Ilimitada fantasía: censurar el germen de la transformación

Ilimitada fantasía: censurar el germen de la transformación
30 agosto, 2017 por Julieta Pollo

La última dictadura cívico militar proscribió libros, escritores, ilustradores y editoriales. En esta nota recuperamos tres de los libros censurados en la década del 70 -hoy reeditados y disponibles para su lectura-, que combinan exquisitos relatos ilustrados con torrentes de ilimitada fantasía.

Por Julieta Pollo para La tinta

Muchas veces la realidad supera la ficción y eso pasó en Argentina cuando en 1979 se quemaron toneladas de libros en una pira que impresionaría al mismo Montag de Farenheit 451, quien se dedicaba a esta sucia labor por orden del gobierno. En medio de la represión y la desaparición forzada de personas, la maquinaria militar de la última dictadura emprendió una caza de libros con el fin de controlar los relatos, cercenar los espacios de circulación de la palabra y disciplinar el pensamiento.

La literatura infanto juvenil no estuvo exenta de este adoctrinamiento ideológico que buscó aniquilar ideas de libertad, autonomía y transformación. Niños y niñas con la fantasía mutilada no pueden pensar otros futuros posibles. La resistencia también se alzó en este frente, compartiendo clandestinamente la literatura en las aulas y afilando las formas para ocultar mensajes libertarios. En esta nota recuperamos tres libros censurados en la década del 70 que combinan exquisitos relatos ilustrados con torrentes de ilimitada fantasía.

La Línea

La escritora Beatriz Doumerc y el ilustrador Ayax Barnes, compañeros en la vida y en la literatura infanto juvenil, fueron víctimas no de una sino de tres censuras por parte del gobierno de facto. Dos décadas tendría que esperar el libro prohibido La línea para volver a reeditarse y aun así, lo hizo con ciertas modificaciones fundamentadas en la cautela, como si el terror instaurado por aquellos años tendiera sus lazos invisibles hasta hoy. La línea, nacida en 1974 luego del exilio de los autores desde Uruguay, sería la razón que los arrinconaría a un nuevo exilio dos años más tarde hacia Barcelona, donde permanecerían hasta su muerte.

La línea es una novedad por varios motivos. Por un lado, no existía en la época una obra similar desde el punto de vista estético destinada a niños. Dibujado con trazos simplísimos y a dos colores, un hombrecito poblaba cada página despojada de todo salvo de una línea: el personaje blanco y negro encuentra una línea roja y durante 46 hojas se dedicará a exprimirle todas sus posibilidades, demostrando una creatividad admirable, sobre todo teniendo en cuenta el grado de síntesis de los dibujos y también de las palabras. Tiempo después, este libro sería considerado uno de los pioneros en un tipo de obra que por ese entonces no tenía denominación: el libro álbum.

Por otro lado, La línea es un libro cargado de contenido donde, una vez más, hay que destacar la capacidad de síntesis para plantar un mensaje contundente ¿Qué hace un hombrecito con una línea? ¿Para qué sirve? Un hombre con una línea puede aislar, enredar, dividir, encerrar, prohibir… pero también puede elegir unir, construir, compartir y dibujar el hombre nuevo que desea ser. La línea es una metáfora de la historia que, como los puntos a la línea, construimos todos los hombres y mujeres: este libro habla de la transformación, de la autonomía, de la libertad, y del poder de las personas para tirar abajo los males de este mundo y fundar uno nuevo que nos contemple a todos en igualdad.

Este diálogo -explosivamente armonioso- entre la imagen y la palabra, fue desplegado por Dourmec y Barnes en muchos otros libros como El pueblo que no quería ser gris y Una pluma con historia, que también sufrieron la censura dictatorial por ser considerados material de «adoctrinamiento subversivo».

En 2003 la obra volvió a editarse en nuestro país, pero con una curiosa modificación: la línea ya no era roja sino azul, por temor a que el libro pudiera ser vinculado con la izquierda y el comunismo, y que por ese motivo se impidiese su ingreso a las escuelas. Una situación que habla por sí sola y demuestra  las consecuencias de la censura ideológica en un país, que se perpetúan en el tiempo, en el espacio y en las posibilidades de la sociedad toda.  A 40 años del Premio Casa de las Américas, la reedición recuperó la línea roja de la versión original.

Hacia el final del libro, Beatriz Doumerc incluyó algunas palabras de absoluta vigencia: “Una noche de 1974 Ayax dibujó un hombrecito solamente con una línea. La línea, traviesa, se escapó, se alargó y se tendió en el papel. ¿Qué haría el hombrecito con esa línea? ¿Le pasaría por arriba? ¿Se enredaría con ella? Ayax y Beatriz se dieron cuenta de que, gracias a él, tenían el libro que siempre habían querido hacer: divertido y serio a la vez. Tantas cosas había hecho el hombrecito con LA LÍNEA que hasta recibió un premio. Sin embargo, al poco tiempo, algunos decretaron que era sumamente peligroso y le prohibieron andar por ahí de mano en mano. Por fortuna ahora vuelve a moverse con total libertad; para él no han pasado los años.”

La torre de cubos

38 años esperó La torre de cubos para salir de la proscripción. En marzo, como gesto de reparación histórica, el gobierno de Santa Fe dejó sin efecto la resolución que prohibía el libro de Laura Devetach y hasta recomendó su lectura en los centros educativos. El libro salió a la luz a mediados de los 60 con ilustraciones de Víctor Viano, pero La Torre de cubos se había cocinado lentamente mucho tiempo antes: Laura desgranaba sus cuentos para sus hijos y los niños de la guardería que estaba frente a su casa. Es por eso que sus relatos guardan en sí el germen de la oralidad, expresada a través del uso del “vos”, regionalismos y expresiones coloquiales cuya naturalidad no fue bien recibida en ciertos sectores de alcurnia literaria, por considerarla una deformación del lenguaje.

A meses de recibir el Premio Casa de las Américas en Cuba, el libro fue prohibido en Santa Fe, Buenos Aires y Mendoza, para luego ser censurado vía decreto nacional por el delito de “ilimitada fantasía” y por su reflexión en torno a“la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de autoridad”. Estos “cuestionamientos ideológicos-sociales” y su “falta de objetivos trascendentes”, consideraba el gobierno de facto, llevarían “a la destrucción de los valores tradicionales de nuestra cultura”.

“A partir de ahí la pasé bastante mal. Porque no se trataba de una cuestión de prestigio académico o de que el libro estuviera o no en las librerías. Uno tenía un Falcon verde en la puerta. Yo vivía en Córdoba y más de una vez tuve que dormir afuera. Finalmente nos vinimos con mi marido a Buenos Aires en busca de trabajo y anonimato. Durante todo ese período quise publicar y no pude», sostiene la escritora en la revista Imaginaria, y realiza una reflexión interesante acerca de la actualidad: “Todos los días los autores nos enteramos de escamoteos y prohibiciones en escuelas y bibliotecas por personajes de turno que ‘defienden’ a los niños.  Veníamos, tradicionalmente, con una literatura para los chicos de voz maternal, que respaldaba un paternalismo reglado desde afuera por valores de óptica adulta, estereotipados y previsibles. Cuando irrumpen voces distintas, hay reacciones.  (…) Sigue impactando lo que se presenta como diferente. El lenguaje poético inquieta tanto como la ampliación del lenguaje que incluye ritmos y expresiones de otras clases sociales o de otras etnias. Incomoda la ampliación del enfoque de los vínculos familiares y entre las personas”.

Durante los años oscuros, los docentes compartieron los cuentos de este libro clandestinamente en sus aulas, mediante copias caseras que omitían el nombre de la autora. Por esta razón, cuando vuelve a publicarse en 1984, Laura incluyó un epígrafe donde agradece a “las maestras y maestros que hicieron rodar estos cuentos cuando no se podía”.

La torre de cubos es un libro de ocho cuentos cálidos y poéticos que estimulan la imaginación y la posibilidad de encontrar nuevos mundos a la vuelta de la esquina, en un puñado de cubos o entre las líneas de un garabato. Además introduce de manera natural la solidaridad, la igualdad, el trabajo con otros en contraste con el enriquecimiento a expensas de otros. Entre los más conocidos se encuentran “El monigote de carbón”, “El pueblo dibujado”, “La torre de cubos”, y “La planta de Bartolo” que narra la historia de un niño que siembra un cuaderno para que broten muchos más. Bartolo reparte cuadernos entre los chicos del pueblo que no pueden comprarlos por su elevado precio. El adinerado vendedor de cuadernos, quien monopoliza el negocio, intentará persuadir a Bartolo con todo tipo de maravillas, dulces y juguetes para que le venda su planta, pero el niño no cede porque quiere que todos puedan aprender, escribir y dibujar sin límites. Un libro plagado de personajes impredecibles que sortean situaciones de manera creativa, asegurando giros inesperados y mucha aventura.

La escritora santafesina, hija de un ebanista y una tejedora, se trasladó a Córdoba luego de recibirse de maestra para estudiar Letras Modernas, título que conseguiría mucho tiempo después ya que el Golpe de Estado del 55 cerró la Universidad y la obligó a interrumpir sus estudios. Laura Devetach escribió guiones de cine y televisión, poesías, cuentos y canciones, que le valieron muchos premios y la distinción de la Universidad Nacional de Córdoba como Doctora Honoris Causa. Si bien sus 80 años ya no se lo permiten, como docente recorrió muchas escuelas cultivando entre los niños la curiosidad y la fantasía. “Creo que además de bregar por comida para más niños debemos bregar a la par por alimentar estos espacios poéticos con libros y arte en general. Esto nutre, motiva y da autonomía y libertad de conciencia”, sostuvo la autora en conversación con Euducar.

Un elefante ocupa mucho espacio

Elsa Bornemann fue una de las primeras autoras de cuentos infantiles censuradas por la disctadura del 1976. La obra en cuestión, Un elefante ocupa mucho espacio, fue editada un año antes con ilustraciones del ya mencionado Ayax Barnes. El decreto, que ordenaba el secuestro de todos los libros que estuvieran en circulación, acusó a los relatos de tener una finalidad de adoctrinamiento previo a la “captación ideológica del accionar subversivo”.

El libro que le valió el ingreso a Lista de Honor del Premio Hans Christian Andersen por primera vez a una autora argentina –y con tan solo 25 años-, fue el mismo que la introdujo en las listas negras del Estado de facto. Cuando fue prohibida su padre le aconsejó el exilio, pero Elsa se quedó para no “morir de pena” lejos de su país y de su gente. En una entrevista que sostuvo con Leila Guerreiro, Bornemann rememoró aquel momento: “[El decreto] Decía que el libro atacaba la moral, la Iglesia, la sociedad, el individuo y a todas las instituciones, que estaba escrito con una finalidad de adoctrinamiento para el accionar subversivo. Yo soy muy pacifista y que me pusieran como tirabombas, me cambió bastante. Siempre fui de dormir poco, pero como decían que los milicos venían entre las dos y las cinco de la mañana, casi no dormía. Ahora cualquier ruido me despierta.» Con el regreso de la democracia, Elsa descubriría no sin decepción que su proscripción fue recomendada por varias colegas escritoras. No es novedad, los regímenes dictatoriales son apoyados y sostenidos no solo por las fuerzas castrenses, sino también por instituciones como la Iglesia y por sectores sociales pacatos y cómodos en sus privilegios, enemigos de la transformación.

