Contra la imaginación masculina

Contra la imaginación masculina
Camila Vazquez Perfil
7 noviembre, 2025 por Camila Vazquez

En esta cuarta entrega de A favor de la fantasía, intento pensar de qué modos la imaginación masculina se repite a sí misma desde hace siglos y proponer una actitud hacia las obras de arte para exigir, como cultura, mucho más de las ficciones.

Por Camila Vázquez para La tinta

I.

Veo un capítulo de Twin Peaks, la serie de David Lynch a la que llegué recién este año. Esto sí es un spoiler porque no estoy a favor de consumir cine o literatura pensando solo en los finales. En la temporada 2, matan a la prima de Laura Palmer, el primer femicidio que destraba la investigación onírica y meditativa que lleva a cabo el mejor detective que conozco hasta el momento: Dale Cooper. El asesinato de la prima de Palmer, protagonista fantasmal de esta serie delirante y hermosa, es brutal. Minutos y minutos de femicidio: piñas, sangre, gritos grotescos. El estilo Lynch, entre incómodo, ordinario y gracioso. ¿Qué tan inculta soy que esta vez no me puedo reír? A la noche, David Lynch logra su objetivo: la música de Angelo Badalamenti está en mi cerebro y, en loop, flashes del femicidio. No puedo dormir. Hace más de un mes, tres chicas murieron en manos de los narcos. Hace algunas semanas, Pablo Laurta, fundador de la asociación Varones Unidos y seguidor acérrimo del misógino Augustín Laje, mató a su expareja y a su exsuegra. Hace poco tiempo, un chico de Córdoba se disfrazó de “chica violada” para una fiesta de disfraces en su viaje de egresados. Y hace muy poco que Gustavo Cordera retomó su aparición hasta en los medios más progresistas, aunque su obra venga en decadencia y, de aquel rockero de la crisis, quede apenas un monigote que no puede tocar más de tres acordes de fogón y escribir unos versos medio reggaetoneros ―con todo respeto por el reggaeton, que no se asume anticultural como sí lo pretenden estos tipos del rock―. 

Pero volvamos a Lynch. Ni por casualidad estoy poniendo en pie de igualdad estos hechos reales por sobre obras artísticas. Una cosa es la ficción y otra, muy diferente, la vida concreta. 


Ahora bien, ¿no se supone que lxs espectadorxs esperemos de la ficción un poco más que lo vemos cada día en las noticias: que hay un femicidio cada 30 horas? Lo fabuloso de Lynch empieza a aburrirme: ¿por qué estas mentes brillantes y masculinas eligen, desde hace tantos años, contar una y otra vez la misma historia: la de nuestras muertes y la de nuestras violaciones? ¿Por qué esa operación se consume como original, vanguardista o “políticamente incorrecta”?


Me hago esta pregunta y me cancelo a mí misma: ¿soy tan baja línea que los feminismos se convirtieron, más que en una mirada, en un sesgo? Sin embargo, no quiero dejar de ver la serie. Tampoco quiero cancelar a Lynch. Lo que me pasa es otra cosa.

II.

Nunca leí La novela Luminosa. Por eso, con la gift card que me dieron para mi cumpleaños, voy a la librería y cambio el dinero por un libro clásico que no haya leído y una novedad editorial. Como el universo del sueño me tiene cautivada, me decido por Levrero y llevo, además, un libro de cuentos de la tucumana Sofía de la Vega, quien, a propósito de esta columna, escribió este ensayo sobre la imaginación. Empiezo por La novela luminosa: una trama llena de rodeos que, aunque de a momentos me gusta, me recuerda a una copia barata del gran Macedonio Fernández. Es ligera y por eso sigo. Me gusta la parte del amor a las prostitutas, me entusiasmo con ese elogio al trabajo que ha sido, durante siglos, representado como ruin. Aquí, un mismo varón admite haber sobrevivido a la depresión gracias al amor de las putas. Pero en medio de todo el despliegue de su virilidad, tan afín a esa ideología de los 70, cuando la literatura latinoamericana, al decir de María Moreno, debía ser “penetrante”, Levrero construye un narrador que encuentra en sus proezas sexuales la iluminación. No voy a negar que el sexo sea una gran cosa carnal en la que buscar la transcendencia. Ahora bien, en un momento, el narrador admite haber violado a una de estas chicas que vienen a sumar el grado de iluminación en su vida miserable. Una serie de chicas nombradas con letras, todas abonan esa búsqueda de luminosidad, son como un peldaño para alcanzarla: a mayor cantidad de chicas, mayor luminiscencia. El narrador no se jacta de su grandeza en la violación, incluso aunque la sinceridad me parezca importante como gesto para pensar sobre cuáles violencias se teje la masculinidad, la bronca persiste. O yo soy una obtusa que solo puede leer en esa clave o estos tipos, por más premiados, inteligentes, canónicos y virtuosos, no pueden, en su imaginación, encontrar otra forma de representar a las mujeres. Los varones imaginan mal y poco, y eso les alcanza. No mal en términos morales: ¡los varones se repiten! ¿Cuándo vamos a empezar a etiquetar estos gestos reiterativos como un género literario? Por supuesto, estoy siendo irónica.

III.

Tengo 16 y leo Rayuela de Julio Cortázar a la siesta, bajo el rayo del sol. Estoy en una reposera al lado de los chañares y quiero estar dorada para gustarle a unos varones un tanto peores que este protagonista: Oliveira. Un personaje que se configura como profundo e intelectual, pero que solo sabe humillar a «la Maga», ese personaje naif que, por entonces, me da bronca y admiración ―¿por qué deseo ser así de tonta como ella? ¿Por qué creo que ese es el tipo de amor al que debo aspirar?―. El mismo tipo que tiene que poner en un caballete entre dos ventanas a la novia de su amigo para salir de la ―no por eso menos hermosa― locura en la que vive. Que no se confunda: Rayuela está en el fondo de mi corazón, como toda la obra de Cortázar, por inventiva, fantástica y por haberme hecho sentir, desde muy chica, que el mundo de los adultos no estaba necesariamente librado de juego. 

En esa etapa, ya quiero ser profe de Letras aunque todavía voy a la secundaria. Los poetas argentinos y el verso libre son para mí un descubrimiento del que no quiero salir. He visto la película de Subiela, El lado oscuro del corazón, y no entiendo, aunque me esfuerzo por pensar que eso es la literatura, que las mujeres, para gustarle a los hombres profundos, debamos volar. Así dicen los versos de Oliverio Girondo que Subiela incluye en su film: No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo. Y remata: Si no saben volar, ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme! ¿Quién es esta mujer de aire que persiguen los poetas? ¿La mujer que ellos escriben es aquella que no existe? ¿Quizás sea por eso que están obsesionados con escribir su desaparición, su aniquilación y su descuartizamiento? Además, leo autores pésimos, como Sábato, cuya novela más conocida, El Túnel ―ese bodrio existencialista que ya se podría pensar como el género de los varones gorilas intelectualones―, arranca en su primera línea con la aseveración de un femicidio.


Rápidamente, en un taller, un compañero puede decirte que vos escribís sobre autobiografía porque sos mujer, que lo fantástico y lo gótico son para las minas, que no paran de ganar premios, que el feminismo es una moda. Pero ellos, ¿por qué no quedan entrampados en esas etiquetas reduccionistas? Por supuesto, estoy en contra de limitar la obra de estos autores a los temas sobre los que tratan y me niego a responder a su brutalidad en los mismos términos que ellos plantean. Como lectora, me interesan sobre todo los procedimientos con los que se hace una obra, más que los temas que abordan. Pero ¿no es acaso esa fijación con narrar el núcleo duro de la masculinidad heterosexual, el magma desde el que se configura el mandato de violar y maltratar, una operación también discursiva?


Durante décadas, los varones contaron la misma escena sin que por eso se los tache de estereotipados, de estar de moda por varones, de repetirse a sí mismos: La Intrusa, de Borges, el cuento en el que dos hermanos prefieren matar a la mujer de la que ambos están enamorados antes que perder, al decir de Malena Pichot, su camaradería peneana. O la violación de El Matadero y tanta lista infinita de una tradición hecha de penetraciones no consentidas. No digo nada nuevo: David Viñas for dummies. Esto de que la literatura argentina empieza con una violación.

contra-imaginacion-masculina-1
Imagen: Grete Stern.

Siguiendo con la autocancelación que me infrinjo, para pensar mejor, para no quedar cooptada por las categorías, me repregunto: ¿qué espero de los autores varones? Y más aún: ¿por qué espero algo de ellos? ¿No es esto depositarle otro poder? Y además: ¿acaso pienso, desde mi más profundo moralismo, que deberían contar otra cosa? Toda esta infinita lista de violaciones literarias se traslada al origen de Occidente, una cultura nacida en las múltiples violaciones de unos dioses ni siquiera locales para lxs latinoamericanxs. Tal es el caso de la pobre Perséfone que, desde esta lamentable cosmovisión, es la responsable del origen de la primavera ―sepan, lectores, que cuando esta estación termine, ella volverá a los infiernos para seguir siendo violada―.


Decía, toda esta extensa, cansadora, incontable lista de violaciones es también el testimonio cultural más palpable de cómo se hacen los varones, cómo se performan. ¿No han pasado, acaso, unos cuantos siglos como para que necesiten, todavía, seguir contando la misma historia de nuestra masacre, la que nos aniquila a las mujeres y a las disidencias? ¿No es momento de hacer otra cosa con el poder que tiene la ficción, que es el de horadar los sentidos sobre los que se asienta la realidad?


Algo similar pensó mucho antes que yo la gran Úrsula K. Leguin quien, en su brillante La teoría de la bolsa de la ficción, cuestiona esto que la historia literaria pondera desde hace añares: las estructuras narrativas épicas. Ella apunta no contra los temas, sino contra los modos de organizar una historia: ¿y si, en el origen de la historias, no había solo un cazador, sino una recolectora? ¿Y si las historias, en lugar de hacerse enteramente a partir de versus, se hacen con forma de vasija: una cosa y otra cosa y otra cosa? Ya ven: lo patriarcal es una forma narrativa. No solo un nombre de varón. Lo patriarcal es un recorte que críticos y aparatos culturales han ponderado por sobre otras formas narrativas.

IV.

Las violaciones en el cine y en la literatura contemporánea ―vamos a pensar, desde mitad del siglo XX en adelante― me provocan pereza, rabia, estafa. En esta época de hateo fácil, no es la cancelación, el no leer a x autor, el no consumo de sus obras la propuesta que imagino. Lo que quiero es construir una crítica. Una crítica no es únicamente una opinión personal, un juicio de valor, un gusto. Una crítica: un modo de mirar, la disputa por la mirada, como podría pensar Josefina Ludmer. Lo que quiero, puntualmente, no es apuntar contra varones singulares, que sería fácil y hasta aburrido. Que me dejaría pronto en el lugar estanco de quien anula al otro. Lo que quiero es cuestionar su imaginación, exponer los muchos momentos en los que no son originales ni inventivos ni novedosos; quiero exponer sus lugares comunes. No es que crea en la esencia de una imaginación masculina. Pero sí advierto que, a menudo, la identidad de los autores y los modos fijos de la representación de su propia masculinidad ―ese acto de no imaginación― se solapan. Quizás la crítica apunta justamente a los modos en los que opera esa (no) imaginación masculina.

contra-imaginacion-masculina-3
Imagen: Grete Stern.

Desde hace siete años, llevo a cabo un proyecto de investigación por fuera de la academia que es también parte de mi trabajo: intento pensar, para un taller literario que coordino, siguiendo una idea de Florencia Angilletta ―que los feminismos son un modo de lectura―, de qué manera las mujeres y disidencias nos inscribimos en las historia de la literatura argentina. Pienso que, para esto, más que únicamente hechos reales, necesitamos de la ficción: si hemos sido excluidas, entonces son las ficciones las que tuercen ―al decir de otra crítica, Laura Arnés― las narrativas temporales y nos permiten pensarnos hacia el pasado, en el presente y hacia el futuro. Con esto quiero decir que lo que más hago es leer autoras mujeres y disidentes: que incluyo a estas críticas en mis programas en el terciario, que reseño la obra de estas autoras, que pienso a partir de ellas. No es que esta columna sea un acto de pereza intelectual y que haya en mi haber solo lecturas de varones. Pero me ocurre, a menudo, que quiero salir de la idea binaria de no consumir tal cosa por la ideología, el género o la procedencia de tal autor y las obras de unos cuantos muchachos siguen entrampadas en las mismas fórmulas. No nombro autores contemporáneos porque, a diferencia de los varones y lejos del moralismo, intento pensar dentro de una ética de la crítica y no a destajo de otros colegas. Lo que intento decir es que necesitamos una imaginación colectiva que sea estética y políticamente más exigente. 

Para probar que sí me tomo en serio el ejercicio de imaginar, voy a intentar cerrar esa columna de manera propositiva. No puedo pensar en los contracánones como salida porque no creo que podamos hacer borrón y cuenta nueva, y suponer que, con un mero recorte en los programas llenos de autoras mujeres y travas y lesbianas, alcance para hacer como si la violencia patriarcal no hubiera sido, ni fuera aún, parte de nuestra historia y de nuestra cultura.

Creo, en cambio, en la política de los textos, en lo que las obras, desde sus procedimientos, proponen. Creo que las lectoras merecemos exigir más a las ficciones. Por empezar, que no se hagan eternamente a costa nuestro. O que, si se lo hace, la obra entregue más que nuestro sacrificio, más que el empoderamiento de los héroes masculinos. Creo, más que en el moralismo, en la fantasía. Espero de los libros, más que la confirmación de los destinos, la apertura en la mirada. Una torsión en los modos de concebir las cosas. Pienso que las lectoras merecemos propuestas que se escriban más allá del género, textos que sean una coartada contra los destinos que supuestamente portamos, una literatura que agujeree la fatalidad de lo real. No solo los textos en los que las mujeres somos empoderadas. También los textos en los que la masculinidad no sea un personaje estereotipado. El rechazo no es hacia directores o escritores puntuales ―es posible que siga leyendo y comprando algunos de sus textos―. El rechazo es hacia algo más grande: hacia los modos en los que imagina la masculinidad y esto quiere decir, los modos en los que se representa a los varones heterosexuales, a menudo escritos así por sí mismos, teniendo en cuenta la larga marginación que mujeres y disidencias sufrimos en la cultura. Esa imaginación que solo puede contarse a sí misma una y otra vez: violar, matar, abandonar, dominar.

*Por Camila Vázquez para La tinta / Imagen de portada: Grete Stern.

Suscribite-a-La-tinta

Palabras claves: A favor de la fantasía, literatura, Violencia de género

Compartir: