Una estudiante de derecho publicó en Twitter y en Facebook que se sintió incómoda cuando ingresó “un sujeto masculino que se autodefine como mujer” al baño “exclusivo de mujeres”.
Por Lucas Crisafulli para La tinta
“La selección natural perdió el rumbo y el hombre se siente por encima de la fauna y de la flora, los cazadores por encima de la víctima. Los jóvenes se sienten superiores a los viejos, los hombres creen ser mejores que las mujeres, las mujeres creen ser mejores que los hombres. Hombres, mujeres, niños, adolescentes y ancianos creen ser superiores a las travestis”. Camila Sosa Villada
Situación uno
“Ingresé al baño de la facultad y me encontré con un alumna judía, y, la verdad, me sentí incómoda. Creo que no está bueno ni es positivo. Nos quejamos constantemente de la inseguridad y estos actos nos alejan de la seguridad”.
Situación dos
“Ingresé al baño de la facultad y me encontré con una alumna negra, y, la verdad, me sentí incómoda. Nos quejamos constantemente de la inseguridad y estos actos nos alejan de la seguridad”.
Situación tres
“Ingresé al baño de la facultad y me encontré con un varón que se autodefine mujer, y, la verdad, me sentí incómoda. Nos quejamos constantemente de la inseguridad y estos actos nos alejan de la seguridad».
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¿Por qué será que la situación uno y dos son percibidas claramente como un verdadero acto de discriminación (antisemita en el primer caso y racista en el segundo) y a la tercera situación la dejamos pasar tan livianamente? Quizás sea que el activismo anti-antisemita y antirracista tenga más años de historia, pero la tercera situación es tan discriminatoria como la primera y la segunda.
Una alumna de la facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba publicó por las redes sociales que se sintió incómoda luego de encontrarse, en el baño “exclusivo” de mujeres, a un “varón vestido de mujer”, tal como fue su expresión para referirse a una chica trans, también alumna de la misma facultad.
Uno podría imaginar que, en una facultad tan masiva, la existencia de una persona que discrimina no es extraño, sin embargo, me gustaría detenerme en otra cuestión que considero aún más peligrosa: en el debate que se suscitó en las redes sociales, muchos decían no compartir la “incomodidad” de la alumna, pero decían que había que respetar su opinión como parte del ejercicio de la libertad de expresión.
Quisiera plantear esta discusión con el siguiente interrogante: ¿existe un derecho a la libertad de expresión tan extendido que pueda ser utilizado para discriminar? En otras palabras, ¿existe un derecho a la libertad de discriminación? No creo tampoco que este dilema pueda resolverse con la clásica respuesta frente a la colisión entre dos derechos de igual jerarquía. No estamos aquí en una argumentación entre la libertad de expresión de alumna que realizó el posteo y el derecho de la chica trans a no ser discriminada. ¿Por qué? Porque verter expresiones discriminatorias de ningún modo puede constituir un derecho y, menos aún, un derecho a discriminar. Se asemeja más a la paradoja de la tolerancia elaborada de Karl Popper: una sociedad que sea ilimitadamente tolerante con todos, incluyendo a los intolerantes, terminará siendo destruida. Popper concluyó que, aunque parezca paradójico, para mantener una sociedad tolerante, la sociedad tiene que ser intolerante con la intolerancia.
¿Significa, entonces, que la alumna debe ser censurada o sancionada? Ni una ni la otra. Cuesta, muchas veces, entender que existen situaciones que no merecen ni la protección del derecho ni la censura o el castigo. Una cosa es la inexistencia del derecho a discriminar, es decir, la imposibilidad que verter expresiones discriminatorias tenga algún tipo de protección jurídica, ya que no se trata de un derecho, y otra, muy diferente, es abogar por la utilización de alguna sanción a quien discrimina por sus dichos.
Quizás sea nuestra cultura represiva la que nos impide pensar ciertas zonas de la existencia humana que no merezcan ni protección ni punición, lo que bajo ningún punto de vista significa que deba asumirse una posición neutra o que no merezca la intervención desde otros ángulos. En otras palabras, no existe el derecho a discriminar, lo que no implica que la única respuesta sea castigar a quien discrimina. No creo que salga nada bueno de la sanción a quien profiere dichos discriminatorios, aunque, por supuesto, esos dichos no pueden contemplar ninguna protección por parte del derecho. Existen diversos marcos para tratar la discriminación que no son ni felicitar al que discrimina ni sancionarlo.
