La Libertad sometida a consulta popular
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La Libertad sometida a consulta popular

Supongamos que una mayoría decide quemar a una persona en la plaza pública por encontrarla responsable de tal o cual delito… ¿es esa decisión democrática porque fue tomada por una mayoría?

Cuando la Inquisición fritaba mujeres por Europa ¿era democrática esa decisión porque lo querían las mayorías?

Durante la denominada “Campaña del Desierto”, la mayoría de los argentinos, o lo que podía entenderse por tal – los indígenas no ingresaban a esa categoría – estaban a favor de ganarle las tierras a los “salvajes”. Esa mayoría legitimó el segundo genocidio cometido en estas tierras y el primero llevado adelante por el Estado Nacional. ¿Era democrático la matanza de indígenas?

En 1902, por mayoría, el Congreso Nacional aprobó la ley de residencia, también conocida como Ley Cané, que permitió el destierro de inmigrantes, sin juicio previo, que participaban en actividades sindicales. ¿Fue democrática esa ley sancionada por la mayoría de diputados y senadores? ¿Fue democrática la deportación de luchadores sociales?

El 15 de Septiembre de 1935, el séptimo Congreso de Núremberg – eran las reuniones del Partido Nazi – aprobaron por unanimidad una serie de leyes conocidas como leyes Núremberg que prohibían, entre otras cosas, el sexo entre judíos con alemanes – se decía que los judíos, aunque nacieran en Alemania, no eran alemanes -. Esas leyes aprobadas por unanimidad, ¿eran democráticas?

En 1949, el parlamento sudafricano aprobó la famosa ley 55 que pasó a la infame historia del racismo como la ley de prohibición de casamientos mixtos. Se impedía el casamiento entre blancos con no blancos (negros, indios o cualquier persona con una concentración mayor de melanina). Las leyes del apartheid se fueron recrudeciendo en 1950, prohibiendo también cualquier tipo de contacto sexual entre blancos y no blancos. ¿Fueron democrática esas leyes aprobadas por mayoría?

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La última dictadura cívico-militar, pero incluso podemos rastrear los antecedentes un par de años antes con los decretos de María Isabel Martínez de aniquilamiento de la subversión, construyó un enemigo al cual se le atribuían todos los males sociales. En plena guerra fría se construyó un imaginario moral binario que dividía al mundo en un occidental bueno, capitalista y cristiano por un lado, y un oriente comunista y subversivo por el otro. Parece entonces bastante obvio que se haya fabricado como el enemigo subversivo a aquel que cuestionaba, a través de su militancia, ideas o trabajo, las desigualdades propias del capitalismo. ¿Eran democráticos esos decretos de aniquilamiento? ¿Lo eran las prácticas que aquellos habilitaban? ¿Eran democráticos los campos de concentración que torturaban amparados en un silencio bastante parecido a la complicidad de buena parte de la sociedad argentina?

Durante la década del 90′, los enemigos cambiaron. Ya no creíamos en las brujas, los indígenas ya no controlaban el territorio y por lo tanto no representaban una amenaza, se terminó el nazismo, el apartheid y la guerra fría. Era necesario construir nuevos enemigos que justificaran cierta cohesión social en torno a su destrucción. En términos internacionales, y post 2001, la guerra contra el terrorismo legitimó buena parte de las acciones de los gobiernos norteamericanos para extraer petróleo de aquellos lugares en los que la democracia, decían, no había llegado. Quizás ninguna acción bélica se justificó tanto en la democracia como la invasión a Irak y a Afganistán por parte de EE.UU.

En Argentina, y pese a los atentados a la Embajada de Israel y a la Amia, el discurso del enemigo terrorista no caló tan hondo en la conciencia popular. Así pues hubo que buscar un enemigo un poco más real que cohesionara ciertas voluntades en torno a su destrucción al tiempo que asegurara la permanencia de una nueva forma de capitalismo predatorio, el neoliberalismo.

