Capitalismo antidrogas: una guerra contra el pueblo

Capitalismo antidrogas: una guerra contra el pueblo
12 julio, 2018 por Tercer Mundo

El narcotráfico permite legitimar al aumento de la venta de armas y otros equipamientos policiales y militares, además de reprimir al pueblo organizado.

Por Diego Castro para Zur

Dawn Marie, autora del libro Capitalismo antidrogas, es canadiense e investiga los grupos de búsqueda de desaparecidos en el norte de México. Comparto con ella el doctorado en Puebla, y siempre me llamó la atención las motivaciones para investigar el horror y la muerte. Con el tiempo fui entendiendo su conexión con la capacidad de lucha del subsuelo mexicano para resistir, produciendo tramas comunitarias que sostienen la vida.

La guerra contra las drogas es una guerra contra el pueblo mexicano, una guerra de despojo de sus recursos naturales y sus formas de vida. Una tarde calurosa de mayo pagamos la deuda prometida varias veces de conversar sobre ello.

Dawn Marie está vinculada a México desde 2005 y en 2011 comenzó a vivir en el país. Antes, por medio del periodismo, se acercó a las luchas que resistían el avance de las mineras de empresas canadienses en varios países de América Latina. Luego de contar una y otra vez los mismos mecanismos utilizados por las mineras para intentar despojar a pobladores y campesinos de sus territorios, decidió que era momento de conectar esa dinámica a una lógica general en que Estados Unidos y también Canadá le joden la vida a cientos de miles de latinoamericanos.

El año 2006 era tiempo de luchas intensas en México. La exitosa resistencia de Atenco al aeropuerto, la comuna de Oaxaca y la Otra Campaña mostraban el hartazgo del subsuelo mexicano. En lides institucionales, López Obrador había sido victorioso en 2006, pero un fraude electoral lo desplazó. Asume como presidente Felipe Calderón del Partido de Acción Nacional.

A los pocos días y sin haber dicho una palabra en su campaña electoral al respeto, Calderón lanza la denominada “guerra contra el narco” a mediados de diciembre de 2006. La inaugura con una operación en el estado de Michoacán que, según nos cuenta Dawn Marie, marcará la modalidad de intervención: miles de efectivos del ejército y la policía federal destinados supuestamente a controlar el flujo y la producción de amapola. “El sexenio de Calderón supuso la experimentación de una guerra contra la gente, con niveles de violencia no conocidos hasta entonces, cuando la cifra de homicidios venía bajando. Desde entonces hay documentadas 35 mil personas desaparecidas, y más de 260 mil asesinadas”, explica. Solo si tomamos las cifras oficiales, la guerra contra el narco ha desaparecido a más personas que la cruenta dictadura argentina.

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Otros hechos complementan el panorama que mencionamos. En esos años la atención de Estados Unidos, que antes se encontraba en Colombia, pasa a enfocarse en México con la Iniciativa Mérida, una propuesta similar al Plan Colombia que comienza a funcionar en 2008. Esto supuso el aumento en la transferencia de dinero de Estados Unidos a México con destino a la seguridad. Según señala Dawn Marie “a la vez que iba aumentando la ‘ayuda económica’ de Estados Unidos, en México aumentaban los muertos”.


¿Qué relación tiene la intensificación de la lucha social y la declaración de la guerra contra el narco? Para Dawn Marie toda e insistirá en que la denominada guerra contra el narco no es otra cosa que la justificación de la existencia de un enemigo interno para multiplicar el ataque contra el pueblo mexicano, contra su entramado comunitario, contra sus formas de vida y resistencia; las víctimas serán fundamentalmente hombres jóvenes, los motivos inexistentes. Las matanzas no tienen un patrón común, los jóvenes asesinados mayormente no están vinculados a grupos del crimen organizado, aunque el discurso oficial siempre los intente conectar. Es gente común, asesinada en matanzas sin motivo aparente. El resultado: miedo, terror, confinamiento forzado a espacios privados, ruptura del tejido social. Un cambio paulatino y profundo de las formas de socialización allí donde el terror se instala.


Lo que argumento en mi libro Capitalismo antidrogas es que esta no es una estrategia que tenga que ver con controlar las drogas. Por ejemplo, el Plan Colombia no fue exitoso en disminuir la cantidad de cocaína que se consume en Estado Unidos, lo cual era su pretexto. Pero fue efectivo en otras cosas: abrir mercados, mayor apertura económica, hacer reformas políticas, todo con el mismo dinero y el discurso de la prosperidad para salir del ‘flagelo’ del narcotráfico. Y también se comprobó con el Plan Colombia que la militarización para la prohibición es funcional al capital. Esta se relaciona a todos los casos de despojo extremo para liberar territorio para la caña de azúcar, para la palma. También acabar con sindicatos como en los casos de ‘Chiquita’ y Coca Cola, contratando paramilitares para asesinar a gente organizada. Este despojo liberó territorios para la ampliación de actividades económicas que permitieron mayor acumulación de capital. Ese fue el éxito del Plan Colombia, el mismo que se busca en México. La meta es otra, no es controlar las drogas, esto es la excusa. Cuando se propone la Iniciativa Mérida se decía que marchaba sobre el éxito del Plan Colombia, pero dicho éxito no residía en el combate a las drogas, sino en preparar a Colombia para firmar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, abrir la economía, dar seguridad a las empresas americanas que quisieran operar”.

Aunque su forma de aplicación no es idéntica, la intencionalidad sí. “México y Colombia son países muy distintos. La economía colombiana es mucho más chica y el rol del Estado en los conflictos sociales es distinto también. México es un país donde sobra Estado, como siempre dicen, tiene capilaridad la dinámica estatal que el PRI desarrolló en la mente de la gente, en la forma de organizarse, y en Colombia no es así”, afirma.

El sentido que se quiere instalar en la conformación del enemigo interno, según Dawn Marie, es muy sencillo: “Gente mala, maleantes, crimen organizado”. Edificado el enemigo, se pasa a justificar lo que sería difícil de hacer en otro contexto. Al referirse a una de las matanzas más conocidas, la de Villas de Salvarcar, Dawn Marie ilustra el mecanismo: “Entran a una fiesta y disparan, matando a más de una docena de chavos de dieciséis y diecisiete años en Ciudad Juárez. Entonces el presidente Calderón estaba en Asia y se pronuncia diciendo que los jóvenes eran narcotraficantes. Esta es una forma repetida, desde el poder justifican las matanzas diciendo que son narcotraficantes, que algo tienen que ver con el crimen, con la trata de personas u otra actividad ilegal. Cuando en realidad en México más del 95% de los casos nunca se investigan. Eran chavos que estaban en una fiesta y no se sabemos por qué los matan. Realmente es muy truculento, no se sabe por qué, tampoco se sabe quiénes fueron los asesinos. En ese caso la descripción es la de un grupo paramilitar, algunos especulan que pueden haber sido militares o policías con otra vestimenta, por la forma de operar. El discurso de que estas acciones es producto de los carteles viene del Estado, primero que nada se presenta como oficial. Ello genera una justificación, ‘algo habrán hecho’, la hace posible y refuerza la idea de que tienen a quién perseguir, ‘vamos por los malos’. Cuando en realidad lo que está pasando es que estos ‘malos’ y las fuerzas estatales siempre tienen alguna relación. Más bien habría que pensar que estos dos bandos, estos dos grupos, están haciendo una guerra contra el pueblo mexicano”.

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La inexistencia de motivos para los asesinatos es tanto o más desconcertante que la pérdida de vidas. Dawn Marie se pregunta por la necesidad de desaparecer a los 43 jóvenes de Ayotzinapa o de asesinar a más de veinte en Tlatlaya. Una respuesta se repite: “Aún no tenemos testimonios, como cuando en Colombia comienzan a hablar los paramilitares, para comprender los motivos. En aquella oportunidad empezaron a decir que trabajaban para tal empresario o tal congresista, o tal empresa transnacional. En México no hemos llegado al momento donde ellos hablen, no hemos llegado al momento de tener testimonio directo de los responsables. Lo que sí tenemos es testimonio de mucha gente afectada. He entrevistado a mucha gente que son víctimas de esa guerra. Dicen que lo que está pasando es una cacería mayoritariamente contra jóvenes, hombres, menores de 25 años, pero también sobre mujeres y lo que ha generado es una sensación de terror, de parálisis. La gente deja de moverse de un lado al otro, los pequeños comercios cierran por extorsión, la libertad de expresión y protesta no existe, no hay chance de expresarse y tampoco de juntarse. Los espacios sociales para jóvenes, como los antros, son los primeros en ser atacados. Donde me encuentro trabajando en la actualidad, en Torreón, en 2010 y 2011 ocurren una serie de masacres donde presos del estado de Durango pasaban a Coahuila, llegaban a los antros y balaceaban a quienes estuvieran. Luego regresan a la cárcel y nada. ¿Por qué? Según dicen en esta guerra, por el pago de cuotas a los antros. Pero lo que no dicen es que lo hacían bajo el permiso o las órdenes directas de las autoridades. Con respecto a la cuota queda mucha duda, de qué te sirve si luego de una masacre de esas el negocio va a cerrar y de allí no tendrás nada para cobrar”.


