Cultura Visual

Velita: de lo individual a lo colectivo

Velita es una composición de cuarenta fotografías ordenadas en cinco filas de ocho imágenes cada una: en todas ellas alguien sopla las velas de una torta de cumpleaños.

Por Ximena Triquell para La Tinta

En su blog personal su autora, Celina Bordino, la describe así:

“El encuentro con una cantidad de álbumes de fotos que llegan de una familia amiga. En cada álbum hay registros de cumpleaños, varias imágenes del instante en que el cumpleañero ‒y a veces los que están a su lado‒ soplan la vela del pastel. Me llama la atención la postura y los gestos, el instante de captura en el que a veces las velas se ven encendidas, otras ya apagadas. El momento y las expectativas del protagonista cuando, antes de soplar, renueva o mantiene los “tres deseos” y en donde todos están pendientes del cumpleañero que nos participa en su sumar años y en el inevitable paso del tiempo. Una convocatoria de fotos soplando velitas sin distinción de sexo ni edad. Archivo de imágenes. Un mosaico de 40 agasajados y su pastel”.

Pero no se trata ‒o no solamente‒ de un archivo, en donde encontraríamos un conjunto de fotos. Hay además un orden ‒un sentido‒ en la composición: en las fotografías laterales los personajes miran hacia el centro, los del arriba miran hacia abajo, los de abajo, hacia arriba. Una única foto en blanco y negro ocupa el centro. Los rostros complementan la mirada: la cumpleañera (la niña frente a la torta) mira hacia la izquierda. Quien está a su lado está de frente y mira hacia abajo, hacia la torta, como lo hace el niño que asoma detrás de ella. Este es el centro de la composición: la torta de la fotografía que ocupa el centro y particularmente una de las velas: ahí está la “velita” del título.

En el conjunto hay imágenes de personas de todas las edades y de ambos sexos. Sin embargo predominan los niños y las personas mayores. Veintún de las cuarenta fotos refieren a cumpleaños infantiles, en otras dos el cumpleañero adulto aparece con niños que comparten o disputan la acción de “soplar las velitas”. De las diecinueve fotografías restantes, once son de hombres y ocho de mujeres. De los primeros, siete son personas mayores, de pelo blanco o cabeza calva, y sólo dos son claramente identificables como jóvenes. De las mujeres, sólo una, en el centro, exhibe sus canas (cumple 80 años y es mi abuela). Es difícil definir la edad del resto de las mujeres, debido al color de su pelo, pero nuevamente se reconocen sólo dos que podríamos enmarcar como jóvenes.

Cumplir años adquiere así sentido ‒esto nos dice la composición‒ en los extremos de la vida: se festeja cuando se es niño, se celebra cuando se es viejo. O tal vez se registra más, o sólo, en esos momentos.

Si lo fotografiable está constituido por lo excepcional y lo diferente y lo no fotografiable, por lo cotidiano y lo conocido, Velita pone en tensión ese límite: cumplir años constituye un evento excepcional para el sujeto que festeja (sobre todo cuando se es niño) pero, a la vez, este evento se repite para otros sujetos, en otras familias, todo el tiempo.

En efecto, al recorrer una a una las fotos, puede percibirse el sentido particular y único que cada celebración posee para los sujetos involucrados (los fotografiados y los fotógrafos); pero a la vez, en un mismo movimiento, el efecto de conjunto señala su insignificancia. En esta doble dimensión, que no deja de ser paradójica, se construye el sentido de la composición: estos acontecimientos singulares en relación al individuo (que ya no volverá a cumplir 5, 40 u 80 años), y que por ello ameritaron ser fotografiados, no lo son si los observamos desde lo colectivo. Desde el punto de vista del individuo, cada fotografía en sí misma habla de un momento único, congelado por siempre, preservado del paso del tiempo y también ‒al menos esto creen quienes participan‒ de los avatares de la memoria, gracias a la fotografía; el conjunto, por el contrario, nos dice “también esto pasará”, como pasaron otros años, otras fechas, para otros, y las fotografías que atesoramos serán sólo algunas más en el mar de imágenes que acumulamos como sociedad. A la alegría representada en cada foto particular, se agrega la melancolía de reconocer, en el ritual social, el gesto vacío de la repetición.

No obstante, al menos desde mi perspectiva, Velita no es un tratado de sociología que vendría a señalar de qué manera aquellos eventos que creemos únicos y que nos esforzamos cuidadosamente por sustraer de la rutina ‒eligiendo la torta, los muñequitos que la decorarán, las velitas, los sombreros de cartulina para los invitados, vistiéndonos de cierta manera, habilitando los platos o manteles que sólo se utilizan en ocasiones “especiales”‒ son sólo una forma más de ésta, repetida cada año, en cada familia, replicada miles de millones de veces, en diferentes lugares por otros que también creen en esa excepcionalidad.

Velita nos confronta con el saber de que aquello que creemos único y propio no es más que repetición y condición humana. Pero también, a la vez que habla de la inutilidad del gesto (al fin y al cabo son sólo “una foto más” entre miles) dice también de su necesidad (porque de todas formas, y aún sabiendo lo anterior, no deja de repetirse, en cada nuevo cumpleaños).

Pero hay algo más.

En el afán de documentar el acontecimiento personal, se encuentra cierta desconfianza en los mecanismos de la memoria individual: de allí la necesidad de dejar el registro a partir del cual evocar el recuerdo. Pero, por eso mismo, esta función dura muy poco, acaso el tiempo de la existencia de quienes pueden aún recordar. El soporte, en cambio, nos sobrevive y lo que antes era un resguardo de la memoria individual pasa a ser, con el tiempo, resguardo de la memoria colectiva.

Siempre me han conmovido los archivos antiguos en que una foto en blanco y negro testimonia toda una época: la imagen de una mujer posando ante la cámara es titulada “Moda femenina, 1930”, la foto de una madre con dos niños frente a una bandada de gallinas, “Familia junto a su gallinero en el campo, años 1930-40”, una pareja sosteniendo en brazos a un niño pequeño, “Familia argentina, 1930”.

Allí, al igual que en las fotos que componen Velita, la referencia a los individuos se disuelve (ya no importan sus nombres, tampoco sus edades o las fechas exactas de las situaciones) pero en el conjunto surge un nueva significación, la de la memoria del colectivo que frente a estas imágenes ya no evoca lo particular sino lo que le pertenece a todos, en este caso: la forma en que hoy festejamos los cumpleaños, la forma en que los fotografiamos, el afán colectivo por preservar del tiempo la alegría de la celebración, esa pequeña victoria frente al azar de la existencia que es cumplir un año más.

*Por Ximena Triquell para La Tinta
**Obra: Velita / Año 2007 / Celina Bordino

19 Abril, 2017

Autor

admin La Tinta. Periodismo hasta mancharse.


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