Una Bati-señal para las ciencias sociales argentinas

Una Bati-señal para las ciencias sociales argentinas
1 diciembre, 2023 por Gonzalo Assusa

La sociedad también tiene sus leyes y su gravedad, su orden cósmico y sus átomos, sus fuerzas y resistencias. ¿Qué tipo de ciencia necesitamos en un país con 40% de pobres? ¿Una que clone axolotes? ¿Una que le dé soluciones financieras y patentes a laboratorios que nos sobrefacturan las vacunas que desarrollan con conocimientos generados con fondos públicos? ¿Cómo vamos a identificar, explicar y solucionar los problemas sociales? Pes ta ñeaste. #Datitos sociológicos para todas y todos, como si se los explicara a mi abuelo.

Ciencia de verdad, insisten al justificarse. Ciencia de verdad, repiten los que explican la vida con dilemas hipotéticos en latín (aunque estos no existan nunca en la realidad). Ciencia de verdad, la del laboratorio, la de las chaquetillas, la de los tubos de ensayo, la de las patentes. Ciencia de verdad, la que encuentra vacunas y crea seres vivos enteros en probetas a partir de una partecita de otro ser vivo. Ciencia de verdad, esas que evalúan las pruebas PISA y que no requieren adjetivos (son las “sociales” las que tienen que aclarar e insistir con que también son ciencias).

Así lo explicaba la candidata, ahora electa vicepresidenta, en el debate: “Nos interesa que se investiguen las ciencias duras, las cosas que le van a dar prestigio a nuestro país. Investigar el ano de Batman, las canciones de Ricardo Arjona, el pensamiento de Victoria Villarruel, la película del Rey León o si Star Wars era mesiánico o no definitivamente no es ciencia y no es algo que deba pagar el Estado argentino». La referencia a la dureza de las ciencias prestigiosas recuerda a la declaración de un consiliario en la Asamblea Universitaria de la UNC cuando se discutía la creación de la Facultad de Ciencias Sociales, hace escasos siete años: “Necesitamos una universidad con menos Weber y más Popper”, haciendo mención a Karl, no al estimulante. 

No tengo siquiera que detenerme a explicar que, ante semejante enumeración, los titulares de los diarios se quedaron con la referencia que nombraba el ano de un superhéroe en una investigación de CONICET. Un estudio que “no debería” pagar el pueblo argentino con un 40% de pobreza. Un razonamiento, por cierto, demasiado parecido a la indignación de ciudadanos de bien que observaban a mujeres de sectores populares comprando alfajores con la Tarjeta Alimentar a principios de 2020. Los países pobres no deben financiar ciencias sociales, de la misma manera que las personas pobres solo deberían comer polenta, fideos y arroz. ¿Ciencias sociales en un país desigual y excluyente? ¿A quién se le ocurre? Definitivamente, en patrias como la nuestra, hay que concentrar todas las fichas de la producción de conocimiento científico bancado por el Estado… en clonar ornitorrincos.

No me voy a referir a la verdadera línea de investigación de Facundo Saxe (que, según sus propias palabras, para no morir de literalidad, debió explicar que no estudia el ano de un superhéroe), una nueva víctima de los aparatos mediáticos de difamación, que para colmo ni siquiera son originales. Ya el actual partido gobernante -tercero en las elecciones generales- había desplegado esta estrategia contra docentes y científicos entre 2016 y 2019 -parte de lo que el PRO históricamente ha entendido con la noción de “paritaria”-. Tampoco voy a aclarar por qué los estudios de género y sexualidades son relevantes para haber logrado nuevos pisos de derechos y convivencia democrática en nuestras sociedades -todo lo endebles y reversibles que se quieran, no podemos negar que habían empezado a existir-.

