¿Quién es ese chico?

¿Quién es ese chico?
6 junio, 2017 por Gilda

Alan Garvey tiene 15 años y vive en la villa Carlos Gardel. Es pintor, actor y cantante. Actúa en todos los largometrajes del cineasta César González. Su madre está en prisión hace varios años y de su padre ni noticias. Vende sus cuadros para sobrevivir, con ese dinero mantiene a sus tres hermanitos de 12, 8 y 5 años. Así se presenta.

Por Macarena Gagliardi Cordiviola para Puchero

“Con frecuencia una falsa alegría vale más
que una tristeza cuya causa es verdadera”
Descartes*

Alan nació en la villa Carlos Gardel hace 15 años. Es de familia pobre, pobre; de las que llegan a dormir en un container, de esas que se sobreponen a vicisitudes y tragedias de formas que no entendemos cómo. Familias que ‘incluso’ logran criar niños sonrientes en la miseria. Una miseria material predestinada.

-Hasta mi abuela Susana nació en los monoblocks de la Gardel.

Susana, en realidad, es la mamá de la mamá de su mamá. O sea, su bisabuela. Alan omite el bis al hablar de ella.

-Mi abuela hace dos años salió de la cárcel.

Fue sentenciada por venta de droga.

-Mi madre también vendía drogas para mantenernos; vivíamos todos en un volquete apretados; todo el tiempo entraba gente desconocida, falsos amigos. Así pasé toda mi infancia.

La madre sigue presa aunque debería estar en libertad desde el 1 de enero. Es casi mitad de año y no hay novedades al respecto. Alan desearía que su madre estuviera libre.

-Nadie quiere moverse para ir a preguntar sobre la causa (se refiere a quienes se supone la defienden). Yo iría pero soy menor y, en este sistema, no puedo hacer nada. Mi abuelo Sergio trabaja demasiado; no tiene tiempo.

Sergio es plomero y vive también en los monoblocks. Su figura podría ser un buen modelo pero es alguien ausente, no por voluntad sino por la opresiva necesidad laboral a la que está sometido. Del progenitor “ni noticias” describe Alan. Por ende, su entorno familiar carece de adultos. Así, con 15 años, le toca ser proveedor de sus “hermanitos”: Sharon de 12, Yazmin de 8 y Demian de 5, todos de padres distintos. La única hermana por parte de madre y padre es Brenda que tiene 17 y una hija de un año y medio. Viven todos juntos, también el novio de Brenda, en una casa entregada por el Ministerio de Desarrollo Social hace algunos años.  Quien se encarga de los pequeños es Alan: los lleva al colegio, al doctor, les brinda un ambiente alegre, por fuera de la oscuridad que lo rodea. 

-Trato siempre de evitar la violencia. Nunca estuve en un Instituto de Menores. Pero tengo muchos amigos, como hermanos, que están sufriendo allí.

Alan es un pibe de barrio; esas realidades tan (pre)juzgables desde una perspectiva clase-media no le son indiferentes. A veces, escribe en su muro textos que parecen rapear al oído:

«Una pistola, venta de drogas esa es la moda en los tiempos de ahora. Un hijo no llega es tarde y una madre llora, esa cara es un angel y ya usa pistola, esta bien Culebrao pa mantener lo vende droga, nunca es tarde pa hacer el bien y en el mal se ahoga, sigue sumergido en la droga y es el que manda en la zona quieren darle consejo, y el pobre no razona, primero olía después fumaba hasta que callo en la droga.»

-El sistema esta ordenado así: para los villeros siempre lo peor. Pero a mí no me satisface porque ya conozco el fin.

Alan lo tiene claro y, cada mañana, elige no ser transa. Entonces pinta; pinta para sobrevivir. Tiene, por suerte, dos mentores: el cineasta César González y Patricio, quien dedica sus días a pibes como Alan y César.

Una historia de película

César González es el famoso ‘cineasta villero’, quien fue conocido en sus tiempos de cárcel como el poeta Camilo Blajaquis. Al salir de prisión, culto y lleno de anhelos, se dedicó tiempo completo a hacer cine. Conocía a Alan del barrio porque era amigo de su hermano. Algo vio en él y decidió llevárselo del volquete para vivir juntos durante dos años. Pareciera que, a veces, es posible llegar a torcer el destino.

Hoy Alan actúa en todos sus largometrajes; asiste a un taller de pintura gracias a la generosidad de alguien; pasa tardes enteras con Patricio, su mujer y su hija que lo contienen; lee; mira películas; conoce la capital; sabe tomar el tren y el subte. En la gran ciudad, su punto de llegada y partida es siempre la Plaza Misere: Apiádate. Acaso un performativo.

-César me sacó de esa mierda que estaba viviendo. Todo cambió cuando lo conocí.

Alan tenía apenas nueve años.

-Aprendo todo el tiempo de él, escucho sus consejos. Tengo también algunas otras personas que no son de la villa y me dan mucho afecto, como Patricio. De a poco, se acerca más gente para preguntarme cómo me pueden ayudar.

