El amor y la diversidad en el interior del interior

El amor y la diversidad en el interior del interior
20 agosto, 2020 por Redacción La tinta

Una historia de amor, lucha y resistencia por los derechos de las diversidades que pone a dos adolescentes a tomarse de la mano, caminar por las calles y enfrentar al mundo por más daño que le haga.

Por Javier Ignacio Gigena para La tinta

Sábado por la noche en Villa del Rosario, chicas y chicos están disfrutando las primeras noches de su adolescencia en un cumpleaños de 15, algunos estarán invitados, otros seguramente no. La pista de baile se va llenando, cada uno se divierte a su manera, las parejitas buscan el rincón más oscuro del lugar. Se besan y nada raro ocurre, hasta que, de repente, dos mujeres hacen lo mismo, con la misma naturalidad. Increíblemente, las expulsan de la fiesta, porque supuestamente eso no se debe hacer en público, aunque no pase nada extraño cuando lo hacen un hombre y una mujer.

Francisco Fried y Tiziana Zate son dos habitantes de mi ciudad, bastante conservadora y fielmente clerical casi en su totalidad. Francisco no siempre fue Francisco; hace unos años, era Gabriela; hoy, es un varón trans en pleno tratamiento hormonal. Tiziana es su compañera, se conocieron hace un tiempo cuando aún Francisco no se autopercibía como hombre y creía ser solo una mujer lesbiana. El tiempo pasó y hoy están juntos porque se eligen como almas gemelas en cualquier género.

Vivieron miles de momentos complicados a lo largo de su relación, lo cual sería natural en cualquier lado debido a la normalización que tenemos como sociedad hacia el binarismo hombre y mujer, pero en un pueblo puede hacerse aún más complejo. No hay lugares a donde recurrir, no hay gente que salga orgullosa a las calles por ser lo que siente y mucho menos una sociedad preparada para mínimamente respetar ciertos cambios de época.

Los nenes con los nenes, las nenas con las nenas

Fran recuerda estar en el jardín jugando con sus compañeros varones, pasándola bien hasta que las palabras de su mamá retumbaban en su cabeza, eso “no estaba bien” y se iba a jugar con las nenas. Su madre le dijo desde siempre que tuvo una infancia “normal como nena” y él creyó hasta el comienzo de su adolescencia que estaba mal lo que sentía. Que era algo trágico ser lesbiana o ser un chico trans, por eso, tempranamente se quiso convencer a sí mismo que era bisexual. El tiempo aclaró el panorama, empezó a sentirse incomoda al usar una pollera corta o al no desear que le crezcan sus pechos, ahí asimiló que era un varón y que ya no habría vuelta atrás.

Tizi, por su parte, tuvo una infancia mucho menos esquematizada. En sus recuerdos, refleja que jamás le indicaron sus padres que existen cosas de mujeres y cosas de hombres, lo único que hacía era disfrutar. Entrando en la pre adolescencia, recuerda que no le impresionaba besarse con una mujer, lo tomaba con total normalidad, pero nada de eso le atraía, solo quería jugar. Trepar a los árboles y correr libremente por el patio de su colegio, sufrió bullying por eso, la trataron de estigmatizar por usar ropa cómoda y no responder a las conductas hegemónicas de las “señoritas”, pero siguió adelante. En primer año, asume que hay un quiebre en su conducta cuando se da cuenta de que siente algo más por su mejor amiga, luego, intenta tener novios varones y vuelve a tropezar con la misma piedra, esa que indica que uno está haciendo algo para complacer al resto, pero no para complacerse a sí mismo.

Cuando conoce a Fran, al poco tiempo, le manifiesta que no se siente cómodo con su cuerpo, que ya no cree ser una mujer a la cual le gustan las mujeres, sino que, en cambio, se concibe como un varón. Le costó entenderlo, pero lo hizo y, con el correr del tiempo, se encontró con que a ella lo que le atrae de las personas es justamente su personalidad, su manera de comportarse en la vida y, sobre todo, su forma de ser con el resto de sus pares, algo que va mucho más allá del género, característica que la enamoró de Fran, por eso, lo acompaña en este proceso.

Tizi recuerda su niñez siempre muy cerca de las nenas, disfrutando de verlas felices, haciéndole regalos y demás. Hoy, se da cuenta de que era eso que de niña sentía. Recuerda una instancia increíble en la secundaria, cuando les dieron la tarea a todas las mujeres de secar una cancha de fútbol para que jueguen los varones a la pelota y las nenas en un costado jueguen al vóley. Tiziana se negó a limpiarla porque no iba a jugar ella y, además, porque solo tenían que secar la cancha las mujeres. Increíblemente, le pusieron amonestaciones por esto.

