Gemma Andrógina: el deseo como motor

Gemma Andrógina: el deseo como motor
8 julio, 2021 por Verónika Ferrucci

En medio de una segunda ola que impacta en muchos ámbitos, y particularmente en el mundo de la cultura, esta payasa travesti, actriz y antipoeta recrea las formas de seguir haciendo arte. Gemma lo sabe con toda su existencia: hay que resistir y ocupar los espacios. Hoy, presenta una reversión musical de su poema “No Necesito Espejos”. Un manifiesto de las violencias para las corporalidades disidentes en los baños públicos.

Por Verónika Ferrucci para La tinta

“Soy travesti y lo llevo al clown. Construí una sala de teatro y le puse La Batato, como homenaje para quien me inspiró. Yo me corro del lugar de burla por estar travestida y le recuerdo al público: ´Yo no soy tu chiste´ y te voy a decir las cosas que no me gustan de mí y las que sí. Las travas payasas y actrices somos cantoras, somos Frida peleando porque ninguna quiere ser Diego. Somos Medea, una bruja que asesina a sus hijos, nos ponemos en complicidad con la nodriza, ponemos a Lorca y hablamos de que no podemos parir, somos yerma. Y a veces, esos lugares de enunciación se convierten en pequeñas venganzas para el público heterocis biologicista”.

Gemma-Ríos-teatro-clown-travesti-3
(Imagen: @santyez)

Gemma Ríos, nacida y criada en el conurbano bonaerense, lleva esa pertenencia como huella en su historia. “Toda la vida viví en Hurlingham, mi identidad está nombrada ahí”, me cuenta mientras relata sus nuevos días por el Valle de Traslasierra, entre las nubes que contornean las sierras, el pulso de pueblo, el persistente frío y las redes que va tejiendo en medio de esta vida pandémica. 

En este devenir a habitar su hogar en Villa Las Rosas, se pregunta “quiénes somos las personas que migramos, por qué nos vamos de los lugares, de dónde y hacia dónde vamos”. Y aclara con mucha conciencia, esa que se gana en las trincheras de la calle: “No es lo mismo migrar sin posibilidades, con cuáles derechos garantizados, tengo 9 años de experiencia en dar teatro en secundarias públicas del conurbano y pude conseguir laburo, un privilegio es una posibilidad. Soy blanca con estudios y, lamentablemente, hay una aceptación distinta”.

Gemma tiene una larga trayectoria en el camino del arte y lleva al escenario la interacción entre la actriz, la payasa travesti y la antipoeta que es. Empezó teatro en un centro cultural de Hurlingham, “yo le pedí a mi familia que me lleven, en mi casa estaba la idea de hacer teatro como hobbie y ya a los 9 años descubrí que me generaba sensaciones que no me pasaban con ninguna otra actividad. Recuerdo con mucho amor a Elena Pérez Rueda, mi primera profesora de clown, lo que me atraía del teatro: el drama y el clown”. 

Transitar desde la infancia por esos espacios le abrió un vasto camino para explorar: “Yo apostaba a hacer internamente algo distinto, no caer en el lugar común, ser original, y eso me hizo estar siempre en contacto con mi creatividad”. A los 13 años, comenzó a participar en los torneos bonaerenses con su grupo de teatro Los traficantes de clown, que ponían en el espacio público propuestas que no eran comunes para el conurbano, era el 2001 y, de alguna manera, esos espacios tejían también otras formas de pensar el mundo.

Terminó el secundario y empezó Trabajo Social a la par que trabajaba en una multinacional. Recuerda esa etapa con ciertos devenires poco claros: “Estaba perdida en mi identidad de género, me ponía a prueba estando con mujeres cis. Entre crisis, me alejé del teatro y, cuando salí del closet marika, empecé a estudiar teatro. Me apropié de Batato, lo tomé como una forma de reivindicar, dentro del mundo clown, el ser travesti, ya que no hay muchas o, al menos, no es tan común. Sí existen los juegos de roles del travestismo en obra, pero no es por la identidad de género. Varones cis se visten de mujer, porque en el clown se juega con el ridículo”.

 

Ver esta publicación en Instagram

 

Una publicación compartida de Gemma Ríos (@gemma.androginx)

Mientras se mostraba y asumía marika, en el profesorado de Teatro de Morón no le fue tan fácil. “Quedé fuera de la currícula por una situación discriminatoria de homofobia por parte de un profesor, perdí regularidades de las materias y, si bien juntamos actas sobre situaciones de violencia que este tipo había generado en muchos años, se jubiló impune”. Cuando Gemma cursaba, aún no teníamos leyes como la de Educación Sexual Integral, que trastocó las formas de pensar los espacios educativos, tampoco estaban sancionadas la Ley de Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad de Género que impactaron socialmente y crearon nuevos surcos, de la mano de los activismos disidentes y feministas. Ella fue de la camada que vivió formas de la burocracia excluyente, que revictimiza y que en la lentitud ahoga deseos y esperanzas. 

