Privados de privacidad

Privados de privacidad
23 julio, 2020 por Redacción La tinta

A dónde vamos a comprar, con quiénes nos reunimos, cuántas veces nos lavamos las manos, cómo lavamos las verduras. Muchas de las conductas que pertenecían a nuestro ámbito privado emergieron como terreno de lo público y, así, la interdependencia de les unes con les otres salió a la superficie como el esqueleto que todo lo sostenía. En cuarentena, el espacio público y el espacio privado se entrecruzan y se asientan en un mismo lugar: nuestras casas.

Por Emilia Pioletti para La tinta

Buenos Aires, ciudad mercancía. El valor del precio por metro cuadrado en Capital Federal es el más alto entre las grandes ciudades del país y casi el 80% de los permisos de construcción son para edificios con departamentos de uno y dos ambientes. Buenos Aires, ciudad claustrofóbica. El nuevo Código de Planeamiento Urbano, aprobado por la Legislatura porteña en 2018, contempla la construcción de viviendas cada vez más chicas: la superficie mínima de un monoambiente pasó de 29 a 21 metros cuadrados.

Buenos Aires, ciudad edificio. Según datos del último Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas (INDEC, 2010) la Ciudad de Buenos Aires es la única jurisdicción del país en la que los departamentos representan el tipo de vivienda mayoritario. La Encuesta Anual de Hogares 2019 (EAH) lo confirma: el 78% de les porteñes vive en departamentos y el tamaño en promedio es de 2,4 personas por hogar. Es decir que, hace más de 120 días, casi el 80% de les porteñes se encuentran atravesando la cuarentena con otres en espacios de muy pocos metros cuadrados.

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(Imagen: La tinta)

En tanto mercancías, las ciudades se presentan como algo a ser consumido: algunes tienen derecho a hacerlo y otres no. A las problemáticas de hacinamiento que ya existían en los sectores populares de la Ciudad de Buenos Aires, se sumaron aquellas derivadas del confinamiento. La “cuarentena” comunitaria, como solución ante la emergencia sanitaria, puso sobre la mesa las formas deficitarias de acceso a la ciudad reflejadas en la imposibilidad de cumplimentar el aislamiento en sus espacios residenciales.

Vivir y convivir

Investigadores de la Comisión de Ciencias Sociales de la Unidad Coronavirus COVID-19 publicaron un estudio sobre los cambios de conducta y en la salud mental durante la primera etapa del aislamiento. Allá por marzo, uno de los principales temores de les encuestades ante la potencial extensión de la cuarentena era la aparición de problemas de convivencia. Cuatro meses después, aquí estamos.

Richard Sennet inmortalizó, bajo el nombre “Carne y piedra”, la relación indisoluble que existe entre nuestros cuerpos (y nuestras mentes), los edificios que habitamos y calles que transitamos. “Es evidente que las relaciones espaciales entre los cuerpos humanos determinan en buena medida las maneras en las que las personas reaccionan unas respecto a otras, la forma en que se ven y se escuchan, en si se tocan o están distantes”. Ya en la “vieja normalidad”, las paredes demasiado delgadas, los taladros, los balcones que chorrean agua y las denuncias por ruidos molestos generaban, de por sí, problemas de convivencia. En contexto de pandemia, muches descubrimos que, en nuestras casas, detrás de las puertas, se escucha igual, que nuestro balcón no es tan grande, que nunca tuvimos las llaves de la terraza, que no podemos concentrarnos si le otre no usa auriculares para escuchar música, que el televisor del vecino del lado se escucha como si estuviera en nuestro living.

El virus es un problema sanitario, pero también de arquitectura. Nuestros departamentos no fueron pensados para ser habitados las 24 horas del día ni para que practiquemos en ellos todas nuestras otras actividades “públicas”. En una experiencia atravesada por la convivencia permanente con otres, el soporte físico que suponen las paredes de nuestro departamento comienza a mostrar sus límites.

