Haciendo cine con comunidades
Cine y T.V., Cultura

Haciendo cine con comunidades

Darío Arcella es realizador cinematográfico y, con la excusa del estreno de su último film Los Relocalizados, aprovechamos para charlar sobre su particular manera de hacer cine documental. De yapa, nos enteramos por adelantado del lanzamiento de un taller gratuito y abierto a quienes les interese hacer cine con y desde las comunidades.

Por Agustina Viazzi para La Tinta

-Darío, ¿quién sos y qué es el Grupo Documenta?

Grupo Documenta es un colectivo de artistas, científicos, filósofos, trashumantes, chamanes, fotógrafos, técnicos y universitarios varios. Somos una multinacional porque estamos repartidos en todos lados, desde Canadá y las Islas Canarias hasta Tierra del Fuego, pasando por Paraguay, Colombia, Francia, nosotros en Córdoba y Capital Federal. Somos personas con trayectorias muy diversas y lo que nos une es poder hacer y mostrar cine documental a partir de las realidades y oficios de cada uno.  

Y yo soy porteño -nací frente al puerto de Buenos Aires- pero vivo en Cabana y desde hace 25 años me dedico a hacer cine. Me cuesta definirme como documentalista porque, para mí, es cierto que producimos documentos pero al editar hacemos interpretaciones y la narración cinematográfica al final siempre es una ficción.

Los Relocalizados es una película que busca contar sobre la vida del Barrio Ramón Carrillo, en la Ciudad de Buenos Aires. ¿Por qué lleva ese nombre?

-Y eso es una larga historia. Empieza con el Albergue Warnes, edificio que iba a ser destinado a ser el Hospital más grande de pediatría del Cono Sur en el barrio porteño de la Paternal. Con el Golpe del ’55, lo primero que hace la Revolución Fusiladora es dar de baja el Hospital y robarse todo. Lo que quedó, se fue poblando por gente y llegaron a ser más de 3000 personas habitando nueve pisos del edificio sin agua ni servicio sanitario alguno.

En ese contexto, en el año ‘90 hicimos con Luis Campos una película que se llama Warnes Aparte. Ese mismo año la estrenamos en el Warnes mismo. A los dos meses a las 700 familias de allí las mudaron al actual Barrio Carrillo y el edificio fue demolido. Todo eso lo registramos pero no había entrado en la película. Pasaron 25 años y Marina (Rubino, su compañera de vida y obra) me dice “Che, Darío, por qué no hacemos algo con ese material?”

Medio que necesitando laburo, me puse a mirar el material y me entusiasmé. Yo había vuelto al barrio Carrillo varias veces, pero mi vida había tomado otro rumbo… y la verdad que en el 2013, cuando volví, no reconocí nada. De las casas bajitas del ‘90, construidas por el Estado sobre un antiguo basural y sin cloacas, quedaban muy pocas. Hoy hay más de diez mil personas en casas de hasta cuatro pisos, en un barrio cuyo piso aún se mueve. Sin embargo, hay vecinos constructores que han levantado casas muy buenas y ahora hasta hay algunas antisísmicas!… Y  el gobierno de la Ciudad pretende regular ahora lo que nunca nadie reguló. La película retrata una de las tantas relocalizaciones masivas que se hacen sin consultar a los interesados y se deciden desde un escritorio. 

-¿Cómo empezaron a trabajar en el film?

-Con Dailos Batista Suárez decidimos encarar el laburo de investigación en el Carrillo. Como primer excusa mostramos una pequeña edición de la demolición del Warnes en el CEC (Centro Educativo Comunitario) del barrio, que también se llama “Ramón Carrillo”. Ese día se invitó a los vecinos a charlar sobre los recuerdos del Warnes. De las 700 familias mudadas, hoy quedan 120, más o menos. Hay mucha gente nueva. Ese día propusimos dos talleres: uno de contenidos, destinado a recopilar historias del barrio; y el otro sobre narrativa y uso de herramientas cinematográficas, que era abierto a gente de toda edad pero terminaron siendo pibes de entre 15 y 25 años. Más o menos a la mitad del taller largamos la idea de hacer una película y los pibes se re entusiasmaron. Agustín García Serventi encaró el taller junto a Dailos y yo; y al final duró un año y medio.

Mientras al taller de historia del barrio a veces iban 40 o 50 personas de todas las edades. Parte de la dinámica que se fue dando consistió en que algún vecino contaba algo y otro le decía que era mentira, y pintaban unas discusiones bárbaras… Otras veces, alguien iba, contaba lo suyo y partía… En estas memorias lo que buscábamos era hacer surgir temas de interés del barrio que finalmente articularon el contenido de la película.

-Darío, vos y parte de tu equipo son gente formada en universidades y escuelas de cine que, mal o bien, alfabetizan una manera de mirar y hacer cine. Sin embargo, en tus películas el equipo técnico se va armando entre los mismos retratadxs, que muchas veces no tienen las herramientas técnicas del laburo audiovisual ¿cuáles son los provechos de eso pero cuáles son también los costes estéticos de hacer ese tipo de trabajo?

-Esto de la alfabetización visual, es muy fácil de adquirir, no tenés que saber leer a Gordard para entender cine:  con agarrar una cámara y expresar en tres tomas una pequeña narración ya estás alfabetizado.  Nosotros trabajamos mucho el tema estético con los chicos. Yo les decía “quiero que busquen”, no que agarren la cámara así nomas. Entonces estos chicos desarrollaron su propio lenguaje, con pautas de dirección claras y específicas.

