La Revolución del 18′

La Revolución del 18′
8 agosto, 2018 por Redacción La tinta

Pablo Touzon para Panamá Revista

¿Qué define una revolución? El siglo XXI universalizó el uso de la palabra y, en alguna medida, la domesticó: hasta la misma propaganda cambiemista supo hablar de su propia “Revolución de la Alegría”, hoy ya transmutada en una suerte de módico y frío optimismo de Estado, la repetición cansina de una fórmula gastada. Y sin embargo, la Argentina de los últimos años vivió una revolución, una que no está encarnada en ningún partido, sindicato o gobierno, y que a pesar de esto (o, más precisamente, por esto) modificó de forma radical lo más profundo de la vida cotidiana.

¿Imaginaban las organizadoras de la marcha de “Ni una Menos”, aquel 3 de junio de 2015, el movimiento que estaban dando a luz? Es poco probable, y esta es una de sus peculiaridades, entre muchas otras. La ola verde no tiene el formato leninista (o kirchnerista, para el caso) de una movilización organizada desde y para un objetivo estatal, y también de referencias y liderazgos exclusivos o excluyentes. Si mañana el Presidente de la Nación llama a su Jefe de Gabinete y le pide “cerrar” algo con el movimiento feminista, ¿a quiénes llaman? ¿Y qué representatividad podrían arrogarse sus múltiples referentes mediáticos sobre su derrotero? ¿Quiénes son “las bases”, y quiénes su liderazgo? De ahí la pregunta trillada que obsesiona a la política: “¿Quién acumula?”, la pretensión de quien se presenta con un balde de playa delante de un tsunami. “Nadie”, podría ser la respuesta, lo cual remite a decir “todos”. El movimiento de mujeres es uno en donde las bases y los liderazgos se confunden, lo cual potencia su alcance en una era de crisis general de la representación política. La elude cristalizándola.

Las mujeres argentinas protagonizaron un 17 de Octubre en cuotas insertándose en la más pura tradición nacional de ocupar la plaza, física y metafóricamente. Su revolución se introdujo en todo, se hizo carne en la vida real, en el trabajo y en el sexo, en los medios y en la calle, en las listas electorales y en el lenguaje, cortando a la sociedad transversalmente en un clivaje nuevo. En el congreso nacional introdujo la discusión más importante que puede dar la política, aquella sobre las distintas definiciones de la vida y la muerte y la potestad de las fronteras sobre lo único que realmente poseemos: el cuerpo. Solo desde la perspectiva del “materialismo” más miope puede interpretarse que una discusión de estas características esta hecha para “tapar el ajuste”.

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Foto: Colectivo Manifiesto

¿Es micropolítica una agenda que interpela directamente a más de la mitad de los argentinos? El FMI, el déficit fiscal, la distribución del ingreso, los paros generales, la CGT, Cristina, la interna peronista y Comodoro Py son, en todo caso, parte del paisaje recurrente de una Argentina que se muerde la cola. Ya estaban y probablemente estarán. El movimiento feminista es casi la única verdadera novedad en la monotonía depresiva de estos años de estanflación y grieta; podría decirse al revés, que el acuerdo con el FMI “tapa” la discusión sobre la interrupción voluntaria del embarazo. La paradoja es que este solo comparte el podio de “lo nuevo” con los movimientos sociales ligados a Francisco, el embrión posible de una forma de representación poslaboral de los trabajadores argentinos. Dos formas políticas del siglo XXI.

Resulta llamativo el esfuerzo de demandarles una prolijidad y asepsia que ninguna revolución jamás tuvo: en ese sentido, la Revolución de las Mujeres no escapa a las generales de la ley. La termodinámica de las revoluciones tiene siempre sus jacobinos y sus girondinos, sus mencheviques y sus bolcheviques, el Terror y la Razón. Sus libertarios y sus comisarios políticos. La poesía y el patrullero. Toda Revolución tiende también a ser autorreferencial y algo monotemática: hace rotar al mundo alrededor de su propio eje, y así como los setentistas podían interpretar hasta un córner con las categorías de la lucha de clases, las feministas pueden leer hoy hasta la Batalla de Pavón en términos de agenda de género. Nada más natural: todo lo que nace lo hace a los gritos. “Sorora” es como “ciudadano” o “camarada”, menos una descripción empírica que una aspiración ideológica, el nombre en construcción de una nueva comunidad política.