“Balaceras, desaparición de personas de forma masiva, secuestros, desaparición de migrantes, masacres, con todo ello lo que hay es una impunidad estructural –enumera-. No se sabe por qué sucede ni quiénes lo hacen, pero tenemos muchos indicios que frecuentemente se trata de agentes estatales. El caso más sonado es Ayotzinapa y el Estado mexicano lo sobrevivió. Yo soy de las que piensa que al Estado mexicano le va muy bien estando en Ginebra negociando por los 43 y no por los 35 mil o los muchos más”.


Frente a este escenario, Dawn Marie se encuentra trabajando en torno a la idea de la contrainsurgencia ampliada como forma de una guerra neoliberal, diferente de la guerra de contrainsurgencia de la época de Guerra Fría. “En estas últimas, tal como sucedió en el Cono Sur con las dictaduras, los perpetradores claramente son el Estado o escuadrones de la muerte ligados al Estado, y las víctimas tenían alguna actividad política o nexos con activistas o guerrilleros. Sabemos que existieron cárceles clandestinas, torturas, funciones de inteligencia militar o policial. Ahora la desaparición tiene otra cara. Según la escasa información que se tiene los perpetradores son  50 por ciento fuerzas estatales de todos los niveles y 50 por ciento grupos criminales, entre comillas, pues no sabemos quiénes son. En el caso de las victimas mayormente son jóvenes sin actividad política. El factor uno es el geográfico: de los 35 mil desaparecidos la mitad son de 28 municipios, de más de 2400 que tiene México, la mayoría en la frontera norte y en Guerrero. Esto nos ayuda a pensar la cuestión de territorios estratégicos, en término de tránsito, pero también en términos de la industria maquilera del norte que está en un boom. O la presencia de la industria del gas en Tamaulipas y Veracruz. La amenaza comunista perdió su efecto de miedo con el colapso de la Unión Soviética y el socialismo de Estado. El narcotráfico ya está considerado como una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. Yo estoy trabajando la idea de dos periodos en América Latina: el de la Guerra Fría hasta fines de 1996, con la firma de la paz en Guatemala. Allí se establece la prohibición de utilizar el ejército para asuntos civiles, sin embargo pocos años después el ejército está en la calle nuevamente para combatir el narcotráfico. Y un segundo momento, el actual, que le estoy llamando ‘guerra neoliberal’, una guerra que se disfraza en contra del crimen, supuestamente despolitizada, que no tiene nada que ver con la economía, con el capital. Una guerra que es en contra del pueblo. Sea el narco, el Estado o los paramilitares los perpetradores, las víctimas son del pueblo, ya no como guerrilleros, sino que es gente común. Por eso hablo de que esta es una guerra de contrainsurgencia ampliada, ataca a la gente común, trabajadores informales, gente vinculada a lo que Raquel Gutiérrez Aguilar llama lo ‘comunitario – popular’”.

Así, la guerra contra el narco más que controlar el flujo y producción de droga instala un régimen de terror que daña y paraliza la trama social y facilita niveles más intensivos de explotación de trabajo y de los recursos naturales, a la vez que interviene en el control de los flujos migratorios hacia Estados Unidos. A estos elementos Dawn Marie agrega uno más, el disciplinamiento. “Están pensando a largo plazo –explica-. México tiene una historia revolucionaria muy importante, fue un proceso muy profundo, durable, que llevó a cambios radicales, entonces puede inferirse que estén pensando a largo plazo, están eliminando más que nada hombres jóvenes en edad de combatientes. Cuando se sientan los efectos de las privatizaciones, sobre todo la energética que tuvo lugar en 2013, las políticas de austeridad serán muy fuertes. Entonces las acciones actuales pueden ser tomadas como formas de debilitar las resistencias futuras y blindar el Estado, siempre en beneficio al capital transnacional”.

Dawn Marie relativiza e incluso sugiere la falsedad de algunos elementos del relato sobre el narcotráfico: las rutas, el control territorial de los diferentes carteles de acuerdo a zonas geográficas. Gran parte del tráfico se mueve en barcos, lo que se confisca es testimonial. “El ejército es quien controla las rutas y cogestiona el tráfico de drogas en México –asegura-. El relato sobre las drogas incluye la existencia de todos estos elementos y funciona en una sociedad mayormente católica, muy conservadora, que dice ‘si yo no ando poniéndome droga no me va a pasar nada y los que sí lo hacen así les va, andaba en algo’; se justifica así su muerte o desaparición, un recurso discursivo muy potente que le conviene mucho al poder.  Es un pánico moral muy efectivo. ‘¡Pinches marihuaneros que están arruinando el país!’, dicen”.

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También sostiene que el mito de que los carteles son mil veces más potentes que el estado es falso: “Ha habido una inversión billonaria en armas en la guerra contra el narco de parte de los estados”. Desde el año pasado existe una ley de seguridad interior que le da atribuciones especiales al ejército, permitiendo que si entiende que existe peligro pueda declarar el Estado de Sitio y controlar el lugar que sea. Frente a ello, Dawn Marie es enfática y dice que esta es una modalidad de cooperación del Estado con el narcotráfico: “No hay dos bandos, no hay penetración de los carteles a las fuerzas policiales y militares como se quiere sostener, hay pura cooperación. Por ejemplo en el caso de Ayotzinapa, a quienes se señala como responsables, los Guerreros Unidos, la mayoría son policías de Cocula, el municipio lindero. En realidad es un grupo paramilitar con apoyo del Estado, no es un cartel. México no es un Estado fallido, es muy funcional al capital y a ciertas elites. Es la forma que han encontrado para desatar una guerra contra un pueblo que no quiere, que no está de acuerdo, que no se deja”.


“Luego de Siria e Irak, México es el país que tiene más cantidad de víctimas por conflicto; si eso no es una guerra no sé qué lo es –enfatiza-. La idea de que se necesitan dos bandos para una guerra es la peor pendejada. Pero pasa en todos lados, la guerra de control a las drogas en Estados Unidos significa encarcelar masivamente, acá en México es matar y desaparecer masivamente”.


Sin demasiadas expectativas le pregunto sobre las alternativas y cómo se sale de esto. Suspira largamente y me lanza un mejicanismo elocuente: “¡No mames!”. Deja pasar unos segundos y deja caer algunas sugerencias: “Obviamente legalizar las sustancias narcóticas, dejar de producir armas… no sé”. Antes o después, durante la charla, Dawn Marie sugiere una salida, que reside en la capacidad del pueblo mexicano a no dejarse caer, verse en la potente historia revolucionaria capaz de ser activada una vez más, en el espíritu de Pancho Villa y Emiliano Zapata presente en el pueblo que resiste, le planta cara y busca alternativas, incluso en el vecindario de la bestia.

En 2006 cuando asume Calderón, en México había cuatro mil policías federales. Apenas 12 años después, guerra contra el narco mediante, hay 40 mil, todos entrenados en las agencias norteamericanas e israelíes.

En momentos donde el problema de la seguridad en Uruguay solo es atendido punitivamente, ahí está México como testigo elocuente de que a más poder policial y militar mayor cooperación con las actividades delictivas y más muertes.

Los aportes de Dawn Marie nos permiten reflexionar sobre este nuevo enemigo interno para las doctrinas de seguridad nacional que ha sustituido al comunismo. Nos ayuda a identificar las relaciones existentes entre la denominada guerra contra el narco, el despojo y la acumulación de capital. Así como nos invita a no asumir el relato sobre el narcotráfico acríticamente.

Una mirada más que oportuna para estos momentos de clamor de intervención militar en los asuntos de seguridad interior, multiplicación de muertes sin justificación tras el mote de “ajuste de cuentas” entre grupos rivales. Otra forma de enfocar el problema en tiempos de territorios supuestamente controlados por el crimen organizado, que justifican la demolición de un barrio, o la explosión de grupos criminales en pequeños mercados de la droga como Minas, Salto u otra ciudad del interior. Todas situaciones que alimentan la presencia de más policías, todas sobre el supuesto de que ello redundará en más seguridad. Las alertas que comparte Dawn Marie en su libro Capitalismo antidrogas sugieren lo contrario.

*Por Diego Castro para Zur

 

Palabras claves: Estados Unidos, Guerra contra el Narcotráfico, México

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