Gemma-Ríos-teatro-clown-travesti-4
(Imagen: @curvasdelaire)

A la par de esa experiencia expulsiva, como una bocanada de aire y con coraje, puso en escena la obra Líquido Varón, con el acompañamiento de la docente Ladys Gonzales, llevó a escena “los diálogos que atrevesé en una familia que, en ese momento, no podía aceptar mi homosexualidad con naturalidad, fue doloroso y violento. Usé charlas con mi abuela, mi mamá, conmigo misma, con la marca de la necesidad de mostrar la virilidad. Con el tiempo y con amor, viví los cambios que mi familia fue dando en una reparación amorosa”. Con textos propios y desde la danza teatro, le arrojaba al público la metáfora de qué se siente ser un pez fuera del agua. “Eso somos todas las personas que no entramos en los cánones hegemónicos, no sólo por ser homosexuales, putos, marikas, travas, también las personas gordes, migrantes; sin saberlo, estaba hablando sobre muchos otros universos”.

Fue una obra catártica, un puntapié, un unipersonal con amistades desde la técnica y con música en vivo, estaba visible la marika, “soy esta afeminada que ustedes quisieron adoctrinar y voy a capitalizar el lugar por no poder rendir una materia por decisión de un profesor homofóbico”.

Comenzó a acercarse al feminismo, pasó por grupos de masculinidades hasta que llegó a Jóvenes por la Diversidad y conoció a personas LGBTQI+ del oeste, de zona sur, a Diana Sacayán, Susy Shock y a Marlene Wayar; era un grupo en Morón que se juntaba y se sumó. “Esas reuniones me dieron un lugar de pertenencia en un momento histórico donde no había representatividad en los medios ni dónde espejarme. Necesité salir del lugar de víctima sufrida, si bien tengo algo de eso en mis poesías, porque habité el dolor de dejar un cuerpo muerto y empezar a vivir otra corporalidad, a la potencia de la creatividad la llevé hacia otros lugares”.

En 2014, conoció a Carmín y nació Las Carmelitas Clown, dúo que le permitió “buscar el deseo o placer de vivenciar la femeneidad sin que sea desde el ridículo”. Dos payasas acompañándose en el proceso de mutación. “Dos mostras que nos posicionamos en nuestra obra ‘Flor de piel’: nos pusimos en escena deseantes y deseadas, Carmín como gorda, marrona, hija de bolivianes, y yo como piba trans del conurbano, que no estoy operada y que no cumplo un lugar binario dentro de la femineidad. Pudimos corrernos y no estar a la orden del mainstream del mundillo del clown o de la actuación”. 

7 años juntas, actuaron en festivales de la diversidad, en actividades feministas, en los bordes. Trabajaron como cooperativa y desde la autogestión, lejos de las propuestas pinkwashing, sin contactos o productores, y sin ser parte de la cultura meritocrática. Ahora, en los tiempos que nos tocan, están pensando un documental que historice lo vivido para que quede vigencia del proceso vivido “como intérpretes atravesadas por nuestra identidad, de las mutaciones colectivas entre amigues, entre las marikas mas visibles, ¿qué onda el mercado del deseo? ¿Qué cuerpos son deseados? Hoy, estamos ocupando más espacios y somos más visibles, pero, cuando empezamos, dos payasas travestidas con barba… Y… nos comimos algunos garrones. Tuvimos que perder el miedo porque, si no vamos con todo, el público te come frita”. También es parte de la comunidad teatral Mujeres Quemando.  

Crítica e irreverente con la academia, que nombra y que dice quiénes son o no poetas: “Yo soy la antipoeta, que se queden con los títulos quienes quieran”. En mayo del 2020, publicó el poemario El veneno de estas guachitas de Editorial Mutanta, que se consigue directamente con la editorial. Reúne textos que traen voces diversas: habla de una neurodiversidad, de las convivencias en las casa colectivas donde vivió, “utilizo la pluralidad de las guachitas, las gatas, las perras, un aura de las redes marginales presentes que necesitamos crear en nuestros universos para darnos existencias. Yo siempre escribí, el veneno abrió un camino, mi puntapié en creer que lo que escribía estaba bueno que se publique. Cuando empecé a transicionar e iba a buscar hormonas al hospital, me encontraba en la paridad con otras personas trans, compartíamos lo que nos pasaba y me parecía un buen material para escribir”. 