El problema de la discriminación no es un conflicto individual entre quien ejerce y quien sufre la discriminación.
Quien discrimina está avanzando sobre los derechos de la persona discriminada y es a la víctima a quien deberíamos preguntarle cómo intervenir, aunque es importante recordar que el problema de la discriminación no es un conflicto individual entre quien ejerce y quien sufre la discriminación. Contamos con más de un ejemplo en la historia de la humanidad sobre los efectos desastrosos que genera en toda la comunidad las discriminaciones u odios masivos no tenidos a tiempo. Por eso, tampoco puede dejarse pasar tan livianamente este tipo de discriminación ejercida por una persona que usufructúa del dinero de todos para darse una carrera universitaria. El conocimiento –incluyendo el jurídico que se imparte en las facultades de derecho– importa en la medida en que nos permita comprender, cuidar y transformar el mundo, y, así, hacer menguar el sufrimiento. Si solo servirá para aumentar las injusticias, la universidad no tiene ningún sentido.
Quizás sea tiempo de buscar otras herramientas del derecho que permitan sociedades más abiertas y menos violentas, como los marcos conciliatorios, que permiten mejorar las relaciones humanas gestionando conflictos. Es fundamental poder indagar por qué una estudiante de derecho siente que mujeres reconocidas por el sistema jurídico (por la ley de identidad de género, entre otras normas jurídicas) deberían concurrir a un baño de varones. Cuáles son las necesidades que se juegan en los baños públicos.
Dice al respecto Paul B. Preciado: “No vamos a los baños a evacuar, sino a hacer nuestras necesidades de género. No vamos a mear, sino a reafirmar los códigos de la masculinidad y la feminidad en el espacio público”.
Quizás lo que moleste sea la forma en la que la diversidad y disidencia sexogenérica viene a romper los moldes binarios de la sociedad. El/la que discrimina a una mujer trans transforma una diferencia circunstancial y particular de un grupo de personas en un absoluto constante. Lo que odia el transfodiante no es la diferencia con esa otra persona a la que construyó como Otro irreductible, sino, paradojalmente, la similitud con ese grupo. Es el miedo a la igualdad de derechos de lo que se tiene terror.
El odio, el asco, el desprecio o el rechazo disimulados de “incomodad” es un problema de todos o, por lo menos, de todos aquellos que creemos que la expresión sin derecho de algunos no deberían causar sufrimiento en otros.
*Por Lucas Crisafulli para La tinta. Imagen de portada: ATCLibertad.
¿Pueden la fe y el folclore transformarse en espacios de resistencia, visibilización y lucha para las diversidades y disidencias sexuales frente a los discursos de odio que circulan y son legitimados por el presidente y sus políticas de Estado?
Por Lucas Leal para La tinta
A Lucía Riba, la primera teóloga feminista que conocí y que, sin saberlo, me hizo pensarme como creyente desde mi propia sexualidad. (2008)
A Susy Shock, la primera trava que conocí cantando zambas y coplas, y a la que escuché decir, por primera vez, que debíamos reapropiarnos de nuestro folclore y resignificarlo. (2010)
Para quienes crecimos en el interior, guitarra y rosario en mano desde pequeños, el folclore y la religión, con sus respectivos guiones, configuraron nuestras subjetividades, cuerpos y deseos, puesto que ―a diferencia de las grandes ciudades― la parroquia o el taller de folclore son los “únicos” espacios de socialización. Nací en un barrio de San Miguel de Tucumán, en una cultura en la que la religiosidad popular con sus misas, procesiones y devociones lo impregnaban todo. Durante toda mi adolescencia, participé activamente de un grupo juvenil en la capilla del barrio. Lo mismo podría decir del folclore, dado que, a los 8 años, aprendí a tocar la guitarra y, tiempo después, a bailar zambas y chacareras. Tardé mucho tiempo en comprender que estas dimensiones no se oponían a mi sexualidad porque ambas sostienen el binarismo y la heterosexualidad obligatoria como única forma válida y legítima de existencia. La Iglesia, por un lado, con sus discursos, doctrinas, rituales, y el folclore, por otro, con sus letras y figuras para la danza, actúan de modo performativo en una repetición que nos hizo/hace creer y pensar que nuestras vidas no valen por no “ajustarse” a esa “norma”. Mensajes tales como que la seducción y el deseo sólo son legítimos entre el varón y la mujer; que el único modelo de familia es heterosexual; que hay roles y modos de comportarse socialmente, y debemos cumplir con ellos por ser varones o mujeres se instalan en nuestras subjetividades desde estos dos dispositivos.