No es  la compasión caritativa ni el lavaculpas religioso, sino un interés comprometido por la igualdad social.  Si alguien quisiera jugar al salvador, la dignidad de Alan es tal que no habría cabida. Él trabaja: pinta cotidianamente su realidad, el anhelo, sus inspiraciones, para seguir creciendo. Sus referentes son Antonio Berni, Michel Basquiat, Francis Bacon y Pablo Picasso entre muchos otros.

Alan tiene claro su deseo: zafar del destino que le está previsto por ser un chico pobre, un ‘negrito’. Para eso, a cada paso, se reinventa. Su nombre artístico es Alan Garvey. ¿Otra vez el performativo?

El joven explica su elección: Marcus Mosiah Garvey es una figura emblemática para la tradición negra mundial. Fue un predicador, periodista y empresario jamaiquino, fundador de la Asociación Universal para la Mejora del Hombre Negro.

-Para mí, ellos (los jamaiquinos) son igual que yo: viven en villas, veo la misma pobreza, y veo que siempre están con un gran ánimo. Eso me nutre bastante al escucharlos cantar.

Alan se inició en el reggae también por César, que al ver su pasión le propuso hacer música. Pero hoy en día se dedica más a pintar “porque con la música es más difícil ganar plata” y necesita dinero para vivir. Amigos virtuales por Facebook o conocidos de conocidos compran sus trabajos.

Derribando prejuicios        

Conocí a Alan por una nota en video que le hice a César cuando salió su primer largometraje, Diagnóstico esperanza. Las redes sociales nos ayudaron a mantener cierto contacto; ese saber en qué anda el otro característico de esta época. Así descubrí que el joven también incursionaba en la pintura. Para el 8 de marzo hizo una serie de retratos feministas que me gustaron y los publiqué en el portal que dirijo.

Nuestro primer encuentro fue en el bar La Alhambra. Bajito, fortachón y estoico, me esperaba en la esquina de Sarmiento y Riobamba. Nos saludamos efusivamente; entramos para almorzar una pizza y conocernos mejor.

Su rostro era pura sonrisa. Vestía bien; además de pícaro y lúcido, lo sentí conectado. Empezamos hablando del barrio.

-Yo vivo en una villa donde ronda mucho la injusticia y la marginalidad; hay mucho dolor.

Contrario a lo esperable, el paco no abunda en la Carlos Gardel. Sí, «la merca y el faso». Alan, consciente de que el paco te quema la cabeza, agradece que esa droga no haya tomado el barrio.

En la villa tiene muchos amigos de la infancia, pero pasa la mayor parte del tiempo con Elías: “un chico que también prefiere hacer arte y no otras cosas”. Sin embargo, tiene claro sin juzgar en ningún momento, que a muchos no les queda otra alternativa que delinquir. Cada semana en la Gardel se mueren niños que son como hermanos para él y está convencido de que si no hiciera arte, tendría que ir a “cirujear o hacer cosas feas”.

-Mi realidad cotidiana es dibujar y pintar; me dedico a eso al 100% para que no le falte nada a mis hermanitos. También me preocupo de criarlos, que estén limpios, que tengan ropa, llevarlos al club, levantarme a la noche si tienen fiebre, hacer cosas de un padre o una madre.

Ante la pegunta por su futuro, Alan respondió:

-Me gustaría que miles de niños conocieran mi arte para que les sea un medio de expresión, donde vomiten todo su dolor y se acuesten en la melodía de mis canciones.

-¿Lo ves factible?

-Ojalá.

Todos los dibujos y pinturas están a la venta. Si te interesa alguno, contactá a Alan en su facebook.

Aquella tarde, al final de nuestro encuentro, acordamos hacer una columna con su dibujos. Se llamará Y me proponen la muerte, en homenaje al Poema a los martillazos de Blajaquis:

 

«y me proponen la muerte

y me convidan violencia

y me baño en mis nervios

y todo me cuesta

y todo me ahoga

y después llega el vacío

y aparecen las pesadillas

y me esclaviza el insomnio

y vuelve el amanecer

y asistentes sociales, tiranos de etiqueta

y me remarcan que soy un expediente

¡y yo no quiero ser un expediente!

y mis pulmones quieren callarse

y mi corazón quiere dormirse

y despertarse en el paraíso

y el beneficio de la duda

me obliga a seguir con vida

y vuelve la sociedad

y su hormiguero de mentiras

y me proponen la muerte

y me aferro a mi locura

y así me salvo al menos un rato

y me resigno a mi soledad

y me consuelo con sus besos invisibles

y busco y trato y sueño y pierdo

y me proponen la muerte

y les digo que no

y pongo canciones

y me hundo en mi interior

y experimento tímida calma…»

 

Por Macarena Gagliardi Cordiviola para Puchero

Palabras claves: Alan Garvey, César González, pintura, Rap

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