Al último poema del Veneno, “No necesito Espejos”, lo llevó a la escena musical, en un video versión pandémica, filmada en zona oeste de Bs. As. Un manifiesto de cómo, en el espacio público, todavía las personas marikas, travas, trans y no binarias viven los abusos y violencias odiantes, el recorte es la foto del baño público habitado por corporalidades que rompen con el binarismo heterocisnormado. 

Hoy, a las 21.30 horas por su canal de Youtube, presenta una reversión, en vivo, con las personas que fueron parte del proceso de creación colectiva, del tema musical que sale del último poema de su poemario. De la mano con Sebastian Zasali, producido por @chezco.beats y editado por @_cheenx, este episodio musical está disponible en Youtube y Spotify

En estos días, es un reinventarse todo el tiempo, la cultura no ha sido prioridad y ha tenido un impacto notorio en quienes se dedican a ello. “Las redes entre nosotres nos hacen estar atentas a qué subsidios hay circulando, no todo el mundo puede acceder, porque implican requisitos que a veces es difícil, no queremos la política del arcoíris, sino verdades políticas públicas de reparación histórica y de posibilidades para el futuro. Hoy, nos sigue faltando Tehuel y eso es una muestra de las condiciones desiguales e injustas que atravesamos. Mientras tanto, las redes endogámicas de mostris mutantes siguen siendo lo que permite que estemos de pie. Si yo me deprimo, no puedo crear nada”. 

¿Dónde mierda está Tehuel? 

*Por Veronica Ferrucci para La tinta / Imagen de portada: @celeste.spano_ 

Palabras claves: Géneros y Diversidad, Traslasierra, travesti

Compartir:

Un femicidio no es un espectáculo

Un femicidio no es un espectáculo
27 marzo, 2025 por Jazmín Iphar

Néstor Aguilar Soto era el único imputado en la causa por el femicidio de Catalina Gutiérrez y fue condenado a prisión perpetua. En el juicio, había declarado: “Soy un homicida, pero quiero defenderme y no soy un femicida”, y mostró detalles del momento y cómo cometió el asesinato. Esa escena, que ocurrió en la sala donde se desarrollaba el proceso legal, fue replicada por muchos medios locales como Telefé, Canal 12, La Voz, entre otros. ¿Por qué se piensa que es útil la información difundida? En 24 horas, ocurrieron dos femicidios en Córdoba, uno en Río Ceballos y otro en La Granja.

Por Verónika Ferrucci y Jazmín Iphar para La tinta

#ColegasNoSon

El pasado 19 de marzo, culminó el juicio por el femicidio de Catalina Gutiérrez, ocurrido el 17 de julio de 2024, donde el único imputado era Néstor Aguilar Soto, quien fue condenado a prisión perpetua por las autoridades de la Cámara en lo Correccional y Criminal de 11º Nominación de Córdoba, luego de un juicio con jurado popular. La cobertura mediática que vimos fue, al menos, irresponsable.

En la 6° audiencia del juicio, la abogada defensora de Soto, Ángela Burgos, sostuvo la estrategia judicial para que se cambie la carátula y el acusado no sea juzgado por un caso de violencia de género, ya que consideraba que eran “descabellados” esos términos, e insistió en que debía ser sentenciado por «homicidio simple». Ante los jurados populares, el acusado declaró: “Soy un homicida, pero quiero defenderme y no soy un femicida”. Y, durante la audiencia, mostró la mecánica que utilizó para matar a quien era su compañera de facultad, usando a su abogada de víctima en la simulación.

Desde la Organización Feministas en Derecho, que congrega a estudiantes y abogadas de la Facultad de Derecho de la UNC, repudiaron la actuación de la abogada Burgos por incumplimiento de deberes éticos. «Ilustrar gráficamente un femicidio no solo revictimiza a la víctima y a la familia, sino que implica una falta al Código de Ética de los abogados y abogadas en Córdoba. Tal como lo establece el art. 21 de la Ley provincial 5805 del Ejercicio de la Profesión de Abogado: ‘Los abogados son pasibles de algunas de las sanciones establecidas en esta Ley (…) por cualquiera de las siguientes faltas: Inc. 15) Excederse en las necesidades de la defensa formulando juicios o términos ofensivos a la dignidad del colega adversario o que importen violencia impropia o vejación inútil a la parte contraria, magistrados y funcionarios’”. 

Carlos Hairabedián, abogado querellante, había solicitado que se vuelva a incluir el agravante de alevosía en la causa, retornando a la carátula inicial. La fiscalía modificó la carátula del caso y sumó la agravante de criminis causa. Finalmente, la condena contempló como agravantes femicidio y criminis causa. 

¿Por qué se puso en juego la figura del término femicidio?