“Escenario de la regularidad de los ciclos biológicos y la reiteración de los comportamientos habituales, la casa es necesariamente previsible y su conformación arquitectónica debe ajustarse a esa condición rítmica y repetida. La costumbre de vivir y la costumbre de habitar crean secuencias de espacios y tiempos. Sin embargo, hacer posible la vida privada cotidiana es una empresa más que aceptable (…) Los habitantes buscan espacios personales, de lugares en el interior que puedan ser, por momentos, privatizados”, explica el arquitecto Fernando Álvarez de Toledo en su trabajo la construcción de la vivienda en altura en Buenos Aires.

Pero, ¿qué pasa cuando esas costumbres cambian súbitamente? “Siempre que hay una modificación de hábitos, hay estrés. El estrés es sobreesfuerzo. Estamos ahora en un panorama de sobre exigencia que modificó una cotidianidad y hay un nuevo abanico emocional que nos ayuda a adaptarnos a este entorno cambiante. Hay mucha irritabilidad entre las personas que se encuentran conviviendo, una fluctuación de ánimo muy llamativa, hay crisis de llanto y de angustia que aparecen súbitamente. Pero hay que tener cuidado con no patologizar lo que estamos viviendo: son respuestas emocionales adaptativas obvias que tenemos todos. Asistimos hoy a una evaluación de nuestras estrategias adaptativas que terminan siendo catalogadas desde un criterio moral, como algo “raro” o algo “malo”, dice Facundo Calvo, psicólogo cognitivo y coordinador Psi Salud un instituto dedicado a la asistencia, docencia e investigación en Salud Mental.

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(Imagen: La tinta)

Dime en cuántos metros vives y te diré cómo te sientes. Los modos de ser y estar, y las formas de reapropiación del espacio residencial privado determinan distintas formas de sentir profundamente vinculadas con las crisis en torno a la nueva era del capitalismo en las urbes como escenario general y a la pandemia de COVID-19 como escenario en particular.

“Cierro la puerta que voy a hacer una call”

“A veces, me quedo con la mitad de las cosas sin contar porque no puedo, porque hay gente. Después, se las escribo por chat o les mando audio cuando me voy a comprar, pero no es lo mismo. Siento que se me acumularon varios temas que no pude compartir con mis amigues en este tiempo por no poder hablar más “en libertad” como antes. Es raro compartir menos. No es lo mismo”.

En contexto de confinamiento, lo más parecido al relacionamiento presencial que tenemos es la fluidez de la conversación y la inmediatez de las respuestas. Cuando eso no sucede porque la privacidad de los espacios disponibles no lo permite, los baches de tiempo entre audio y audio, mensaje y mensaje, pueden generar una sensación de desencuentro que suele confundirse con distancia e incremento del sentimiento de soledad.

Sin ninguna flexibilidad para reuniones sociales desde el 20 de marzo, para les porteñes que conviven con otras personas, la pérdida de privacidad tiene muestras bien materiales: cerrar la puerta para “reunirse” con otres, consensuar y dividir los usos de los espacios con el resto de convivientes, cambiar o “recortar” los temas habituales de conversación con amigues y familiares porque “el otro” está escuchando, la suspensión de prácticas de todo tipo que solían realizarse únicamente en la intimidad o en uso exclusivo de los espacios del hogar.

“Un vínculo se define a partir de los comportamientos, vos sos mi pareja o mi amigo en tanto estas cosas hacemos, estas cosas no hacemos. El problema de la pérdida de la privacidad y de la intimidad repercute en esa estructura de construcción de las relaciones. Estamos mezclando muchas situaciones que antes no mezclábamos y eso reestructura los vínculos. Por otro lado, hay un límite que se vuelve difuso: ¿dónde empieza y dónde termina lo mío? Las posibilidades de estar conmigo mismo, de bailar frente al espejo, de cantar en soledad y de hacer lo que sea que hago cuando estoy solo. También en contexto de cuarentena y convivencia, sucede que posiblemente tenga que estar fingiendo mucho más de lo que fingía habitualmente, porque los vínculos también tienen una cuota de hipocresía y eso también influye. Lo que antes fingía un par de horas, ahora debo fingirlo 24/7 y eso se torna un tema más complejo”, explica Facundo Calvó. El diseño de los espacios que habitamos no es inocente, configura subjetividad y contribuye a la construcción de la identidad de les sujetes.