Para sorpresa de muches, sin embargo, algo “milagroso” suscitó el discurso en contra del colectivo LGBTIQ+, los feminismos y la perspectiva de género, entre otras cosas, que Javier Milei pronunció en Davos. ¿Pueden la fe y el folclore transformarse en espacios de resistencia, visibilización y lucha para las diversidades y disidencias sexuales frente a los discursos de odio que circulan y son legitimados por el presidente y sus políticas de Estado? ¿Es posible que estos dispositivos “tradicionales”, que en algún momento invisibilizan nuestras identidades, ahora, resignificados, acompañen la defensa de los derechos que hemos conseguido y que hoy pretenden quitarnos en esta llamada “batalla cultural”?
¡Y se va la primera!
El tradicional Festival de Cosquín 2025, que consuma el ideal del imaginario del folclore consagrando cantores y cantoras, se transformó, en su edición número 65, en un espacio de resistencia, lucha y visibilización de las diversidades y disidencias sexogenéricas.
Cabe mencionar, en primer lugar, la Luna disidente que, por tercer año consecutivo, se llevó a cabo en el conocido “Patio de la Pirincha”. Este espacio autogestivo y colectivo es el patio de una casa (¡el patio de quien conocemos como la Piri!) que fue transformándose, desde el año 2001 a esta parte, en un espacio de referencia para artistes y promotores de la cultura en el que se impulsan proyectos, talleres y espectáculos varios durante todo el año. La Luna disidente nace en 2023 por iniciativa de la Piri, Maxi Ibañez, escritor y poeta, y La Ferni, cantora trans no binaria. Esta noche arcoíris convoca artistes locales y de distintos puntos del país donde, desde el folclore, se celebra y se resiste.
Imagen: La Voz.Imagen: La Voz.Imagen: La Voz.
Algo totalmente “disruptivo” fue lo que aconteció, en esta edición, en el escenario mayor Atahualpa Yupanqui en la plaza Próspero Molina. En la segunda noche, la cantora cordobesa, Paola Bernal, abrió su presentación con una emotiva interpretación de la Canción de cuna para niñxs diversxs, de la artista travesti, Susy Shock. Esta canción aparece en una de sus frases, una plegaria por un mundo más digno y más justo para las infancias.
Días después, en la cuarta luna, la quenista iruyense, Micaela Chauque, dedicó una chacarera a las mujeres y las diversidades. En el escenario, irrumpió el conocido gauche disidente, Legon Queen, quien, junto a la bailarina trans, Valeria Ortega, entre redondas, zapateos y zarandeos, dieron un claro mensaje de resistencia con su mera presencia. El cierre de Micaela fue una verdadera fiesta multicolor con un enganchado de carnavalitos y las banderas del colectivo LGBTIQ+ flameando como signo de reconocimiento y visibilidad frente al odio y la invisibilización.
La sexta luna contó con dos momentos significativos. Por un lado, la cantante Luciana Jury cerró su presentación con la canción “Las ramas”, de su propia autoría, mientras bailaba una pareja de mujeres y citó a Susy Shock al concluir la misma, con la conocida frase: “Buena vida y poca vergüenza”. Minutos después, Micaela Vita, cantante del grupo Duratierra, hizo un llamado a reivindicar la memoria en nuestra patria y, entre los nombres de artistes y personas significativas, ante la ovación del público, dijo: “Esta es la patria de Diana Sacayán… de Susy Shock”. Acto seguido, junto al músico trans, Valen Bonetto, interpretaron la chacarera “La del Pueblo” que, entre otras cosas, dice: “Marica, ¿qué hay de la espina que te han clavao en el pecho? Tus alas de mariposa surcando un mundo deshecho; Marica, para cantar, que no se te olvide amar».
