Las manchas de sangre no salen

Las manchas de sangre no salen
13 septiembre, 2017 por Redacción La tinta

Rosa es la chica que limpia en un policial argentino con asesinatos, redes de trata, policías y mucha, mucha mugre.

Por Celeste Murillo para La Izquierda Diario

La chica que limpia fue escrita por Greta Molas, Irene Gissara y Lucas Combina, que también dirigió los 13 capítulos de la serie producida por Germina Films. Filmada en la ciudad de Córdoba, con excepción de Rosa (Antonella Costa) y su mamá (Beatriz Spelzini), cuenta con elenco 100 % cordobés.

Rosa, Rosa

Rosa necesita plata, mucha plata. Su sueldo como empleada en una empresa de limpieza no le alcanza para nada, mucho menos para afrontar los gastos de la enfermedad inmunológica que mantiene a su hijo Felipe encerrado (literalmente) en una burbuja. Sueña con llevarlo a Estados Unidos para que reciba el mejor tratamiento, aunque el tiempo le juega en contra. La secunda su mamá, que cuida a Felipe mientras ella trabaja largas horas fuera de su casa.

A la salida del trabajo, como muchas mujeres, Rosa no se va a su casa a descansar, sigue trabajando. Una de sus changas es limpiar en un club de barrio, donde organizan peleas por plata. Rosa se encarga del trabajo sucio después de las trompadas: limpiar la sangre que queda en el ring. Y como es muy buena en su trabajo y necesita la plata, le proponen un trabajo más sucio todavía: limpiar la escena de un crimen.

En cada capítulo vemos cómo conviven en ella dos mundos que se chocan y se mezclan. Rosa no soporta las cosas sucias, pero no se trata solo de trabajo: su casa es una caja de cristal impecable porque su hijo no resistiría una batalla con los gérmenes. Pero, como una ironía, la mugre se vuelve parte de la vida de Rosa. Sin sangre no hay plata. Sin plata no hay cura.

Los lugares manchados de crímenes que limpia Rosa son conocidos para cualquier televidente: prostíbulos, despachos y autos de lujo, donde a alguien “se le va mano”, como gustan decir los poderosos y sus hijos, y hasta un juzgado.

Un momento clave de cada capítulo es cuando Rosa se calza los guantes y desenfunda sus armas: poderosas mezclas químicas que prepara su amigo, un comerciante de productos de limpieza. Antes de empezar, casi como una protección imaginaria, Rosa se pone los auriculares para sumergirse en el mundo del crimen y limpiar los rastros de sangre. Su peculiar eficacia empieza a hacerse conocida, por eso los clientes que contratan sus servicios son cada vez peces más gordos, y por la misma razón los investigadores empiezan a sospechar.

No hay que ser tan obediente, Gutiérrez

Mientras Rosa entra en el mundo del crimen, Sandro no puede escapar de él. Es un detective de investigaciones de la Policía perseguido por fantasmas, propios y ajenos. Identificamos rápidamente a Sandro (y su compañero/subalterno Gutiérrez -el Sancho de su Quijote-), como uno de los héroes de este policial negro.

Hace tiempo investiga desapariciones y asesinatos de mujeres; entre ellas está la hermana de Rosa (que tarda demasiado tiempo en sospechar si sus “clientes” tienen algo que ver con la suerte de su hermana). Sandro sospecha, con razón, de redes de trata, complicidad entre narcos, proxenetas y, cómo no, de complicidad policial.

Durante los 13 capítulos se desarrolla la carrera clásica de gato y el ratón, pero en La chica que limpia el ratón es grande, poderoso y cuenta con la protección de varios felinos de uniforme. Nuestro detective está en la frontera del hastío y no le conforman las respuestas de sus superiores y sospecha de las órdenes de “cerrar rápido” los casos. Eso lo lleva a tener su propia línea de investigación, que termina enfrentándolo a su jefe y a su propio compañero a quien empuja a sospechar un poco más, a desoír las órdenes y prestar más atención a los detalles de esos lugares extrañamente limpios.

Cuando el círculo empieza a cerrarse, los detectives se dan cuenta de que la única forma de descubrir qué hay debajo de los azulejos y los pisos limpios es dejar de ser obedientes. Y así los cabos van atándose: Sandro se gana la confianza de las testigos que importan, Gutiérrez afina el oído y Rosa sospecha cada vez más de ese “jefe” que nunca conoce. La mugre brota por todos lados y nos damos cuenta de que sin importar cuán poderosa sea la química del limpiador “mágico” de Rosa, las manchas de sangre no salen.

Sin spoilers

No develamos ningún misterio si decimos que ya sabemos quiénes son los malos. No es un spoiler, pasa en las series, pasa en la vida real. La complicidad policial es un factor imprescindible para la impunidad de los poderosos, los proxenetas y los narcos. Como en la vida real, no sabemos dónde están las chicas que desaparecen, no sabemos quiénes son los asesinos pero sí conocemos a quienes los protegen.

La chica que limpia se puede ver de forma gratuita en www.cine.ar.

*Por Celeste Murillo para La Izquierda Diario

Palabras claves: Antonella Costa, La chica que limpia, Series

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