Siento, en cambio, que voy a tener que empezar con un argumento mucho más atrás, mucho más básico, pero que en estos días -que no sale el sol, sino su rostro- hace falta volver a explicitar. Intento decir que la buena y la mala ciencia no se diferencian por la solemnidad de su objeto. El negacionismo solemne es el mejor contra-ejemplo de esto. Milei niega el cambio climático arguyendo que le tocó trabajar con unos ecologistas en algún momento y vio que, en realidad, es una mentira del marxismo cultural que sobresatura las funciones de las simulaciones para generar miedo. Milei niega la brecha salarial de género, afirmando que si se controla por ocupación -algo falso-, la brecha no existe -algo incompleto, además, porque no explica por qué existen brechas de género no sólo salariales, sino también en el acceso a puestos directivos y de poder-. 

Milei dice que Gary Becker hizo ciencia de verdad cuando pensó el delito como una acción económica, muestra cabal de que se puede citar un paper sólo como gesto, expresando, al mismo tiempo, exactamente lo contrario a lo que manda la epistemología de buena parte de las ciencias sociales: en lugar de investigar un fenómeno, imaginarlo como si las personas actuaran con una lógica que no sostienen, postularlo como un hecho abstracto y regido por reglas de la teoría de juegos, y sancionar, finalmente, cómo se resolvería un problema social de la realidad (no de la teoría).


Por lo menos desde 1972, cuando Dorfman y Mattelart publicaron Para leer al pato Donald, sabemos que analizar los consumos culturales de una población puede resultar una clave fundamental para entender su comportamiento. Un país con 40% de pobreza, en el que más del 55% del electorado votó achicar el Estado, reducir las ayudas sociales y liberar al Mercado, necesita ciencia de verdad: ciencias sociales que nos saquen de la incomprensión. Y pensar Batman -más allá o más acá de su ano- es un buen punto para este argumento.


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El bati-anal-cocapitalismo

Yo sé que es casi tan impopular como confesar que no me gustan Los Redondos, pero la pura verdad: siempre me cayó medio mal Batman. Y no me refiero a la cara bonita de George Clooney ni a la cubetera de abdominales que vienen ya incorporados en el traje, ni al vampiro teen que crece degradado para ser murciélago adulto. 

Piensen en una La Liga de la Justicia, sede Córdoba: Aquaman con dermatitis, Linterna Verde vende literatura de autoayuda y es socio de un club terraplanista, Superman se dedica de dar charlas TEDx y Cyborg, hincha de Racing, tiene un desarmadero en Nueva Italia.

Batman, en cambio, genera ese encanto y atracción por el vigilante con halo de tristeza masculina -en inglés le dicen así, vigilante, a los justicieros civiles, eso que en cualquier barrio de nuestra ciudad se traduciría como cobani-. ¿De dónde viene esa empatía? ¿Nunca sintieron un poquito de vergüenza ajena por esa pose de cheto oscuro que cree que su vida fue la más dura y la más difícil de la ciudad? El Batman argentino seguro tendría un perfil en la revista Brando: “Todo empezó en el garaje de papá”. Como dice Embid, autor de Con capa y antifaz. La ideología de los superhéroes, “es como si Florentino Pérez decidiera ponerse un traje y combatir el crimen en Madrid por la noche”. El tipo tiene un arsenal escondido en ese subsuelo con decoración estilo rústico. En la radio del sótano, suena Baby Etchecopar. Si viviera en Brasil, le votaría a Bolsonaro. Amigo de Galperín, milita la responsabilidad social empresaria y es Messi evadiendo impuestos. En el celu, tiene agendado el contacto del comisario. Pero del Estado no se banca nada, ni siquiera el weberiano piso mínimo del monopolio del ejercicio de la violencia legítima. Por todo eso, el meme más famoso de Batman es una imagen suya cagándolo a cachetadas a Robin -su ayudante… ¿o su empleado sin aportes jubilatorios?-.


Las ciencias sociales sirven para descubrir que no sólo en debates electorales incorporamos ideas y deseos políticos. A veces desarrollamos sensibilidad étnica en el consumo de películas de Hollywood: ahí aprendemos que los rusos y los árabes son los malos. También podemos llegar a sentir que los héroes se visten de cuero negro y que un rico solitario administra justicia mejor que el Estado.


Bruno Díaz, argentino de bien

A Batman, lo agarra diciembre de 2013 en el departamento de su socio en Nueva Córdoba. Baja en ascensor con un bate de baseball en las manos, se suma a las hordas de vecinos linchadores y muele a palazos a un pibe que viene en una moto de Pedidos Ya. Su nombre era Pedro Parker, un asalariado precario encubierto como freelance. Su tío Benicio militaba en el peronismo y creía en la progresividad impositiva, porque, con un gran poder, viene una gran responsabilidad.

La familia Parker no se bloomberguió cuando la inseguridad los golpeó. Los Parker son garantistas. No festejan represiones. No tienen garaje. No tienen servidumbre. Viven en el mismo barrio que Alfredo, que se toma el 19 todas las mañanas, que le piden el DNI en la entrada del country, que hace los 3 kilómetros entre la garita y la casa del patrón a pie cuando todavía no sale el sol para llevarle el jugo Tang a la cama al señor Bruno, que, pobrecito, le cuesta la luz de la mañana por las pastillas que toma para dormir, que ya no da más, que se quiere ir, que el país le queda chico, pero que la Visa todavía no le llegó, que quién lo manda a nacer para ser huérfano en Córdoba, que traeme la otra pastilla, la de la mañana, la que me despierta, que a las 9 tengo reunión con el contador a ver cómo zafo de Bienes Personales y que ay, esto en Europa no pasa.

Décadas de cambios, modernización y secularización, y hay Spider-mans afro, chicanos, disidentes, Spider-woman y más. Ah, pero Batman (o woman) siempre blondie y lo único que cambia en sus multiversos es el filtro sepia que le ponen para los futuros distópicos. Como dicen Urdin y Cirelli, “en el universo del justiciero de Ciudad Gótica, todo aquello que pueda poner en riesgo la salud de la sociedad se representa con lo sucio, lo delincuencial, lo patológico, lo extranjero, lo feo y lo femenino. Los coloridos personajes que forman el grupo de enemigos de Batman pueden ser definidos por la negativa, por aquello que no son. No son ricos, no están cuerdos, no respetan la ley, no entienden el lugar que les tocó dentro de la estructura social dominante”. ¿Quiénes están del otro lado? Bane, el revolucionario; el Guasón, que reclama más presencia del Estado; Acertijo, que denuncia la desigualdad social. Ellos son la amenaza para la sociedad. Batman es la cura, el garante del orden, el que pone a todos en su lugar.

Me resigno a pedir disculpas porque realmente no encuentro otra forma de escribir en estos días que no sea con algo de bronca en la punta de los dedos. Pero igual, ¿no será que también como Estado democrático moderno necesitamos producir conocimiento científico y sistemático sobre esos momentos en los que, sin saber del todo cómo, relajamos y empatizamos con Bruno, el de la justicia por mano propia?

Pero no, en nuestro país, no necesitamos estudios que nos expliquen cómo un héroe del 1% puede llegar a ser amado por las mismas multitudes que castiga con severidad paramilitar, confinándolas a su destino étnico-social. Esa no es la ciencia que de verdad necesita un país con 40% de pobres que elige como héroe a un vigilante anti-Estado. Ni ahí. Por cierto, ¿cuál era el superpoder de Batman? Ah, sí… ser heredero. Por todo eso, no tengo la más mínima duda: el mejor de los Batman es LEGO Batman: la película. Vengan de a uno.

*Por Gonzalo Assusa para La tinta / Imagen de portada: Ezequiel Luque para La tinta.

Palabras claves: ciencias sociales, Gonzalo Assusa, sociología

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