Aquella (no tan) solitaria vaca frackeada

Aquella (no tan) solitaria vaca frackeada
29 agosto, 2018 por Redacción La tinta

«Aquella solitaria vaca cubana» fue un hit. El yacimiento Vaca Muerta, desde su hallazgo en 2011, también, y nos sirve de metáfora para repensar el modelo socioeconómico que prioriza capital sobre la naturaleza y cuestionar cada proyecto extractivista que nos ate a esquemas productivos obsoletos.

Por Julián Reingold para Espartaco Revista

Tarea fina es pretender parafrasear a Los Redondos sin correr el riesgo de cruzarse con los expertos en hermenéutica ricotera, por lo que vale aclarar de entrada que esta nota toma su título de la interpretación de Emiliano Gullo: al parecer, hacia finales del año 1960, una solitaria vaca que pastaba en una pradera cerca de Holguín, al sur de Cuba, sufrió el impacto de un cohete Thor DM-21, lanzado desde Cabo Cañaveral para poner en órbita un satélite. En el camino hacia la estratósfera -no a la que apuntaba un ex presidente, sino la NASA-, una falla técnica generó una explosión que frustró los planes y los restos del propulsor terminaron por alunizar sobre el inocente bovino.

El tema, desde luego, fue un hit; y el yacimiento no convencional Vaca Muerta (VM), a partir de su hallazgo en 2011, también. Los datos sobre sus reservas de recursos hidrocarburíferos han servido al discurso oficial como símbolo de soberanía energética, pero también como promesa de inversiones y desarrollo. Ubicado en la Cuenca neuquina, con una superficie de 30.000 km2, de los cuales YPF posee la concesión de más de 12.000, tiene un enorme potencial para la obtención de gas y cuenta con importantísimos recursos de petróleo que, según el informe de la U.S. Energy Information Administration (EIA), significa multiplicar por diez las reservas de la Argentina.


Desde su descubrimiento y hasta fin del 2016, se perforaron 679 pozos de los que 506 son verticales y 173, horizontales. Sin embargo, poco y nada se dice respecto a su ecosistema o a los habitantes que dependen de él -no solo los indígenas mapuches-, como tampoco se mencionan las consecuencias de la práctica extractiva del fracking sobre el medio ambiente.


De acuerdo a lo establecido por el Acuerdo de París sobre cambio climático, la Argentina se comprometió ante la comunidad internacional a reducir de forma ambiciosa sus emisiones de carbono por medio de una mayor inversión en energías renovables, estrategia que, al día de hoy, se encuentra lejos de las metas que permitirían mantener las temperaturas por debajo de los 2°C por sobre los niveles preindustriales.

Vaca ¿muerta? No dirá «mú», pero está vivita y coleando

De acuerdo con un reciente análisis de la consultora Deloitte, la Argentina ahora se encuentra bien posicionada para explotar sus recursos de petróleo y gas a su máximo potencial. Con una economía basada en el gas (que conforma el 51% del mix, frente al promedio mundial del 25%), la demanda doméstica se incrementó más de un 3% anual desde la recuperación económica post 2001, al mismo tiempo que la producción de petróleo y gas entró en declive, por lo que nos convertimos en importadores netos de este insumo desde 2010.

Tomando los datos del informe publicado por Wood Mackenzie en 2015, podríamos calcular que aproximadamente todos los recursos de crudo a nivel mundial conocidos en 2015 (excluyendo el gas) equivalen a casi 69 años de consumo al ritmo actual. Su análisis económico indica una proyección de la producción por tipo de producto de aproximadamente 113 mil barriles para fines de 2018; a la vez, para que Vaca Muerta sea rentable, el precio del barril debería superar los 89 USD. Pero hoy el shale argentino no es muy viable al precio actual del petróleo (valor Brent) y el costo de perforación y completamiento de pozo en Vaca Muerta es muy superior al de Estados Unidos.

Los expertos de la industria petrolera afirman que el shale argentino está a unos 3000 metros de profundidad; en cambio, las napas de agua que tienen contacto con la superficie están a poca profundidad, en los primeros 100 metros. Una fractura hidráulica realizada por fracking se extiende como máximo unos 600 o 700 metros. Por lo tanto, en el caso de este yacimiento, no hay riesgo de que la fractura hidráulica alcance la napa freática, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, donde el shale se encuentra a menos profundidad, alrededor de 1000 metros.


Otro riesgo es que el casing (recubrimiento que se hace del pozo para evitar filtraciones y que recorre verticalmente desde la superficie hasta el shale) sea de mala calidad y pueda contaminar las aguas superficiales. Aún más, la fractura hidráulica requiere de mucha agua y, dado que se le introducen arena y aditivos químicos, esta no puede luego ser vertida en un río, por lo que se busca no tomar mucha agua del medio natural y, al mismo tiempo, no verter residuos contaminados de vuelta en el ecosistema.


