¿Alguien quiere pensar en los ricos, por favor?

¿Alguien quiere pensar en los ricos, por favor?
6 abril, 2022 por Redacción La tinta

La estructura impositiva en nuestro país es un tema pendiente y acalorado: ¿hay nuevos consensos redistributivos? Durante la pandemia, cuando se impulsó el impuesto a las grandes fortunas como una de las estrategias para enfrentar los costos de la crisis, se instaló un debate que sigue vigente. Conversamos con el investigador Gonzalo Assusa sobre si existen cambios en las ideas de la redistribución a nivel nacional y si estamos ante una oportunidad para construir pactos más igualitarios.

Por Redacción La tinta

¿De dónde salen los recursos para sostener los servicios públicos? ¿A quién y con qué recursos debe proteger el Estado? ¿Quiénes sienten que pagan demasiados impuestos? ¿Cambió la forma de mirar al Estado con la pandemia? ¿Cambió la valoración sobre el Mercado? Ok, muchísimas preguntas, vamos a empezar a tirar de este hilo y, para eso, conversamos con Gonzalo Assusa, licenciado en Sociología, doctor en Ciencias Antropológicas e investigador del CONICET.

“Por primera vez en mucho tiempo, se discutieron políticas fiscales de corte progresivo e incluso, este año, hasta el Kun Agüero terminó hablando en redes sociales sobre la política impositiva de nuestro país. Eso sí es una novedad y también una oportunidad”, advierte el investigador. Esta semana, fue noticia en todos los portales que el ex futbolista Gabriel Batistuta fue embargado por no pagar el impuesto a las grandes fortunas.

Para Assusa, el nudo de la cuestión está en comprender que el debate no se divide tanto entre pro-impuestos y anti-impuestos, o pro-políticas sociales y anti-políticas sociales, sino que la posición de la enorme mayoría de la población es heterogénea, llena de condicionantes y modulaciones. 

Lo que la pandemia se llevó

En el comienzo de la pandemia y con el espíritu impreso en las tapas de diarios “Al virus lo frenamos entre todos” y “De esta salimos mejores”, desde todos los sectores -de todo el arco político-, pidieron que fuera el Estado quien se hiciera cargo del sostenimiento mínimo de necesidades y condiciones de vida de los sectores más vulnerados, de los salarios, de contener la pérdida de rentabilidad de las empresas medianas y pequeñas. Cuando pasó el período más crítico, la pregunta insistente que se instaló fue: ¿de dónde salen los recursos? ¿Quién paga los costos? Preguntas que llevan discusiones cíclicas y muy frecuentes que recorren conversaciones en nuestro país.

En 2021 y durante nueve meses de trabajo, Gabriel Kessler coordinó un equipo de investigación en el marco de una convocatoria de CLACSO. Gonzalo Assusa, Martina Moriconi, Daiana Ailén Monti, con la asesoría de Ana Rivoir, estudiaron los consensos distributivos en el contexto de la crisis desatada por la pandemia en Argentina: ¿cambiaron las ideas sobre la redistribución económica durante la pandemia? ¿Estamos ante una oportunidad para construir pactos más igualitarios?

Relevaron medios y redes sociales para saber qué era lo que había circulado y cómo se había organizado el debate, particularmente en torno al Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) y al Aporte Solidario y Extraordinario de las grandes fortunas. Revisaron encuestas de opinión -las de antes de la pandemia y las posteriores- para trazar una línea o punto de partida: sobre cuánta desigualdad se percibe, qué legitimidad tienen los impuestos progresivos y qué se piensa sobre las políticas sociales. Y por último, realizaron un trabajo de campo cualitativo con entrevistas a perfiles representativos de diversos grupos políticos y sociodemográficos de la sociedad argentina. Adelantamos aquí algunos de los resultados de la investigación que será publicada en los próximos meses, a partir de la charla con uno de los integrantes.    

—En términos generales, la pandemia no inventó nada. Más bien, aceleró procesos, ¿no? 

—Además de actuar sobre una estructura de desigualdades preexistentes, y en algunos casos acelerar su dinámica, la pandemia también disparó procesos en los que se debatieron el peso de los impuestos, la distribución de riquezas entre capital y trabajo, el impacto de los costos laborales en la generación de empleo, la tensión entre gasto social y déficit fiscal, el nivel de concentración económica considerado aceptable y la legitimidad de las políticas sociales.  