Sin lugar a dudas, uno de los momentos más relevantes del festival llegó en la séptima luna, cuando la reconocida cantora, Yamila Cafrune, invitó a compartir el escenario a La Ferni, quien, recordemos, en el año 2021, logró que el festival cambiara su estatuto que reconocía las categorías “voz masculina” y “voz femenina” por una categoría sin distinción de género, denominada “voz solista”. La canción elegida por La Ferni fue “Cantor(a) de oficio”,una bella poesía de Miguel Ángel Morelli que vio la luz en 1976, un contexto complejo y oscuro de nuestra historia si los hubo, en la voz de Mercedes Sosa. La letra pone de relieve la responsabilidad de les artistes en la construcción de un mundo más bello, con la música y la voz como herramientas. El momento culmen de la canción fue cuando La Ferni, con voz vibrante y emocionada, declaró:
“Nadie debe creer que los, las y les artistas pertenecemos a un mundo extraño donde todo es escenario y fantasía. Les artistas somos hombres y mujeres, y también somos travestis, trans, no binaries, maricas, tortas, bisexuales, identidades sexogenéricas disidentes, legítimas, empoderadas, orgullosas y visibles que, ya sin ocultarnos nunca más, transitamos las calles y los días, sufrimos el sufrimiento de nuestro pueblo y latimos también con su alegría”.
Miro el video y se me pone la piel de gallina. ¿Quién diría que, en pleno 2025, en contexto de fascismos y en tierras cordobesas donde sabemos que existe una clara adhesión a las ideas de La Libertad Avanza, ella, en nombre de todes, nos hizo visibles? ¿Podemos imaginar la potencia que tiene decir y sostener en ese escenario, en el que aparentemente sólo tienen lugar el binarismo, el amor romántico con sus mitos y las performances normativas del género, que las identidades disidentes somos legítimas, empoderadas, orgullosas y visibles?
Imagen: La Voz.
¡Y se va la segunda!
La jerarquía de la Iglesia, cuyos discursos y prácticas habitualmente se vinculan como contrarias a las diversidades y disidencias sexuales, tomó por sorpresa a la sociedad toda cuando, el 30 de enero, pudo leerse en redes sociales el comunicado de la Arquidiócesis de Mendoza por medio de la Pastoral de la Diversidad Sexual, que expresa su profunda preocupación “ante discursos que consideran al antirracismo, al feminismo y a la lucha por los derechos de la comunidad LGBTIQ+ como un cáncer que hay que extirpar«, señalando que dichas expresiones «promueven la discriminación y la violencia contra minorías» y resultan “alarmantes y contrarias a los valores evangélicos”. El comunicado expresa, sin titubeos: “No podemos ni debemos permanecer indiferentes ante estas manifestaciones de odio. Podemos tener diferencias de opinión o posicionamientos, pero nunca debemos dejar de abrazar y acompañar, desde los principios evangélicos, a las personas que integran estos colectivos, especialmente, a quienes son más vulnerables y marginados. Con estas palabras, la Arquidiócesis de Mendoza manifiesta su adhesión a la marcha antifascista y antirracista del 1° de febrero, e invita a la comunidad a sumarse al esfuerzo de construir “una sociedad donde nadie sea excluido y donde prevalezcan el amor, el respeto y la solidaridad”. Cabe mencionar que Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, permite la posibilidad de cambio con el nombre autopercibido para personas trans en las actas de bautismo oficiales y afirmó, recientemente, su preocupación ante «la desmesura de algunas afirmaciones que están apareciendo en discursos locales», alertando sobre el riesgo de retrocesos en derechos conquistados por consenso social.
A la contundencia de este comunicado, se sumó la Pastoral Social de la diócesis de Merlo-Moreno, afirmando que “rechaza enfáticamente las declaraciones discriminatorias y violentas del presidente Javier Milei en Davos”, dado que “estas expresiones que legitiman el odio, la persecución y estigmatización hacia las mujeres y personas del colectivo LGBTIQ+ vulneran los derechos humanos elementales y desconocen los marcos legales internacionales con rango constitucional en Argentina”. Continúa el comunicado: «En repudio a sus dichos; adherimos, convocamos y acompañamos la marcha que se realizará el día 1° de febrero de 2025». La libertad, se afirma, es con dignidad y justicia social, con y para todos.