-¿Pero les dijeron qué hacer?

-Y… no fue un “háganlo así”. En el taller todos los pibes saltaban preguntando “¿Y por qué, o por qué no tal angulación?” Y así fuimos acordando, porque con cinco o seis camarógrafos había que consensuar el punto de vista para la unidad de la película. Fue un trabajo casi obsesivo. Y desde el taller Oscar Ibarra y Celeste Lucero fueron apropiándose de eso, expresando el punto de vista individual tras la cámara sin olvidar el común a todos. Porque más allá de cualquier acuerdo previo, quien decidía qué tomar o no era quien estaba ahí en ese momento. Lo mismo pasó con el sonido, que es otro tema: Gladys Blanco se iba con el equipo a caminar sola por el barrio, buscando los planos sonoros a partir de ciertos criterios técnicos y al final quedó en la película un universo auditivo recontra rico gracias a ella.

-¿Cómo se financia todo esto? ¿Cómo se genera un proyecto así hoy en día?

-Básicamente generamos un proyecto, una carpeta, que se presentó en el Instituto de Cine (INCAA) y al ser seleccionada, nos dieron una plata que de hecho no alcanzó para la postproducción; pero para mí, en ese momento, me pareció mucho más interesante invertir la mitad de esa guita en la concreción de los talleres y quizá rodar un poco menos, aunque al final pudimos hacerlo durante tres meses con un equipo mixto entre gente del barrio y técnicos de afuera, complementando lo que habían hecho los chicos en el taller antes. Además de los talleristas, los chicos del taller audiovisual cobraron todos durante el rodaje una mensualidad mínima pero suficiente. Hacia el final, nos quedamos sin plata e hicimos una campaña de crowdfunding y juntamos algo y nos fuimos arreglando.

-Entonces, estos proyectos tienen múltiples aristas…

-Mirá, en el INCAA la situación es incierta, no se sabe que va a pasar. El momento para presentar un proyecto es ahora, es muy probable que se le dé prioridad a otro tipo de películas, y éstas líneas de financiación corren riesgo de ser suspendidas. Pero hay otras posibilidades, como el fondo comunitario que gestionamos en Ideame.com. Lo que quiero decir es que  con poco dinero se hace cine también. Se hace pero sin sacrificar nada. Sólo hay que esforzarse más. Por ahí lleva más tiempo, para no sacrificar nada.  Después bueno, si te gusta o no la película es otro problema pero yo se que todos dimos lo máximo.

-Pero la película no se termina ahí…

-No, la película empieza cuando se termina la edición. Y la distribución es un tema muy complicado, sobre todo en documental. La gente no va mucho al cine a verlo.

El Instituto de Cine tiene los Espacios INCAA, cada uno es autónomo y puede elegir qué películas pasar, lo cual es maravilloso. Pero no hay nadie que distribuya lo que se produce hacia las salas y que llegue depende de cada realizador. Por suerte, conseguimos lugares para pasarla en Salta, en Bariloche y esperemos salga alguna sala más.

-¿Cuándo estrenan?

-Los Relocalizados se estrena en el Cine Gaumont el 11 de mayo. Esta vez la propuesta es que la gente del barrio vaya al cine. Como se va pasar unos días ahí, que es una sala céntrica de Capital Federal, estamos buscando conseguir un micro que va a ir durante toda la semana a la sala llevando gente del Barrio. Un tiempito antes, en el CC Haroldo Conti de la exESMA, en la Manzana de las Luces y en la Villa 15 se re-estrena Warnes Aparte.

-¿Y acá en Córdoba?

-Por ahora sólo tenemos una fecha en el Cineclub Municipal el 31 de mayo a las 20:30hs; en del 2 al 4 de junio la pasamos en la sala INCAA de Unquillo que no es tan lejos.

-Y después, ¿qué planes tenés para este año?

-En este momento quiero darle distribución a una película que quedó un poco dejada de lado con Los Relocalizados que es Nuestro Mundo-Anuhu Yrmo, que es el final de una trilogía que co-producimos con la Unión de Comunidades Indígenas de la Nación Yshir (UCINY- Paraguay) .

Acá en la Ciudad de Córdoba,  a partir del 17 de mayo arrancamos a dar un taller de Producción Cinematográfica Documental enfocado al trabajo con y desde comunidades varias, y no tanto sobre ellas.  Algo así como esta experiencia del Barrio Carillo, pero los interesados deberán llevar sus proyectos y lugares de trabajo, nosotros no planteamos un tema previo si no que daremos herramientas técnicas a partir de las propuestas que lleguen. Va a ser gratuito y no hace falta tener conocimiento previo, pero sí preferentemente una vinculación previa al grupo con el que se quiera hacer el trabajo audiovisual. El vínculo afectivo en el documental es fundamental.

En principio el Museo de Antropología va a ser como el epicentro de encuentro y veremos si se pueden armar luego pequeños talleres en las zonas territoriales donde se quiera filmar. En estos días salió la preinscripción (tienen que escribirnos a gdocumenta@gmail.com), y arranca el 17 de mayo.  

*Por Agus Viazzi para La Tinta. Fotos: Sol Pérez.

13 Abril, 2017

Autor

Gilda Suplemento de Cultura


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