“Se hacen malabares y nos vamos armando estrategias para zafar en casa: yo bajo al garaje a encerrarme en el auto para tener mi sesión de terapia, por ejemplo. Y cuando hago una call con mis amigas, a veces le pido que se ponga auriculares o que baje a hacer las compras”.


Este tipo de alteración, sostenido durante algún tiempo prolongado, impacta de algún modo en nuestras identidades y roles construidos que se ven matizados o condicionados por la presencia constante de une otre. En el entrecruzamiento entre planeamiento urbano, arquitectura y pandemia, hay personas con sus mundos sociales y afectivos. Diana Resnicoff, psicóloga clínica y especialista en sexología, ensaya algunas posibles salidas: “Claramente, hoy existen más dificultades para encontrar espacios cuidados y privados para poder tener una conversación con alguien. Creo que podemos encontrar herramientas para poder reinventar esos espacios, las tecnologías de comunicación sin voz, escribir por WhatsApp u otro tipo de plataformas donde no se utilice tanto la voz”.

Roles 24/7

El aislamiento en convivencia con otres implica que hay un rol que no puede dejar de cumplirse y se superpone con otros. Es una especie de permanente cumpleaños incómodo donde invitamos personas de distintos grupos y hay que ajustar nuestra personalidad en un punto de equilibrio justo que represente a todes. Madre, padres, hijes, novies, amigues. Performar ese rol se vuelve un trabajo full time sin horario de descanso.


“Al principio de la cuarentena, sentí muy fuerte una sensación horrible de que estaba perdiendo mis espacios privados y de “libertad” que tanto me costó volver a conquistar después de ser mamá. Tenía planeado un curso y un par de talleres que implicaban salir de casa y que me digan un rato por mi nombre y no “mamá” todo el día. Cuando arrancó todo esto, realmente sentí un ahogo. Por otro lado, la intimidad como pareja es complicadísima, con una nena muy chiquita en la casa, se acota muchísimo. Podemos estar las 24 horas del día juntos, pero no están los espacios disponibles como antes cuando había jardín y escuela”.


El ámbito de lo doméstico, “la casa”, tiene otra simbología para los cuerpos feminizados. En el caso de las maternidades y paternidades, asistimos a una intensificación de la división sexual del trabajo hacia adentro de las casas respecto de la distribución de las tareas de cuidado que, a su vez, intensifica los problemas de privacidad. La intromisión “mental” de los temas domésticos y de crianza en medio de las jornadas laborales de las mujeres implican una transgresión a su privacidad. “Lo que nos está ocurriendo y, sobre todo, a las mujeres es que nuestra actividad pública ha mutado a un escenario absolutamente privado por lo cual no hay tabicamiento. Cuando nos vamos al trabajo fuera de casa -evidentemente, hacemos un cierre no hermético por la porosidad regulativa de la multigerencia de la mujer en su rol-, pero hacemos una suerte de corte de escenario. Pero ahora no tenemos los cortes escénicos”. Explica Dora Barrancos en este conversatorio. Sin paredes, sin tabiques, ser la de la oficina mientras en la cabeza tengo la lista de las compras implica un avance sobre la privacidad y un borramiento de límites entre esferas de la vida.

Por otro lado, también las relaciones sexuales con otres o las prácticas de auto placer se ven restringidas cuando los espacios son permanentemente compartidos. A la falta de privacidad, se suman también los estados de incertidumbre, preocupación o angustia propias de un contexto de pandemia y su influencia en la fluctuación del deseo.

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(Imagen: La tinta)

“En mi caso, a pesar de vivir en un departamento bastante grande, yo vivo con mis papás. Las paredes son de papel y no puedo llamar a mi novia por teléfono, por ejemplo, sin que alguien escuche y eso es re incómodo. Antes, entre el colegio y que siempre tenía un plan, era distinto, ahora, estoy bastante harto de todo”.

“La privacidad y la intimidad de todos los integrantes de una familia se ven perturbadas en una situación de confinamiento, y el adolescente lo sufre, pero se complica mucho más cuando algunos padres desbordados por estados de angustia, despliegan conductas invasivas que resultan intrusivas para sus hijos en condiciones en las cuales los jóvenes no pueden sustraerse físicamente de ese ámbito de convivencia”, explica en una entrevista la psiquiatra infantojuvenil y psicoanalista, Sara Cohen.

Todo lo que no toque la luz es tu reino

“Nosotres somos tres y la cocina es el área de uso principal, y, ahora, es normal que todos hagamos distintas cosas en el mismo lugar y al mismo tiempo. Comer, cocinar, ver series e, incluso, hacer ejercicio. Por otro lado, yo uso Zoom para la facultad y eso puso a la privacidad a otro nivel. Por cómo es mi casa, es necesario el silencio casi total para tener clases o exámenes con micrófono abierto. Que no haya ruidos ni gritos porque todo entra por el micrófono y lo escucha el profesor”.

Del otro lado de los debates sobre la privacidad de los datos personales en las plataformas de videollamadas, las miles de anécdotas que circulan por redes sociales de episodios de niñes que cruzan por la cámara, “micrófonos abiertos” en clases virtuales, reuniones laborales y hasta sesiones legislativas dan cuenta del vulnerable umbral que separa nuestras vidas privadas y públicas, y lo disruptivo que resultan las situaciones que nos colocan por fuera del rol recortado que solemos performar en ciertos espacios.

Desde panelistas e invitades en programas televisivos hasta senadores y diputades, hace más de cuatro meses que podemos conocer las bibliotecas, portarretratos y adornitos de porcelana de personas cuyas casas jamás visitaremos. Fondos-puestas en escena para una nueva performance social. Los “fondos predeterminados” de estas plataformas muestra la necesidad de les usuaries de ocultar y proteger sus espacios y elegir cómo quieren mostrarse en escena.

Paradójicamente, también, en una era donde mostramos todo en las redes sociales, hoy, confinades en nuestras casas, hay “poco” para visibilizar. La privacidad pasó a ser aquello que queda por fuera de la cámara: todo lo que no toque la luz es tu reino. Todo aquello fuera del ojo público de la cámara frontal de nuestros celulares o de la computadora es lo que realmente nos pertenece.

Mientras asistimos a una danza que gira en torno a las cifras de casos, con avances y retrocesos respecto de las aperturas de nuevas actividades en distintos distritos del país, nos enfrentamos a una carrera de largo aliento. La privacidad y nuestra forma de gestionarla para alimentar nuestros vínculos socio afectivos y moldear nuestra identidad es un tema aún vacío, listo para ser creado, para ensayar otras opciones, adaptarnos a nuevas posibilidades. La psicóloga Diana Resnicoff concluye: “Estamos en un momento difícil para hablar de privacidad, podemos sí hablar de momentos más íntimos o menos íntimos. En espacios pequeños, es muy complejo encontrar lugares de intimidad, para quienes viven en casas o departamentos más grandes será más simple. Igualmente, son cuestiones que iremos descubriendo a medida que el tiempo pase. Cada persona, cada grupo de convivencia, pareja o familia va tener que experimentar diferentes cuestiones para ver cómo encontrar una nueva intimidad. Como muchas otras cosas, son nuevas construcciones para las que habrá que tener paciencia. Se están construyendo”.

*Por Emilia Pioletti para La tinta / Imagen de portada: La tinta.

Palabras claves: aislamiento social, covid-19, Salud Mental

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