Gran Bretaña despliega los Gurkas en las Islas Malvinas luego de cuarenta años


Durante marzo, Gran Bretaña, en sus perpetuas formas de afirmar su ocupación de nuestras Islas Malvinas, realizó diversos ejercicios militares de rutina. Una demostración de fuerza que ocurre muy a menudo, pero, esta vez, la diferencia estuvo marcada por la presencia. Esta denominación, ajena a nuestro idioma (y también al inglés), hace referencia a los guerreros nepalíes de origen Gorka, que sirven desde hace más de doscientos años en las filas del imperio.
Por Ignacio Liziardi para La tinta
La palabra Gurka (también Gurkha o Gorkha) puede resultarnos extraña a quienes nacimos en democracia, pero si les preguntamos a quienes recuerdan el conflicto de 1982, podrán decirnos algo. En los relatos de muchos soldados argentinos, los Gurkas eran fantasmas nocturnos, seres endemoniados, guerreros de ese lejano Oriente salidos de la oscuridad con un grito que erizaba la piel, con sus característicos kukris (cuchillos curvos).
Como si el horror de la guerra no fuera suficiente, los conscriptos argentinos (muchos recién salidos del secundario, mal abrigados y mal comidos) oían historias sobre estos guerreros en sus heladas trincheras. Un elemento de otro tiempo, en pleno siglo XX. “Los únicos que los vieron ya no están”, es la frase que toma Lara Segade, quien ha estudiado el fenómeno del rumor en las filas argentinas en torno a los Gurkas. Lo cierto es que, si bien se trató de una fuerza de élite desplegada durante el conflicto, todo parece indicar que no entraron en combate. Pero, entonces, ¿de dónde viene la leyenda de los Gurkas? ¿Qué hacían nepalíes peleando contra argentinos en unas islas del Atlántico Sur?

A simple vista, parece un escenario inverosímil, pero, para el imperialismo, no existe lo inverosímil. Hace falta remontarnos varios siglos atrás. En el norte de la India, hacia fines del siglo XVI, el pueblo llamado Gorkha ―por el guerrero del siglo VIII, Guru Gorkhanath― emigró al techo del mundo: el Nepal. Se establecieron cerca de Katmandú, adoptando el hinduismo como religión. Con el tiempo, siguieron avanzando a través de los Himalayas. En las décadas de 1780-1790, invadieron el Tíbet y destruyeron numerosos monasterios budistas, aunque permanecieron asentados en el reino de Nepal, donde se estableció el principado de Gorkha.
Hacia fines del siglo XVIII, la presencia colonial europea en el subcontinente indio aumentó. Palmo a palmo, sultán a sultán, la autoridad colonial británica, que tenía su centro en Bengala, fue ampliando su influencia. El principado de Gorkha, tras perder una guerra contra los invasores ingleses (1814-1815) y rebelarse infructuosamente, el año siguiente, llegó a un acuerdo, La Compañía Británica de las Indias Orientales contrataría los servicios de estos guerreros, dado que los oficiales europeos habían quedado asombrados por su dureza. Los Gurkas sirvieron entonces como mercenarios de la Compañía durante la Guerra Pindari (1817-1818), la primera guerra anglo-birmana (1826) y durante las guerras anglo-sikhs (1845-1849). Ayudando, en cada una, a someter diversos pueblos.
En 1857, estalló la «revuelta de los cipayos» y la autoridad de la Compañía se vio comprometida. Estos eran indios (de diversas etnias) reclutados como tropa regular por la autoridad británica. Cabe mencionar que es por ellos que, en nuestro país, llamamos cipayos a quienes se benefician de los intereses foráneos del norte global en nuestro territorio. Someter nuevamente a los sublevados costó a los británicos muchísima sangre y los Gurkas tuvieron un papel clave. Esto concluyó con la toma de posesión de la Corona de los territorios de la Compañía e inició el periodo del Raj británico de la India (1858-1947), es decir, el gobierno directo de la Corona sobre lo que hoy es India, Pakistán, Bangladesh y Birmania.
Tras la independencia de la India en 1947 y Nepal (que se encontraba bajo protectorado inglés hasta la década de 1950), la situación cambió. Gran Bretaña se vio forzada a abandonar lo que la reina Victoria llamaba la joya de su corona. La India era independiente y Nepal ya no les debía nada. Entre todos los asuntos que enfrentaba dicha administración colonial en desmantelamiento, se encontraba la pregunta de qué hacer con los Gurkas. Los británicos trataron por todos los medios de conservar dichas unidades, por lo que se firmaron diversos acuerdos sobre el tema entre las tres partes. Desde entonces, Gran Bretaña se reserva el derecho de reclutar y entrenar, con el permiso de Nepal y la India, estos guerreros de élite que forman parte integral de sus fuerzas armadas, los Regimientos Reales de Fusileros Gurkas.


¿Son los Gurkas mercenarios?
Pareciera que, de manera estrictamente legal, no lo son. Sin embargo, si tiene cuatro patas, cola y ladra, es un perro. Sirven a un país que no es el propio, son contratados y solo pueden ser desplegados luego de negociaciones con Nepal. Podríamos concluir que, a fines prácticos, son mercenarios modernos o una forma blanqueada (Gran Bretaña es la madre del blanqueo en todas sus acepciones) de los mismos.
Luego de cuarenta años, las tropas de Gurkas fueron desplegadas en Malvinas por el ocupante. Al respecto, el intendente de Ushuaia, Walter Vuouto, realizó un descargo en la red social X, dado que gobierna la ciudad capital de la provincia de la que las Islas Malvinas forman parte ―recordemos que el nombre completo oficial de la administración fueguina es Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur―.

Queda preguntarnos, ¿acaso hay algo más perverso que traer militares asiáticos desde el otro extremo del mundo para sostener una posición colonial a 13.000 kilómetros de Londres? Pareciera que sí, pues a toda esta situación hay que sumar que, durante las décadas pasadas, mientras diversos batallones Gurkas servían en Iraq y Afganistán, los militares nepalíes jubilados que habían formado parte estos regimientos (algunos veteranos de Malvinas) cobraban mucho menos que sus pares ingleses, por lo que iniciaron una campaña de reclamo al Gobierno británico por jubilaciones dignas.
Parece increíble, pero podría ser la mayor y más elaborada moraleja sobre el tema: servir al opresor no garantiza nada, ni siquiera el sustento propio.
*Por Ignacio Liziardi para La tinta / Imagen de portada: Agencia Malvinas.