¿Quiénes son los excluidos de esta fase superior del imperialismo? Aquellos a quienes de algún modo, es necesario controlar, porque en el fondo, se sabe que el hambre puede en algún momento generar consciencia de ese hambre. El sistema penal fue la forma de gobernar la miseria, en el que se posibilita seguir manteniendo el hambre a una porción importante de la sociedad al tiempo que se evita su coligación. Así, aquellos excluidos de la cadena de consumo, son incluidos en la cadena punitiva. ¿Y la responsabilidad? De ellos mismos, por ser delincuentes.

El discurso más brutal contra los delincuentes quizás lo encontremos en el anonimato y distancia que parecen garantizar las redes sociales. Los comentarios a las notas periodísticas son ese espacio en el que más se cuela un profundo odio hacia aquellos a quienes se considera la peor amenaza; los delincuentes. Hay, en esta construcción hegemónica, una base real: los robos existen, los homicidios existen, los abusos existen, pero en una porción infinitamente menor que a la percibida.

Basta con ver los comentarios de una nota periodística cuando se lincha a un delincuente. ¿Son democráticos los linchamientos producidos y avalados por mayorías? ¿Son democráticos cuando incluso son legitimados por un presidente votado democráticamente?

Hace unas semanas, el presidente Macri dijo sobre la detención de Milagro Sala:

“Siento a la vez que la mayoría, e incluyo especialmente al periodismo que ha seguido de cerca todo lo que pasó con Milagro Sala en esa provincia, cree que ella es una persona que creó un Estado paralelo y que creó una organización armada que ha sido muy peligrosa para la vida de todo el norte argentino”

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¿Es democrático entonces que Milagro Sala esté presa porque una supuesta mayoría la crea culpable?

¿Será entonces que la justicia es ahora un concurso de popularidad en el que la culpabilidad depende de lo que las mayorías crean? ¿A cuánto estamos que nos pidan votar por mensaje de texto si una persona merece o no la libertad?

Si pensábamos que todo esto ya era un disparate, un desliz o un sketch de Capusotto, la realidad superó una vez a la ficción y el diputado de Jujuy Marcelo Nasif, del bloque Primero Jujuy, presentó un proyecto ante la Legislatura provincial para hacer una consulta popular sobre la libertad o no de Milagro Sala.

Así como Mussolini decía que Antonio Gramsci era su prisionero personal, el gobernador de Jujuy Gerardo Morales manifestó sobre Milagro Sala “no voy a liberar a esa mujer”, echando por tierra algún atisbo de independencia del poder judicial como excusa para evitarse el costo político ante el reclamo de ya casi todos los organismos internacionales en materia de Derechos Humanos.

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Si Milagro Sala es culpable o inocente de lo que se la acusa, no lo sabemos. Pero quizás lo más grave es que jamás lo sabremos. En democracia, quien determina la culpabilidad de una persona es un juez independiente a través de una sentencia fundada en prueba, no las mayorías, no un gobernador, no un presidente y mucho menos un monopolio mediático. Sin embargo, el excesivo encierro preventivo de Milagro Sala y la obcecación de mantenerla privada de libertad reconocido por el propio gobernador en contra de los dictámenes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la ONU, la OEA y Amnesty International demuestren la falta de un requisito indispensable para que todos confiemos en la justicia: su independencia del poder político.

Milagro Sala representa el chivo expiatorio sacrificable, aquel enemigo construido, como las brujas medievales, los indígenas asesinados, los inmigrantes expulsados, los judíos gaseados, los “subversivos” desaparecidos. Es negra, es mujer, es militante popular, es indígena y es pobre. Mientras más errores cometan en política, mientras más regresiva se haga la distribución del ingreso, mientras las políticas económicas hagan más ricos a los ya ricos y más pobres a los pobres, mientras todo eso sucede, Milagro será el sacrificio, la culpable de todos los males, la encarnación de la pesada herencia que desvíe las verdaderas responsabilidades políticas del desastre social al que estas políticas desembocarán. Será Milagro quien deberá pagar con su libertad el nuevo rumbo neoliberal que está tomando el Estado Argentino, y todo ello, avalado por las mayorías. ¿Será entonces esto democrático?

 

*Por Lucas Crisafulli para La Tinta. Foto: Sebastián Miquel.

Redacción La Tinta

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La Tinta. Periodismo hasta mancharse.
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15 Diciembre, 2016

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