Quedará para la historia que Mauricio Macri fue quien habilitó la discusión sobre el aborto en la Argentina, posibilitando con su media venia un ejercicio de debate que siempre quedaba “para épocas mas tranquilas”, lo que en Argentina equivale a decir jamás. Un triunfo simbólico que él mismo se escamoteó en los últimos días y sobre todo en la noche de la votación en Diputados, cuando su neutralidad se pareció muchísimo a una indolencia indiferente, un laissez faire al cubo: que decida el Congreso y que gobierne el Fondo. El Presidente prescindente. Una frivolidad insólita frente al posible derrotero de la discusión que él mismo abrió: ¿Qué pasaba en el país esa noche si la ley no salía? ¿Que pasará sino se aprueba en Senadores? Fue el “Poné la fecha” de los liberales argentinos ante su propio gobierno, ansiosos por el “gradualismo decisorio” del Presidente, del cual emana siempre una sensación de microcálculo perpetuo ajeno a toda convicción. Un casero ausente.


La cámara de diputados argentina funciona como un mix de Intratables y Polémica en el Bar: los “famosos” al tope para encabezar la lista y la masa necesaria de “runflas” para votar lo que el poder mande después. El tema es cuando el poder no quiere nada: “¿cuál es la orden?” era la pregunta de la bancada oficialista. Pregunta que queda aún sin respuesta en la votación en el Senado, sobre todo con Gabriela Michetti como presidenta del cuerpo. Autogestión como en la selección nacional. Y una votación definida en gran parte por un peronismo que después de muchos años volvió a dar señales de vida sintonizando otra vez con la calle y la sociedad. Verna, Pichetto, CFK y Felipe: una paradojal forma de unidad de un movimiento que siempre se jactó de poder interpretar “la marcha de la Historia”, aun a desmedro de sus propias posiciones anteriores. La regla de oro de Néstor Kirchner años 2000: los representarás a todos. Porque desde aquella época hasta ahora es la sociedad la que, para bien o para mal, marca el paso. Comentario aparte para el radicalismo que baja las banderas: la contabilidad previa de sus votos en el Senado arroja un número insólito. El partido de las libertades individuales vota contra el aborto. Es la imagen del peronismo votando la flexibilización laboral (pero sin Banelco).

Muchos oficialistas apelaron la noche de la media sanción al manual de instrucción cívica y las reglas de la división de poderes ante la inacción política. “Típico de peronista creer que se abre una discusión para cerrarla a tu favor”, se oyó y leyó decir entre las tribunas amarillas. En la gran película de Steven Spielberg sobre Abraham Lincoln y la votación de la emancipación de los negros americanos hay una respuesta a este planteo. Lincoln no solo “abre la discusión”, se involucra en ella, y recurre a todos los medios posibles para lograr el resultado histórico. Y eso que, hasta donde sabemos, Lincoln no era peronista.

En su discurso final, la diputada Lospennato tuvo un gran acierto al insertar la actualidad del movimiento de mujeres como el capítulo contemporáneo de una lucha histórica, cuando citó a las referentes que en soledad y con un contexto político y social hostil sostuvieron la pelea por la IVE; casi como los dirigentes del movimiento obrero hablando de los primeros y solitarios sindicalistas (y una notable excepción en el PRO, que todo lo deshistoriza). Toda historia tiene su prehistoria.

Sea como sea el resultado en el Senado, ya existe en el país un nuevo y muy, muy singular movimiento político. En este paisaje lunar de la Argentina en donde el invierno ya definitivamente llegó, solo queda por decir: “Yo viví la Revolución del ‘18”. Y que sea ley.

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Foto: Eloísa Molina para La tinta

*Pablo Touzon para Panamá Revista.

Palabras claves: feminismo, legalización del aborto

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