Les pibis se abrieron paso

Les pibis se abrieron paso
23 septiembre, 2020 por Redacción La tinta

¿Es posible identificar rasgos comunes entre las nuevas generaciones de jóvenes? Y a la hora de hacer política, ¿cómo se relacionan con las organizaciones tradicionales? En conversación con Lalengua, Ofelia Fernández, la legisladora más joven de Latinoamérica, y Bruno Rodríguez, fundador de Jóvenes por el Clima Argentina, dan su visión acerca de qué los moviliza y cuáles son sus expectativas con respecto a la participación política.

Por Juan Funes para Lalengua

“Generación Z”; “centennials”; “les pibis”; “generación verde”. Son varias las etiquetas con las que se busca catalogar a los y las jóvenes que nacieron en el nuevo milenio. Hablar sobre una generación, atribuirle ciertas características, es poco riguroso; implica negar particularidades geográficas, de clase, barrer con las vastas diferencias culturales entre personas que, en muchos casos, solo comparten la edad. Pero aún así, cabe preguntarse: ¿existen ciertas tendencias o constantes en las nuevas generaciones para hacer política?, ¿cómo se relacionan con las organizaciones políticas tradicionales?, ¿qué novedades traen? En conversación con Lalengua, Ofelia Fernández, quien con 19 años se convirtió en la legisladora más joven de Latinoamérica, y Bruno Rodríguez, de la misma edad, fundador de Jóvenes por el Clima Argentina y único representante de Argentina en la Cumbre de Acción Climática de la Juventud de Naciones Unidas de 2019, dieron sus puntos de vista.

Durante la campaña de 2019, Ofelia planteó que los y las jóvenes “se organizan por agenda política”. “Veía en la lógica de los partidos una hipótesis en la que los jóvenes, al dejar de entrar masivamente a esas estructuras, habían dejado de intervenir políticamente. Pero esto no es así necesariamente. Hay nuevas formas de intervención política”, explica. La militancia de los y las jóvenes se organiza principalmente en torno a tres movimientos: el educativo, el feminista y el ambiental, “sin que sea necesario darle un anclaje partidario”, aclara. “Una gran porción de la militancia juvenil fue conquistada por el feminismo y el ambientalismo. Es imposible comprender y transformar cualquier activismo sin entender su vínculo con el resto de las injusticias y las desigualdades, y eso es lo que va potenciando y politizando a esos militantes. Ese proceso se da naturalmente, el tema es que no se lo subestime desde la política más tradicional”, sostiene Ofelia.

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La militancia de Bruno empezó a los 13 años en el movimiento estudiantil, pero dio un giro cuando, el año pasado, participó de la fundación de Jóvenes por el Clima Argentina, surgida a partir del fenómeno que generó a nivel mundial la figura de Greta Thunberg. Más allá de su impronta internacionalista, la organización se inscribe en las tradiciones locales y latinoamericanas, y entiende al ambientalismo como un movimiento necesariamente popular. “Somos hijos de los y las militantes por los derechos humanos”, sostiene Bruno, y agrega que “los primeros ecologistas no somos nosotros ni las organizaciones ambientalistas tradicionales, sino los movimientos de la economía popular”. Bruno también destaca la importancia de que el ambientalismo sea entendido como una disputa colectiva y no individual: “El macrismo y el neoliberalismo nos deja como legado cultural que las actitudes individuales y la modificación de nuestros hábitos es suficiente. Ahí tenemos una batalla cultural que dar y que es crucial. Mientras podamos seguir profundizando la interseccionalidad de las luchas, más vamos a avanzar”, afirma.

