario mayor Atahualpa Yupanqui en la plaza Próspero Molina. En la segunda noche, la cantora cordobesa, Paola Bernal, abrió su presentación con una emotiva interpretación de la Canción de cuna para niñxs diversxs, de la artista travesti, Susy Shock. Esta canción aparece en una de sus frases, una plegaria por un mundo más digno y más justo para las infancias.

Días después, en la cuarta luna, la quenista iruyense, Micaela Chauque, dedicó una chacarera a las mujeres y las diversidades. En el escenario, irrumpió el conocido gauche disidente, Legon Queen, quien, junto a la bailarina trans, Valeria Ortega, entre redondas, zapateos y zarandeos, dieron un claro mensaje de resistencia con su mera presencia. El cierre de Micaela fue una verdadera fiesta multicolor con un enganchado de carnavalitos y las banderas del colectivo LGBTIQ+ flameando como signo de reconocimiento y visibilidad frente al odio y la invisibilización. 

La sexta luna contó con dos momentos significativos. Por un lado, la cantante Luciana Jury cerró su presentación con la canción “Las ramas”, de su propia autoría, mientras bailaba una pareja de mujeres y citó a Susy Shock al concluir la misma, con la conocida frase: “Buena vida y poca vergüenza”.  Minutos después, Micaela Vita, cantante del grupo Duratierra, hizo un llamado a reivindicar la memoria en nuestra patria y, entre los nombres de artistes y personas significativas, ante la ovación del público, dijo: “Esta es la patria de Diana Sacayán… de Susy Shock”. Acto seguido, junto al músico trans, Valen Bonetto, interpretaron la chacarera “La del Pueblo” que, entre otras cosas, dice: “Marica, ¿qué hay de la espina que te han clavao en el pecho? Tus alas de mariposa surcando un mundo deshecho; Marica, para cantar, que no se te olvide amar».

Sin lugar a dudas, uno de los momentos más relevantes del festival llegó en la séptima luna, cuando la reconocida cantora, Yamila Cafrune, invitó a compartir el escenario a La Ferni, quien, recordemos, en el año 2021, logró que el festival cambiara su estatuto que reconocía las categorías “voz masculina” y “voz femenina” por una categoría sin distinción de género, denominada “voz solista”. La canción elegida por La Ferni fue “Cantor(a) de oficio”, una bella poesía de Miguel Ángel Morelli que vio la luz en 1976, un contexto complejo y oscuro de nuestra historia si los hubo, en la voz de Mercedes Sosa. La letra pone de relieve la responsabilidad de les artistes en la construcción de un mundo más bello, con la música y la voz como herramientas. El momento culmen de la canción fue cuando La Ferni, con voz vibrante y emocionada, declaró: 

“Nadie debe creer que los, las y les artistas pertenecemos a un mundo extraño donde todo es escenario y fantasía. Les artistas somos hombres y mujeres, y también somos travestis, trans, no binaries, maricas, tortas, bisexuales, identidades sexogenéricas disidentes, legítimas, empoderadas, orgullosas y visibles que, ya sin ocultarnos nunca más, transitamos las calles y los días, sufrimos el sufrimiento de nuestro pueblo y latimos también con su alegría”.

Miro el video y se me pone la piel de gallina. ¿Quién diría que, en pleno 2025, en contexto de fascismos y en tierras cordobesas donde sabemos que existe una clara adhesión a las ideas de La Libertad Avanza, ella, en nombre de todes, nos hizo visibles? ¿Podemos imaginar la potencia que tiene decir y sostener en ese escenario, en el que aparentemente sólo tienen lugar el binarismo, el amor romántico con sus mitos y las performances normativas del género, que las identidades disidentes somos legítimas, empoderadas, orgullosas y visibles?

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Imagen: La Voz.

¡Y se va la segunda!

La jerarquía de la Iglesia, cuyos discursos y prácticas habitualmente se vinculan como contrarias a las diversidades y disidencias sexuales, tomó por sorpresa a la sociedad toda cuando, el 30 de enero, pudo leerse en redes sociales el comunicado de la Arquidiócesis de Mendoza por medio de la Pastoral de la Diversidad Sexual, que expresa su profunda preocupación “ante discursos que consideran al antirracismo, al feminismo y a la lucha por los derechos de la comunidad LGBTIQ+ como un cáncer que hay que extirpar«, señalando que dichas expresiones «promueven la discriminación y la violencia contra minorías» y resultan “alarmantes y contrarias a los valores evangélicos”. El comunicado expresa, sin titubeos: “No podemos ni debemos permanecer indiferentes ante estas manifestaciones de odio. Podemos tener diferencias de opinión o posicionamientos, pero nunca debemos dejar de abrazar y acompañar, desde los principios evangélicos, a las personas que integran estos colectivos, especialmente, a quienes son más vulnerables y marginados. Con estas palabras, la Arquidiócesis de Mendoza manifiesta su adhesión a la marcha antifascista y antirracista del 1° de febrero, e invita a la comunidad a sumarse al esfuerzo de construir “una sociedad donde nadie sea excluido y donde prevalezcan el amor, el respeto y la solidaridad”. Cabe mencionar que Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, permite la posibilidad de cambio con el nombre autopercibido para personas trans en las actas de bautismo oficiales y afirmó, recientemente, su preocupación ante «la desmesura de algunas afirmaciones que están apareciendo en discursos locales», alertando sobre el riesgo de retrocesos en derechos conquistados por consenso social.

A la contundencia de este comunicado, se sumó la Pastoral Social de la diócesis de Merlo-Moreno, afirmando que “rechaza enfáticamente las declaraciones discriminatorias y violentas del presidente Javier Milei en Davos”, dado que “estas expresiones que legitiman el odio, la persecución y estigmatización hacia las mujeres y personas del colectivo LGBTIQ+ vulneran los derechos humanos elementales y desconocen los marcos legales internacionales con rango constitucional en Argentina”. Continúa el comunicado: «En repudio a sus dichos; adherimos, convocamos y acompañamos la marcha que se realizará el día 1° de febrero de 2025». La libertad, se afirma, es con dignidad y justicia social, con y para todos. 

Otro gesto institucional provino del arzobispado de Buenos Aires, liderado por el arzobispo Jorge García Cuerva, quien expresó su malestar por la colocación de vallas en torno a la Catedral Metropolitana en la jornada de la movilización, ya que, desde agosto de 2023, se había decidido quitar las mismas sin que se hayan recibido ataques o agresiones por parte de manifestantes de ese tiempo a esta parte. Sin embargo, y tal como lo expresa el comunicado, el 1° de febrero, la catedral apareció vallada aún cuando, la tarde anterior, se expresó la negativa ante la consulta. El comunicado sostiene: “El Arzobispado de Buenos Aires quiere expresar que la imagen que hoy brinda la iglesia mayor no fue por decisión eclesiástica y a todos vuelve a reiterar su convicción de que nada se construye con el odio y la división ni dando expresiones subrepticias de ello por medio de signos externos (…) reiteramos el compromiso de la Iglesia católica en esta Ciudad de Buenos Aires de acompañar a todos sin hacer distinción alguna y de abrir siempre sus puertas para los que quieran seguir a Jesús”.  

¿Podría considerarse hoy a la Iglesia católica y el papa Francisco como nuestras alianzas en este momento? Le pregunté a Eduardo Mattio, docente universitario, con el que compartimos sorprendidos estas noticias. “Así parece”, me respondió. Ciertamente, desde hace un tiempo, el papa Francisco se ha pronunciado como líder de Estado, por ejemplo, en contra de la criminalización de la homosexualidad y ha promovido, en el seno de la Iglesia, la presencia de comunidades creyentes LGBTIQ+. Si bien no podemos negar la historia de oposición y los discursos eclesiásticos que durante siglos nos invisibilizaron, violentaron y marginaron. Pero, en este contexto, ¿no es acaso un bálsamo que, en medio de tanto discurso de odio, una institución como la Iglesia valide y legitime nuestras identidades con estos pronunciamientos? En medio de la violencia estatal, ¿no resulta relevante que Francisco y parte de la Iglesia apoyen, desde su lugar, nuestras luchas y derechos conseguidos? ¿No radica aquí el sentido profundo de la fe y de la práctica de Jesús en la que el amor al prójimo se expresa en gestos concretos de respeto, reconocimiento y valoración de la dignidad de toda persona? Al menos, esta es la Iglesia a la que adhiero y la que deseo. Y, sin lugar a dudas, esta perspectiva tiene que ver con la presencia y la militancia de muchas personas creyentes LGBTIQ+ que, desde dentro de las comunidades cristianas, resignifican las prácticas, los rituales y la doctrina.

 ¡Se acaba!  

Es 1° de febrero. Son las 18 horas. Y en la plaza Próspero Molina se inicia la marcha antifascista y antirracista convocada por el colectivo LGBTIQ+ que se unió, en esta localidad, a la marcha por el agua. Allí, están presentes locales, turistas y muches de les artistas nombrades a lo largo de este artículo. Cuando arrancó la movilización, sonaron las campanas de la parroquia en un claro gesto y señal de apoyo y acompañamiento a lo que estaba por acontecer.

Parece que esta “batalla” recién comienza, porque “resucitaron” en redes sociales y otros espacios esos discursos que vuelven a estigmatizar, patologizar y marginar nuestras identidades, pero, esta vez, legitimados por las palabras y las políticas de quienes nos gobiernan. Lo que nos queda es hacer lo que bien sabemos hacer como colectivo: organizarnos, visibilizarnos, resistir, luchar y crear belleza. Hacer memoria de quienes nos precedieron, hicieron historia y pusieron el cuerpo; habitar todos los espacios (sobre todo, ¡los que creímos que no eran para nosotres, como el folclore y la religión!) y resignificarlos para construir otras narrativas acerca de nosotres. Subamos a los escenarios y altares para contar lo hermoso que es ser quienes somos porque lo que está en juego es la comprensión de eso que llamamos “lo humano” y el reconocimiento, por parte de todas/es/os, de que nuestras vidas son deseables, son vivibles, ¡VALEN! Quizá, hasta que algunes entiendan esta cuestión tan simple, pero, a la vez, profunda, debamos seguir lo que decía la querida Lohana Berkins: «Que digan y piensen lo que quieran de nosotras… pero que no nos nieguen (ni nos quiten, agrego) los derechos que nos corresponden». 

*Por Lucas Leal para La tinta / Imagen de portada: La Voz.

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Palabras claves: Cosquín, Disidencias, Folklore, LGBTTIQ+

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