El ajuste a los ajustados

El ajuste a los ajustados
26 febrero, 2020 por Redacción La tinta

Durante los últimos años, se exacerbó el revanchismo social y se borraron redes de contención estatales. A la vez, desde abajo, una militancia silvestre e indócil contuvo a esa sociedad implosionada y cultivó subjetividades alternativas. El Colectivo Juguetes Perdidos, que, desde 2009, funciona como espacio de investigación e intervención en distintos barrios del conurbano bonaerense, publicó La Sociedad Ajustada (Tinta Limón, 2019, ya disponible en Córdoba) que traza una cartografía de la precariedad durante el macrismo y que describe –con el realismo de la proximidad y sin ningún tipo de concesiones– las estrategias de supervivencia que se dieron esos sectores. Y también, qué sucede cuando no pueden dárselas, cuando el ajuste persevera.

Por Facundo Iglesia para Revista La Luciérnaga

Los barrios silvestres respiran, hieden, sudan. Sus personajes, a veces, parecen repetidos infinitamente en cada uno de ellos, como si de sucursales se tratara, invocando conjuros casi idénticos en sus plazas, sus comedores, sus ranchadas, sus veredas, sus salitas, sus centros culturales, sus canchitas. Luego de cuatro años de macrismo, los barrios conurbanos, que antes se asemejaban a purgatorios llenos de vida sostenidos apenas por alambres, recordaron a postales de posguerra tomadas en el bando perdedor.

El revanchismo social exacerbado desde arriba y el deshilvanamiento de las redes que contenían la precariedad fueron insignias de la sociedad ajustada. En los barrios populares, el ajuste coyuntural del ajuste estructural e histórico dejó una real pesada herencia sobre los cuerpos y las geografías. En su último y quinto libro, La Sociedad Ajustada (Tinta Limón, 2019), el Colectivo Juguetes Perdidos apoyó sus oídos sobre el asfalto del conurbano bonaerense –aunque bien podrían haber sido barrios cordobeses–, escuchó los crujidos, desplegó una genealogía de la precariedad y trazó una cartografía que, muchas veces, incluye esperanza.

El Colectivo Juguetes Perdidos está integrado por los sociólogos Leandro Barttolotta, Ignacio Gago y Gonzalo Sarrais Alier. Coordinan talleres en escuelas, cárceles y centros universitarios; actividades junto a movimientos sociales y comunitarios; talleres de formación para trabajadores sociales, militantes y trabajadores de programas estatales. Con conceptos sumamente originales tomados y refinados en los territorios, y un lenguaje novedoso alejado de la academia tradicional, «la apuesta del colectivo es intervenir en las discusiones políticas, armar diagnósticos y cartografías de los territorios que contribuyan a mejorar las intervenciones políticas sobre los mismos», le cuentan a La Luciérnaga.

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-Somos una fundación que contiene a 50 pibes que viven en barrios muy similares a esos que describen ustedes. Algunos de ellos, además, ejercen su propia “militancia silvestre”: tienen su escuelita de fútbol, un comedor… ¿Cuál fue el rol de los comedores populares, casi siempre regenteados por vecinos de los barrios, en el combate contra el hambre?

-Tienen un rol clave en estos años. Las familias comen, como mínimo, una vez al día en algún comedor barrial. Todo, de alguna manera, devino comedor los últimos años: un espacio de un programa social, una escuela, el fondo de una casa, la canchita de fútbol, el polideportivo del barrio, la casa de algún vecino o vecina. Y, por eso, es mucho más difícil sostener cualquier espacio barrial hoy, porque se juegan muchas cosas, o casi todas las cosas, digamos… desde lo más básico que es comer. Existía algo ahí de “saltar por el barrio”: activar y hacer algo, en muchos casos, de manera más “silvestre”, como decimos nosotros: no tan adherida a las jergas más militantes o eclesiales o de las organizaciones.

-¿Cómo evalúan el “saltar por el barrio”?

-Es una acción tan potente en su origen como jodida para sostener cotidianamente… Es potente y lúcida, porque esa fuerza más “silvestre” que salta por el barrio tiene toda la información sensible sobre los rejuntes en la precariedad que los lenguajes militantes, muchas veces, no suelen percibir. Y es frágil porque quienes sostienen muchos de los comedores y merenderos que brotaron en estos años de macrismo brutal, en realidad, están demasiado cerca de sentarse en esas mesas que sirven.

