Las remeras de tus canciones

Las remeras de tus canciones
19 enero, 2024 por Fernando Bordón

Hasta los años 50, la remera fue considerada una prenda de ropa interior y fue con actores de Hollywood como James Dean y Marlon Brando que, en la construcción de los personajes rebeldes de sus películas, comenzaron a usar camisetas blancas. En los años 70, la naciente industria del rock y, en especial, algunas bandas alternativas incorporaron la venta de remeras como una entrada más de dinero. Para quienes somos fans, es una manera de mostrar el amor por las canciones, un posicionamiento político y estético. Aunque algunas ya se convirtieron en logos seriados y absorbidos por la industria, sigue siendo una manera de pararse frente al mundo.   

Mi primera remera de rock fue una que tenía la tapa de Circo Beat de Fito Páez. Tenía 14 años y usarla me hacía sentir diferente, era una manera de expresar ese mundo interior que vivía en mi pieza cuando escuchaba ese disco una y mil veces en el Aiwa que mi familia había comprado en cuotas. Lamentablemente, la perdí un día que la llevé a una clase de educación física. Después aparecieron los Kuryakis y hubiese dado lo que no tenía por una remera con la tapa de Versus, pero eran los 90 y a Catamarca no llegaban muchas cosas. 

La segunda remera fue una con la tapa de Ritual de Los Piojos, que compramos con mi hermano cuando fuimos a verlos en el 99 en el Estadio del Centro, mi primer recital de rock. Hoy, es una reliquia que heredó mi sobrino más grande. Desde ahí, comencé a comprarme remeras en recitales, en rockerías o locales de ropa, que siempre tienen que ver con lo que estoy escuchando o el estilo que me gusta en cada etapa de mi vida. Pasé del rock argentino a la búsqueda de la banda más indie que se pudiese encontrar. 

Creo que a quienes usamos remeras que tienen que ver con la música que escuchamos se nos juega algo de contarle al mundo: «Esto es lo que pasa en mis auriculares, estas son las canciones que pongo cuando estoy triste o cuando estoy feliz». Hay algo de dar a conocer una parte de unx en ese uso. 

Por supuesto que es una prenda que es parte de una industria, que ha nacido de una conexión de lxs oyentes con la música o de la expresión de un artista, y el mercado solo se aprovecha de ese sentimiento que nunca podrá comprender.

En el libro Remeras de Rock, Daniel Flores dice que el origen de las primeras inscripciones se podría adjudicar a los fanáticos de Frank Sinatra que, en los años 40, escribían en sus camperas «La Voz», en alusión al seudónimo con que llamaban al cantante. “Hasta que, en los 60, las remeras se tornaron en artículo promocional. Los Beatles conmemoraron con una camisa especial su primera gira por Estados Unidos, en 1964. Y para el siguiente cambio de década, la incipiente industria rockera había descubierto una vía de financiamiento extra para sus propósitos. Los Grateful Dead se anotaron en 1971 un hit psicodélico, quizás de mayor repercusión que cualquiera de sus canciones, con unas remeras coloreadas en modo «tie-dye» (batik), hasta hoy marca registrada del grupo y sus feligreses, los Deadheads”, resume Flores.

En cuanto a la escena nacional, los registros de los inicios son más difusos, pero podríamos citar el libro Prêt-à-rocker: moda y rock en la Argentina, en el que Victoria Lescano cuenta que Carlos Sáez, en 1979, abrió la tienda de ropa Little Stone en la mítica Galería del Este, en pleno centro porteño. La propuesta de la ropa tomaba el estilo de lo que Sáez veía en los discos de los Rolling Stones y revistas internacionales a las que podía acceder. El local era visitado por músicxs de la escena rockera de la época y se especializaba en prendas de jeans, pero, con el tiempo, también ofreció remeras que tenían la estampa de los logos de bandas como: Yes, Deep Purple, Led Zeppelin, Sex Pistols, Pink Floyd y la lengua de los Rolling.

Sin duda que en un repaso de la historia del merchandising, no podemos dejar de nombrar a Lee-Chi, la marca de Sergio Moreno, ex bajista de Los Brujos, que forjó un lugar en la escena desde la Galería Bond Street en Buenos Aires durante los 90 y que logró una gran presencia en la oleada del rock nacional en los 2000. 

Imagen: Fer Bordón.

Escuchar remeras 

Aunque suene romántico o pretencioso, para quienes tenemos un vínculo con la música que va más allá del esparcimiento, elegir un logo o el nombre de una banda para llevar sobre el cuerpo no es algo menor. Sin caer en dogmatismos, podríamos decir que jamás usaríamos algo que no hayamos escuchado, sino todo lo contrario; si se lleva puesto es porque hay una necesidad de identificación con esa expresión. 

En este sentido, la diseñadora Florencia Fabian, en su proyecto Pasto Taller, logra combinar su oficio de serigrafista y su melomanía estampando remeras de bandas: «Cuando elijo el diseño para una remera es porque en ese momento estoy escuchando mucho a esa banda o músicx, estoy investigando y buscando cosas sobre ella o sobre sus músicxs. En determinado momento, en esa investigación también entra a jugar mi mirada de diseñadora, entonces comienzo a ver logos, tipografías, colores, etc. Creo que la elección viene de la conjunción de esas dos miradas. Me enganchó tan profundo que me vienen ganas de llevar una remera que tenga su nombre. Primero, las pienso para mí. Una vez que tengo el diseño bien cerrado, lo comparto con conocidxs o amigxs para ver si hay alguien más que quiere tener una y, luego, las publicó en redes para la venta”, describe sobre el proceso de elección y creación.

Siempre hay una historia en cada adquisición, siempre están cargadas de sentimientos y emociones. Pablo Giordana es periodista, coleccionista de discos formato físico y, por supuesto, melómano. En su Instagram 200discos, cuenta la historia de los álbumes de su colección privada y de su vivencia con cada uno de ellos. Sobre su primera remera, dice que fue una de Aerosmith a sus 14 años porque estaba fascinado con el disco Get a Grip, que salió en 1993. Después, más entrado en la adolescencia, tuvo una etapa heavy metal en la que adquirió una de AC/DC que todavía conserva y un buzo de KISS. 

«Recuerdo haber hecho una remera casera con el logo de Sepultura en cartón y pintado con aerosol negro. Había quedado durita, jaja. Después tuve intermitencias. Había momentos en que dejaba de usar durante un tiempo y luego, en otros, usaba todos los días (sobre todo, cuando empecé a ir a recitales). Tenía de La Renga, Los Piojos, Los Redondos. Ahora todavía uso algunas, elegidas de manera más consciente”, rememora Pablo. 

Cuentan quienes fueron la primera camada de rockers de nuestro país que, hacia finales de los años 60, la manera de identificarse con otrx era por algunas señales o gestos del aspecto exterior: el pelo largo, los jeans, las minifaldas, etc. Hoy, que el rock y todo el universo que implica no está en el centro de la escena mainstream, cruzarse con alguien que tiene una remera de una banda es como reconocerse, saberse parte de algo en ese instante en que te viste en la remera.

«Es otra forma de descubrir bandas; me pasó de cruzarme con alguien que tenía una remera y me quedé dando vueltas con el nombre, después me acuerdo y la busco para escucharla. Me ha pasado de ir caminando o en el colectivo, y tener puesta la de alguna banda puntual y que por eso se inicie una conversación con alguien. Te genera una identificación y una comunión con esas personas que escuchan o son fanáticas de esas bandas, te hace sentir parte de una comunidad y puede servir para el intercambio de información y el encuentro”, dice Florencia.

Pablo comenta que, para él, es una forma de agradecimiento a lxs artistas por sus discos y canciones. Y agrega: “También pensarse como integrante de una comunidad, de tener algo en común con otrxs. Y es una forma de mostrar y demostrar mi gusto por el rock, y que está relacionado con mi colección de discos”. 

En aquel adolescente que fui en los 90, en una ciudad en la que la cultura del rock nos quedaba lejos, sin duda comenzó a gestarse parte de lo que soy. Me daría mucha ternura ver la cara de ese changuito de 16 años que consiguió su remera con la tapa de Versus y que se la puso para ir a los primeros bailes de primavera, y que sentía que tenía con él un amuleto del mundo en el que se sumerge cada vez que escucha las canciones de ese disco. Hoy, este changuito de 42 años sabe que cada una de sus remeras no son solo hilos de algodón, sino que están llenas de historias, alegrías, tristezas, emociones y descubrimientos. Pero, por sobre todo, está el refugio que es estremecerse con una canción. 

Queridxs lectores, les propongo que comenten en nuestras redes si tienen una remera de rock preferida. La mía es una de la banda cordobesa Hijo de la Tormenta.

*Por Fer Bordón para La tinta / Imagen de portada: Fernando Bordón.

Palabras claves: Rock

Compartir: