Falcon: la mecánica del miedo

Falcon: la mecánica del miedo
Esteban Viu - La tinta
20 marzo, 2026 por Esteban Viu

Nació para ser el refugio de la familia argentina y la dictadura lo convirtió en una sala de tormentos itinerante. Ford entregó casi 300 unidades al último gobierno cívico-militar, además de legajos de sus trabajadores para que sean secuestrados y un quincho que se volvió centro de tortura dentro de su fábrica. Ingeniería al servicio del espanto.

Cierre los ojos, en silencio, y piense en la última dictadura cívico-militar. Haga memoria, pero no de museo, sino memoria de carne y hierro. Bucee en lo profundo de usted mismo: identifique aquello que su abuelo o su papá le contó alguna vez, lo que leyó en ese artículo periodístico que no puede olvidar, aquel caso que su tía, una tarde de domingo, narró para todos en la mesa.

No busque la palabra «horror», rastree el objeto que sostiene el horror en su memoria. Piense en la dictadura y deje que suban, como burbujas, las imágenes que nos sembraron adentro. Lo que queda en el fondo del inconsciente son cosas, texturas, colores: un bigote espeso que parece recortado con escuadra, el papel frío de los dólares de una deuda que todavía pagamos, el sonido del agua recibiendo cuerpos en los vuelos finales. Una mancha, de color verde militar, que avanza por el asfalto. Una carrocería de metal pesado, un automóvil. La perversión de lo cotidiano: un objeto diseñado para proteger y unir a la familia convertido en la herramienta para destruirla.

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La tarde del 26 de marzo de 1976, Francisco Perrota hizo lo que hace cualquier trabajador que cumple con su horario laboral: dejó sus cosas guardadas, se preparó y caminó hacia su coche, que estaba en la playa de estacionamiento de la fábrica Ford, en General Pacheco. Abrió la puerta que daba al parking, el sol lo cegó un poco, entrecerró los ojos y alcanzó a ver dos siluetas, pero no les prestó especial atención. Cuando llegaba a su Peugeot 404, dos jóvenes lo interceptaron por el apellido. Fueron muy directos: «Perrota, los militares lo necesitan». Le señalaron otro auto, un Falcon celeste, y le ordenaron que se hiciera un ovillo en el asiento de atrás. Uno de los hombres le subió el pulóver hasta cubrir sus ojos. Por debajo de la lana, le deslizaron una foto pequeña, formato carnet.

—¿El de la foto sos vos? —le preguntaron. 

—Sí, soy yo —dijo.

Tenía el pulso acelerado, el aire era escaso. Los captores fueron precisos: sabían cómo estaba vestido y conocían su cara. Perrota no necesitó preguntar de dónde venía la foto ni por qué conocían su vestimenta. La imagen era la misma que entregó en la oficina de personal el día que lo contrataron en la Ford. Una ficha técnica, un legajo, una entrega.

Dentro del Falcon, el ambiente era rancio. No había perfumes de cortesía ni olor a tapizado nuevo. En el habitáculo, persistía el rastro de la orina, el peso de la sangre vieja, la consistencia del miedo ajeno que se queda pegado a las puertas. Había un detalle adicional, una ironía de metal: Perrota era operario. Ese mismo Falcon celeste, días atrás, había pasado por sus manos en la línea de producción. Él mismo había ajustado los tornillos de su propia pesadilla.


Esa tarde, el operario de Ford pasó a integrar una lista de veinticinco nombres. Veinticinco trabajadores secuestrados y torturados en el mismo lugar donde, hasta el día anterior, marcaban tarjeta para fabricar los autos en los que eran chupados.


El Falcon se mira como la escena de un crimen con un osito de peluche en ella: Un objeto que nació para dar alegría y cuidado, pero que, al mirarlo, ya no se puede ver el juguete, solo la violencia que lo rodea. El auto es un bloque de acero de mil trescientos kilos, diseñado para la permanencia y la seguridad de la familia argentina, para que nada rompa esa burbuja. En la publicidad de los setenta, el Falcon no era un auto, más bien, se trataba de un pacto de caballeros entre la Ford y la clase media argentina. Un pacto que decía: aquí adentro nada malo puede pasar.

La publicidad decía: «Su característica estampa, su fortaleza y su confiable personalidad». Era una frase diseñada para vender seguridad patrimonial, pero, en la realidad, sufrió una transmutación perversa. La robustez que el publicista elogió como una virtud era la imposibilidad de escape para el secuestrado. El Falcon era una celda blindada. La «confiabilidad» que destaca el aviso se desplaza de la mecánica al terror.


El Falcon era confiable para el que secuestraba porque no fallaba, pasaba inadvertido en un país donde se vendió casi medio millón de Falcon. Lo que en la Ford era «personalidad», para la historia argentina fue una firma de autor en la escena del crimen.


Además de volverse memoria material del trabajo sucio de los grupos de tareas que operaron en nuestro país, el Falcon simboliza la complicidad civil en ese proceso represivo. La empresa entregó a la dictadura militar 269 unidades y, a la vez, proporcionó una estética del anonimato, puesto que fueron despachadas bajo la etiqueta de “no identificables”. Un pedido especial, como quien solicita un tapizado de lujo, pero exigiendo el borramiento de la identidad para que el auto pudiera ser, a la vez, presencia y ausencia en las calles de la noche. A esa flota de fantasmas, se sumaron modelos de F-100, las bestias de carga de la «Raza Fuerte», que dejaron de transportar repuestos para cargar hombres en sus cajas de metal.

Pero la perversión alcanzó su forma más acabada en la arquitectura de lo doméstico. En el predio de General Pacheco, la empresa cedió un espacio para que se convirtiera en Centro Clandestino de Detención: el quincho. Es una palabra que en cualquier otro mapa argentino remite al ritual del asado, a la sobremesa familiar, al descanso del domingo. Pero allí el quincho se transformó en una sucursal más del horror. El trabajo era completo: la oficina de personal entregaba los legajos de sus trabajadores más activos, la logística era cubierta por los autos y camionetas cedidos, y el quincho ―ese símbolo de la hospitalidad criolla― mutando en el escenario de la tortura.

La de Detroit no fue la única automotriz que participó activamente en el secuestro y la tortura de empleados. En la planta cordobesa de Fiat, al menos 118 empleados fueron secuestrados por las fuerzas de seguridad: 52 fueron desaparecidos o asesinados. Entre 1976 y 1977, el Ejército compró aviones Fiat a la casa matriz en Italia y envió pilotos a capacitarse. Esas aeronaves fueron utilizadas en los vuelos de la muerte.

En la planta bonaerense de Mercedes Benz, al menos 20 empleados fueron víctimas. De ellos, 15 aún continúan desaparecidos. La gran mayoría eran trabajadores con activa participación sindical. Muchos de ellos fueron secuestrados dentro de las fábricas a pedido de los directivos de las empresas.

*Por Esteban Viu para La tinta / Imagen de portada: A/D.

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Palabras claves: 50 años del golpe de Estado, Dictadura Cívico-Militar, Falcon

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