La Isla de los Patos: sabores, historias, luchas y sueños 

La Isla de los Patos: sabores, historias, luchas y sueños 
24 noviembre, 2023 por Redacción La tinta

“La isla de las patas” es una co-producción de La tinta, el centro de creación La Parisina y la Feria Cultural Peruana de la Isla de los Patos, realizada con el apoyo del Fondo Gestionar Futuro II del Ministerio de Cultura de la Nación. Constituye la primera edición de Proyecto Migrante, proyecto de investigación y documentación interdisciplinar en torno a memorias de migración que, además de en nuestra ciudad, se desarrolla en otras ciudades de Argentina, Chile, España y Uruguay. Esta serie de crónicas es el resultado de un proceso de trabajo colaborativo con artistas, investigadoras, comunicadoras y gestoras culturales de nuestra ciudad, donde las cocineras abrieron sus corazones y secretos más preciados: sus sabores, sus historias, sus luchas y sus sueños. Un mundo en donde las causas están siempre rellenas de mucho amor.

Por Ignacio Tamagno para La tinta

La Isla de los Patos es una isla artificial ubicada en los márgenes del río Suquía, entre los barrios Alberdi y Providencia de Córdoba capital. Está ubicada en diagonal a la cancha de Belgrano y justo enfrente de la excervecería Córdoba. 

Fue inaugurada en 1991 por Ramón Mestre (padre), alias «El Chancho», responsable político de las represiones del 2001 y el vaciamiento del sistema de salud de la Provincia, padre de la Avenida Costanera y Ramoncito, intendente de la ciudad durante dos periodos que pasarán al olvido.

La Isla de los Patos forma parte de esa obsesión con el mar que Córdoba cada tanto saca a relucir en forma de monumento inútil, como el faro de cemento de Schiaretti.

La Isla se llama de los Patos porque en su inauguración sembraron muchos patos de los que ya no quedan ni las plumas. Queda apenas un cartel, de chapa gruesa sobre la vera del río, con un patito amarillo y debajo la indicación de «PROTEJALOS», que nadie leyó, ni siquiera los empleados municipales y los administradores de turno, que nunca les dieron de comer.

Los vecinos de alrededor señalan que «a los patos se los comieron los peruanos», un mito improbable con el que estigmatizan a la comunidad peruana de la ciudad. Un gesto de ingratitud burlona hacia una comunidad clave para la vida y la economía de esta ciudad sin mar, gobernada por la derecha desde hace ya mucho tiempo. Basta nada más pensar, por ejemplo, en el protagonismo que hombres y mujeres peruanas realizan en áreas como la construcción, las tareas de hogar y el cuidado de niños, enfermos y adultos mayores. 

Durante la semana, la Isla es un páramo rodeado de un silencio inquietante, pero los domingos se transforma. Alrededor del mediodía, una multitud se agolpa alrededor de los puestos donde las mujeres de la comunidad peruana (oriundas de Alberdi, Providencia, Argüello e incluso más allá) venden sus platos típicos: salchipapas, tamales, caldos de mote, kekes y anticuchos relucen bajo los toldos y la luz del sol. 

La Isla entonces se convierte en un lugar de esparcimiento para toda la familia, grupos de amigas, parejas recientes o consumadas, y vecinos solitarios en busca de compañía. Hay juegos para los niños; un pequeño “supermercado” con productos peruanos; puestos de ropa, juguetes y bijouterie.

De pronto, todo se llena de vida en esta isla desierta y, entre el humo de los corazones al carbón y el griterío de los niños buscando su porción de keke, se distinguen las sonrisas y manos ágiles de las madres, hijas, tías y abuelas de las pensiones de alrededor. 

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Imagen: Marcos Rostagno

Los orígenes de la feria son inciertos. Todo indica que empezó hace 20 años atrás, cuando las familias de las pensiones (donde se vive en condiciones de hacinamiento) comenzaron a llegar a la isla buscando aire libre y vitamina D. De pronto, se organizaron partidos de vóley y, de forma espontánea, las abuelas comenzaron a vender bebidas y comidas para los deportistas. Una cosa fue llevando a la otra.

Hoy, la feria es una forma de economía popular impulsada por mujeres de la comunidad peruana, pero de la que disfrutan todos los vecinos, sin distinción de nacionalidad. La feria ya se ha instalado como un plan ideal para el domingo: se come muy rico y muy barato, y se la pasa mucho mejor. 

La feria se sostiene a partir de una red de amigas que se juntan para vender, que se rescatan (y a veces se pelean), que se enseñan, que después se distancian por razones de la vida, pero quedan guardadas en el puño, como un suspiro, una flor de papel o una receta imposible de escribir. La feria es una circularidad analógica e infinita que abarca generaciones, conectando más distancias y cruzando más mares que los cables de internet. En la feria, todas son una y muchas a la vez. Y hay mucha historia en ella. 

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Imagen: Marcos Rostagno

Algunas de estas mujeres bajaron de la sierra o la montaña, las periferias de Lima y cruzaron miles de kilómetros en colectivos muy fríos durante varios días, abrazadas a un bolsito en el que guardaban algo de esperanza y poca cosa más. Hoy, domingo a domingo, esas mismas mujeres fundan un pequeño pueblo mágico aquí, en Alberdi, donde brillan las sonrisas y destacan las panzas llenas. Hoy, ya son varias las generaciones que ponen en marcha y dan vida a la feria. 

Juli tiene 17 años. Arito tipo gancho en la nariz, mirada de no me molestes y pestañas postizas más largas que los suspiros que deja al pasar. Nació en Alberdi y prácticamente aprendió a caminar entre los puestos de la feria. Su cantante favorita es Billie Elish, “pero ya no la escucho tanto, desde que me robaron el teléfono”. Para comprarse un teléfono nuevo, trabaja junto a su mamá y su abuela, que sí que son peruanas. El puesto de Juli y familia es: banquitos de plástico, tablón sobre caballetes y toldo para el sol, y es uno de esos puestos donde la gente se sienta a charlar. 

La abuela de Juli vende picarones (un postre de masa dulce frita con mucho anís, que cocina a leña). Su mamá, entre tanto, vende “comidas elaboradas” tales como aeropuerto, lomo saltado o arroz chaufa. Juli apenas cocina milanesas: quiere estudiar. Piensa en criminología, pero todavía no sabe dónde, aunque luego admite que también puede ser cualquier cosa porque «lo importante es estudiar”. Juli tiene el secundario, algo que su mamá y su abuela no. La educación gratuita es importante, dice Juli. La salud también: su mamá (como muchas otras feriantes) atraviesa un tratamiento oncológico –aunque no haya domingo que falte a la feria–. Juli no sabe ni quiere pensar cómo serían las cosas en Perú, “donde si no tenés dinero, te dejan en la calle”.

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Imagen: Marcos Rostagno

Sofi tiene 22 años. Ojos rasgados y sonrisa más blanca que la crema de sus tortas. Cada domingo, Sofi me ve y se ataja: «Fotos no, que tengo ojeras”. Lo de las ojeras no es pura coquetería: Sofi estudia (contadora pública, tercer año, UNC) de noche y a distancia, desde su casa. De mañana, cuida a su hija (de 3) mientras, de tarde, trabaja en un estudio del centro (a 1 hora de ida y otra de vuelta en colectivo). Sábado cocina todo el día junto a su mamá y su tía («a las 4 de la mañana, terminamos la última torta»). Domingo vende en la feria desde temprano y el lunes de vuelta a empezar. El puesto lo comparte con su mamá (“mitad y mitad, somos socias”), que aprendió a cocinar de su abuela (”que nos dejó el oficio”). En el tiempo que queda, Sofi va al abogado, donde le pelea la custodia al papá de su nena, su exmarido que no paga ni está, pero sigue rompiendo los ovarios. 

Lucía tiene 70 años. Llegó a Argentina a sus 50 años «buscando libertad». Empleada doméstica cama adentro, los domingos es el día que sale de la casa de su patrona para vender papa rellena en la isla, casi una excusa, dice, para «conversar con mis amigas y reencontrarme con mi Perú”. A veces su patrona la acompaña (su patrona, que en realidad tiene Alzheimer y no es su patrona, sino la mujer que cuida). Cada tanto, Lucía regresa a Perú y visita a su familia. Y a su amiga Gladys, la que la llevó a la feria y la animó a vender, que hace unos años enfermó, volvió a Perú y allí murió. Historias así, de este tipo de fidelidad, abundan en la feria. Y hacen pensar en un mundo mejor.

La feria siempre fue feria, pero también algo más. La mayoría de las feriantes colaboran o impulsan merenderos populares, que llevan en sus casas o en casas de sus amigas, por pura voluntad.

Empleadas domésticas durante la semana, madres y amas de casa a tiempo completo, amantes de noche en noche, madrugadoras 24/7 y guardianas de su cultura durante los domingos, además de todo eso: dan de comer a las bocas hambrientas de su barrio, su cuadra, su pensión. Los merenderos están hechos de puñados de arroz y tazas de caldo, verduras y alitas de pollo que se van juntando casa por casa. Pero sobre todo: de mucho corazón. 

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Imagen: Marcos Rostagno

Congreso de ollas: los clientes de ahora son quizás los niños que antes comieron de esas mismas manos. Niños argentinos, peruanos, bolivianos, colombianos, venezolanos, de todos lados. Porque las cocineras, a diferencia de la policía, no se fijan en los rasgos fenotípicos de los corazones que alimentan. 

Por eso, alrededor de cada olla se junta un pequeño pueblo. Lo mismo que alrededor de cada puesto. 

Miradas agradecidas. Brazos fuertes. Espaldas y caderas anchas que crecieron al abrigo de esas ollas milagrosas, de esas sonrisas amplias, de esos corazones sin límites, de esas tejedoras de un mismo y eterno chisme, de esas resucitadoras de islas abandonadas, de esas mujeres que, al caminar, mueven al mundo y, al revolver la olla, le dan al mundo su secreto, su más íntimo y exquisito sabor, su sazón único e intransferible. 

Ficha técnica

Entrevistas: Camila Pilatti y Belén Chávez | Registro de video y dron: Ana Medero y Ezequiel Luque | Edición de video: Julia Buyatti | Fotos: Marcos Rostagno | Ilustraciones: Lu Iovane | Producción: Florencia Moresi | Coordinación general: Ignacio Tamagno y Alicia Diana Sánchez Romero de Quispe.

*Por Ignacio Tamagno para La tinta / Imagen de portada: Marcos Rostagno.

Palabras claves: comida peruana, Isla de los Patos, migrantes

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