María Elena Walsh y un chamamé contra la precarización laboral de las mujeres

María Elena Walsh y un chamamé contra la precarización laboral de las mujeres
Lucas Leal La tinta
6 marzo, 2026 por Lucas Leal

El chamamé «La Juana» de María Elena Walsh retrató en 1968 el «calabozo» en el que vivían las mujeres del interior que trabajaban en el servicio doméstico en Buenos Aires. Más de cincuenta años después, con una reforma laboral que pone en riesgo los derechos laborales, la historia de “La Juana” confirma una trama de servidumbre que, lejos de desaparecer, aún persiste y se agrava. 

A mi abuela Chi.
Ella fue la «Juana» que me enseñó que los derechos
no se agradecen, se conquistan.

María Elena Walsh es una de las escritoras más influyentes en la infancia de muchxs de nosotrxs por sus canciones para niñxs. Seguramente las aprendimos en la escuela y todavía las recordamos con cariño: “La Reina batata”, “El reino del revés”, “Manuelita la tortuga” o “Canción de tomar el té”. Sin embargo, desconocíamos el profundo y agudo mensaje de crítica social, política y cultural que esas canciones contenían en sus letras, imágenes y metáforas.

Su gran apuesta político-cultural para adultos aparece en 1968-1969 bajo el título Juguemos en el mundo. Esas “canciones para grandes” pretendían ―no solo desde la música, sino también desde la gráfica y los textos― denunciar y mirar críticamente la sociedad de fines de los sesenta. “Este disco está dedicado a los chiflados que suponen que la música popular puede no ser necesariamente pachanga y que las letras pueden decir cosas más, ruido menos”, escribió María Elena en la contratapa.

“La Juana” es un chamamé de ese disco. Diana Maffia, en una nota que escribió tras la muerte de la autora, dijo sobre la canción: “Nos interpela sobre el modo en que las mujeres burguesas obtienen su libertad y comodidad a expensas de otras mujeres más humildes, y nos recuerda que ninguna mujer se emancipa sola y que género y clase deben ir unidos en el análisis. Nos dice también que hay muchos modos de la sabiduría que no son la cultura hegemónica. Todo eso y mucho más dicen las estrofas de una canción en clave feminista”.

La Juana: más allá del techo y el pan

“La Juana” es una mujer “de tierra adentro” y “de cielo afuera”, que llega a Buenos Aires a trabajar como empleada doméstica “cama adentro”. La habitación de servicio en la que vive es descrita como un “calabozo” y un “cuadradito de oscuridad recortada” en el que “no se ve nada”, y por eso se pregunta: “¿Dónde está el cielo de la ciudad?”. La Juana, pidiendo “perdón por el atrevimiento”, se dirige a la “señora dueña de casa” y le explica que se siente como “un pájaro en jaula de oro” al que “le madura el sentimiento de ponerse a curiosear”. Lo que la Juana pide, en medio de su encierro, es que le preste el televisor, una especie de “ventana” que está “abierta al mundo entero aunque sea de mentira” porque “ver la televisión” es, dice la Juana, su “único balcón”. 

Rápidamente, en el estribillo, la Juana se dirige a quien lee o escucha: “Sé que ustedes pensarán ¡qué pretenciosa es la Juana!, cuando tiene techo y pan, también quiere una ventana”. Ese “ustedes” anónimo no solo escucha, sino que también juzga y decide si la Juana, venida de la pobreza, no estará reclamando “de más” a la señora. ¿Acaso no debería conformarse solo con tener un lugar para dormir y algo para comer? La Juana cierra con una frase breve cantada con notas largas, pero que reivindica su identidad, su dignidad y su derecho a desear algo más que “techo y pan”: “Soy como soy, miro un poquito y después me voy”. La temática de la Juana, asociada al servicio doméstico cama adentro, muestra la interseccionalidad entre género, clase, migración y trabajo, no solo en términos históricos, sino también actuales.  

En esta canción, María Elena Walsh expone la situación de precariedad y subordinación en la que vivían las mujeres del interior que, en aquellos años, buscando un futuro mejor, llegaban a Buenos Aires para trabajar como empleadas domésticas cama adentro. Disponibles las 24 horas para atender las necesidades de la familia (limpieza, compras, cocina, lavado, planchado y el cuidado de lxs hijxs, entre otras cosas), vivían en una habitación pequeña, en general, cerca de la cocina, sin horario de descanso, vacaciones, pago de horas extras y sin ventanas que permitan ver la luz del día. María Elena Walsh, en la voz de “La Juana”, reivindicó los derechos de esas trabajadoras a reclamar mejoras en sus condiciones laborales y de vivienda en general. 

El uso del artículo antes del nombre propio o la omisión de letras finales forma parte de la estrategia para situar y visibilizar una relación laboral desigual que tiene al hogar como espacio de disputa. Existen mujeres cuya libertad es posible a costa de la libertad de otras mujeres, en general, de contextos más humildes o vulnerables. Angélica Adorni, investigadora de la UBA, en un trabajo sobre este chamamé de María Elena Walsh, sostiene que las mujeres migrantes eran víctimas de múltiples estigmas y rechazos no solo por su clase social, sino también a raíz de sus manifestaciones culturales. El chamamé era llamado burlonamente “música de sirvientas” y los bailes chamameceros, “Puloil”, haciendo alusión a un producto desengrasante, además de ser considerados ambientes de desorden y promiscuidad. “Una manifestación fuertemente marginada por las clases urbanas medias y altas por vincularla a las prácticas musicales de los sectores populares humildes de la ciudad, mayormente migrantes provenientes de las provincias”, detalla Adorni.


En una sociedad que prefería a la empleada “callada y agradecida” por lo que “se le daba”, María Elena Walsh denuncia una estructura social y económica desigual y una asimetría de poder donde quien debiera permanecer sumisa reclama su derecho a soñar más allá de la mera subsistencia y afirma su propia dignidad.


Las Juanas de hoy

Aunque la canción de Walsh funciona como un documento afectivo de época y hoy contamos con una legislación que regula la actividad, la Ley 26844 Régimen Especial de Contrato de Trabajo para el Personal de Casas Particulares, el problema de fondo persiste. Se continúan naturalizando imaginarios donde la empleada es alguien que “ayuda” o es “como de la familia”, desdibujando su condición de trabajadora y justificando la informalidad, las exigencias laborales y los límites de la jornada laboral, entre otras cuestiones.


El trabajo en casas particulares sigue siendo el principal empleo asalariado de las mujeres en Argentina y se registra un 77% de informalidad, según datos del INDEC. La situación de vulnerabilidad del sector se profundizará con la reciente reforma laboral al extender el período de prueba y flexibilizar las obligaciones patronales. 


Recientemente, la serie Viudas negras, protagonizada por Malena Pichot y Pilar Gamboa, retrató desde la ficción un conflicto que visibilizó esta problemática en el año 2018: trabajadoras domésticas del Nordelta denunciaron que se les impedía subir a los micros internos por pedido de sus propios empleadores, quienes se quejaron porque “hablaban mucho” cuando viajaban, “olían mal” o se comunicaban en guaraní o quechua. Aunque parezca contradictorio, quienes no querían compartir un asiento de micro con ellas son los mismos que les confían la limpieza de su hogar, su comida y hasta el cuidado de sus hijxs: “Cuando viajan en los mismos micros que sus patrones, ellos llegan a poner bolsos en los asientos de al lado para que ellas no se sienten y deben viajar paradas”, relatan en la nota “La rebelión de las ‘criadas’ de Nordelta”.

Las críticas a la serie no tardaron en llegar desde el portal de noticias de Nordelta Locally, donde afirmaron que, de esa manera, se “estereotipaba” a las mujeres de los countries, generando una brecha que no es tal entre trabajadoras y empleadoras. Sin embargo, algunas mujeres trabajadoras respondieron que la serie refleja bastante bien cómo son las “patronas” en relación al trato que reciben, a lo que sumaron la humillación de ser revisadas cada vez que salen del country y responsabilizadas de todo lo que pueda suceder (o faltar) en la casa. 

El caso de «las mucamas de Dios»

El «calabozo» del que hablaba María Elena persiste también hoy en estructuras donde el lenguaje religioso se utiliza para camuflar la explotación laboral. Un ejemplo paradigmático es la denuncia de 43 mujeres contra el Opus Dei, una institución católica ultraconservadora que, bajo la promesa de una formación humana y becas de estudio, reclutaba adolescentes de bajos recursos de Argentina y Paraguay haciéndolas trabajar en el servicio doméstico, de manera gratuita, durante décadas. Eran capacitadas en el Instituto de Capacitación Integral de Estudios Domésticos, que funcionó desde 1973 hasta el año 2017, y ubicadas en casas del Opus Dei para sostener el funcionamiento de las mismas desde el servicio doméstico. 

Según los testimonios de las denunciantes, la escolarización era parcial o nula, y, más bien, era reemplazada por largas jornadas de limpieza, cocina y planchado, entre otros quehaceres. Además, al ser nombradas «numerarias auxiliares», estas mujeres quedaban “consagradas” a Dios y a la Obra. De esta manera, atrapadas en un sistema de semi-encierro, sus tareas no eran consideradas un empleo, sino una «ofrenda a Dios» bajo compromisos de pobreza, castidad y obediencia. Susana, una de las denunciantes, relata en una nota que el sistema incluía un fuerte componente de coerción psicológica y «lavado de cerebro» que buscaba que las propias víctimas reclutaran o referenciaran a otras jóvenes de sus pueblos rurales para perpetuar el circuito.

La periodista Paula Bistagnino, especialista en el tema, recupera la historia de Claudia, que ingresó con 14 años al Instituto de Estudios Domésticos. Ella recuerda que fue Ana María Sanguinetti, la directora,  quien fue a su casa, ya que había sido recomendada por una mujer que trabajaba para su tía. Sanguinetti les explicó a los padres de Claudia que se trataba de un secundario con orientación en tareas del hogar y que era solo para mujeres católicas. Con una estampa de Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, se despidió diciéndole: “Rezale mucho, así te eligen”, porque, según Sanguinetti, habría un sorteo, ya que eran muchas las chicas que esperaban entrar en la escuela. Claudia cuenta que rezó y la llamaron, se sentía elegida. 

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Grupo de mujeres que denunció haber trabajado para el Opus Dei como empleadas domésticas sin remuneración.

Hoy, este grupo de mujeres de entre 40 y 60 años exige al Vaticano el reconocimiento del daño, el cese de estas prácticas y una compensación por años de salarios y aportes previsionales inexistentes entre 1980 y los 2000. El caso de las “mucamas de Dios” no es exclusivo de Argentina, dado que el Opus Dei operaba de la misma manera en distintos países revelando cómo la vulnerabilidad social y la violencia espiritual se combinan para sostener un sistema de servidumbre que hoy vuelve a ganar relevancia. 

No solo una ventana… ¡el cielo entero!

Mientras escribía, recordé a mi abuela materna, «la Chi», como solíamos decirle. Era oriunda de un paraje de Burruyacú, en el interior de Tucumán. Durante muchos años, trabajó como empleada doméstica en la capital tucumana. La recuerdo yendo de una casa a otra, limpiando, lavando ropa y cuidando hijxs ajenxs. Volvía a su casa en la noche, cansada, para «atender a ese hombre», como solía decir refiriéndose a mi abuelo, en una cadena de cuidados que parecía no tener fin. Mi abuela, que no terminó la escuela primaria, tuvo una lucidez fundamental: avanzada en edad, cuando el contexto sociopolítico lo permitió, le insistió a su último patrón, un médico, que la «pusiera en blanco». El doctor lo hizo. Ella solía decir que él aceptó porque era un hombre “muy bueno». Sin embargo, hoy entiendo que fue su propia determinación la que le permitió jubilarse. No fue un acto de bondad patronal; fue el ejercicio soberano de reclamar su derecho. Ella encarnó, de esa manera, a la «Juana» que Walsh describe en el chamamé, anteponiendo su propia dignidad y reclamando lo que era suyo.

«Soy como soy», dice la Juana y, en ese verso, María Elena Walsh advirtió que la propia dignidad y los derechos no son dádivas de los «caballeros» ni una concesión de lxs patronxs: «Las mujeres (…) a medida que tomamos conciencia, queremos menos dádivas; queremos lo que nos pertenece por derecho y nos arrebatan día a día, es decir, todo«, escribió en Carta a una compatriota en 1973. Volver a “la Juana” es recordar que la «ventana al mundo» les pertenece por derecho a nuestras abuelas, madres, hermanas, amigas y compañeras… Y que, por más que intenten cerrarla, ya aprendieron no solo a “mirar” a través de ella, sino también a reclamar y exigir el cielo entero.

*Por Lucas Leal para La tinta / Imagen de portada: Sara Facio.

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Palabras claves: María Elena Walsh, trabajadoras domésticas

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