Crecer al calor de la calle

Las trayectorias militantes de Ofelia y Bruno fueron meteóricas. Con 19 años, se convirtieron en portavoces de dos movimientos que aparecieron como los más dinámicos tanto en el ámbito local como internacional, con una fuerte presencia juvenil: el feminismo y el ambientalismo. Algunos estudios realizados en los últimos años hicieron hincapié en la relevancia de estos dos movimientos para los y las jóvenes. El informe de Amnistía Internacional  titulado El futuro de la humanidad, de diciembre de 2019, señaló que el 49 por ciento de los jóvenes de entre 18 y 25 años encuestados de Argentina consideraba que el problema más importante que enfrenta el mundo es la contaminación. La investigación local titulada Estudio de juventud Argentina 2018, realizada por el Organismo Internacional de Juventud (OIJ) y el Instituto Nacional de Juventud (Injuve), marcó como una de las conclusiones que los y las jóvenes “son abiertos y cero prejuiciosos: no son binarios, no son grieta. Están atravesados por el feminismo como forma de pensar”. 

Ofelia tenía 15 años el 3 de junio de 2015, cuando las mujeres colmaron las calles bajo la consigna de NiUnaMenos. Cinco años más tarde, su primer discurso en la Legislatura coincidió con la previa del Día de la Mujer, el 8M. En su intervención, leyó un texto que había escrito durante aquellos tiempos del redespertar feminista. “Me servía para evidenciar lo que estaba nombrando: cómo la realidad sigue siendo tortuosa, pero también para poner sobre la mesa que yo vengo de ahí, de ser una militante de 15 años que escribía ese texto con impotencia y sin sentir que había lugar para esas transformaciones, y que, de repente, se convierte en una piba leyéndolo en un espacio de decisiones”, recuerda. La intervención mantuvo el tono y el registro que ya son un sello propio de Ofelia: la habilidad de condensar en palabras simples y directas cuestiones muy complejas, ignoradas o eludidas por las personas que usualmente acaparan los micrófonos. Si bien reconoce haber estado muy nerviosa, las respuestas que obtuvo fueron para ella “muy positivas”, lo cual le demostró “que el camino es efectivamente ese”, según sus propias palabras. “Cualquier intento de adaptarme o moldearme en función de lo que se espera de quien está en ese lugar, no me sirve ni a mí ni al proceso que quiero llevar adelante ahí adentro, ni a la gente que banca lo que puede salir de ahí”, sostiene.

Aquella disertación marcó un fuerte contrapunto con algo que Ofelia suele subrayar: las intervenciones antiderechos de muchos legisladores y legisladoras durante el debate por el proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en 2018. “La contraposición del argumento y de la impunidad”, precisa Ofelia. “Existe una intención por transformar, por marcar la realidad desde otro criterio u otra perspectiva, desde mí, desde mi generación, desde el movimiento feminista, en contraposición a un sector de la clase política que tiene la garantía de la impunidad de poder no hacer su trabajo”, explica. El discurso que más le sorprendió durante la discusión por la IVE fue el de la senadora Cristina del Carmen López Valverde (PJ), quien afirmó que no iba a votar a favor del proyecto porque no había podido acceder al texto. “Es una señal muy clara de algo que muchas veces impera en espacios como ese, en oposición a quienes nos hacemos desde la pelea colectiva, de la organización con otros, y llegamos a esos lugares para trasladar ese recorrido”, subraya Ofelia.

En septiembre del año pasado, Bruno fue el único argentino seleccionado para participar de la Cumbre de Acción Climática de la Juventud de la ONU en Nueva York, a la que fueron invitados 100 jóvenes de todo el mundo, con Greta como figura central. En su intervención, Bruno hizo hincapié en su condición de latinoamericano: “La historia de nuestra región es la de cinco siglos de saqueo. Para nosotros, el concepto de justicia ecológica y medioambiental está ligado a los Derechos Humanos, la justicia social y la soberanía nacional sobre nuestros recursos naturales”.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

El vertiginoso crecimiento de Jóvenes por el Clima Argentina tiene esa marca indeleble. La organización ambientalista surgió como parte de las manifestaciones estudiantiles que comenzaron en Europa con el impulso de Greta y que luego se extendieron por distintas partes del mundo. “Entendimos que, al no haber ninguna expresión de protesta social similar en Argentina que agrupe particularmente a los jóvenes tras el reclamo de acción climática, de lucha contra la crisis ecológica, debíamos representar a ese movimiento”, recuerda. El proceso, desde el principio, puso de relieve las reivindicaciones políticas locales. “Necesitábamos incorporar una perspectiva de lucha que no sea un calco de lo que gestaron nuestros compañeros y compañeras en Europa, sino que, justamente, reivindique nuestros métodos de manifestación popular autóctonos y que se entienda también que vivimos en un contexto en el que Latinoamérica históricamente siempre sufrió de una dependencia importante de sus bienes naturales para con los países más desarrollados en el orden global”, apunta.

Esta “transformación discursiva”, en términos de Bruno, implicaba “incorporar una perspectiva de transformación sistémica y de cambio estructural. Un dato matador: cien empresas en todo el mundo son responsables de más del 70 por ciento de todos los gases de efecto invernadero que se emiten mundialmente. Este dato reclama que los Estados tomen acciones urgentes de regulación”. El 15 de marzo de 2019, Jóvenes por el Clima convocó a más de cinco mil jóvenes para movilizarse. Sumado al eco de las calles, desde esa fecha fundante, buscaron interpelar a los servidores públicos. “Ese mismo día, presentamos un documento con distintas exigencias al entonces presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, y después nos reunimos con el entonces Secretario de Ambiente, Sergio Bergman”. Actualmente, la agrupación mantiene un diálogo fluido con el exdiputado y ahora ministro de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Juan Cabandié.

El arte de lo posible

Si en algo coinciden Ofelia y Bruno en relación a la forma de construir política es en correrse de los lugares de comodidad, en buscar la articulación con otros espacios para expandir sus reclamos y propuestas. Ofelia llegó al Frente de Todes dentro del Frente Patria Grande, un espacio heterogéneo liderado por Juan Grabois e Itai Hagman. El proceso de unidad que se llevó adelante de cara a las elecciones de 2019 dio como resultado un gobierno en el que convergen muchas organizaciones, agrupaciones y partidos políticos del campo nacional y popular. Impulsar discusiones dentro de ese gran frente no es sencillo. “Lo que más me irrita a veces de nuestro campo es la reticencia que hay a explotar nuestros matices, que creo que tendría que haber sido la conclusión más importante de lo que pasó en los últimos cuatro años y lo que significó armar el FdT”, opina Ofelia.

La legisladora sostiene que es contraproducente caer “en una dinámica de organicidad extrema, en la cual todo el mundo tiene que ser cuidadoso con sus ideas en función general del promedio”. “El FdT fue una hipótesis que planteó la posibilidad de que convivan ideas distintas, que incluso se van a tener que disputar. Existe la posibilidad de que sea un gobierno que condense las dos cosas al mismo tiempo y que, de acuerdo a la propia dinámica de su pueblo y de su sociedad para llevar adelante esas discusiones, se vea en qué orientación se profundiza más o menos”, apunta y hace una salvedad: “Veo que hay como que cada vez que alguien declara algo un poco más ‘ultra’, genera un problema. Ni siquiera por lo que se plantea, por la idea de la propuesta, sino por el mero hecho de que está criticando en un momento en el cual ‘no hay que generar tensiones’, cuando, en realidad, eso tendría que ser una ventaja”.


No habilitar la discusión política es lo que genera, para ella, una amenaza de quiebre y el resultado es que los sectores más reaccionarios sean los que triunfan en el terreno discursivo. “Al final, lo que pasa es que la única agenda que permitís es la que pone la derecha. Los debates que viene impulsando la derecha son tan mediocres que a mí me duele mucho que a veces no interesen los debates que planteamos algunos de los propios. Quiero que seamos capaces de poner una agenda que oscile entre nuestras propias posiciones, no siempre en función de las mediocridades de turno que plantea gente profundamente conservadora y reaccionaria”, afirma.


