Esta es la historia de una gorda y un can can

Esta es la historia de una gorda y un can can
5 agosto, 2019 por Redacción La tinta

Hace un tiempo me compré un vestido corto muy lindo y un can can negro. Para ustedes es una pelotudez, capaz, algo que a cualquiera le puede pasar en la cotidianidad. Pero para mi no, o para nosotres, les gordes, no.

El can can no porque hiciera frío o porque quedara lindo, si no para sentir que no estoy mostrando las piernas gordas, un autoengaño que a menudo suelo hacer.

El que tenía, talle 5 (el más grande que viene en cualquier marca) se me rompió porque ya me entraba a regañadientes, haciendo un ritual de contoneo de piernas y cadera de 5 minutos o más.

La última puesta de ese can can fue anoche, cuando entre caricias y los movimientos que exige la pasión, se rompió un poco más. Y así con el can can medio roto me fui a trabajar, donde se me terminó de romper más todavía. Tenía que ir a hacer un montón de cosas después, y mi can can estaba roto y yo me sentía desnuda. Pensaba que todo el mundo podía darse cuenta que la mitad de la entrepierna se me salía por un hueco.
Hice un par de cosas así hasta que me empecé a sentir muy incómoda, así que me metí en un baño y me lo saqué. Sí, decidí salir a la calle sin can can.

Estamos en el 2019, soy una mujer libre, empoderada, y todas las cosas que las publicidades y la gente que predica el amor propio te dice que tenes que sentir. Pero no te pasa. Haces una cuadra y las miradas te consumen. Tus piernas son un imán de ojos gordofóbicos por mil. Eso es lo que la gente que predica el amor propio no entiende, casualmente porque tampoco lo vive, porque es muy fácil contarla desde un cuerpo hegemónico.

Tenía que hacer diez cuadras en el centro de la ciudad para llegar al único lugar abierto un sábado a la tarde que me vendiera un can can, el lugar más horrible y hegemónico para comprar ropa: un shopping, el Patio Olmos en mi caso.

Las diez cuadras más tortuosas de mi vida.

Sí, soy gorda y tengo un vestido corto, sí estoy mostrando las piernas y los muslos. Sí, tengo cicatrices porque cuando me odiaba me lastimaba mucho. Sí, ¿Qué mirás?

Llegué al Patio Olmos y pasé por cinco locales de ropa interior pidiendo el maldito can can negro traslúcido talle 5. En algunos casos ni siquiera llegaba a pedir el talle, «no para vos no tengo».
En el último, con el ánimo por el suelo, le digo a la vendedora:
– ¿Pero hasta qué talle tenes?
– Hasta el 4 -me dice tecleando en la computadora sin mirarme.
– Bueno, lo llevo.
– Pero no te va a entrar.
– Lo voy a llevar igual -le retruqué cansada.
– Mirá que esto no tiene cambio, es hasta 85 kilos. ¿Cuánto pesas vos?
– ¿Qué te importa cuánto peso? ¿Me lo vas a vender o no? -le repliqué y todos los que estaban en el local se quedaron estupefactos.

La encargada salió del depósito preguntando si estaba todo bien.

-No, quiero comprar este can can y no me lo quiere vender porque dice que no me va a entrar -escupí casi a los gritos. La encargada soltó un «no no, es lycra, estira mucho, llevalo no hay problema» y me cobró.

Pagué tragando la bronca. A penas me dieron la bolsa y el ticket corrí al baño a ponermelo. Claramente, me iba a costar el doble, yo sabía que no me iba a entrar y si me entraba, se iba romper el doble de rápido que el otro. Pero no me importaba.

Lo saqué del empaque y lo fui subiendo, por el tobillo, las pantorrillas ya estaban adentro, las rodillas y en los muslos empezó el problema. Después de 5 minutos el can can estaba puesto. Y estando ahí con las piernas más apretadas que nunca, con mitad de can can ya rajado y sintiéndome completamente miserable me largué a llorar. No me pasaba hace años, sentí mi cuerpo horrible, pesado, lo volví a sentir una carga. Volví a tener esa sensación que tenía cada vez que me saltaba una comida o iba a vomitar.

Me lo saqué con brutalidad y enojo, a lágrima viva. Me daba asco sentirme así. No milito ni hago nada en mi vida para sentirme así, no me lo podía permitir.

Me puse el can can viejo (que no lo había tirado) que estaba todo roto, y sentí que era lo más real.

Somos gordes. No entramos en los talles de mierda de esta sociedad, ni lo vamos a hacer si sigue existiendo un sistema de odio que diga qué cuerpos son válidos y qué cuerpos no.

No entramos en los talles de mierda de esta sociedad. Nuestros muslos sabrosos desbordan los can canes Cocot y nuestros enormes culos explotan las medias Silvana. Nuestra grasa está y sí se ve. Esta grasa que aprendimos a odiar desde pequeñes, y con la que incluso hasta hoy nos cuesta convivir.

La monstruosidad, la celulitis, las estrías. Las habitamos con o sin can can, las lloramos, las aceptamos, pero nunca más las invalidamos.

Mostrate mostra, gorda y orgullosa.

Por Pao Watafac /  Collage: Erika Armada.

Palabras claves: activismo gordx

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