¿Sos pibe o piba?

¿Sos pibe o piba?
6 diciembre, 2018 por Redacción La tinta

Un caño al patriarcado es poner el cuerpo y pelear cada milímetro del campo de juego. Es disputar el sentido del juego. Es escribir nuestras autobiografías como mujeres, lesbianas, travestis, trans, amantes del fútbol. Un caño al patriarcado es escribirle una carta de despedida al fútbol hegemónico. “¿Sos pibe o piba?” es el texto de Nadia, uno de los tantos escritos que surgieron desde el taller literario sobre fútbol feminista, que desarrollamos desde La tinta en Córdoba y que formarán parte de un libro que saldrá a ocupar las canchas el próximo año.

Por Analía Fernández Fuks para La tinta

Un caño al patriarcado es nombrarnos, es contar nuestra experiencia, es poner en palabras nuestras prácticas cotidianas, es narrar nuestra historia, que implica la de quienes estuvieron antes que nosotrxs. Un caño al patriarcado es tomar la cancha. La cancha literal y como metáfora. Es cantar en las tribunas que “el fútbol va a ser de todes o no va a ser”. Es desplegar pañuelos verdes al cielo mientras Banini gambetea rivales. Tomar la cancha es tomar el micrófono que relata el partido en los estadios. Tomar la cancha es tomar las páginas de los medios que hacen, de un hecho, una noticia, una crónica, un análisis. Un caño al patriarcado es poner el cuerpo y pelear cada milímetro del campo de juego. Y es, también, disputar el sentido del juego. Un caño al patriarcado es escribirle una carta de despedida al fútbol hegemónico, al fútbol tal como lo conocemos desde hace años. Es escribir nuestras autobiografías como mujeres, lesbianas, travestis, trans, amantes del fútbol. Es contar desde dónde vinimos y a dónde vamos con la pelota en los pies. Un caño al patriarcado es visibilizar la historia de las Pioneras, de quienes sacaban hojas y varones cis de los potreros para poder jugar, es potenciar las voces de las escuelas y colectivos de fútbol feminista que promueven la práctica en los barrios, es poner imagen y nombre a quienes construyen diariamente este fútbol que queremos jugar.

Con estas premisas, decidimos, junto con La tinta, replicar, en la ciudad de Córdoba, el taller de escritura sobre el mundo del fútbol, que realizamos en Buenos Aires desde comienzos del 2017. Cuatro encuentros en la sede del club Belgrano en los que participan alrededor de veinte pibas, con experiencias distintas en relación a esta práctica deportiva, donde compartimos lecturas, fotos, videos a partir de las cuales debatimos, reflexionamos y producimos nuestros propios escritos.

“¿Sos pibe o piba?” es el texto de Nadia, uno de los tantos que ya surgieron desde estos encuentros. Muchos de ellos formarán parte de un libro que saldrá a ocupar las canchas el próximo año.

¿Sos pibe o piba? | Por María Nadia Esteves

“¿Sos pibe o piba?”, me preguntó desde lo alto de su bicicleta en la esquina de la plaza. Todos los recuerdos de mi infancia giran en torno a una pelota, una bicicleta, y las calles fresquitas de sombra en las chacras de Centenario, detenidas en un árbol de ciruelas o manzanas que, trepando, alcanzábamos para paliar la gula de las siestas.

“¿Sos pibe o piba?”, me preguntó, y determinó en mí una nomenclatura que jamás había existido. “¿Sos pibe o piba?”. Y yo paradita con la camiseta de Boca del ‘92 que sacaba del cajón de mi viejo y me llegaba a las rodillas, la bicicleta con caño recto (que era para varones) y la pelota bajo el brazo izquierdo porque con el derecho apretaba el freno trasero de mi nave. Me disparó la vergüenza, me disparó y tenía el mismo calibre que me volteó la primera vez que me enamoré y detecté que era un sentimiento nuevo, nuevito, pero con una maravilla distinta. Quedé helada. Tenía diez años. Yo estaba con la Melga y con Marina como cada día, amigas y compañeras de andanzas, tan patiperras como yo (patiperras se nos dice a les que andamos todo el día callejeando). Ellas a mi lado escucharon, ni las miré. En ese momento, supe que ellas sintieron mi vergüenza, mi caída y el silencio. No pudimos decir nada… nosotras teníamos diez y él, catorce. No me defendí, ¿de qué manera lo hubiese hecho? Era une niñe que acababa de ser atravesade con una pregunta que jamás me había invadido porque era feliz, porque era tan yo como nunca lo volví a ser. Ese pibe, tan inocente como nosotras, y esa pregunta y ese momento, inevitablemente me estacó.

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(Imagen: María Nadia Esteves)

Entrados los veinte, volví a jugar al fútbol, en muchos equipos y niveles competitivos. Después de tantas especulaciones de les entrenadores en cuanto a mi posición en la cancha, me afiancé donde ya lo sabía sin saber: defensora. La última, la 2. Y se me inflaba el cuore cuando les escuchaba decir que era tiempista, aguerrida, ordenada y de mente fría. Defensora porque en la cancha como en la vida; porque ese niño me dijo “¿sos pibe o piba?” y yo no pude trasmitirle nada a modo de defensa. Defensora porque, con diez años, no pude decirme a mí misma “dejá… este chabón que también es un niño, probablemente, no está viviendo tan plena y libremente como vos, y no tiene intención de dañarte y detenerte, aunque lo esté haciendo”.

¿Entonces, por qué toda esa pasión cuando evito un gol, cuando espero, espero y espero, y saco una pelota en la línea de mi arco? Toda esa pasión es porque me estoy reivindicando de todas las veces que no me defendí en mi vida, porque despejo con la potencia de esos años atragantados y detenidos, porque la certeza milimétrica de barrer una pelota en el momento justo tiene la precisión de esa palabra que no salió a tiempo.

La cancha me da explosión. Y libertad. Cada vez que golpeo la pelota con fuerza, me sale un grito. Como les tenistas, o más bien como Bruce Lee. Un grito agresivo que descomprime, con esa violencia sofocada durante tanto tiempo, por no dejarla salir a defenderme. Tantos años soñando con esa respuesta heroica en la que le hago entender al pibe que soy lo que soy; soy esa camiseta de mi viejo que me encantaba lucir y esa bici y esas chascas desestiladas; soy mis amigas y la pelota que tenía que cuidar de no perder.

A mis treinta y tres años, saqué una pelota del borde de la línea de mi arco, de chilena. Nunca en mi vida había practicado tal destreza. Ni siquiera lo recuerdo con detalle, salió no sé de dónde, pero esa pelota no tenía que entrar porque íbamos 3 a 3 y ya se terminaba el partido. Fue mi jugada y mi respuesta soñada.
Hoy, cada tanto, juego en el mediocampo. Lo que más disfruto es meter una pelota entre líneas, habilitar a mis compañeras, un pase de gol es lo más excitante del planeta. Seguramente esté reivindicando otro capítulo de mi vida. Quizás, en algún momento, sea delantera, esa que concreta los goles. Quién sabe qué refuerzos tenga que meterle al camino.

Si me pongo en soñadora, me veo mirando el juego desde afuera: el tiempo de las palabras, de las miradas y el conocimiento, de la arenga y la comprensión. Ensoñada en pararme como la DT del picadito de mi vida, pero siempre deseando volver a estar en juego, aunque esto implique nuevas cicatrices.

*Por Analía Fernández Fuks para La tinta

Palabras claves: Fútbol Femenino, literatura

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