Jóvenes por el Clima, explica Bruno, es una organización que constantemente busca articular su trabajo con distintas agrupaciones  y, también, mantener vinculaciones con representantes del Estado. Ven con buenos ojos el diálogo con Cabandié, dado que valoran que “su historial de militancia sea en agrupaciones de derechos humanos”, dice Bruno. “Una de las problemáticas esenciales es relacionar a la crisis sistemática ecológica con la vulneración sistemática de los derechos humanos. Tenemos la vara de exigencia muy alta con la cartera ambiental del Estado, porque entendemos que, por ejemplo, con la situación de los incendios en el Delta del río Paraná, necesitamos una respuesta integral”, apunta Bruno.

Por otro lado, la organización está colaborando con el Plan San Martín, el “plan Marshall criollo” de reactivación productiva impulsado por los movimientos populares de la UTEP y un grupo de sindicatos. “Estamos viendo en qué podemos trabajar en materia energética junto a los trabajadores y trabajadoras de los sectores rurales que están ahora empezando a impulsar formatos alternativos en cuanto a modelos productivos”, comenta. Los movimientos de la economía popular son, para Jóvenes por el Clima, los pioneros en la disputa por un nuevo modelo de vida en relación al ambiente, tanto por la experiencia de los recicladores urbanos como de los trabajadores rurales. “Históricamente, son esos trabajadores los que llevan adelante una línea que tiende a modificar profundamente a la matriz del modelo productivo vigente, por medio de la introducción del principio de agroecología, de soberanía alimentaria, de lucha contra las multinacionales que utilizan pesticidas en los procesos de producción agrícola. La articulación que más tenemos es con los movimientos sociales, porque son los sectores que más importan en esta lucha”, sostiene Bruno.

El futuro llegó hace rato

La situación de la pandemia puso de manifiesto, una vez más, que el mundo necesita una transformación urgente. ¿Qué rol deben cumplir los y las jóvenes para traccionar este cambio? “Si los pibes y las pibas, los brazos jóvenes de los partidos políticos, empiezan a entender que es importantísimo empezar a militar sobre la cuestión ambiental, el cambio se va a poner en marcha porque esos jóvenes son los dirigentes del futuro”, apunta Bruno. La premisa de Jóvenes por el Clima de mantener una independencia partidaria tiene como objetivo poder penetrar transversalmente en la militancia joven. De esta forma, según Bruno, “la estructura partidaria argentina se termina acoplando a las exigencias de la juventud cuando logramos ingresar en el plano dirigencial. La militancia es una categoría colectiva, de ninguna manera es una prerrogativa de un núcleo dirigencial”.

Ofelia cita una frase del presidente Alberto Fernández para ilustrar el rol que debe tener la juventud, para ella, en este contexto: “No quiero una juventud disciplinada ni domesticada. Al primer momento en que no me encuentre a la altura de mi palabra o de su expectativa, quiero que salgan a la calle y que me lo digan”, dijo el presidente. “Esa es una señal que tenemos que tomar, sobre todo, por nuestras ‘expectativas’. No es momento para ser obsecuentes. Proponer, profundizar o, incluso, criticar no implica una ruptura, implica la necesidad imperiosa de que, ante un alza de movimientos conservadores, mientras hay gente que defiende los intereses de las grandes corporaciones y que se ocupa de proteger el privilegio de los que siempre estuvieron arriba de la pirámide, aparezca una juventud que, con la misma fuerza, obligue a mover la cúpula hacia las nuevas agendas, que son importantes, sobre todo en un momento en el que tenemos que replantearnos la dinámica y la lógica del mundo en relación a sus desigualdades”, sostiene.

La agenda ambiental es, para Ofelia, “una pieza que la política todavía no procesa con relevancia, pero que evidentemente la tiene. Lo que estamos viviendo está muy vinculado al trato y a la relación que tenemos con el mundo que nos sostiene”. Para ella, del mismo modo en que el feminismo mostró una forma brutal de desigualdad, la agenda ambiental pone de relieve otra. “No podemos creer en la justicia social y no en la necesidad de construir un ambientalismo popular. La realidad es que la degradación del medio ambiente tiene consecuencias sobre la vida humana y, en particular, en las vidas de los sectores populares. La crisis ambiental no hace otra cosa que profundizar las desigualdades preexistentes”, apunta.

Para Bruno, la situación de la pandemia generó “un terreno muy fértil para empezar a radicalizar nuestras demandas, profundizar los cambios estructurales que son posibles de llevar adelante”. En línea con lo expuesto por Ofelia, para él, no se trata solo de una cuestión ambiental, sino de un problema estructural de Argentina. “Es necesario empezar a rediscutir la estructura de la propiedad de la tierra. Tenemos un 0,94 de terratenientes que manejan más del 34 por ciento de todas las extensiones productivas del país. Esos mismos tipos son los que deforestan absolutamente todo, destrozando ecosistemas, expulsando y reprimiendo a las comunidades de los pueblos originarios. Ahí tenemos una situación de vulneración muy potente de derechos humanos, que, a su vez, se relaciona con los ciclos de acumulación de riqueza en Argentina. Hay una oportunidad muy interesante para ofrecer una alternativa estructural, que venga de los sectores sociales organizados, con el ambientalismo como aliado estratégico”, concluye.

*Por Juan Funes para La lengua / Imagen de portada: Equipo Ofelia Fernández y Tobías Sklarnovic. 

Palabras claves: Jóvenes, Ofelia Fernández, políticas públicas

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Afectividades en la escuela: la potencia de la Educación Sexual Integral

Afectividades en la escuela: la potencia de la Educación Sexual Integral
16 diciembre, 2020 por Verónika Ferrucci

La Educación Sexual Integral (ESI) ha significado una de las pedagogías más potentes y transformadoras en los últimos años, dentro y fuera de la escuela. Defendida, combatida y con desafíos, trascendió el papel de la Ley y se volvió un campo para llenar de lucha. En esta nota, compartimos algunas reflexiones que surgen del trabajo de investigación en escuelas de la Ciudad de Córdoba, como ensayo para abrir debates urgentes y ampliar sus horizontes.

Por Gabriela Morales y Verónica Ferrucci para La tinta

“Yo creo que un poco el rol de la escuela y de los saberes,
y del conocimiento en sí, es esto de poder elegir. Por eso cuando hablamos de ESI es importante para que el día de mañana podamos elegir, o sea, elegir con quién queremos estar, cómo queremos estar, cómo queremos sentir nuestro deseo, qué nos da deseos”
(Estudiante de secundario)

En los últimos años, la ESI ha sido una de las innovaciones que más ha movilizado las escuelas, ya sea por las resistencias que despierta o por considerarse una herramienta para pensar la vida escolar. Tanto desde los activismos feministas y disidentes, como desde la vida escolar, ha sido un mojón de esperanzas para el proyecto educativo como impulso de transformaciones que otorguen significados a los tiempos que vivimos, para construir vidas libres de violencias con disfrute y libertad para niñes y jóvenes.

Escribimos las siguientes reflexiones como Equipo de Investigación del área Feminismos, Género y Sexualidades del Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades (FFyH), de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), a partir del análisis del trabajo de campo realizado en escuelas secundarias de Córdoba desde el año 2012.

(Imagen: La tinta)

Entre la educación emocional neoliberal y la politicidad de las emociones

Las emociones y los afectos han sido objeto de investigación y han ganado especial protagonismo en las propuestas pedagógicas en los últimos años. La perspectiva de la “educación emocional” ha impactado en las escuelas a partir de la inclusión de lógicas empresariales en consonancia con discursos neoliberales en el ámbito educativo. En este enfoque, las emociones son consideradas de orden individual y se promueve que sean controladas, autorreguladas, ordenadas, clasificadas y también entrenadas. Este modelo aplicado a la educación, pretende el aprendizaje del control de las emociones, de modo que permita despejar o anular los conflictos en la escuela apuntando a la gestión de las mismas por parte de cada estudiante.

