Federico Falco: “La literatura no tiene que enseñar nada”
Cultura, Literatura

Federico Falco: “La literatura no tiene que enseñar nada”

Se acaba de cumplir un año de la publicación de Un cementerio perfecto, el último libro de cuentos de Federico Falco, que ha terminado de consagrar al autor cordobés como uno de los narradores más destacados del continente. Aprovechamos este aniversario para reunirnos con él y conversar sobre las repercusiones del libro, su proceso de escritura, la marginación del cuento y de los escritores que lo marcaron.

Por Nicolás Morelli para La Tinta

-Se cumplió un año de la publicación de Un cementerio perfecto ¿Sentís que el libro fue encontrando su camino y sus lectores?

-Sí, de a poco fue encontrando sus lectores. Cuando publico concentro la ansiedad en la primera semana, semana en la que, por supuesto, no pasa absolutamente nada: a lo sumo un par de amigos que compran el libro y ni siquiera lo empiezan a leer. Pero esa expectativa es imposible de sostener, después de un mes la expectativa pasa a segundo plano, me pongo a pensar en otra cosa, a escribir algo nuevo. En general, cuando comienzan a aparecer lectores, comentarios, ya estoy con la cabeza en otro lado. Entonces, me sorprenden. Es misterioso lo que pasa con los libros y los lectores. Se establece un diálogo, pero un diálogo muy diferido en el tiempo y que siempre está teñido por algo del orden del asombro, de la sorpresa.

-¿El libro generó en los lectores y en la crítica algo que te sorprendiera, algo que no esperabas o no habías visto en tu obra?  

-Me sorprende cómo a algunos lectores les gusta mucho un cuento… el mismo cuento que a otros lectores no les gusta para nada. Supongo que es algo que siempre pasa con los libros de cuentos, pero no deja de divertirme y parecerme algo curioso. A veces, los cuentos que a mí más me gustan son los que menos atención reciben. O al revés. Es muy raro también cómo algunos lectores se apropian de los textos y deciden qué personaje es “bueno” o que tal personaje es “malo”. Aparecen toda una serie de visiones y valoraciones sobre los personajes y las situaciones que por ahí son tan variadas que podrían pensarse como contradictorias.

-Un cementerio perfecto se editó en Argentina, Chile y España y ha sido muy elogiado. Leyendo las reseñas se puede intuir que fue un libro que terminó de consagrarte como uno de los escritores más renombrados del continente. ¿Lo sentís así?

-La idea de “consagración” es algo rara, hasta te diría, algo volátil. Al libro le fue bastante bien, encontró lectores, tuvo reseñas, y todo eso me pone muy contento. A mí me gusta sentarme y escribir, es lo que más disfruto. Y mientras escribo, trato de ir pensando en el lector, en esa persona que va a estar del otro lado, en la otra parte de ese diálogo en diferido. Me interesa que el libro proponga un cierto recorrido, una experiencia estética y que la experiencia sea del orden del disfrute, o por lo menos de lo que yo entiendo por disfrute. Esa es la zona donde yo tengo que hacer mi trabajo. Después, lo que pasa con el libro, a dónde te lleva, es algo que está siempre más allá del control del autor y, al mismo tiempo, algo que está atravesado por muchos factores diferentes.

A mí me pone muy contento cuando veo que el libro puede llegar a más lectores. Está buenísimo que pase. Más allá de eso, el campo literario es un lugar donde conviven muchas visiones diferentes, opiniones diferentes, contradictorias; donde, por ahí, diferentes estéticas corren en paralelo, sin tocarse; donde a veces hay intereses, cruces, o donde se generan operaciones o actúa el azar, la suerte. Yo estoy muy contento y agradecido con lo que pasó con el libro, pero trato de no engancharme mucho con los títulos o las cocardas que se le adjudican. Además, eso de “consagrado” me suena a monja, a sacerdote: a una entrega que tal vez exija demasiado, o más de lo que yo pueda darle.

-Los personajes del libro resultan muy particulares: por un lado parecen personas simples, pero terminan resultando totalmente memorables. ¿Cómo construiste esos personajes?

-Para mí es importante darle tiempo a los personajes, pasar tiempo con ellos. No creo en eso de “estaba escribiendo y de pronto el personaje tomó las riendas”. Me parece que es el autor el que maneja los hilos, pero para que los personajes crezcan, sí siento que hay que darles tiempo. Lo que no significa que me pase las 24 horas del día escribiendo, pero sí tiendo a pensar mucho en ellos. Mientras voy caminando por ahí trato de pensar qué le pasa a ese personaje, cómo es, cómo desayunaría, qué marca de ropa usaría, y ahí empiezan a aparecer ciertas cosas. Me gusta prestarles atención, darles espacio, tratar de conocerlos. Y también trato de andar por la vida más o menos atento. Por ahí escucho una frase y digo “eso serviría para tal personaje”.  Es como ir agregándole capas, hasta que en cierto punto se vuelven presencias con las que uno empieza a convivir.   

-Vos dijiste en una entrevista que le das mucha importancia al nombre de los personajes.

-Sí, me parecen muy importante. Para mí, el nombre le da cuerpo al personaje. Soy bastante vago para describirlos, no me gusta decir era alto o flaco. A veces lo hago, pero después tiendo a borrarlo porque pienso que son las partes más aburridas del texto. Incluso cuando leo tiendo a prestar muy poca atención a las descripciones físicas de los personajes. Yo creo que si uno puso bien un nombre no hace falta describir a un personaje: a partir del nombre el lector se va a hacer su propia figura mental y lo armará de la manera en que mejor le parezca.

-En el prólogo de “Cielos de Córdoba”, Luciano Lamberti dice que el libro está lleno de “momentos de placer visual”. Y esta es una característica que está presente en todos tus cuentos. ¿Cómo trabajás las imágenes en tus narraciones?

-Tengo una tendencia a ver la vida de una manera visual. Por un lado, necesito armar una cierta espacialidad en la mente a la hora de sentarme a escribir. Me cuesta mucho escribir algo si no sé cómo es el espacio en que transcurre. Entonces suelo recurrir a lugares que conozco, más o menos modificados o disfrazados. Me parece que eso, de alguna manera, se transmite en una serie de situaciones visuales, en imágenes que quedan plasmadas en el texto. Y por otro lado hay ciertas imágenes que concentran el sentido, que funcionan como signos. Y eso sí trato de trabajarlo mucho. Por ahí salen solas de manera inconsciente, entonces cuando las descubro, las laburo, les saco filo, las ubico en el lugar en que me parece que más aportan. A veces no salen y entonces sí, hay que sentarse a buscarlas y tratar de encontrarlas.

Flannery O´Connor decía que la ficción opera a través de los sentidos.  

-Totalmente. Hay muchas maneras en que puede operar la ficción y también depende mucho de los lectores. Hay lectores que le prestan más atención a las sensaciones y hay lectores que son mucho más intelectuales o mucho más cerebrales y que les prestan más atención a las ideas, a cómo el cuento va desglosando cierta argumentación o cómo los personajes representan ciertas ideas. A mí me parece que un cuento tiene que ser una especie de tren fantasma, como subirte a un carrito que te haga pasar por diferentes sensaciones, sentimientos, climas.

-Beatriz Sarlo dijo de tus cuentos que “podría decirse que son ‘fantásticos’, pero que no están escritos según las reglas de ese género”. Hay un entrecruzamiento entre realidad y fantasía en tus narraciones. ¿Es algo premeditado?

-No, no es algo premeditado. Para mí, leer un cuento es como escaparte a un “mundo” que te propone un determinado autor. La idea de escape siempre me sedujo mucho en la literatura. A lo mejor por eso, mientras estoy escribiendo, cada cuento es una especie de “mundito” al cual me escapo­­. Un mundo que se me va mostrando de a poco y  de a poco va armando sus propias reglas. En algunos casos son reglas más parecidas a las del mundo donde nos movemos, al universo de lo que podríamos llamar “lo real”. Y en otros casos, no. A su vez, trato de que los conflictos, lo que sucede en el cuento, lo que le pasa a los personajes, se genere a partir del mundo que surge. Por eso, nunca pienso en géneros. Si lo que sucede en el cuento cumple con las normas del mundo en que transcurre, ya me doy por hecho.  Es lo único que me parece importante: que sea coherente con el mundo que el cuento propone. Doy por descontado que es imposible que el lenguaje dé cuenta de lo real, entonces, a partir de ahí, si el cuento es realista o fantástico, no es algo que me preocupe demasiado.

-¿Cuál es tu búsqueda cuando escribís un cuento? ¿Cuál es tu intención?

-No sé si busco algo. Me parece que no es necesario que pase algo, ni que haya un mensaje, ni que el cuento diga algo.  Desconfío de la literatura que da recetas, que da mensajes o que deja una enseñanza. Me parece que la literatura no tiene que enseñar nada. En todo caso, a lo mejor, mostrar otros mundos, otras formas de vida, otras posibilidades; o proponer experiencias de lectura, experiencias estéticas.  Si eso pasara con algunos de los cuentos que escribo ya estaría más que bien, no busco algo más. Total, el sentido siempre se escapa, siempre se escurre, cada uno lo leerá como quiera o pueda, entonces no sé si vale la pena preocuparse mucho por eso. Sí me interesa que haya disfrute. A mí me parece que la literatura tiene que servir como una forma de comunicarse con el otro pero no sé muy bien para decirle qué, lo pienso más como un proponer una experiencia.

A la hora de escribir ficción las cosas son siempre mucho más opacas. Escribir, para mí, es como generar un “algo” que yo siento que tiene un sentido pero no sé muy bien cuál es, y que después, una vez terminado, pongo afuera, a consideración del otro. Como agarrar un pedazo de arcilla, moldearlo, darle una determinada forma: un bodoque, un apelotonamiento, una torsión y dejarlo ahí, para que el otro, si tiene ganas, se enganche y lo recorra, lo mire, gire en torno o se meta adentro. Es como decirle: “tomá, hice esto, a mí me gusta pero no sé bien qué es, vos fijate, ojalá lo disfrutes”.

-Por lo que nos contabas de tu proceso de escritura pareciera que en un primer momento es muy intuitivo.

-Sí, intuitivo podría ser una buena palabra. Nunca sé muy bien qué va a pasar. Si sé que va a pasar, me aburro y no escribo. Por lo general aparece una imagen, un personaje, una situación que me llama la atención. Y, después, es como tirar de un hilo y dejar que vayan apareciendo cosas y empezar a hacerle preguntas a ese material, a ver qué surge. Por ejemplo, si apareció una chica que corre y que va gritando algo, me empiezo a preguntar: ¿dónde está? ¿por qué corre? ¿hacia dónde va? ¿qué grita? La intuición a lo mejor está en poder discernir si ahí hay algo que late, que “dice”, que interpela.

-Y de a poco ir armando ese mundo del que hablabas.

-Sí, de a poco se va armando ese mundo. Para mí escribir es estar atento y esperar a que las cosas aparezcan. Por eso, toda esta primera parte de la escritura es intuitiva y un poco misteriosa. También es como jugar; la imagen del juego a mí me gusta mucho, el ir probando, intentando, armando a partir de lo que hay. Y después, un segundo momento, cuando ya tengo la materia prima sobre la mesa, escribir se vuelve más un trabajo: sentarse y tratar de disponer esos materiales de la mejor manera, pensar estrategias, decidir narradores, puntos de vista, esas cosas.

-Has dicho que escribís en contra de la forma clásica del cuento. ¿Por qué? 

-Creo que como lectores todo el tiempo estamos bombardeados por relatos. Y por eso, la forma más tradicional del cuento es una forma que ya leímos demasiadas veces, ya la tenemos muy incorporada, se vuelve predecible. Como lector no me gusta saber en la página tres quién es el asesino. Entonces creo que una de las formas de preocuparme por el lector es tratar de no caer en estructuras muy usadas.  Si un cuento nace orgánicamente a partir de sí mismo va a tener una forma propia, única y personal. Ahora, si un cuento nace de la necesidad de agradarle a determinado lector o entrar en el casillero de un determinado género, lo que vas a hacer es tomar una estructura y cumplir con esa estructura al pie de la letra. En general, creo es mejor correrse de esos lugares y apostar a la libertad. 

-Suele decirse que el cuento ocupa un lugar marginal dentro de la literatura ¿Considerás que es así?

-El cuento tiene menos lectores, pero no sé si diría que ocupa un lugar marginal. Muchos de los autores argentinos que se consideran “clásicos” son autores de cuentos, pienso en Borges, Cortázar, Quiroga, Silvina Ocampo, Castillo o Hebe Uhart, Liliana Heker. O son autores que, a la par de sus novelas, descollaron también escribiendo cuentos, como Saer, o Di Benedetto, o Piglia. Entonces, es un género que en Argentina goza de cierto prestigio. Es marginal si lo pensamos exclusivamente desde el mercado, porque es verdad que algunos editores tienden a no querer publicar cuentos porque venden menos, algo que, lamentablemente, es cierto. No entiendo muy bien por qué, pero la gente prefiere comprar novelas. A lo mejor porque lo ven como un género de iniciación, de aprendizaje, algo que un autor escribe como preparación para la novela. Y si bien es cierto que algunos primeros libros no son más que eso, sería terríblemente injusto meter a todo el género en la misma bolsa. A mí, particularmente, me parece un género fascinante y de lo más exigente.

-Como escritor de cuentos, ¿Borges y Cortázar fueron una influencia para vos?

-Como lector, Cortázar para mí fue muy importante durante la adolescencia. Lo disfrutaba mucho y, en algún momento, sentí que tenía que pasar a Borges, o “me obligué” a pasar a Borges, no entendí nada y entonces decreté que no me gustaba. Hasta que un par de años después lo agarré de nuevo, ya desde otro lugar y fue un deslumbre grande. Los dos fueron importantes pero en diferentes momentos de mi vida, tanto Borges como Cortázar. Pero ninguno de los dos me parece que me haya marcado como escritor. Y creo que eso tiene que ver con Córdoba. Cuando tenía veinte años me parecía que Córdoba estaba muy lejos de Buenos Aires, que era una distancia terrible. Entonces, mi primera percepción, tanto de Cortázar como de Borges, y en general de todos los autores argentinos más canónicos, fue que pertenecían a otro campo literario, más lejano. Buenos Aires quedaba lejos, no importaba si más lejos que París o que Nueva York: todo estaba lejos. Entonces, para mí, en ese momento, Cortázar estaba igual de lejos que cualquier autor norteamericano o francés. Eran autores consagrados y lejanos, ni se me hubiera ocurrido que podía escribir a su sombra. Eran de otra galaxia.

-¿Y con qué autores si sentías una cercanía en esa época?

-En ese momento, con nadie. Después, cuando me mudé a Córdoba, fue muy importante para mí conocer a Lilia Lardone y María Teresa Andruetto. Cuando llegué a Córdoba empecé a hacer talleres con Lilia, ella hacía poco que había publicado Puertas adentro, que es una novela hermosísima. Esa novela transcurre en Hernando, un pueblo bastante cercano a Cabrera. Y por otro lado María Teresa había publicado Stefano, que transcurre en Oliva. Los paisajes de esas historias eran muy similares a los lugares donde había pasado mi infancia. Las historias que contaban tanto Lilia como Tere podían ser historias de mi familia, historias de gente de mi pueblo. Eso me permitió darme cuenta de que se podía escribir sobre esos temas y geografías, que tenían un cierto valor. Conocerlas a ellas fue muy importante para mí. En ese momento también andaba por ahí Andrés Rivera, que vivía en Córdoba pero era una presencia media fantasmagórica,  porque no salía mucho. Con Lamberti lo pudimos entrevistar y estuvo buenísimo. Después aparecieron los blogs y se empezaron a achicar las distancias, dejó de ser importante si estabas escribiendo en Córdoba o en Buenos Aires.

-Claro, vos comenzaste tu carrera como escritor cuando estaban surgiendo los blogs, ¿no?

-Sí, y en ese sentido tuvimos mucha suerte. Córdoba siempre tuvo muy buenos escritores que tuvieron que lidiar con mil dificultades a la hora de distribuir sus libros. Entonces, los blogs un poco, para los que recién empezábamos, solucionaron ese problema. Ya no era tan importante dónde escribías. Los textos llegaban igual, surgió otra manera de hacerlos públicos. Y eso generó un lugar en donde se podían pensar muchas cosas, un lugar que te permitía estar al tanto de lo que estaba pensando o de lo que se estaba escribiendo en otros lugares, en Rosario, en Buenos Aires. Había mucha interacción. También aparecieron revistas como El interpretador, Hablando del asunto, y de pronto se hizo más fácil debatir, criticar y reseñar la literatura contemporánea. Fue un momento muy particular. Después, la misma tecnología se sobresaturó e hizo que hubiera tanta información que ya dejamos de prestarle atención. No se puede seguir a todo el mundo, no se puede leer todo. Pero ese momento fue muy particular y en ese sentido creo que tuvimos suerte.

-Publicaste un libro de poesía en el 2008, ¿actualmente qué lugar ocupa la poesía en tu producción?

-Ese libro del 2008 es muy particular porque es bastante narrativo. Siempre digo que los poetas son gente valiente.  Hay mucha exposición en la poesía. Un poeta se mete en terrenos complicados y, por lo general, lo hace con mucha sutileza. No sé si es algo que yo pueda hacer. Más allá de la valentía para mostrarse hay que tener una sensibilidad especial, particular, hay que ser muy lúcido para poder encontrar las palabras que disparan determinados sentidos.  Un poeta es un poco como un neurocirujano, opera en lugares sensibles y con mucha minucia, mucho pulso.

Yo me siento más como una especie de traumatólogo que acomoda huesos rotos, carezco de esa sutileza que requiere la poesía. Todo el tiempo estoy tomando notas o anotando cosas que podrían responder a un yo más íntimo, por llamarlo de alguna forma, o que trata de poner en palabras ciertas observaciones, sensaciones o sentimientos de una manera más cercana a un yo poético. Y siempre me pongo muy incómodo cuando lo releo. Entonces van quedando ahí, se van acumulando. En algunos casos, los saqueo para prestárselos a algún personaje. Pero por lo general quedan guardados.

*Por Nicolás Morelli para La Tinta

17 Abril, 2017

Autor

Gilda Suplemento de Cultura


La Tinta

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