Otra mirada acerca de La, la, land
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Otra mirada acerca de La, la, land

La crítica parece coincidir en que la multipremiada La, la, land es una oda al amor fatuo, superficial y condenado a su propia desaparición. Natacha Scherbovsky baraja de nuevo y analiza el musical desde otra perspectiva en la que la separación no es el fin del amor, si no la puesta en práctica de la libertad compartida.

Por Natacha Scherbovsky para La Tinta

Hace meses esperaba que se estrenara La, la, land. Sólo había visto el trailer de pura casualidad, pero lo que vi me había parecido muy hermoso. Reconozco que los musicales, a diferencia de la mayoría de amigos, conocedores del cine y críticos especializados, me gusta mucho. Siento que en los musicales puedo no sólo introducirme en una historia sino vivirla a través de la música, del canto y de la danza, expresiones artísticas que amo y con las cuales me identifico. Vivir las historias poniendo en primer plano la música, la voz y el cuerpo en movimiento me conmueve, me invita a sentir una película de un modo cautivador.

Es cierto que desde chica e impulsada por mi madre vi musicales con un fuerte contenido político- histórico- social como Cabaret, All that jazz y Cotton club. Ella me enseñó a amar el cine, a dejarme atravesar por diferentes modos y formas de contar historias. Tal vez por su pasión por la literatura, me enseñó que había múltiples formas de narrar y que era interesante dejarse atrapar por ellas. Entonces los musicales se convirtieron en otro modo, ni mejor ni peor, ni más válido ni menos válido. Los prejuicios sobre la capacidad que tienen de contar historias, de decir algo interesante, el riesgo de ser “superficiales”, pocos serios… nunca los tuve ni los compartí.

El encuentro de la música y el cine en la tierra de Los Ángeles

La película comienza con un musical increíblemente bello por los colores, por la coreografía que llevan adelante los bailerines. En medio de un embotellamiento -que me resonó a Autopista del sur de Julio Cortázar donde los autos parados uno al lado del otro, sin poder avanzar ni un milímetro podría ser eterno- en una situación de la vida cotidiana donde el tráfico en la ruta o en la calle, por lo general, nos genera nervios, ira, furia, la película lo resuelve de otra manera. Propone ni más ni menos la posibilidad de reunirnos y cantar, dejar de lado la bronca y el odio por el que está más atrás o más adelante, por el que toca bocina, y por un instante transformar ese momento cotidiano en uno mágico. En ese atasco se encuentran por primera vez Mia y Sebastian, los personajes principales de esta historia de amor.

La trama avanza y por medio de la forma coral de contar, donde primero vemos cómo se desarrolla la historia para Mia y luego para Sebastian, nos vamos acercarnos al momento del reencuentro.

En las primeras escenas los colores subidos de tono, las referencias a actores y actrices del mundo de Hollywood de todos los tiempos (en afiches, murales), el vestuario que pareciera ligarnos a los años ’30 y ’40, las canciones, el jazz que empieza a teñir la atmósfera, van entretejiendo una historia donde Los Ángeles toma una centralidad destacable. La ciudad se convierte en personaje: la historia de amor se va desenvolviendo en el estudio de cine Warner, en el parque Griffith, en el restaurante “The Smoke House”, en el club de jazz “The Lighthouse Café”. El mundo de Mia, que es el mundo del cine se va uniendo con el mundo de Sebastian, que es el de la música, el del jazz. El cine y la música unidos, como lo es en cualquier musical y en La, la, land en particular.

¿Qué forma de amor se representa?

A partir de las primeras críticas que leí, las cuales habían sido publicadas en reconocidos medios y que los usuarios de Facebook no tardaron en replicar, fui construyendo mi posición. Estas lecturas planteaban que  La, la, Land representa nada menos que el fin del amor ya que no hay posibilidad de vínculos en esta era postmoderna capitalista. Los proyectos personales priman y por ello no hay posibilidad de “encuentro”. Si bien la crítica que salió en Diario Rio Negro tiene un título engañoso porque plantea que es el fin del amor romántico, a medida que leemos la nota, lo que pareciera que la película pone en evidencia, según su autor, es la muerte del amor. Revista Anfibia, por su parte, plantea retomando de Zygmunt Bauman que en esta era líquida los lazos y los vínculos también lo son.

Ante estos planteos, que a mi entender analizan a La, la, land como una representación del fin de los vínculos amorosos y de la imposibilidad del encuentro por más tiempo que un año, pienso que la película justamente viene a romper con esa forma perversa de amar que el sistema capitalista dominante con todas sus herramientas simbólicas- culturales nos constriñó a experimentar por más de dos siglos. La, la, land propone una forma de amar más libre y más “real”, es decir, no es necesario dejar de lado los sueños y deseos de cada uno para estar con el otro. No es necesario renunciar a ellos. Lo que plantea la película, en cambio, es que justamente nuestros sueños y proyectos definen nuestra identidad; nos definen porque nos construimos alrededor de ellos. Y el amor también está ahí; no está en la historia de romance, en esa postergación o sacrificio que hacemos por el otra.

De este modo entonces, Mia y Sebastian viven y experimentan una historia de amor que ciertamente es acotada, pero es más “real”. Vamos viendo a través de estaciones que transcurren (otoño, invierno, primavera, verano) cómo van viviendo el amor. En ese año se conocen y comparten los mundos de cada uno, cantan juntos, disfrutan, caminan, bailan, sueñan y se aman.  Ese es el tiempo que encontraron para acompañarse y cuando ya no es posible, deciden sanamente separarse aunque sea doloroso para nosotros que, como espectadores todavía sumergidos en el amor romántico, quisiéramos que vivieran felices y comieran perdices por los siglos de los siglos.  Pero no, los destiempos siguen existiendo, aunque nos duela.

Entonces, Mia realiza su deseo de ser una gran actriz de cine y Sebastian logra poner un club de jazz. Los dos siguen sus caminos. Pero, aunque el tiempo haya pasado, se encuentran presentes el uno en el otro. Sebastian nombra a su club como Mia se lo había sugerido años atrás, y a su vez Mia vuelve con su nuevo esposo a escuchar jazz. En los últimos dos minutos la representación del “hubiera” que logra el director Damien Chazelle es impecable, cada una de las teclas del piano que Ryan Gosling va tocando nos quiebra un poco más el corazón, las lágrimas empiezan a brotar y hasta el que no se sentía interpelado por los musicales, logra conmoverse.

Nos duelen los finales, nos duele el fin del amor. Sin embargo, Mia decide irse y antes de salir por esa puerta y volver a su mundo, se da vuelta y encuentra la mirada de Sebastian. En ella se ven diferentes, distintos, pero reconocen el amor que sintieron/vivieron en otra época.

¿Qué mirada del amor propone La, la, land?

Si esta es la nueva mirada que propone Hollywood sobre el amor, sobre las relaciones amorosas, la celebro y la apoyo. Porque las historias de princesas y príncipes, de amores imposibles, trágicos y sufrientes por años, de amores prohibidos por instituciones religiosas, por tradiciones familiares, por guerras, por sucesos tremendos de la vida… nos han lastimado y no nos han permitido imaginar otros modos más sanos de amar. Por cierto, no es algo que nunca hayamos visto, sino que ahora se pone en discusión por la trascendencia que ha tenido la película al ser una de las más nominadas a los premios Oscars y haber atravesado la experiencia de recibir el premio fallido a mejor película.

Pienso que esta forma más libre, más real y menos angustiante que se expresa en la película no tiene tanto que ver con la hegemonía de la posmodernidad y la supremacía del individuo que impone sus deseos sobre el hecho de compartir con otro y otra. Me parece que es una película sincera, que reconoce las dificultades, los destiempos, los desencuentros, pero decide valorar los proyectos y los sueños que nos construyen como sujetos. El amor está también en lo que hacemos, en nuestras decisiones de vida. Y en última instancia plantea que sí es posible coincidir, que sí se puede construir con otro, se puede soñar juntas sólo que es necesario que como sujetos nuestros momentos y situaciones calcen, que nuestros tiempos y deseos se encuentren un poco más.

*Por Natacha Scherbovsky para La Tinta

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14 Marzo, 2017

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