-Hace poco, en una editorial, escribimos sobre el síndrome de Burnout, que ustedes nombran en La sociedad ajustada, y cómo las notas sobre él que aparecen en los medios están ilustradas con señores de trajes, en oficinas en rascacielos, agarrándose la cabeza. ¿Se puede hablar de workaholism, burnout y demás males en una sociedad donde falta el trabajo?

-Sí, claro, y es clave esa dimensión. Nosotros venimos percibiendo estos años que ese movimiento en que el cuerpo se estresa, se altera, se satura (y, recién después, se pincha), no es exclusivo de los trabajadores. Estar desocupado hoy no significa estar con tiempo libre. La sociedad ajustada demostró cómo la vida no requiere necesariamente del trabajo y el consumo para lubricarse…


En todos estos años, se intensificó la belicosidad de la cotidianeidad: todo es motivo de roce, de guerra. Se volvió más espeso y violento lo social, los desbordes en los interiores (de las casas, los espacios en común, las instituciones, etc.) hacen implosionar a los cuerpos y a esos mismos rejuntes. Se labura más o se sufre más por tener menos laburo o por estar desocupado.


Una compañera de una salita, de un Centro de Salud barrial, nos contaba cómo muchas y muchos que caían con síntomas de estrés, caían con estos mismos dramas: la falta de laburo, la falta de comida en los hogares y, encima, tener que seguir gestionando los subsidios, la vacante en la escuela para los hijos, las pensiones de invalidez y hasta luchar con otros cuando se reparte la leche. Nadie está en su casa sin hacer nada, es una lucha constante frente a las instituciones y demás para poder sobrevivir.

-¿No son exclusivas de la clase media, entonces?

– No, también se viven en los barrios y se dan sin redes terapéuticas que sostengan: los turnos para terapias o atención psicológica en el sistema de salud público no dan abasto y, cuando se consigue, se realiza una especie de terapia express para los barrios, con 3 meses de límite de las sesiones, con dificultad de acceso a fármacos, ni hablar de la dificultad de otro tipo de abordajes o contenciones. Las instituciones están colapsadas, o vaciadas, y esto se suma al hecho de que muchas otras instancias terapéuticas y de “hospedaje”, como pueden ser las ranchadas, la nocturnidad, la esquina, las amistades… también implosionaron o se desarmaron, o no llegan a cubrir (al igual que esos pocos turnos) las urgencias de las quemazones. Las patologías quedan a la intemperie, los “hospitales” y las hospitalidades (de todo tipo) no alcanzan.

– La mirada fresca del Colectivo Juguetes Perdidos contrasta con ciertos reflejos de una academia que lee a los barrios desde la lejanía. ¿Cómo caracterizarían a estos análisis que se hacen desde la exterioridad?

– Siempre quisimos poner en discusión dos modos de enfocar o abordar muchas de estas cuestiones (barriales, o como se dice, de los “sectores populares”), que son, por un lado, cierta “victimización” y, por otro lado, la “estetización” de las vidas populares, sin tener en cuenta las complejidades, las relaciones de fuerza de los barrios, las disputas, las estrategias. En ambos casos, lo que sucede es que se le quita filo a las preguntas que son urgentes y fundamentales para pensar la época en general; no solo los barrios. Lo más complejo es que se hacen lecturas y abordajes, muchas veces, desde una exterioridad, no necesariamente física, sino principalmente perceptiva, con respecto a esas fuerzas concretas que disputan la cotidianidad barrial. Y en esa exterioridad, en muchos casos, para leer algunos acontecimientos, hay un racismo encubierto y, por ende, formas sutiles de criminalización (no se soportan ciertos modos de vida).

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(Imagen: Aníbal Greco para La Nación)

Durante los años de Macri, en Latinoamérica, se sucedieron estallidos sociales –varios de ellos motivados por ajustes muy similares a los que perpetró la gestión amarilla–, en una secuencia de la que Argentina, de momento, salió indemne. Ríos de tinta corrieron sobre las predicciones de una explosión análoga en nuestro país y, una vez que las puebladas continentales desparecieron de la primera plana de los medios, sobre los motivos que habrían impedido que sucediera.

Desde el Colectivo Juguetes Perdidos, ensayan una explicación complementaria: “Nosotros hablamos de una sociedad implosionada y tratamos de mostrar cómo el ajuste no solo o no necesariamente estalla como estalló históricamente en nuestro país (crisis social, protagonismo callejero, etc.), sino que también estalló o estalla ‘para adentro’: para adentro de los barrios, de las familias, de las instituciones, de los cuerpos. Ese movimiento de estallido hacia adentro es lo que llamamos implosión”, afirman.