En comparación, el único país donde se ha producido un verdadero desarrollo comercial del shale es Estados Unidos. Esto se debe a la estructura preexistente de una industria petrolera desarrollada. Un régimen de los recursos naturales en el país del norte indica que estos pertenecen al propietario de la tierra, una red de oleoductos y gasoductos permite darle rápida salida a la nueva producción de los yacimientos hacia los centros de consumo. Cuenta con abundante documentación geológica de las áreas de shale y, puesto que fue el primer país en usar el fracking a gran escala, las preocupaciones ambientales solo aparecieron una vez que la industria estaba en marcha. También por haber sido los primeros, ocasionaron severos daños, recopilados por Naomi Klein en su libro Esto lo Cambia Todo. Además, el conocimiento que se tiene de Vaca Muerta no es del todo completo: los geólogos optimistas sugieren que se asemeja a Eagle Ford (Texas), pero de momento no solo no parece tener la productividad de dicho yacimiento no convencional, sino que en la actualidad el costo de perforación y completamiento de pozo es más elevado.

Los siguientes gráficos, basados en datos recientes de la Agencia de Información de Energía de EE.UU., explican el mix eléctrico de nuestra matriz energética:

Convertidos de QBTU a KBOE/D, los gráficos lineales reflejan los datos de la situación y evolución de la producción y el consumo de petróleo y gas:

Según la consultora PWC, el desafío más grande radica en continuar reduciendo los costos, tanto de capital como de operaciones. En un contexto de crisis, Vaca Muerta tiene que producir lo que Argentina necesita, que son divisas, sin subsidiar a las empresas privadas.

Desarrollistas eran los de antes

La Guerra del Fracking, film dirigido por Pino Solanas en 2013, nos lleva a cuestionar este procedimiento ante la posibilidad de la autogeneración de energía. En paralelo, Maristella Svampa y Enrique Viale explican en su libro Maldesarrollo que el concepto de ‘desarrollo’ se definió como meta a alcanzar para ese resto enorme del mundo subdesarrollado. En relación a la explotación de combustibles fósiles, cabe preguntarse si existe algún contraste en el modelo de desarrollo planteado durante el kirchnerismo, con el foco en el autoabastecimiento, y la actual gestión de Cambiemos. Este interrogante nos lleva a pensar en los pueblos del sur con una doble función: criticar el modelo de desarrollo como meta a alcanzar y el neoextractivismo.


Desde el Observatorio Petrolero Sur, señalan, en relación a la expropiación de YPF, que «al ponerse en marcha el proceso de legitimación de Vaca Muerta, se desestimaron las advertencias en torno a la huella petrolera, los procesos de degradación de suelos y de agua advertidos por el PNUD en 1996 y 2010». Por otra parte, denuncian un discurso que acusa a quienes rechazan el fracking como poseedores de ideas catastróficas poco fundamentadas y que la fuerza del acompañamiento popular no es otra cosa que terrorismo ambiental.


Consultado en relación a este conflicto socioecológico, el abogado ambientalista Enrique Viale explica lo siguiente:

«Nosotros lo vemos como un fantasma, una promesa que no se puede alcanzar. Los datos oficiales hablan incluso de una reducción de puestos de trabajo. A pesar de la flexibilidad, no lleva desarrollo, sin contar los pasivos ambientales y económicos. Existe un consenso de los commodities: tanto gobiernos progresistas como de derecha ven en la explotación de la naturaleza un destino, no una decisión geopolítica mundial que nos pone en ese lugar. Cuando se renacionalizó YPF, hubo una fuerte presión del gobierno nacional y los gobiernos provinciales, sacaron a relucir los pasivos ambientales en todo el país, particularmente, la Patagonia. Más de 5 mil millones de dólares. Ni siquiera deberíamos haber pagado. Luego, no volvió a tocarse el tema.

En relación a la desaparición de Santiago Maldonado, ha habido una vuelta de tuerca con este gobierno. Crearon enemigos internos a partir de la figura del mapuche (que son las únicas comunidades que le ponen un límite a Vaca Muerta) a través de la demonización y militarización de esas zonas. También está el caso de Rafael Nahuel como parte de la demonización del pueblo mapuche.

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Foto: Claudia Curaqueo

A excepción de Proyecto Sur y algunos sectores de la izquierda, son muy pocos los que salen a cuestionar este consenso que se ha implantado. Cualquiera que lo cuestione es un loco o un extremista que no entiende nada. La lucha cultural es uno de los aspectos más difíciles a superar, ya que el discurso del cambio climático en Argentina es algo muy complejo que no pega en la clase política. No lo ven como un problema ni como un desafío a superar.

Muchos de los que van a criticar al G-20 no ven en el cambio climático una problemática, tampoco en el fracking, pero nosotros haremos un esfuerzo muy grande por mostrar las contradicciones, por ejemplo, las de Francia, cuyas empresas operan en otro país, pero que prohíbe el fracking en su territorio. Por eso, nosotros haremos otra cumbre paralela en la que le daremos prioridad al cambio climático».