A tono con la época, la abogada trabajó durante todo el proceso legal para que no sea juzgado por femicidio e hizo su parte en los medios que amplificaron su voz, donde tuvo un protagonismo central. En muchos casos, sin repreguntas, aun cuando se expresaba con gritos y discusiones con quienes les hacían preguntas. Fueron pocos los casos de quienes cuestionaron el posicionamiento de la abogada, entre esos, las panelistas del programa «Mujeres Argentinas» de Canal 13, cuando Burgos dijo que “la víctima podría haber sido un hombre» y que «si sos mujer y matás, te van a juzgar como se les dé la gana”. Ante la contraargumentación, terminó abandonando la entrevista. 

En estos momentos, donde es necesario volver a aclarar no solo los marcos normativos vigentes para los casos de femicidios, también se debe insistir sobre los términos del concepto. Como aclararon las Feministas en Derecho, tomando una cita de Mariana Villarreal: “El femicidio es un término político. Es una denuncia a una sociedad patriarcal que sostiene el ejercicio de violencias como modo para controlar que las mujeres se comporten conforme a los mandatos de género, donde la razón detrás de su muerte es la de asegurar lo que se espera de ellas”.

El scroll por los portales web y redes sociales de noticias locales y nacionales estuvo lleno de las fotos donde Soto muestra la maniobra con que mató a Catalina, junto a titulares que hablan de “relato escalofriante” o “el minuto a minuto del crimen”. Canal 12, La Voz, Telefé: ¿por qué piensan que es útil difundir esa información? ¿En serio nos van a poner a debatir cosas que creíamos saldadas desde 2015?

Este año, se cumple una década del Ni Una Menos y, en enero de 2025, tuvimos 1 femicidio cada 26 horas, según relevó el Observatorio «Ahora que sí nos ven». Mientras tanto, los grandes medios cordobeses parecen ignorar los marcos legales nacionales e internacionales, protocolos de acción, guías de trabajo periodístico, capacitaciones en perspectiva de género y los años de debate e investigaciones que indican con claridad cómo realizar coberturas éticamente responsables y con perspectiva de género. 

Desde el Colectivo Ni Una Menos, detallaron: «Ilustrar gráficamente un femicidio, con un enfoque sensacionalista, más que una cobertura, se parece a una manual de información para posibles agresores. Además, cuando se detallan maniobras, métodos y circunstancias de un femicidio, se revictimiza a la víctima y a su familia. Este tipo de coberturas deshumaniza a la víctima, reduciéndola a un mero objeto de morbo, perpetuando la cultura de la violencia en la que los agresores pueden encontrar justificaciones en la narrativa que se les ofrece”. 

Relatar desde la perspectiva del femicida habilita la justificación del actuar: “Catalina me pegó una cachetada y me agarró del cuello, y ahí se me apagó la tele, arrancó el Néstor loco”. 


Ya lo ha dicho Rita Segato en los comienzos de sus investigaciones y desarrollos teóricos: «Los femicidios se repiten porque se muestran como un espectáculo. La curiosidad morbosa llama a la gente a curiosear. Cuando se informa, se informa para atraer espectadores, por lo tanto, se produce un espectáculo del crimen y, ahí, ese crimen se va a promover. Aunque al agresor se lo muestre como un monstruo, es un monstruo potente y, para muchos hombres, la posición de mostrar potencia es una meta. Entonces, el monstruo potente es éticamente criticado, es inmoral, pero, a pesar de eso, es mostrado como un protagonista de una historia y un protagonista potente de una historia. Y eso es convocante para algunos hombres, por eso, se repite».


La mediatización y espectacularización, el enfoque policial, el relato constante y detallado de cómo se mata a una mujer se transforma en un espectáculo. Lamentablemente, no es novedad la forma en que muchos medios locales abordan los contenidos de las violencias de género en un contexto donde los femicidios y las denuncias por violencias en los hogares aumentan, y la política del Gobierno nacional ha sido el desmantelamiento de las políticas de prevención y asistencia como parte de la batalla cultural contra feministas y diversidades, frente a un nuevo discurso negacionista y odiante propulsado por el presidente Javier Milei.


*Si fuiste víctima de violencia de género, en Córdoba, podés comunicarte con el Polo de la Mujer al 0800-888-9898 las 24 horas del día, todos los días del año. También podés enviar un mensaje de WhatsApp al 3518141400. O acercarte y hacer la denuncia en la Unidad Judicial de Violencia Familiar, ubicada en la calle Entre Ríos n.° 680.

*Por Verónika Ferrucci y Jazmín Iphar para La tinta / Imagen de portada: La tinta.

Suscribite-a-La-tinta

Palabras claves: Catalina Gutiérrez, Femicidio, Néstor Aguilar Soto

Compartir: