Córdoba: el desafío de subsistir en la industria textil frente a la crisis y la apertura de importaciones 

Córdoba: el desafío de subsistir en la industria textil frente a la crisis y la apertura de importaciones 
23 abril, 2026 por Soledad Sgarella

La industria textil argentina registró una caída del 23,9% interanual en enero y opera con apenas un 24% de su capacidad instalada, en un contexto donde las importaciones ingresan al país con valores extremadamente bajos y crecientes niveles de apertura comercial que profundizan la competencia desleal, y el empleo acumula más de 20.000 puestos perdidos desde 2023. En Córdoba, cuatro emprendimientos textiles —Punta y Hacha, Punapon, Mil Mudas y Golondrina Creaciones— explican cómo intentan sostener la producción local. “Queremos que nuestras prendas sean accesibles para personas trabajadoras, sin resignar identidad, calidad ni el modo en que producimos”, sostienen desde Punta y Hacha, donde remarcan que cada decisión busca sostener tanto el proyecto como la cadena de trabajo local.

A principios de abril, se difundieron los últimos datos de la Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) y las cosas, como era de esperarse, solo empeoraron. La actividad cayó un 23,9% interanual en enero y marcó el nivel más bajo desde que se mide el sector, en 2016. Ni durante la pandemia se había tocado ese piso. La capacidad instalada también quedó en mínimo: apenas un 24%, más de diez puntos por debajo del mismo mes del año pasado y muy lejos del promedio general de la industria, que ronda el 53,6%.

En diciembre de 2025, los sectores textil, confección, cuero y calzado registraban unos 100.000 puestos formales, 12.000 menos que un año antes, lo que habla de que la contracción es productiva y es también laboral. Desde fines de 2023, la pérdida supera los 20.000 empleos. 

A eso, se suma el otro fenómeno que tensiona el escenario y que se viene señalando con preocupación: las importaciones. Según advierte la propia FITA, más del 70% de los productos ingresan al país con valores muy por debajo de los antecedentes históricos, en algunos casos, sin cubrir siquiera el costo de la materia prima. Los ejemplos que circulan no se pueden creer: «Se han registrado importaciones de remeras de algodón por menos de 0,01 USD, de toallas por debajo de 0,30 USD el kilo o pantalones de jean por debajo de 1 USD. Estas prácticas generan profundas distorsiones en el mercado e implican competencia desleal para la producción nacional», subrayan. Con la cosa así, ¿cómo vender más? O más bien, ¿cómo seguir?

En ese contexto de caída del consumo, competencia desleal y aumento de costos, sostener un emprendimiento textil en Córdoba (que no es lo mismo que en Buenos Aires) implica muchísimo más que seguir produciendo ropa. Es reconfigurar todo el modo de trabajar y es reformularse para subsistir. Desde La tinta, hablamos con cuatro proyectos locales que, con estrategias distintas, vienen sosteniéndose en ese escenario y siguen apostando a producir acá: Golondrina Creaciones, Mil Mudas, Punapon y Punta y Hacha. 

Punta y Hacha: resistir bajando el volumen

Para Punta y Hacha, la crisis se traduce en decisiones concretas que vienen tomando hace tiempo y que cambiaron la forma de producir. El ya clásico y querido emprendimiento familiar de Córdoba ―que trabaja con diseños propios, identidad y una cadena de producción local― busca sostenerse en un escenario complicado. «Todos cierran… Nos preguntamos cuándo nos toca a nosotros. No es ninguna acción de marketing, es real y nos encantaría que no lo sea», dicen. 

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Imagen: Diana Segado.

En los últimos dos años, fueron achicando la estructura. “Producimos un 60% menos. Compramos menos insumos. Cortamos y cosemos menos. Achicamos las ganancias para que el precio siga siendo accesible a todos. Cada decisión no fue más alivio, fue menos trabajo”, resumen en diálogo con La tinta.