Las comunidades mapuches están repartidas por el inmenso territorio patagónico, en las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut. Svampa ve una linealidad desde el final, en 1878, de la Campaña del Desierto que exterminó una parte de los indígenas del sur y luego reclasificó a muchos de los sobrevivientes como trabajadores rurales, hasta hoy, cuando los indígenas son considerados ciudadanos de segunda, arrinconados entre la estepa y la cordillera, en territorios en ese entonces no valorizados por el capital, considerados inclusive meros «superficiarios», como los tildó sin sonrojarse uno de los directores de YPF. Para esta autora y académica, la campaña antiindígena trata de disociar los reclamos de los mapuches del discurso de los derechos humanos, asociándolos a la violencia y creando las bases de un consenso antiindígena que avale ante la sociedad el avance del capital sobre los territorios en disputa.

Recientemente, el fracking se ha extendido por fuera de la provincia de Neuquén a la vecina Mendoza donde los pobladores de la localidad de General Alvear coparon las calles para marcar un límite a la explotación no convencional de gas y petróleo. En mayo, las Asambleas por el Agua Pura de Mendoza culminaron el acampe en la Plaza Independencia con la presentación en la Legislatura provincial de más de 42 mil firmas contra el fracking y un proyecto de ley para frenar el avance de esta técnica. A diferencia de Neuquén, donde se encuentra la mayor parte del megayacimiento, Mendoza es una provincia con tradición ecologista: la minería en la cordillera está prácticamente prohibida; desde San Rafael, se desarrolló un movimiento contra la extracción de uranio y ahora se le hace frente al fracking en la cuenca del gigantesco yacimiento de gas y petróleo no convencional de VM que llega al sur de la provincia.

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Foto: Gustavo Alarcón

A lo que en ecología política se ha dado en llamar ‘greenwashing’, es decir, el lavado de cara de las empresas contaminantes bajo la adopción de supuestas prácticas verdes o responsables del manejo de sus residuos, respecto al rol del Estado, se podría sumar el concepto de ‘trumpización’ de la política ambiental propuesto por Svampa, arguyendo que (a diferencia de Trump y, sobre todo, su anuncio el año pasado de retirar a EE.UU. del Acuerdo de París) el discurso oficialista alude al cuidado del medio ambiente, pero sus prácticas muestran a lo contrario. Este es un gobierno que, en nombre de la ‘modernización ecológica’, apuesta a ampliar el poder de las grandes corporaciones a través de la flexibilización ambiental, anticipando con ello un contexto de grave regresividad de derechos. Que esto se haga hablando de cambio climático no es un matiz, sino más bien una pantalla con la cual se intenta cubrir el proceso de trumpización de la política ambiental en nuestro país.

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Una orientación pragmática llevaría a aceptar que, ante la crisis energética actual, nuestro país debería apuntar a la seguridad del abastecimiento diversificando las fuentes de gas y petróleo, por lo que sería estratégicamente deseable desarrollar Vaca Muerta en reemplazo de los yacimientos convencionales en declive. Ahora bien, esta actividad debería encuadrarse dentro de una lógica de eficiencia económica y absoluto cumplimiento de las normas de preservación ambiental, dos elementos que, de momento, parecen contradictorios y ajenos a la realidad del fracking en Argentina. En palabras del senador Fernando Pino Solanas:


«El colonialismo extractivista domina nuestras legislaciones, nuestros parlamentos, y se lleva de manera salvaje materias primas que nos pertenecen. Nuestros países son tomados como territorios y pueblos de sacrificio donde las transnacionales explotan y degradan la tierra con toda impunidad. El cambio climático se ha venido agravando porque las previsiones y los topes que se habían fijado en los anteriores encuentros ambientales fueron sobrepasados. La lucha contra la contaminación y el saqueo resultan inseparables de la lucha contra el neocolonialismo, ahora materializado por el extractivismo transnacional».


Entonces, ¿por qué, en vez de seguir el camino de países que siguen explorando reservas de gas esquisto, a pesar de las consecuencias geológicas denunciadas, no miramos a Dinamarca, uno de los pocos países europeos que posee petróleo y gas natural, y aun así es uno de los que más apuesta por la energía eólica?

Es hora de que la Argentina finalmente asuma las prácticas indígenas del ‘Buen Vivir’, junto con una promoción prioritaria de la ley 27.191 de energías renovables, un paso imprescindible para que nuestro país deje de pertenecer a la categoría de las naciones cuyo compromiso para combatir el calentamiento global resulta altamente insuficiente.

Vaca Muerta puede servirnos de metáfora para repensar el modelo socioeconómico que viene priorizando el capital por sobre la naturaleza. Como dicta el mantra del desarrollo sustentable, “pensar de forma local y actuar de forma global» debería inspirarnos a poner en tela de juicio cada proyecto extractivista a lo largo y ancho del territorio nacional que busque atarnos a esquemas productivos obsoletos, ya se trate de fracking, minería a cielo abierto o tala de bosques nativos, en lugar de dirigirnos hacia una transición a energías limpias y prácticas de desarrollo regenerativo. Deberíamos poder dar el salto y reclamar presencia ciudadana en cada instancia del debate internacional sobre cambio climático, antes de que sea demasiado tarde para todos.

La civilización la amaba y justo a tiempo…

*Por Julián Reingold para Espartaco Revista

Palabras claves: mapuches, Vaca Muerta, YPF

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