—Según los datos relevados, no es cierto que lxs argentinxs estén en contra de los impuestos progresivos. ¿Posta? 

—Para romper con algunos prejuicios, el equipo de investigación tiene datos, no opiniones: cuando se habla de políticas redistributivas, ya sea de transferencias de ingresos o la creación de impuestos progresivos, 9 de cada 10 argentinas/os considera que la distribución del ingreso en el país es injusta o muy injusta. Más de la mitad considera que el nivel de desigualdad en el país es completamente inaceptable. 6 de cada 10 argentinas/os acuerdan con la idea de que la estructura impositiva sea progresiva, es decir, que los que más tienen sean los que más deben pagar.

Hay consenso en que son lxs trabajadores quienes reciben menos de lo que merecen, 7 de cada 10 entrevistadxs, en contraposición a políticxs y funcionarixs públicxs, nombradxs por recibir más de lo que merecen. 9 de cada 10 argentinxs elige “dar trabajo” como la forma en la que el Estado debe ayudar a los pobres, en contraposición a las ayudas por vía dineraria, seleccionadas por apenas 1 de cada 10. Entre 7 y 8 de cada 10 optan por que las garantías estatales de bienes y servicios solo sean parcialmente subsidiadas y no totalmente gratuitas. Y 6 de cada 10 acuerdan con la idea de que la estructura impositiva sea progresiva, es decir, que los que más tienen sean los que más deben pagar. 

¿Sorpresa? La sociedad argentina está muy lejos de ser indiferente a la desigualdad, ni siquiera quienes manifiestan una preferencia por el Mercado como principal mecanismo de distribución defienden a la desigualdad como un fenómeno deseable en algún sentido. Si bien esto configura un panorama complejo, también abre una puerta estratégica para explorar la construcción de consensos sobre temas puntuales de la agenda política. Las personas, en general, no necesitan votar paquetes cerrados y algunas demandas urgentes pueden aglutinar a grandes mayorías para avanzar en procesos con horizonte de igualdad.

—¿Cómo continuar el debate?

—Las diferencias más observadas se centran en la preferencia de que sea el Estado el principal agente distributivo o que lo sea el Mercado. Pero no es solo la cuestión redistributiva la que genera tensiones. Ningún sector parece tener en claro una agenda productiva que vaya de la mano con las políticas redistributivas. La salida no puede estar en un “punto medio” entre un Mercado sin regulación y un Estado sin economía. Y, ¿por dónde es? No somos nosotrxs quienes podemos responder esa pregunta. Pero con esta investigación, al menos, identificamos algunas grietas por las cuales encarar el debate:

1. El trabajo, lo que suele llamarse “cultura del trabajo”, ocupa el centro de una moralidad del “mérito”, aplicada a cualquier tipo de recursos: ingresos económicos, ayudas estatales, cobertura de salud, etc. Toda articulación entre políticas sociales (transferencias de ingresos) y políticas de empleo (en el sentido clásico de políticas de activación) goza de bastante legitimidad en la población y puede servir para construir otros consensos sobre algunos de los dispositivos que, hasta ahora, han sido los más eficaces en cerrar las brechas de desigualdad (como la Asignación Universal por Hijo).

Pero -y este es un gran pero- no significa caer sobre categorías tradicionales sobre lo que es y no es trabajo. Ningún intento de articulación puede empezar bajo la premisa de que el mundo de las políticas sociales es un mundo de no-trabajo, porque sería injusto y porque sería mentira. La discusión no puede retroceder: quienes son beneficiarixs de programas de transferencias de ingresos son personas que trabajan, aunque no lo hagan en empleos con estatuto de derechos. El problema no es la falta de trabajo o de esfuerzo de los sujetos, es la falta de derechos como dinámica generalizada en el mercado de trabajo.

2. Los sectores altos -para usar una expresión genérica que refiere a aquellos que tienen más recursos y poder- son tan heterogéneos como las clases populares. Es un error estratégico, pero también de conocimiento, pensar que funcionan como un bloque homogéneo, que vive solo de la bicicleta financiera o de la política (a la derecha), o de los latifundios (a la izquierda). Las elites tienen conflictos internos, aunque suelen tener más en claro sus conflictos con el resto de la sociedad. Definir una estrategia distributiva implica tener mucho más en claro quiénes son las fracciones de las elites y cuáles son sus intereses y su potencial aporte a una nueva agenda productiva en el país. Ni siquiera una política de confrontación puede salir mejor prejuzgando la composición de un grupo social e imaginando que es el mismo de hace 60 años atrás. 

3. Derivado de lo anterior: si realmente queremos discutir, es importante empezar a apostar por un lenguaje en común. Todxs tenemos mapas de la sociedad. Mapas no científicos, no informados, mapas impresionistas, que si no reflejan con precisión, al menos, nos sirven para ubicarnos y saber hacia dónde disparar. El problema es que, como sucede con el lenguaje, tenemos mapas muy distintos entre sí. Cuando se empieza a debatir sobre impuestos progresivos, la discusión se desplaza al ámbito deportivo, se trata de “quitarle” lo que se ganaron los pibes que salieron de la pobreza gambeteando y se “merecen” todo lo que tienen. Algún día nos ocuparemos sobre cuán ciertas y representativas son estas historias de movilidad social ascendente en el fútbol profesional actual, pero parece al menos llamativo que los medios deportivos sean espacio privilegiado de discusión sobre la política fiscal. ¿Dónde están los ricos que heredan? ¿Dónde guardan la plata los que se la “ganan”? ¿Quiénes son los que fugan?

Cuando miramos el debate en redes sociales, no había correspondencia entre lo que votaban en el Congreso y lo que defendían en redes sociales. Mientras Juntos por el Cambio votó masivamente contra el Aporte Solidario y Extraordinario de las grandes fortunas, en el espacio público no salieron en bloque a defender los intereses de “los ricos”. Le dejaron ese trabajo a trolls y “especialistas”. Y es que, a diferencia de lo que sucede en otros países de la región, Argentina parece estar bastante lejos de ser un país “fan” de los ricos.

—Y entonces, ¿cómo es que no llegamos a una reforma fiscal progresiva y más igualitaria entonces? 

—Probablemente, nos sigan faltando mapas. No se puede obviar la influencia de los lobbies y las corporaciones para frenar y empantanar este tipo de medidas, pero tampoco podemos ignorar lo que sucede con la opinión pública. No se trata solo del hecho de que casi nadie se considera a sí mismo de clase “alta” (es más cómodo autopercibirse de clase media). Sucede que en la multiplicidad de mapas, los impuestos progresivos se imaginan siempre confiscatorios, casi inconstitucionales, gravando a almaceneros y monotributistas. ¿En qué piensan las personas cuando se habla de “ricos”? ¿Qué rostros ponen en esa imaginación? ¿Por qué aparece el de ídolos populares como Tévez antes que el de grandes empresarios transnacionalizados que solo gambetean al fisco? ¿Hay modulaciones posibles? ¿Hay grises en los gravámenes? ¿Se le cobra impuestos igual a la vivienda familiar de la abuela que a las acciones de la empresa heredadas de papá? Los contadores hacen falta, pero los sociólogos también. Es hora de que el Estado se dé a la tarea de educar en mapas de la sociedad, de producir geografías de la sociedad, para saber dónde estamos, para saber para dónde disparar, para saber de qué estamos hablando cuando decimos “ricos”. 

A falta de un mapa social unificado y como en una especie de carnaval sociológico lleno de máscaras, todos se consideran clase media, casi nadie se considera del todo pobre y casi nadie se considera del todo rico, y casi la mayoría se piensan como parte de la clase media (media baja o media alta), por el simple hecho de que “trabajan” y “se ganan lo que consumen”: por momentos, no importa si el trabajo es informal, si lo que consumen es al fiado o si viven económicamente al día.

A veces necesitamos desenmarañar lo que creemos que pensamos, porque nada es tan lineal ni tan simple, y quizá, como dice Gonzalo, necesitamos nuevos mapas que den cuenta de la complejidad para que sean más asertivos. 

*Por Redacción La tinta / Imagen de portada: meme de Los Simpson.

Palabras claves: Impuestos, pandemia, Pobreza, Riqueza

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