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(Imagen: Fran Y Tizi)

La plena normalidad en la infancia de Fran era diferenciar bien las cosas que son de nenas y de varones. Una de sus anécdotas es la que vivió en casa de sus abuelos cuando una prima le heredó un vaso de color salmón y a su hermano le compraron uno de color celeste. Ese vaso venía predestinado para que lo use su hermano varón, sin embargo, a él le gustó el vaso salmón y a Fran, el vaso celeste, lo cambiaron y nada extraño sucedió. En su adolescencia, recuerda experimentar distintos gustos en la vestimenta y sentirse muy cosificado en el transitar diario de la ciudad, lo miraban raro y hasta llegaron a sacarle fotos por no seguir la moda del momento para una mujer.

En la adolescencia, convivieron con los miedos de no ser parte de esta sociedad que juzga y agravia a quien no sigue las normas hegemónicas de la misma, sintieron el rechazo hacia las personas del colectivo LGTBIQ+ que se imponía en algunos de sus compañeros y compañeras. Como en todo grupo, hay quienes rechazan y hasta pueden ser mayoría junto con los que hacen la vista gorda, pero también, por suerte, hay quienes se acercan y apoyan de una u otra forma una decisión de vida.

Al momento de empezar a ir a fiestas o boliches, Tiziana fue prácticamente obligada por sus compañeras a depilarse en su adolescencia, lo hizo casi por compromiso y no por convicción, ya que ella manifiesta haberse sentido hermosa en ese momento natural de pubertad.

Puertas para adentro

No hay un momento especial en el cual Francisco y Tiziana sientan a sus padres y hablan de la naturalidad que les sucede en su interior, a Tizi, su familia se le adelantó y, cuando quiso decir que su amiga era algo más en realidad, su madre le dijo que ya se había dado cuenta y que no tenía ningún problema. Fran no corrió la misma suerte, sufrió distintas respuestas totalmente opuestas a lo que él sentía. Una de las primeras fue que no podía saber si era bisexual sin antes estar con un hombre. En su casa, la situación no fue sencilla, más allá de eso, él tempranamente alertó a su familia, pero no dio muchas más explicaciones, se lanzó a ser lo que sentía sin mediar muchas palabras, su madre aún no acepta este cambio y no lo comparte, pero, con el paso del tiempo, ha podido digerir su disgusto y tolerar ciertas cosas que antes no toleraba. Su padre, después de un tiempo, decidió apoyarlo y estar junto a él en este periodo de transición.

En el camino, Francisco fue quien más sufrió respuestas negativas de su familia hacia su orientación sexual, esto lo llevó a un cuadro de depresión enorme y a sufrir también de anorexia, estuvo internado luego de que su psicóloga le dijo que ya no podía hacer más nada por él y que ésta era la única solución. Salió adelante, le ganó a la enfermedad y, día a día, lucha con su depresión para poder llevar su vida adelante, siendo consciente de que, para esto, no hay cura totalmente definitiva.

Su proceso de transición no fue traumático por una decisión propia, encaró este momento decidido y feliz de aceptarse y amarse por sobre todas las cosas. Pateó el tablero y se concentró en encarar su tratamiento con hormonas de testosterona sin importarle lo que suceda con los demás, solo apoyado en Tizi y su amor profundo hacia ella, alejándose así del pensamiento del resto, poniéndose en primer lugar y amándose como persona ante la mirada juzgante que lo cosificó, pero no pudo vencerlo.

Un amor que cambió sus vidas

Todo empezó como un juego, se propusieron ser novios por una semana y esa semana ya lleva 4 años, el juego se trasformó en amor porque se dieron cuenta de que el tiempo pasaba y ninguno se cansaba del otro, al contrario, querían estirarlo lo más posible a ese ratito que estaban juntos. El día a día no fue fácil, Fran no podía salir libremente a la calle tomado de la mano con Tizi por el miedo a que su madre se entere y la deje mal parada delante de la sociedad, el temor porque su familia supiese que hacía algo indebido para la hegemonía de una ciudad conservadora.

Las oportunidades que tenían para verse y disfrutar el uno del otro no podían ser desaprovechadas, los escondites aparecían a medida que el deseo abrumaba a la culpa y al miedo. Sitios baldíos, lugares abandonados, callejones poco transitados eran los lugares donde se empezaban a conocer en profundidad, ahí podían darse el lujo de charlar largo y tendido, ya que ni siquiera por mensajes o llamadas podían comunicarse en algunos momentos. En este momento, apareció una de las primeras piedras en la relación, Francisco necesitaba el último empujón para decirle al mundo que era Francisco y no Gabriela. Tiziana dio ese empujón que pudo amalgamar la ausencia de cobijo en la familia o la sociedad ante la incontenible decisión de verse como lo que se sentía, un varón trans.

Francisco no aguantaba más el mirarse al espejo, necesitaba ese “todo va a estar bien” para seguir adelante, pero ese “todo va a estar bien” no llegaba desde su familia, por eso, sus miedos y sus días de llanto por la incertidumbre de cómo sería el futuro cercano con la decisión que iba a tomar. Con el paso del tiempo, descubrió que era inevitable, se relajó y, ahora, disfruta de su transición en pleno tratamiento hormonal.

La primera marcha del orgullo en la ciudad de Córdoba fue un viaje de ida para los dos, la libertad y el goce que veían en esas miles de almas les transmitía la fuerza para seguir adelante, para enfrentar a la sociedad de su pueblo y empoderarse ante ella. El clic llegó una tarde cuando vieron cómo una pareja heterosexual tenía fuertes demostraciones de cariño y todo a su alrededor continuaba en calma, esa indignación de saber que, si ellos se tomaban de la mano, harían perder la calma del resto fue el motor para olvidar el miedo al qué dirán y lanzarse a vivir su amor libremente en la cotidianidad del día a día sin estar atentos a los que juzgan y castigan del otro lado de la vereda.

Mirar hacia adelante

Fran tiene claro que va a vivir los próximos seis años de su vida en Córdoba Capital, se prepara para estudiar Medicina y tiene una gran contradicción, principalmente, por el hecho de vivir en una ciudad con alma de pueblo y haber sufrido todos estos años la discriminación en sus calles, por esta razón, le gustaría vivir en una ciudad grande donde su presencia no sea para nada extraña transitando un lugar público. Pero, por otro lado, también le gustaría quedarse en Villa del Rosario para poder ayudar a deconstruir a su gente, para estar cerca de las personas que, en el futuro, tengan que afrontar los mismos cambios que él afrontó y así poder ayudarlos y contenerlos. Le encantaría ver a todas las instituciones de la ciudad sumamente comprometidas con la Educación Sexual Integral (ESI) para que llegue a todos y cada uno de los jóvenes y adolescentes del lugar.

Tiziana, por su parte, no tuvo un buen debut universitario, comenzó justo este año a estudiar y una pandemia mundial la hizo volver a su tierra natal, y también a tener que abandonar temporalmente su carrera. Ella sabe que el valor de la amistad es fundamental en el camino de la vida y asegura que tiene una sola amiga de su entera confianza, y que, por suerte, pudo desprenderse de esas amistades que llegan en las buenas, pero que se corren de la foto cuando las malas aparecen. Afirma que hizo buenos vínculos el poco tiempo que cursó en su facultad y que descubrió un grupo muy espontáneo e interesante que seguramente será su círculo amistoso principal en el futuro.

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(Imagen: Fran Y Tizi)

El deseo más profundo de los dos es ver a las próximas generaciones del colectivo LGBTQI+ caminar tranquilos por las calles de su ciudad, que se venza ese estigma social de odio hacia el “el puto”, “la torta” y demás. No quieren que compartan o celebren su manera de vivir, pero sí que la respeten y que en la calle pasen desapercibidas, que nadie los estigmatice y los castigue con la mirada acusadora que te indica estar de más en un lugar.

Se imaginan en un futuro totalmente comprometidos con la militancia por los derechos de las disidencias y con cualquier otra expresión que vaya en contra del racismo y el odio hacia sus pares. De hecho, militan fuertemente en Villa del Rosario por el respeto a la comunidad LGBTQI+ y en apoyo sobre ESI en las redes sociales. Sin ir más lejos, en la última “semana del orgullo”, se pusieron a trabajar en una bandera junto con el grupo de Mujeres Organizadas de la ciudad. La misma portaba los colores del colectivo y fue ubicada en la plaza principal del pueblo, pese a haber sido bajada al poco tiempo, demostrando así el profundo repudio que despiertan ciertos temas de identidades en la ciudad.

Tizi y Fran quieren ser parte de la sociedad siendo libres, caminando por las calles de una ciudad que no las pone en el centro de las críticas, donde las miradas, por fin, no vayan todas hacia ellos, en un lugar donde, finalmente, puedan disfrutar de manera absoluta la vida cotidiana, el devenir de los días en esa diversa composición urbana que envuelve la magia de ser uno más. De no ser el “otro”, la “otra”, algo que aún no han podido hacer en su ciudad de origen.

Esta gran historia de amor y lucha viene a confirmarnos que ser distinto en una sociedad conservadora no es nada fácil, que aún queda muchísimo camino por recorrer, sobre todo, en ciudades chicas o pequeños pueblos donde sigue siendo natural juzgar, acusar y hasta detestar las distintas formas de vida que eligen sus ciudadanos. Pero por sobre todas las cosas, también viene a confirmarnos que ya no hay nada que pueda detener la fuerza del amor, ya nadie podrá impedir que las personas hagan lo que sientan y rompan las barreras que pone la sociedad en el camino. El amor fue más fuerte que aquellas personas que cosificaron a Tizi y Fran, por eso, logró que caminen de la mano aunque mucha gente los mire mal, con asco, con odio, con bronca. El amor, una vez más, es la fuerza que opaca todo lo que pasa alrededor.

*Por Javier Ignacio Gigena para La tinta / Imagen de portada: Fran y Tizi. 

Palabras claves: Amor, Géneros y Diversidad, LGBTIQ

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