-¿Cómo funcionó y cómo se analizó esa implosión?

-Dejando sus huellas y sus bajas: suicidios, malos viajes, locuras feas, cuerpos que reventaron por infartos y tumores, también son bajas del macrismo y de la implosión, de esa tramitación silenciosa y piel-adentro de todos los garrones de una época de mierda que arruina el cuerpo y quema la cabeza.


Son bajas que no son pensadas como muertes políticas, porque antes no se las pensó como vidas políticas. Los efectos que deja el comer mal o no comer, el estrés, la angustia, el terror anímico que llega a las nubes, quedan como cicatrices externas e internas en los cuerpos: rastros que se verán más adelante. El barrio y también los cuerpos son como un campo minado que va a detonar tiempo después. Ya existe un registro clínico de cómo las enfermedades comienzan a aparecer después de la crisis.


-En una imagen, ¿cuál creen que es la principal pesada herencia del macrismo?

-El macrismo deja varias herencias, pero las más complejas son el endeudamiento y el engorramiento. Endeudamiento externo, a nivel macro, pero también endeudamientos enormes a niveles micro, a niveles familiares, barriales… Y el engorramiento como “pedagogía”, es decir, como modo internalizado, que ha calado hondo en el cuerpo social y que ha funcionado como suplemento de la economía ajustada y sobreendeudada: no hay economía o sociedad ajustada y endeudada sin niveles altos de engorramiento.

-¿De qué hablan cuando hablan de “engorramiento”?

-De un modo de resolución de los problemas por medio de la violencia horizontal. Engorrarse implica un gesto y un movimiento (‘ponerse la gorra’) que es un modo particular de hacerse cargo del desborde. El engorrarse incluye y excede la criminalización y la mera delación: engorrarse es un gesto y un movimiento de las vidas que se hacen precarias y no solo de las que ‘nacen con el corazón ortiba’. Es un acto que pone en evidencia la precariedad de las instituciones, los lazos, las redes cotidianas. Porque, en el movimiento de engorrarte, terminás haciéndote cargo de la precariedad, pero cifrando todas sus intensidades y afectos en términos de peligro, amenaza, riesgo. De alguna manera, cualquier secuencia de desborde se lee como “inseguridad”. Durante el macrismo, hubo un engorramiento recargado para enfrentar una precariedad cada vez más al desnudo por la pérdida de las redes que la conjuraban. Ese engorramiento, que se hace hábito, se vuelve un aprendizaje, deja una distribución de afectos muy jodidos, que no se desarman fácilmente y que es lo que hay que pensar, y sobre lo que hay que activar políticamente.

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(Imagen: La Luciérnaga)

-¿Leen entonces un mayor engorramiento también fomentado desde arriba?

– Sí, hubo una “liberación” de estas “fuerzas anti” por parte del macrismo que se dio, por un lado, a través de habilitar el revanchismo social. En distintos tramos del libro, hacemos mención a la “liturgia gorrera” que ya tiene sus mitos e instituciones: doctrinas, linchamientos, héroes (como la doctrina Chocobar, el carnicero o el médico que lincharon a sus asaltantes). Además, están los vecinos enfierrados, bandas custodiando el barrio… en esas guerras por la intensidad, se producen los límites y las fronteras, qué se va a permitir en este barrio, en términos de intensidad. Ahí, en esas disputas, en ese tiempo de furia comunitaria, de regulación de todas estas preguntas, en ese hartazgo, se define y redefine cada vez lo que un barrio o una ciudad entiende por “tranquilidad” y, más profundamente, por forma de vida.

-Por otro lado, ¿cuál creen que sea la potencialidad que hay en los barrios para combatirla?

– El resultado de las últimas elecciones mostró, en una parte, que en los barrios hay otros realismos sociales, otras sensibilidades populares, otras maneras de ser vecinos y vecinas, otras maneras de pensar el trabajo y la vida cotidiana: y allí también flotan sueltas las fuerzas silvestres que se oponen fisiológicamente a las fuerzas anti y a la pulsión gorruda que el macrismo expandió quitando esas redes estatales, haciendo mierda esos rejuntes políticos y sociales, destruyendo todo lo que hacía de filtro al terror anímico o lo que hacía que ese terror anímico pueda pensarse –y desviarse– de sus efectos subjetivos de gorrudismo y control social.

* Por Facundo Iglesia para Revista La Luciérnaga. Disponible en la edición febrero de la revista.

Palabras claves: Colectivo Juguetes Perdidos, Pobreza, precarización laboral

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