Otro gesto institucional provino del arzobispado de Buenos Aires, liderado por el arzobispo Jorge García Cuerva, quien expresó su malestar por la colocación de vallas en torno a la Catedral Metropolitana en la jornada de la movilización, ya que, desde agosto de 2023, se había decidido quitar las mismas sin que se hayan recibido ataques o agresiones por parte de manifestantes de ese tiempo a esta parte. Sin embargo, y tal como lo expresa el comunicado, el 1° de febrero, la catedral apareció vallada aún cuando, la tarde anterior, se expresó la negativa ante la consulta. El comunicado sostiene: “El Arzobispado de Buenos Aires quiere expresar que la imagen que hoy brinda la iglesia mayor no fue por decisión eclesiástica y a todos vuelve a reiterar su convicción de que nada se construye con el odio y la división ni dando expresiones subrepticias de ello por medio de signos externos (…) reiteramos el compromiso de la Iglesia católica en esta Ciudad de Buenos Aires de acompañar a todos sin hacer distinción alguna y de abrir siempre sus puertas para los que quieran seguir a Jesús”.
¿Podría considerarse hoy a la Iglesia católica y el papa Francisco como nuestras alianzas en este momento? Le pregunté a Eduardo Mattio, docente universitario, con el que compartimos sorprendidos estas noticias. “Así parece”, me respondió. Ciertamente, desde hace un tiempo, el papa Francisco se ha pronunciado como líder de Estado, por ejemplo, en contra de la criminalización de la homosexualidad y ha promovido, en el seno de la Iglesia, la presencia de comunidades creyentes LGBTIQ+. Si bien no podemos negar la historia de oposición y los discursos eclesiásticos que durante siglos nos invisibilizaron, violentaron y marginaron. Pero, en este contexto, ¿no es acaso un bálsamo que, en medio de tanto discurso de odio, una institución como la Iglesia valide y legitime nuestras identidades con estos pronunciamientos? En medio de la violencia estatal, ¿no resulta relevante que Francisco y parte de la Iglesia apoyen, desde su lugar, nuestras luchas y derechos conseguidos? ¿No radica aquí el sentido profundo de la fe y de la práctica de Jesús en la que el amor al prójimo se expresa en gestos concretos de respeto, reconocimiento y valoración de la dignidad de toda persona? Al menos, esta es la Iglesia a la que adhiero y la que deseo. Y, sin lugar a dudas, esta perspectiva tiene que ver con la presencia y la militancia de muchas personas creyentes LGBTIQ+ que, desde dentro de las comunidades cristianas, resignifican las prácticas, los rituales y la doctrina.
¡Se acaba!
Es 1° de febrero. Son las 18 horas. Y en la plaza Próspero Molina se inicia la marcha antifascista y antirracista convocada por el colectivo LGBTIQ+ que se unió, en esta localidad, a la marcha por el agua. Allí, están presentes locales, turistas y muches de les artistas nombrades a lo largo de este artículo. Cuando arrancó la movilización, sonaron las campanas de la parroquia en un claro gesto y señal de apoyo y acompañamiento a lo que estaba por acontecer.
Parece que esta “batalla” recién comienza, porque “resucitaron” en redes sociales y otros espacios esos discursos que vuelven a estigmatizar, patologizar y marginar nuestras identidades, pero, esta vez, legitimados por las palabras y las políticas de quienes nos gobiernan. Lo que nos queda es hacer lo que bien sabemos hacer como colectivo: organizarnos, visibilizarnos, resistir, luchar y crear belleza. Hacer memoria de quienes nos precedieron, hicieron historia y pusieron el cuerpo; habitar todos los espacios (sobre todo, ¡los que creímos que no eran para nosotres, como el folclore y la religión!) y resignificarlos para construir otras narrativas acerca de nosotres. Subamos a los escenarios y altares para contar lo hermoso que es ser quienes somos porque lo que está en juego es la comprensión de eso que llamamos “lo humano” y el reconocimiento, por parte de todas/es/os, de que nuestras vidas son deseables, son vivibles, ¡VALEN! Quizá, hasta que algunes entiendan esta cuestión tan simple, pero, a la vez, profunda, debamos seguir lo que decía la querida Lohana Berkins: «Que digan y piensen lo que quieran de nosotras… pero que no nos nieguen (ni nos quiten, agrego) los derechos que nos corresponden».
*Por Lucas Leal para La tinta / Imagen de portada: La Voz.