En contraposición con este modelo, el denominado “giro afectivo” en las ciencias sociales, otorga fundamental importancia a la dimensión política de las emociones y los afectos. Discute y problematiza la dicotomía entre emociones y razón, interpelando la concepción que resta valor a las primeras cuando son entendidas como simples estados psicológicos. Si bien las emociones se consideran elementos psicológicos, son fundamentalmente entendidas como prácticas culturales y sociales. Esta consideración implica tener en cuenta que cada época y contexto, desarrolla una jerarquización de las emociones que organiza, de manera implícita, las disposiciones morales y sociales.

Desde esta perspectiva, en nuestro trabajo de investigación profundizamos sobre la dimensión política de la emocionalidad que se despliega a partir de las propuestas escolares en torno a la ESI. Nos propusimos comprender los modos de afectación en las experiencias de ESI y su relación con la reproducción y sostenimiento de las estructuras de poder, así como también qué resistencias y transformaciones habilita en lo personal y en lo colectivo.

A partir del trabajo de campo que realizamos en escuelas secundarias de Córdoba, reconstruimos relatos que refieren a modos y formas de experiencias de educación sexual integral que les estudiantes interpretan como experiencias más o menos significativas, que llamamos «climas afectivos» los cuales pueden habilitar u obturar el trabajo áulico.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

Climas afectivos en el escenario escolar

Trabajar con la idea de clima nos permitió caracterizar ciertas atmósferas o tonalidades emocionales, en lugar de pensar en estados afectivos definidos, que configuran condiciones para el aprendizaje y los modos de relaciones en la escuela. Las estrategias metodológicas y enfoques -las formas de dar clases, el tipo de actividades propuestas-, los vínculos entre docente – estudiantes, la habilitación o no de la palabra, etc- para abordar los contenidos de ESI configuran “climas escolares” que habilitan u obturan procesos de enseñanza aprendizaje.

Climas afectivos entendidos como un espacio/tiempo donde se llevan adelante actividades ligadas a educación sexual y circulan afectos que no todes pueden expresar de la misma manera, donde se asumen roles y posiciones diferenciales y hay respuestas diversas frente a las emociones disponibles en ese momento. Estos climas no son estáticos, pero tampoco fluyen sin dirección; están en íntima relación a los contenidos presentados, los recursos didácticos utilizados y los vínculos que existen entre estudiantes y también entre estudiantes y docentes. La configuración de determinados climas permitirá y habilitará distintos grados y modos de participación, diálogo, escucha, sensaciones de respeto y cuidado.

“El año pasado le preguntaban [sobre aborto] a un profe, pero nadie se animaba a dar su opinión por miedo de que después el profesor empiece a juzgar”.
(Estudiante de secundario) 

En nuestro trabajo de investigación reconstruimos experiencias de estudiantes para conocer qué consideran significativo en sus trayectorias escolares, cuando relatan sus recorridos en educación sexual. En los talleres y entrevistas que realizamos en escuelas secundarias, les jóvenes hablaron de sus experiencias y registros desde distintos afectos, que nos llevan a reconstruir dos tipos de climas afectivos.

Las voces juveniles refieren a elementos que componen un clima afectivo donde aquello que dicen y hacen genera respuestas que obturan la posibilidad de diálogos fluidos dentro del aula. Identifican vivencias de humillación que se ligan a la vergüenza por “no saber”. Estas emociones conectan con la burla, ofensa y minimización a les otres, y requieren de testigos en el aula, ya sea docentes y/o compañeres. Mencionaron también, cuestionamientos y desvalorizaciones, por parte de docentes, a sus posiciones políticas con el consecuente señalamiento y marcación: “Me tenía fichada, me decía, vos que sos del pañuelito”, comentó una estudiante. Estas narrativas configuran lo que hemos identificado como un primer clima afectivo.

“Muchos tienen miedo de dar su opinión por miedo a que lo juzguen”
(Estudiante de secundario)

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Foto: Colectivo Manifiesto

Por otro lado, como parte de un segundo clima, les estudiantes valoran la posibilidad de trabajar en confianza, lo que permite mayor participación de todes y una apertura en profundidad a temas que les interesan, preocupan y conmueven. La confianza es comprendida como algo que “se construye” y al mismo tiempo, un espacio al que se “entra”. “Hay que entrar en confianza para hablar de estos temas, que no se sienta juzgada, porque sabe que estamos todos”, expresaron en uno de los talleres realizados con estudiantes. Reconocen además, que las búsquedas y dudas son tomadas como válidas, sin lugar a burlas o humillaciones. El espacio para preguntar y comentar sin ser/sentirse juzgades es valorado como un buen espacio para el trabajo con la ESI. Se genera entonces, un “buen clima” cuando en un ambiente de “confianza” y “respeto”, se puede hablar, preguntar, escuchar sin sanciones morales, con compañeres que se lo “toman en serio” y no obturan la palabra y con docentes que “hablan claro” y se predisponen al diálogo o “tienen conexión” con sus estudiantes.

“Sucede cuando nos sentimos cómodes, nos sentimos segures de que estamos, tenemos nuestro espacio y que lo que compartamos se nos va a respetar, se nos va a acompañar, se nos va a abrazar de alguna forma. Un espacio que te invita a hablar, a compartir y a decir lo que pensás, lo que sentís, o lo que es tu experiencia”
(Estudiante de Secundario)

La relación entre un buen y un mal clima afectivo se basa entonces en diferenciar aquellos afectos que potencian un abordaje participativo sobre ESI y aquellos que no. La diversidad de temas y modos de abordajes amplía las perspectivas sobre el trabajo con educación sexual; mientras que la inhibición de las voces de les jóvenes –ya sea por cansancio o por vergüenza -, vuelve más monótonas y burocráticas las propuestas y se reproduce un libreto áulico que no es significativo para las existencias juveniles. “Tenemos derecho a no saber”, fue una expresión que surgió en un grupo sobre la posibilidad de expresar dudas e interrogantes porque reconocen que ese tipo de demandas son tan legítimas como necesarias.

Los ‘buenos climas’ son aquellos que multiplican las posibilidades de enseñanza y aprendizaje a partir de la experiencia, de lo cercano, alojando la incertidumbre y la emocionalidad. Promover la construcción de climas afectivos, posibilita lazos de confianza para fortalecerse en lo personal y también en lo colectivo.

La escucha de los relatos estudiantiles durante el trabajo de campo, nos permitió pensar algunos contornos a partir del actual escenario social, político y cultural y el impacto en la reconfiguración de la enseñanza de la ESI. Observamos que el entorno conservador expresado desde algunos sectores religiosos presiona e instaura nuevas formas de control y regulación sobre el trabajo docente, el curriculum y la pedagogía. Lo que repercute directamente en la construcción de los climas afectivos. A la vez, que las luchas sostenidas por los feminismos y las disidencias sexo-genéricas, ingresaron en las aulas a través de las juventudes y la marea verde quienes disputan por sus derechos, interpelando las estructuras y transformando los sentidos. Esta presencia de jóvenes militantes y docentes comprometides y afectades por el pulso de un nuevo tiempo, va marcando y abriendo nuevos horizontes y posibilidades para la construcción de climas afectivos significativos y favorables para trabajar la dimensión política de las emociones, aún y contra los entornos adversos.

La ESI desde sus inicios como política pública de derecho, implicó un campo de disputa por los sentidos y alcances de lo enseñable de la sexualidad y el género, por los contenidos y metodologías, por los aprendizajes esperados y/o deseados. Pero sobre todo, hay una dimensión subterránea, a veces silenciada o banalizada: el mundo de las emociones y los vínculos; los modos en que nos afectamos con otres y con el mundo. Ahí anida una zona de promesas para construir libertades. En esto están muchas escuelas y la ESI sigue siendo la pedagogía más revolucionaria y potente de estos tiempos.

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(Imagen: Colectivo Manifiesto)

*Por Gabriela Morales y Verónica Ferrucci para La tinta / Imagen de portada: Colectivo Manifiesto.

*Investigadoras del Proyecto Afectividad y Educación Sexual del Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades María Saleme de Burnichon de la Universidad Nacional de Córdoba.

Palabras claves: Educación Sexual Integral, Ley Nacional de Educación Sexual Integral

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