Los perales tienen la flor blanca, las heridas que subsisten 

Los perales tienen la flor blanca, las heridas que subsisten 
26 mayo, 2021 por Gilda

Por Manuel Allasino para La tinta

Los perales tienen la flor blanca  es una novela de Gerbrand Bakker, publicada en 2015. Está tejida con la sencillez que cobija el olor a hogar y, también, con el imponderable claroscuro de cada vida. La historia transcurre alrededor de una familia que quedó algo desestructurada después de la partida sin aviso a Italia (no se sabe a qué ciudad) de la mujer de la casa.  El padre vive con sus tres hijos, dos gemelos de nombres muy parecidos, Klass y Kees, y uno más joven llamado Gerson. A todos ellos, hay que sumarles un perrito, encariñado con el hermano más pequeño y de nombre Daan. 

Un fuerte accidente deja a Gerson sin visión y orquesta a toda la familia a nuevos aprendizajes. Desde allí, la conmovedora historia pasa a ser contada a través de tres perspectivas diferentes: la de los gemelos, la de Gerson y la del perro. 

Con una prosa sutil, Gerbrand Bakker nos invita a mirar de cerca el corazón de algunas heridas, de las que subsisten pese al indeleble abrazo del tiempo. 

“Padre tenía un coche muy viejo y pequeño. Antes teníamos dos coches, ese viejo y pequeño, y otro grande y reluciente. Madre se fue un día en el grande y reluciente, y nunca volvimos a ver a ninguno de los dos. –Está en el extranjero –dijo nuestro padre, que se llama Gerard-. Con otro hombre. Un hombre extranjero. Nosotros éramos lo suficientemente mayores para mantener la boca cerrada, pero Gerson, que todavía no lo era, preguntó: -¿Por qué? Recibíamos tarjetas suyas cinco veces al año: en nuestros cumpleaños y en fin de año. Apenas decía nada: <<Muchas felicidades por tu cumpleaños>> o <<Feliz año nuevo, ¡que lo disfrutes!>>.  Nunca le escribimos de vuelta, porque no sabíamos a dónde enviar la tarjeta. -¿Por qué no lo sabemos? –preguntó Gerson. Gerard respondió que nunca nos había dado su nueva dirección. En la primera tarjeta, y en todas las que siguieron, había un sello italiano. El extranjero era Italia, y el hombre extranjero, un italiano.  Gerard se había pasado muchas noches mirando los sellos a través de una lupa, pero no consiguió leer que ponía. Más adelante, lo intentó un par de veces más y, finalmente, se rindió. –Lo hace adrede –aseguró-, siempre es ilegible. Mientras Gerard estudiaba los sellos hasta estropearse la vista, nosotros tres nos inclinábamos sobre el mapa de Italia que veía en el atlas. Kees señalaba ciudades y pueblos, y si los nombres no eran demasiados difíciles, Gerson los leía en voz alta. -¿Está ahí? –preguntaba después de Milán. -¿Vive en Roma? –preguntaba después de Roma. -¿Ahí, entonces? –después de Nápoles. El dedo de Kees iba bajando cada vez más al sur, y Klaas no dejaba de repetir <<no lo sabemos, Gerson>>. –Pero en algún sitio tienen que estar, ¿no? ¿Pero dónde? ¿Por qué no lo dice nunca? ¿Es bonito Italia? ¿Cómo hablan? ¿Está mamá en casa de alguien? ¿Y cuándo volverá? El único modo de acabar con las preguntas era cerrar el atlas de golpe”.

Los gemelos Klaas y Kees, y su hermano pequeño, Gerson, se entretienen con un inquietante juego llamado “Negro” en la casa rural en la que viven con su padre, Gerard, después de que su madre les abandonara. Consiste en decidir un lugar objetivo y dirigirse a él con los ojos cerrados. Quien llega primero, gana. 

Luego del accidente en auto, Gerson queda ciego y eso lo lleva a una absoluta depresión. Aunque un enfermero logra que tome conciencia de la vida que le espera y lo reconforta para evitar traumas futuros, el joven es incapaz de asimilar todo lo que le sucedió. La pérdida de visión lo obliga a jugar a “Negro” el resto de su vida. ¿Será Gerson capaz de adaptarse a su nueva realidad con la ayuda de su perro? 

 “¿Qué dijo Gerson esa mañana? –Tranquilo, Daan –dijo cuando Daan dejó de conformarse con la nariz y quiso sacar medio cuerpo por la ventanilla abierta-. Si te caes del coche te romperás todas las patas. Además, hizo comentarios sobre el estilo de conducción de Gerard, como de costumbre. De hecho, iba a su lado como una especie de profesor de autoescuela. También él provocó que, en un momento dado dejáramos la autopista. Esto no fue del agrado de todos. Nosotros queríamos llegar cuanto antes a nuestro destino, Gerson prefería tomar una <<ruta panorámica>>. –Los perales están en flor –dijo-. Es bonito. Gerard estaba totalmente de acuerdo con él. Era dos contra dos, pero la lucha era desigual, porque Gerard y Gerson a veces nos ven como uno solo, y porque Gerard conducía y, por tanto, mandaba. Así que los de delante miraban muy satisfechos los perales en flor, y nosotros también mirábamos, un poco menos satisfechos. -¿Cómo sabes que son perales? –preguntó Klaas por pura insatisfacción. –Porque la flor es blanca –dijo Gerson. -¿Y qué? –preguntó Kees. –Los perales tienen la flor blanca; los manzanos, rosa. –Te lo estás inventando –dijo Klaas. –Eso –dijo Kees. –Es como les digo –dijo Gerson. -¿No es al revés? –preguntó  Gerard, que miraba más los árboles que la autopista.   –Así que aquí solo hay perales –dijo Klaas-. Campos y campos de perales. Pues yo en la verdulería siempre veo más manzanas que peras. Pues yo en la verdulería siempre veo más manzanas que peras. –Mira hacia adelante –dijo Gerson a Gerard-. Por poco no te metes en la zanja. Era una conversación intrascendente. Habría podido tratar sobre cualquier otra cosa, pero hablábamos de esto. De los perales. Para hacer enfadar a Gerson, Gerard condujo un rato expresamente por la cuneta, a la izquierda de la autopista. –Uy –exclamó-. Por poco no me tiro a la cuneta. Nos hizo reír a todos, incluso a Gerson. Cuatro hombres riendo en una cafetera vieja. Íbamos a algún sitio. Lucía el sol, era domingo por la mañana, todo iba bien. Un poco más adelante, había un cruce. Todavía nos estábamos riendo cuando un coche nos embistió. Venía de la derecha y se empotró contra nosotros por el lado de Gerson. No nos acordamos de todo, no sabemos exactamente todo lo que dijo Gerson esa mañana. Pero lo último que dijo, en todo caso, fue <<Au>>. Nadie había visto nada, nos tomó desprevenidos a todos.  Nos estábamos riendo, y un par de segundos más tarde, se nos había pasado la risa. Gerson seguía sentado en su sitio. Tenía la puerta derecha replegada a su alrededor. Una parte del techo, una barra metálica, se había partido en varios trozos, y Gerson tenía esos trozos sobre la cabeza. O se le habían clavado en la cabeza, desde el asiento de atrás no lo veíamos bien. Ni queríamos verlo.  El tablero había retrocedido y le oprimía el pecho. Estaba totalmente atrapado. No gritó, ni tampoco lloró. Dijo <<Au>> muy bajito, como si caminando distraído se hubiese dado un golpe en un dedo del pie. No volvió a hablar hasta una semana y media más tarde”.

Los perales tienen la flor blanca  de Gerbrand Bakker es una novela en la cual la dureza de los hechos son narrados con tal sensibilidad que hace que podamos asimilar lo peor de una manera amable. El autor llena de sutileza la crueldad logrando una obra que describe el vínculo fraterno de una manera conmovedora. 

gerbrand-bakker

Sobre el autor

Gerbrand Bakker nació en Wieringerwaard, Países Bajos, en 1962. Filólogo, jardinero e instructor de patinaje de velocidad sobre hielo. Autor de las novelas Todo está tranquilo arriba, Diez gansos blancos y Junio. A pesar de ser un autor muy poco prolífico, sus obras han sido traducidas a más de veinte idiomas. Ganador del Premio IMPAC 2010, del Premio Llibreter 2012 y del Independent Foreign Fiction Prize 2013. 

*Por Manuel Allasino para La tinta. Imagen de portada: Irisney Bosco. 

Palabras claves: Gerbrand Bakker, literatura, Novelas para leer

Compartir: