¿Somos una generación cansada?

¿Somos una generación cansada?
13 mayo, 2022 por Verónika Ferrucci

Hay un síntoma que habla más allá de la palabra: millennials acumulando cansancio y quejándonos por sobrevivir así, en este mundo. Estoy cansada, lo siento, me enojo si me desacreditan, me quejo, comparto un memito y un poquito fingir demencia y seguir. ¿Qué experiencias epocales se nos anudan? ¿Somos nosotres o todavía sirve decir que es el capitalismo y su agenda afectiva? Hablé con Sofi, mi psiquiatra, para darle un poco de consistencia a las preguntas. Spoiler alert: no hay respuestas.

Por Verónika Ferrucci para La tinta

A casi nadie le da la cara para negar la precarización real con la que nuestra generación se supone que está creciendo e intentando madurar. ¿O ya debíamos madurar? Nos deben retroactivos, así que, plis, con paciencia, mundo. Porque Papá Noel y la seguridad que nos prometieron en la vida adulta son los padres. No voy a sumar el plus de la pandemia y el peso de los sentidos apocalípticos que nos rondan. Sería ridículo y falto de rigor histórico desconocer que quienes nos precedieron tuvieron condiciones laborales -entre otras existenciales- peores que las nuestras. Y no todo tiempo pasado fue mejor, pero había disponibles unos marcos regulatorios y libretos de vida más lineales, y en algún momento, para muchas personas eso fue un proyecto, incluso de ascenso social. Sobran las pruebas de cómo las brechas de desigualdades son cada vez más crueles. 

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Ya hay miles de estudios que hacen foco en la generación millennial y sus signos de época, y entre más o menos datos random, dicen que las personas que tienen entre 22 a 38 años pertenecen a la denominada “Generación Agotada”.  Bueno, y si el cansancio es real y no una percepción, ¿qué nos cansa? No es difícil constatar la falta de consistencia en muchos de los vínculos, en lo que hacemos, la fragilidad de las formas laborales, los recovecos neoliberales para arrojarnos a la intemperie y a la incertidumbre afectiva, real y simbólicamente hablando. Ya en 2009, Mark Fisher decía: «La pandemia de la angustia mental que aflige a nuestros tiempos no puede ser correctamente entendida, o curada, si es vista como un problema personal padecido por individuos dañados”.  

Estamos corriendo todo el tiempo, ¿a dónde? ¿Cuál es la prisa? Miles de notas dicen que aumentaron los síntomas de depresión en jóvenes, que nos rodean y replicamos discursos desesperanzadores, que toda nuestra generación se está yendo del país a buscar “un futuro mejor”. Recomiendo por vez mil una nota realizada con un exhaustivo trabajo de recopilación de notas de Infobae sobre testimonios de migrantes triunfando en Europa -esto fue hace un año, imaginen cómo creció ese archivo-.

Pasada tres pueblos

Un chat epocal, entre treintañeras con sus white people problem del día. No diré que somos yo y mis amigas, obvio. Más allá del recorte generacional y clasista, les millennials, este grupo tan polarizado entre la buena y mala fama, que nacimos entre 1981 y 1996, estamos en el centro de miles de notas y reflexiones. Y entre las muchas generalidades y estereotipaciones, como no puede ser de otra manera, la cultura del meme nos ampara los sentires y desacartona los conflictos existenciales. Pero también profundiza algunas identificaciones y, ¿entonces? ¿Posta somos una generación tan cansada? 

Un eco de queja, cansancio y agotamiento circula sin parar en memes, tuits y chats. Y hasta hay un concepto para esto: burn out millennial. La autora de referencia es la periodista Anne Helen Petersen, quien escribió el artículo: «No puedo más. Cómo se convirtieron los millennials en la generación quemada«. Si bien su análisis es desde y en Estados Unidos, hay elementos interesantes para repensarnos. Reconoce una multiplicidad de factores para este fenómeno que, de pronto, se nos volvió contundente: el agotamiento, la precariedad y la sensación de no futuro normalizada. “Estamos muy endeudados, trabajando más horas y con más trabajos por menos paga (con menos seguridades), pero luchando por sostener los mismos estándares de vida que nuestros padres, operando en una precariedad psicológica y física, todo esto mientras nos dicen que, si trabajamos más, la meritocracia prevalecerá y que amemos lo que hacemos”, expresó la escritora, para quien el mayor desafío por delante es preguntarnos por qué nos pasa y tener un lenguaje para hablar sobre esto y no creer que las cosas son así y no se pueden cambiar. 

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Hablé con Sofi, mi psiquiatra -porque siempre mejor pensar con otras-, sobre si el cansancio puede ser leído como síntoma actual y por qué aparece ligado a la angustia, a la depresión, al sin sentido, al aburrimiento, a la falta de horizontes. Y si la queja y la cultura que se gesta alrededor de la misma es inmovilizante. Lo primero que me dice es: “Vivimos más bien un ritmo sin preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos, hay una prisa por marchar y hacer y taponar con otras cosas para no preguntar, porque enfrentarse a la pregunta y a la respuesta -si es que la encontramos- nos pone en una situación de tener que hacer algo. Sin embargo, necesitamos lenguaje y hablar de lo que nos pasa”.

Devenir monotributista o la falsa libertad freelance

¿Habrá motivo para estar mal
o debo ser yo presintiendo el final?
No es eterno el carnaval si es etéreo lo carnal
Encontraremos algún otro canal para juntar el plexo
De fondo un saxo y queremos sexo
Ahora recuerdo la primera vez que te reíste
Y las ganas que me dieron de que se me ocurra un chiste
¿Cómo van a convencerme de que la magia no existe?

WOS

El filósofo surcoreano trending topic, Byung-Chul, tiene precisamente un libro que se llama La sociedad del cansancio y dice: “Pasamos de la explotación a la auto-explotación. La era postcapitalista y los sueños de ser tu propio jefe, emprendedora, freelance. Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose, y se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede”. 

No hijes, no casamiento, no trabajo formal, no jubilación, no casa propia, vamos viendo si termino la facu. ¿A ver qué queda en la góndola? «Estamos inmersos en un proceso de radicalización a cámara lenta, provocado por el sentimiento generalizado de que la vida va a peor. Hay un contraste real entre la nuestra y las generaciones anteriores, donde la sensación era completamente opuesta», explica Petersen. La autora agrega: “La obsesión con el éxito profesional, lo volátil del mercado laboral, la presión paterna, el autoempleo, la ambición, la necesidad de estar siempre conectado con el mundo y siempre a disposición del cliente o el empleador, de hacer de sí mismo una marca, la imposibilidad de ahorrar y demás males asociados al mercado laboral en la penúltima reinvención del sistema capitalista ha provocado que toda una generación, cuya franja más adulta apenas acaba de cumplir los 35, se haya ya desgastado hasta el punto de no diferenciar lo urgente de lo importante. Todo lo es”.

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Al «precariado millennial» le dicen y prometen que el trabajo desregulado es libertad, que las horas extra traerán mejores condiciones y beneficios, creer o creer en la meritocracia, y, de paso, en las promesas políticas libertarias. Que la vida privada y la pública están en relación al desarrollo profesional y, si no das lo mejor -volver a Marx, siempre-, hay un ejército esperando por hacerlo por menos -y mejor- que vos. La posibilidad de sindicalizarse, bien, gracias, y la utopía del sin patrón llegó, pero no como la soñamos. Y aumentaron las fuerzas conservadoras de derecha, antigénero, racistas, fundamentalistas, liberales, etc., porque son capaces de movilizar las emociones, justo cuando nada parece tener solución en medio de la incertidumbre y crisis, te movilizan a odiar y crean sentidos mágicos.

¿Por qué pasamos del cansancio a la queja? «La queja está más enganchada con une otre, por ejemplo, en relación al malestar en el trabajo y, si bien son cosas que hacen pie en lo real, hay un posicionamiento que es personal y es la autorización a la pregunta -que hay que despejarla, por supuesto- sobre cómo se quiere vivir”, expresa Sofi. A mí me generan dudas las actuales formas de la queja, pero también sé que a la fuerza feminista la potenciamos a pura queja. El tema es, ¿toda queja puede transformar condiciones estructurales, simbólicas, culturales, etc.? 

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¿La cultura de la queja puede inmovilizarnos? Eso sería claramente clínico, me dice Sofi, la inmovilización es la inhibición puesta en acto, cita a Freud, por supuesto. “Hay inhibición de poder decir ‘hago esto y quiero hacer esto’ y no porque lo tengo que hacer. Pero no es nada sencillo, porque hay un imperativo actual de proponer soluciones rápidas, muy globales y estandarizadas que dejan por fuera las subjetividades, entonces entrás en esa lógica y aparece el malestar, porque no funcionamos con cosas estandarizadas. Entonces se tapona nuevamente la pregunta de cómo se quiere vivir”. Pienso y le digo que, entonces, es una trampa, ¿quién puede tener ganas de, en estas condiciones, preguntarse cómo vivir?

Me señala el ejemplo de la contracara del cansancio: no saber qué hacer en el tiempo libre y angustiarse. Si estoy tan cansada, ¿cómo mierda no voy a aprovechar el tiempo libre? “No saber qué hacer con el tiempo libre es parte de ese cansancio por el hacer constante, pero sin la pregunta de si se quiere hacer. La contradicción es que el tiempo libre -esa pausa entre la demanda externa, de ese otre que nos oprime- angustia. Sucede que, cuando hay tiempo libre, hay espacio. ¿Es libre de qué ese tiempo? Un tiempo entre los comandos y los imperativos de época, trabajar, hacer, consumir, deber ser, parecer”.

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¿No nos aguantamos como sociedad contemporánea la pregunta de qué queremos? Dale, pone otro capítulo. 

Para Sofi, los síntomas, en un punto, nos hacen despertar y conmover: «¿Qué me está pasando?”. El riesgo es que sea como el huevo y la gallina, es la época la que marca el ritmo, pero también es un ritmo que tomamos, en la medida que no podamos agujerear un poco eso, es fácil ir creyendo que las propuestas volátiles de coucheo, sin mucha pregunta, más bien con recetas, nos vengan a decir y resolver algo. Y esto pasa desde las ofertas más espirituales, terapéuticas, hasta en las nuevas inversiones para ganar dinero fácil. Una mega industria destinada a aliviar esta condición de persona quemada que nos ofrece combos de cosas para taponar la angustia. 

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“¿Qué acuerdos podemos hacer para surfear la ola epocal con el menor malestar posible y no quedar en la trampa de su propia lógica? El desafío es, teniendo en cuenta la época, resistir y hacer una invención, no para quedarnos en los malestares, sino para transitarlos con algún saldo a favor, de saber sobre dónde estamos pisando”. Nos deseo mucha suerte. 

“Y no tengo pensado hundirme acá tirado
Y no tengo planeado morirme desangrado
Y no-oh-oh, no me pidas que no vuelva a intentar
Que las cosas vuelvan a su lugar”.
WOS

*Por Verónika Ferrucci para La tinta / Imagen de portada: Luciana Mora.

Palabras claves: explotación laboral, Jóvenes, Salud Mental

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El «milagro» de Davos: zarandeos, glitter y cruces

El «milagro» de Davos: zarandeos, glitter y cruces
7 febrero, 2025 por Redacción La tinta

¿Pueden la fe y el folclore transformarse en espacios de resistencia, visibilización y lucha para las diversidades y disidencias sexuales frente a los discursos de odio que circulan y son legitimados por el presidente y sus políticas de Estado?

Por Lucas Leal para La tinta

A Lucía Riba, la primera teóloga feminista que conocí y que, sin saberlo, me hizo pensarme como creyente desde mi propia sexualidad. (2008)

A Susy Shock, la primera trava que conocí cantando zambas y coplas, y a la que escuché decir, por primera vez, que debíamos reapropiarnos de nuestro folclore y resignificarlo. (2010)

Para quienes crecimos en el interior, guitarra y rosario en mano desde pequeños, el folclore y la religión, con sus respectivos guiones, configuraron nuestras subjetividades, cuerpos y deseos, puesto que ―a diferencia de las grandes ciudades― la parroquia o el taller de folclore son los “únicos” espacios de socialización. Nací en un barrio de San Miguel de Tucumán, en una cultura en la que la religiosidad popular con sus misas, procesiones y devociones lo impregnaban todo. Durante toda mi adolescencia, participé activamente de un grupo juvenil en la capilla del barrio. Lo mismo podría decir del folclore, dado que, a los 8 años, aprendí a tocar la guitarra y, tiempo después, a bailar zambas y chacareras. Tardé mucho tiempo en comprender que estas dimensiones no se oponían a mi sexualidad porque ambas sostienen el binarismo y la heterosexualidad obligatoria como única forma válida y legítima de existencia. La Iglesia, por un lado, con sus discursos, doctrinas, rituales, y el folclore, por otro, con sus letras y figuras para la danza, actúan de modo performativo en una repetición que nos hizo/hace creer y pensar que nuestras vidas no valen por no “ajustarse” a esa “norma”. Mensajes tales como que la seducción y el deseo sólo son legítimos entre el varón y la mujer; que el único modelo de familia es heterosexual; que hay roles y modos de comportarse socialmente, y debemos cumplir con ellos por ser varones o mujeres se instalan en nuestras subjetividades desde estos dos dispositivos.

Para sorpresa de muches, sin embargo, algo “milagroso” suscitó el discurso en contra del colectivo LGBTIQ+, los feminismos y la perspectiva de género, entre otras cosas, que Javier Milei pronunció en Davos. ¿Pueden la fe y el folclore transformarse en espacios de resistencia, visibilización y lucha para las diversidades y disidencias sexuales frente a los discursos de odio que circulan y son legitimados por el presidente y sus políticas de Estado? ¿Es posible que estos dispositivos “tradicionales”, que en algún momento invisibilizan nuestras identidades, ahora, resignificados, acompañen la defensa de los derechos que hemos conseguido y que hoy pretenden quitarnos en esta llamada “batalla cultural”?

¡Y se va la primera!

El tradicional Festival de Cosquín 2025, que consuma el ideal del imaginario del folclore consagrando cantores y cantoras, se transformó, en su edición número 65, en un espacio de resistencia, lucha y visibilización de las diversidades y disidencias sexogenéricas.

Cabe mencionar, en primer lugar, la Luna disidente que, por tercer año consecutivo, se llevó a cabo en el conocido “Patio de la Pirincha”. Este espacio autogestivo y colectivo es el patio de una casa (¡el patio de quien conocemos como la Piri!) que fue transformándose, desde el año 2001 a esta parte, en un espacio de referencia para artistes y promotores de la cultura en el que se impulsan proyectos, talleres y espectáculos varios durante todo el año. La Luna disidente nace en 2023 por iniciativa de la Piri, Maxi Ibañez, escritor y poeta, y La Ferni, cantora trans no binaria. Esta noche arcoíris convoca artistes locales y de distintos puntos del país donde, desde el folclore, se celebra y se resiste. 

Algo totalmente “disruptivo” fue lo que aconteció, en esta edición, en el escenario mayor Atahualpa Yupanqui en la plaza Próspero Molina. En la segunda noche, la cantora cordobesa, Paola Bernal, abrió su presentación con una emotiva interpretación de la Canción de cuna para niñxs diversxs, de la artista travesti, Susy Shock. Esta canción aparece en una de sus frases, una plegaria por un mundo más digno y más justo para las infancias.

Días después, en la cuarta luna, la quenista iruyense, Micaela Chauque, dedicó una chacarera a las mujeres y las diversidades. En el escenario, irrumpió el conocido gauche disidente, Legon Queen, quien, junto a la bailarina trans, Valeria Ortega, entre redondas, zapateos y zarandeos, dieron un claro mensaje de resistencia con su mera presencia. El cierre de Micaela fue una verdadera fiesta multicolor con un enganchado de carnavalitos y las banderas del colectivo LGBTIQ+ flameando como signo de reconocimiento y visibilidad frente al odio y la invisibilización. 

La sexta luna contó con dos momentos significativos. Por un lado, la cantante Luciana Jury cerró su presentación con la canción “Las ramas”, de su propia autoría, mientras bailaba una pareja de mujeres y citó a Susy Shock al concluir la misma, con la conocida frase: “Buena vida y poca vergüenza”.  Minutos después, Micaela Vita, cantante del grupo Duratierra, hizo un llamado a reivindicar la memoria en nuestra patria y, entre los nombres de artistes y personas significativas, ante la ovación del público, dijo: “Esta es la patria de Diana Sacayán… de Susy Shock”. Acto seguido, junto al músico trans, Valen Bonetto, interpretaron la chacarera “La del Pueblo” que, entre otras cosas, dice: “Marica, ¿qué hay de la espina que te han clavao en el pecho? Tus alas de mariposa surcando un mundo deshecho; Marica, para cantar, que no se te olvide amar».

Sin lugar a dudas, uno de los momentos más relevantes del festival llegó en la séptima luna, cuando la reconocida cantora, Yamila Cafrune, invitó a compartir el escenario a La Ferni, quien, recordemos, en el año 2021, logró que el festival cambiara su estatuto que reconocía las categorías “voz masculina” y “voz femenina” por una categoría sin distinción de género, denominada “voz solista”. La canción elegida por La Ferni fue “Cantor(a) de oficio”, una bella poesía de Miguel Ángel Morelli que vio la luz en 1976, un contexto complejo y oscuro de nuestra historia si los hubo, en la voz de Mercedes Sosa. La letra pone de relieve la responsabilidad de les artistes en la construcción de un mundo más bello, con la música y la voz como herramientas. El momento culmen de la canción fue cuando La Ferni, con voz vibrante y emocionada, declaró: 

“Nadie debe creer que los, las y les artistas pertenecemos a un mundo extraño donde todo es escenario y fantasía. Les artistas somos hombres y mujeres, y también somos travestis, trans, no binaries, maricas, tortas, bisexuales, identidades sexogenéricas disidentes, legítimas, empoderadas, orgullosas y visibles que, ya sin ocultarnos nunca más, transitamos las calles y los días, sufrimos el sufrimiento de nuestro pueblo y latimos también con su alegría”.

Miro el video y se me pone la piel de gallina. ¿Quién diría que, en pleno 2025, en contexto de fascismos y en tierras cordobesas donde sabemos que existe una clara adhesión a las ideas de La Libertad Avanza, ella, en nombre de todes, nos hizo visibles? ¿Podemos imaginar la potencia que tiene decir y sostener en ese escenario, en el que aparentemente sólo tienen lugar el binarismo, el amor romántico con sus mitos y las performances normativas del género, que las identidades disidentes somos legítimas, empoderadas, orgullosas y visibles?

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Imagen: La Voz.

¡Y se va la segunda!

La jerarquía de la Iglesia, cuyos discursos y prácticas habitualmente se vinculan como contrarias a las diversidades y disidencias sexuales, tomó por sorpresa a la sociedad toda cuando, el 30 de enero, pudo leerse en redes sociales el comunicado de la Arquidiócesis de Mendoza por medio de la Pastoral de la Diversidad Sexual, que expresa su profunda preocupación “ante discursos que consideran al antirracismo, al feminismo y a la lucha por los derechos de la comunidad LGBTIQ+ como un cáncer que hay que extirpar«, señalando que dichas expresiones «promueven la discriminación y la violencia contra minorías» y resultan “alarmantes y contrarias a los valores evangélicos”. El comunicado expresa, sin titubeos: “No podemos ni debemos permanecer indiferentes ante estas manifestaciones de odio. Podemos tener diferencias de opinión o posicionamientos, pero nunca debemos dejar de abrazar y acompañar, desde los principios evangélicos, a las personas que integran estos colectivos, especialmente, a quienes son más vulnerables y marginados. Con estas palabras, la Arquidiócesis de Mendoza manifiesta su adhesión a la marcha antifascista y antirracista del 1° de febrero, e invita a la comunidad a sumarse al esfuerzo de construir “una sociedad donde nadie sea excluido y donde prevalezcan el amor, el respeto y la solidaridad”. Cabe mencionar que Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, permite la posibilidad de cambio con el nombre autopercibido para personas trans en las actas de bautismo oficiales y afirmó, recientemente, su preocupación ante «la desmesura de algunas afirmaciones que están apareciendo en discursos locales», alertando sobre el riesgo de retrocesos en derechos conquistados por consenso social.

A la contundencia de este comunicado, se sumó la Pastoral Social de la diócesis de Merlo-Moreno, afirmando que “rechaza enfáticamente las declaraciones discriminatorias y violentas del presidente Javier Milei en Davos”, dado que “estas expresiones que legitiman el odio, la persecución y estigmatización hacia las mujeres y personas del colectivo LGBTIQ+ vulneran los derechos humanos elementales y desconocen los marcos legales internacionales con rango constitucional en Argentina”. Continúa el comunicado: «En repudio a sus dichos; adherimos, convocamos y acompañamos la marcha que se realizará el día 1° de febrero de 2025». La libertad, se afirma, es con dignidad y justicia social, con y para todos. 

Otro gesto institucional provino del arzobispado de Buenos Aires, liderado por el arzobispo Jorge García Cuerva, quien expresó su malestar por la colocación de vallas en torno a la Catedral Metropolitana en la jornada de la movilización, ya que, desde agosto de 2023, se había decidido quitar las mismas sin que se hayan recibido ataques o agresiones por parte de manifestantes de ese tiempo a esta parte. Sin embargo, y tal como lo expresa el comunicado, el 1° de febrero, la catedral apareció vallada aún cuando, la tarde anterior, se expresó la negativa ante la consulta. El comunicado sostiene: “El Arzobispado de Buenos Aires quiere expresar que la imagen que hoy brinda la iglesia mayor no fue por decisión eclesiástica y a todos vuelve a reiterar su convicción de que nada se construye con el odio y la división ni dando expresiones subrepticias de ello por medio de signos externos (…) reiteramos el compromiso de la Iglesia católica en esta Ciudad de Buenos Aires de acompañar a todos sin hacer distinción alguna y de abrir siempre sus puertas para los que quieran seguir a Jesús”.  

¿Podría considerarse hoy a la Iglesia católica y el papa Francisco como nuestras alianzas en este momento? Le pregunté a Eduardo Mattio, docente universitario, con el que compartimos sorprendidos estas noticias. “Así parece”, me respondió. Ciertamente, desde hace un tiempo, el papa Francisco se ha pronunciado como líder de Estado, por ejemplo, en contra de la criminalización de la homosexualidad y ha promovido, en el seno de la Iglesia, la presencia de comunidades creyentes LGBTIQ+. Si bien no podemos negar la historia de oposición y los discursos eclesiásticos que durante siglos nos invisibilizaron, violentaron y marginaron. Pero, en este contexto, ¿no es acaso un bálsamo que, en medio de tanto discurso de odio, una institución como la Iglesia valide y legitime nuestras identidades con estos pronunciamientos? En medio de la violencia estatal, ¿no resulta relevante que Francisco y parte de la Iglesia apoyen, desde su lugar, nuestras luchas y derechos conseguidos? ¿No radica aquí el sentido profundo de la fe y de la práctica de Jesús en la que el amor al prójimo se expresa en gestos concretos de respeto, reconocimiento y valoración de la dignidad de toda persona? Al menos, esta es la Iglesia a la que adhiero y la que deseo. Y, sin lugar a dudas, esta perspectiva tiene que ver con la presencia y la militancia de muchas personas creyentes LGBTIQ+ que, desde dentro de las comunidades cristianas, resignifican las prácticas, los rituales y la doctrina.

 ¡Se acaba!  

Es 1° de febrero. Son las 18 horas. Y en la plaza Próspero Molina se inicia la marcha antifascista y antirracista convocada por el colectivo LGBTIQ+ que se unió, en esta localidad, a la marcha por el agua. Allí, están presentes locales, turistas y muches de les artistas nombrades a lo largo de este artículo. Cuando arrancó la movilización, sonaron las campanas de la parroquia en un claro gesto y señal de apoyo y acompañamiento a lo que estaba por acontecer.

Parece que esta “batalla” recién comienza, porque “resucitaron” en redes sociales y otros espacios esos discursos que vuelven a estigmatizar, patologizar y marginar nuestras identidades, pero, esta vez, legitimados por las palabras y las políticas de quienes nos gobiernan. Lo que nos queda es hacer lo que bien sabemos hacer como colectivo: organizarnos, visibilizarnos, resistir, luchar y crear belleza. Hacer memoria de quienes nos precedieron, hicieron historia y pusieron el cuerpo; habitar todos los espacios (sobre todo, ¡los que creímos que no eran para nosotres, como el folclore y la religión!) y resignificarlos para construir otras narrativas acerca de nosotres. Subamos a los escenarios y altares para contar lo hermoso que es ser quienes somos porque lo que está en juego es la comprensión de eso que llamamos “lo humano” y el reconocimiento, por parte de todas/es/os, de que nuestras vidas son deseables, son vivibles, ¡VALEN! Quizá, hasta que algunes entiendan esta cuestión tan simple, pero, a la vez, profunda, debamos seguir lo que decía la querida Lohana Berkins: «Que digan y piensen lo que quieran de nosotras… pero que no nos nieguen (ni nos quiten, agrego) los derechos que nos corresponden». 

*Por Lucas Leal para La tinta / Imagen de portada: La Voz.

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Palabras claves: Cosquín, Disidencias, Folklore, LGBTTIQ+

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