Un elefante ocupa mucho espacio contiene quince cuentos cortos en los que se aborda de variadas maneras el tema de la libertad: a través de la diversidad, como el «Caso Gaspar», al que quisieron apresar por el solo hecho de caminar con las manos; de la autonomía, como aquella «Potranca Negra» que galopa salvaje entre el campo y no se deja adiestrar; del amor, en el «Cuento con caricia» y en aquel de dos niños que vuelven a sonreír con el cariño de una «Madrastra». En el cuento que da nombre al libro la libertad es tratada en oposición a una vida esclava, a la falta de derechos, a la explotación: los animales de un circo se declaran en huelga rebelándose como en la célebre novela de Orwell, salvo que aquí león, elefante y chimpancés piden a los humanos que hagan incansables piruetas y que experimenten la oscuridad de una jaula. Así, los animales les enseñan que nadie debe ser privado de su libertad y que para comprender al otro lo mejor es ponerse en sus zapatos (o mejor, en sus patas). Los curiosos personajes de este libro tienen en común la magia y la determinación con la que encaran las situaciones de un mundo extraño, pero nunca aburrido. La pluma de Borenmann abunda en imágenes, descripciones y metáforas certeras que trasladan al lector a donde sea que las letras lo lleven.

La escritora introdujo a través de su poesía muchos temas que estaban vedados a la infancia y a la juventud como uno de los sentimientos más puros: el despertar del amor. Durante toda su vida, la autora nutrió sus historias con las preocupaciones, intereses y emociones que los niños le compartían a través de cartas o personalmente en las escuelas y en las firmas de libros. Algunos ejemplos son El libro de los chicos enamorados, publicado en 1977, al que le seguirían No somos irrompibles, Corazonadas y Amorcitos sub-14. La autora sostuvo en numerosas ocasiones que los adultos a menudo pretenden perpetuar tabúes y aislar a los jóvenes en el silencio, subestimándolos. Tal vez por esto, también fue criticada cuando salió Socorro, libro de cuentos de terror; o cuentos como «Los desmaravilladores» (1991), la historia de una chica que logra restituir su identidad y encontrar a sus padres biológicos; y «Niño envuelto» (1981), que acompaña a Andrés en su proceso de descubrimiento acerca de cómo surge la vida y de dónde venimos, a medida que derriba las absurdas explicaciones que los adultos inventan para ocultar uno de los hechos más naturales del ser humano.

Elsa Bornemann fue una de las tres hijas de un relojero y de una ama de casa que, premonitoriamente, se llamaba Blanca Nieves. Sus padres nunca pusieron frenos a su espíritu aventurero y travieso: amaba jugar en la plaza, trepar árboles y andar en bicicleta, lo cual desentonaba un poco con las otras niñas del barrio, a las que se les enseñaba a jugar con calma en sus pulcros vestidos. A los 16 años publicó su primer libro –Tinke tinke– y ya no paró de escribir hasta su muerte, en 2013. Profesora de Letras, docente y traductora al español de muchas obras infanto juveniles, Elsa siempre reconoció que lo vivido durante su infancia era una parte muy importante, constitutiva, de su personalidad adulta. En una oportunidad, hablando sobre algo tan terrible como la censura para una trabajadora de la palabra, sostuvo:  «En épocas de grandes censuras hay que intentar ser más inteligentes que los censores; una vez más poner el acento en cómo contar una historia, cómo decir lo que quiero decir sin que el censor se dé cuenta» .

►Podés conseguir estos y otros libros de Beatriz Doumerc, Ayax Barnes, Laura Devetach y Elsa Bornemann en la librería infanto juvenil En un lugar de la mancha, ubicada en el local 2 de la Galería Muy Guemes, Fructuoso Rivera 260.

*Por Julieta Pollo para La tinta

Palabras claves: Ayax Barnes, Beatriz Doumerc, censura, Dictadura Cívico-Militar, Elsa Bornemann, Laura Devetach, Libros prohibidos

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