En paralelo, hay una serie de costos que no acompañan esa caída: “Lo que no bajó fue la comisión de Mercado Pago, los servicios, los gastos de publicidad en redes y la Tienda Nube”, señalan. Hay menos movimiento real, pero los mismos o mayores costos fijos del sistema digital y comercial. 

El valor de producir en el país, explican, se vuelve algo concreto y tangible en la cadena de trabajo: desde la compra de tela hasta en la prenda terminada, intervienen múltiples actores. Sostener esa cadena implica sostener empleo, circulación económica y saberes. «Para llegar a una remera, tenemos que empezar comprando tela, hilos, etiquetas, para después pasar por corte, costura y estampa. Sin olvidarnos de las cajas y bolsas, y las personas que atienden nuestros locales», explican. «Todas las partes de esa cadena son personas reales de carne y hueso, que trabajan en Argentina, viven y tienen familia aquí”. A eso, se suma una definición sobre las condiciones laborales: garantizar pagos justos en cada etapa como parte del proyecto.

También aparece la dimensión identitaria del proyecto, que no es un detalle decorativo, sino parte central de lo que producen. «Tenemos diseños creativos, únicos y con identidad nacional que hablan de nosotros. Amamos el folclore desde siempre», cuentan y, en esa línea, la historia familiar es parte del relato productivo: peñas, música, rituales del folclore. Incluso uno de los responsables del diseño visual trabaja hace décadas como diseñador del Festival de Cosquín, uno de los eventos más importantes de la música popular argentina. Esa identidad se traduce en prendas pensadas para durar, por fuera de la lógica de temporada. La “moda atemporal” aparece como una forma de disputar sentido frente al descarte rápido, pero también como una decisión económica, la de ofrecer productos que puedan usarse durante años.

En ese punto, aparece una discusión que atraviesa a todo el sector textil: el precio y la accesibilidad. “Vendemos prendas de calidad que duran. Ofrecemos prendas con los mejores materiales y técnicas para que mucha gente pueda tener ropa linda y buena. Esa durabilidad además implica menos basura y menos gasto a largo plazo. Bien sabemos que muchas veces lo barato sale caro».

Sostener producción local hoy es una decisión que tiene una dimensión colectiva, dicen. “Punta y Hacha es nuestro sueño, energía, tiempo y amor puesto en cada prenda. Acá seguimos, apostando a producir en Argentina, porque creemos en lo que hacemos y en nuestro país”, concluyen.

Punapon: identidad gráfica y comunidad

Punapon, la marca de Antonela y Natacha Mendiburu, lleva más de diez años desarrollando y produciendo indumentaria y complementos textiles a partir de ilustraciones propias, con énfasis en el dibujo y la serigrafía como técnica de estampado. Trabajan a pequeña escala y, actualmente, cuentan con una tienda física en barrio Güemes, en Córdoba capital.

Consultadas sobre el impacto del aumento de la ropa importada, señalan que “la apertura de las importaciones, la falta de regulación y de políticas de apoyo al rubro textil, sumado a otras variantes como la pérdida del poder adquisitivo de la gran mayoría y el aumento del gasto fijo por una inflación que no baja” les ha planteado muchos desafíos y llevado a tener en cuenta todas las lecturas posibles. La marca, cuentan a La tinta, optó por reforzar su identidad. 


“La forma que encontramos de seguir fue apostando a nuestra propuesta de diseño, haciendo foco en nuestro diferencial, manteniendo los valores y la ética de la marca con precios justos que sean accesibles y no exclusivos para una minoría”, explican.


Para Antonela y Natacha, producir localmente frente a las lógicas de la moda masiva es un compromiso con la comunidad y con toda la cadena de valor. “Es comprar maquinarias, insumos y materiales acá, es trabajo local, es diseñar un producto en el que se busca la durabilidad, apostando a la calidad en vez del descarte rápido. Producir localmente es ofrecer un producto para quienes no se sienten identificados/as con lo homogéneo, quienes tienen la inquietud de encontrar algo distinto”.

“La realidad es que el rubro textil como muchos otros ámbitos está siendo muy castigado, lo vemos en la cantidad de marcas y negocios que cierran. En todos estos años hemos pasado muchos momentos difíciles pero no son comparables con esta situación”, subrayan desde Punapon. También insisten en el trabajo colectivo: “Intentamos ser red junto a otras tiendas y marcas cordobesas que seguimos apostando por la producción local, esperando en algún momento vernos en un contexto más favorable. Además buscamos ofrecer financiación y momentos de descuentos y promociones. Hacemos foco en cuidar a nuestra comunidad, a la gente que nos sigue y que hace posible que Punapon siga en pie”, remarcan.

Mil Mudas, cuerpos reales y diseñar desde y para lo cercano

Mil Mudas es un emprendimiento de ropa cómoda con 14 años de recorrido en Córdoba. Detrás, está Coti Marengo, diseñadora, profesora de biodanza y trabajadora textil, que construyó la marca en diálogo directo con su propia vida. “Mil Mudas es casi la mitad de mí. Y a la inversa también”, dice. La marca, cuenta, se fue moldeando a partir del movimiento, no solo físico, sino también emocional y vital. Desde hace años, diseña para la danza, el cuerpo en movimiento y las formas de habitarlo.

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Imagen: Nadina Vergez y Koky Schroeder.

Esa lógica también ordena la producción. “Trato de sostener todo el proceso en coherencia con quien soy, con lo que creo justo. Produzco lo justo y necesario”, explica. La decisión de no trabajar en escala masiva no es reciente, sino que viene de su experiencia previa en la industria textil, donde dice haber encontrado un límite claro. “Siempre me hizo ruido el desperdicio y la calidad de vida de quienes trabajan en torno a la producción masiva”.


En ese sentido, la apuesta es producir poco, con precios que no queden por fuera de lo posible para quienes trabajan en condiciones similares a las suyas. “Mi referencia siempre es que yo lo pueda comprar, que una persona que se maneja con mi economía, que es una economía sostenida por los trabajos autogestivos, que una persona en esas condiciones de trabajo lo pueda comprar, sin explotar a nadie en el camino”.


El impacto de las medidas económicas y la apertura de importaciones desde que arrancó el gobierno de Javier Milei se sintió en dos momentos. Primero, una caída del consumo entre quienes no priorizan el origen o las condiciones de producción. Después, una retracción más general, vinculada a la pérdida de poder adquisitivo. “A partir de enero y febrero, empecé a sentir el efecto dominó, no hay rubro que no se vea afectado por este gobierno hambreador, así que, incluso las personas que sí se detenían a pensar dónde y a quién comprar, vieron afectada su economía y ya no están pudiendo comprar con la misma regularidad o con la misma posibilidad”, dice. Ese escenario la obligó a ajustar su forma de trabajo. Actualmente, produce a pedido, para reducir riesgos y evitar stock, y sostiene en paralelo sus clases de costura, que da desde 2012.

En su forma de pensar la producción local, aparecen dos ideas centrales: la circulación económica en el territorio y la cercanía con quienes usan sus prendas. “Elijo diseñar y producir, siendo consciente de para quién estoy produciendo: para personas cercanas, conozco nuestros cuerpos, observo nuestras formas de movernos, nuestras costumbres, que son muy distintas a las que tienen en un montón de otros países. Observo nuestro bolsillo, o sea, nuestras posibilidades de gasto, hasta las cosas que pensamos, las necesidades que tenemos, los trabajos que tenemos. Creo que, de alguna manera, Mil Mudas sigue existiendo por eso, porque todos estos años ha sido un gran valor quedarme viendo lo local y viendo quiénes somos, y diseñando para eso, para lo que estamos siendo en este momento”, sostiene Coti. Pantalones elastizados, ropa funcional, telas pensadas para el uso cotidiano y prolongado. No hay una búsqueda de la tendencia, sino de duración. 

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En el centro de todo, aparece una pregunta que atraviesa al sector: si es posible sostener la producción local con precios accesibles. Su respuesta es sin romanticismo: “Hoy, veo prácticamente imposible competir con esos precios”, dice, en un momento donde muchos proyectos pequeños están cerrando o reduciendo actividad. Con este panorama más que complicado, Mil Mudas sigue en movimiento, aunque de otra forma. “Es seguir intentándolo con la misma metodología que lo hice siempre, practicando la adaptabilidad, la flexibilidad, agarrándome de todo lo que sí”, resume Marengo. “Sigo creando para personas reales que se mueven en búsquedas personales y colectivas, que creen y sostienen con actos otras formas de mundos posibles más justos”. 

Golondrina creaciones: moverse o quedar fuera

Golondrina Creaciones nace en 2010, aunque la costura empezó antes, entre curiosidad y aprendizaje autodidacta. María José Farías ―trabajadora de la comunicación y trabajadora textil, candombera e investigadora de candombe también― la define como un proyecto que, desde el inicio, estuvo pensado para moverse, para no depender de un solo lugar. “Empecé a pensar qué herramienta de trabajo podía adquirir que me permitiera vivir en otros lugares y trabajar”, recuerda. En ese recorrido, aparece una idea que atraviesa todo el proyecto: los oficios como base de sustento y como forma de independencia.

La costura entra ahí como oficio, pero también como historia. La propia y la colectiva, y conecta esa práctica con una genealogía de mujeres que aprendieron a coser en sus casas, en talleres o en el fondo de sus habitaciones. Abuelas, madres, trabajadoras que encontraron en la máquina de coser una forma de ingreso, pero también de autonomía.

El nombre golondrina no es casual. Viene de una referencia que aparece en la escuela, en los manuales sobre trabajo rural y migración laboral. “Siempre me llamó la atención el término trabajadores golondrina”, cuenta. Ese movimiento entre provincias, entre temporadas de cosecha, entre trabajos temporales, terminó funcionando como espejo de su propia trayectoria. Vivir en el sur, viajar a Uruguay, moverse entre ferias y ciudades. El proyecto toma ese nombre como forma de describir esa vida en tránsito. Con el tiempo, la producción se fue organizando alrededor de esa lógica de movimiento constante. Viajes, ferias, temporadas en distintos países, siempre con la costura como herramienta de trabajo. En ese recorrido, la formación también fue itinerante. 

Jose nota en su emprendimiento y en las calles el impacto de la apertura de importaciones y la crisis económica. Se siente con fuerza también la falta de estrategias de un Estado que posibilite y que dé herramientas para las pequeñas pymes, para los pequeños emprendimientos en la industria textil. En Córdoba, lo ve en el crecimiento de locales que venden ropa empaquetada, en la caída del consumo y en la búsqueda constante de precios más bajos por parte de quienes compran. 

La caída del poder adquisitivo condiciona las decisiones de consumo, pero su lectura no va por el lado de señalar al consumidor. Es abiertamente antimoralista en ese punto, no le interesa señalar a quienes compran ropa importada ni instalar una lógica de culpa sobre el consumo. Entiende que la elección está atravesada por el bolsillo y por condiciones materiales concretas.


«No se trata de cargar la culpa sobre quienes compran en Shein o Temu. La gente está sobreviviendo como puede. Si encuentra tres bombachas más baratas en un lugar o en esas plataformas, y le llegan rápido, va a ir ahí. La prioridad es llegar a fin de mes y, antes que nada, la comida. Entonces, un producto que no es de primera necesidad queda en segundo plano. La gente está sobreviviendo como puede. Por ende, impacta y totalmente de lleno en nuestro sector. La gente necesita vestirse y va a buscar lo que esté a su alcance», plantea.


En su lectura, el escenario actual no es un punto aislado, sino parte de una secuencia de crisis que se fueron acumulando en los últimos años. Recuerda el período del gobierno de Macri como un momento ya complejo para el sector, aunque sostiene que hoy se siente a la sociedad más debilitada después de la pandemia y de sus efectos económicos y sociales. A eso, suma el impacto de las políticas recientes, que interpreta como un giro más profundo en las condiciones para producir. “Llega un Milei que viene a romper por dentro todos los ámbitos y todo lo que tenga que ver con estrategias de ayuda a las personas que están emprendiendo, pequeños comerciantes, pymes y demás”, plantea en referencia a un contexto que, según describe, dejó al sector con menos herramientas para sostener la actividad.

Frente a todo esto, la respuesta no ha sido con estrategias únicas, sino una forma de trabajo que se fue armando con el tiempo. Para sostenerse, redujo la escala al mínimo: hoy diseña, corta, cose y vende ella misma. Pero no lo piensa como un camino individual. Por el contrario, insiste en lo colectivo como estrategia central. Golondrina forma parte de distintos espacios colectivos en Córdoba que funcionan como sostén en momentos de crisis. Entre ellos, la Feria Transfeminista, la Feria Agroecológica de Alberdi y la de Ciudad Universitaria, además de experiencias autogestivas como la Feria AntiAjuste primero y la Feria de Diseñadores Textiles en el Centro Cultural Graciela Carena, impulsadas en distintos momentos de recesión.

En ese entramado, también aparece Trama Tienda, un espacio colectivo sostenido por emprendimientos textiles de Córdoba capital. Mil Mudas, Waraka y Golondrina comparten ese local como punto de venta común, una apuesta por sostener presencia física en un contexto que empuja cada vez más hacia lo individual y lo digital. 


“Siempre es con otros. Asociarse, compartir, hacer red. Si te quedás solo en el taller, perdés contacto con lo que pasa”. Esa conexión con la realidad también define qué produce y a qué precio. Golondrina trabaja principalmente con ropa interior —bombachas, tops—, no por casualidad: “Es algo que se usa todos los días”. La decisión apunta a ofrecer prendas funcionales, duraderas y accesibles para personas que, como ella, viven de su trabajo.


Ese recorrido se enlaza con una idea que atraviesa toda su práctica, casi como una mantra: “Movimiento trae movimiento, nunca quedarnos quietos, nunca esperar que las cosas nos pasen, porque la suerte no te golpea la puerta. El trabajo es constancia, es creer incluso en los momentos más duros, como los que estamos viviendo ahora”. Incluso cuando no alcanza, cuando la cuenta está en cero o el alquiler aprieta, y seguir igual, paso a paso, dice. No como una cuestión de fe ciega, sino como una decisión de no frenarse. “Una empieza a decir ‘ya confío’, pero tiene que ver con eso, con moverse”, explica.

La lógica también aplica a lo cotidiano del trabajo. Estar atenta a lo que pasa en la calle, ajustar lo que produce, no quedarse con stock parado. Si algo no se vende, se liquida, se cambia, se mueve. “A mí no me queda nada… Y cuando algo queda, lo remato. No importa el precio, importa que se mueva”. En esa circulación —insiste—, no solo se sostiene el emprendimiento, también se activan otros: “Ahí se mueve la economía, en esas mínimas acciones”.

“Es político lo que produzco, lo que digo en mis redes, cómo me posiciono”, afirma. No solo por los posicionamientos públicos que toma —en debates como la Ley de Glaciares o la Reforma Laboral—, sino porque el modo de producir también es una toma de posición. “Y quien me compra sabe que esa es mi mirada del mundo y de la realidad, porque creo en eso. Marcas hay un montón, millones. Pero las que van a sostenerse son las que tienen identidad propia. Y eso se construye con trabajo, con constancia, con la mirada del otro y también siendo puente en la comunicación”, acentúa, sin matices. En este marco, lo que Jose dice de la circulación no es solo de productos, sino también de información y redes. Compartir proyectos, recomendar, difundir. “Si vieron algo y les gustó, compártanlo, porque capaz le transformás el día a alguien que está empezando”, enfatiza. Un gesto mínimo donde aparece eso de sostener a otros para sostenerse.

*Por Soledad Sgarella para La tinta / Imagen de portada: Diana Segado.

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Palabras claves: crisis económica, Importaciones, industria textil

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