Tercera entrega: María Moreno

Tercera entrega: María Moreno
12 agosto, 2024 por Vir del Mar

Buenos Aires, lunes 12 de agosto de 2024

Hola, ¿cómo estás? Espero que, dentro de lo posible, todo esté bien.

Te quiero pedir disculpas por la ausencia el mes pasado, no pude escribirte. Resulta que echaron a amigas y compañeras de mi trabajo, y hubo (sigue habiendo) cien por ciento lucha (sindical). Estuve bastante triste por eso, el contexto que nos toca vivir es desalentador. Pero aquí estamos, también con algunas cosas buenas para compartir. La carta que empecé a escribir el mes pasado y nunca mandé, estaba situada desde Córdoba, lugar en el que viví toda mi vida y al que fui, con mucha extrañeza. Digo extrañeza porque, ¿cómo se vuelve de vacaciones a la tierra de una, no? Pero fue algo así, ver amigas, familia, recorrer los lugares que me hicieron la que soy, atravesar la nostalgia.

Una compañera de viaje fue María Moreno, con su libro Contramarcha (curiosa coincidencia de la marcha: volví a Córdoba a un año exacto de haberme mudado a otra ciudad). ¿La conocés a ella? Es una de las grandes cronistas de la Argentina. Tiene sus buenos setenta y siete años, y varios libros brillantes en su haber. Este libro es parte de la colección Lector&s de Editorial Ampersand, una sección dedicada a ensayos que se cruzan con la autofiguración para retratar el vínculo pasional por la lectura. Algo que, como verán, me encanta: es la segunda carta en la que voy a rondar este tema. Spoiler alert: el mes que viene charlaremos sobre amor. Pero vuelvo a María Moreno, que dice:

Mi madre me enseñaba a leer, antes de que yo fuera a la escuela, trazando letras con un palo sobre la tierra de piedritas rojas del Jardín Botánico. Yo podía recitar sin mirar: «mamá», «nena» (su pedagogía era narcisista). Pronto leer significó jugar; leer en los carteles de las vidrieras de los negocios de atrás para adelante y del lado de adentro. Aún juego cuando, para distraerme, leo literalmente: por ejemplo, en los carteles «Hospital privado de ojos» o «Silencio hospital», el sentido de un hospital al que se le han sacado los ojos y otro al que se le pide silencio. A veces, como a tantos, leer jugando me ha consolado de la tragedia. Cuando mi padre se estaba muriendo, yo miraba desde la sala de espera, con cierta preocupación, cómo mi madre, ya muy mayor, espiaba por el vidrio del lugar en que mi padre agonizaba. Su cara era curiosa, un poco pícara, como si aún no hubiera calculado la perspectiva del duelo. Tenía el mentón entre las manos y una pierna cruzada sobre la otra. El efecto era cómico porque en la ventana de la sala se leía «Sala de observación de hombres». Una viuda inminente se transformaba en una anciana voyeur.

Habla, después, de lo que Silvia Molloy llama “escenas de lectura”, esas en las que lxs niñxs fingen leer en voz alta un cuento que conocen de memoria. Y en eso me quedé pensando, justo cuando volví a la casa en la que viví toda mi infancia y adolescencia, entre los manuales de lectura, las enciclopedias y los libros pequeños de la colección de la revista Anteojito. Esas son las primeras cosas que me hicieron leer, como obligación y como logro. Mi mamá tuvo una infancia y una adolescencia muy pobres, y como ella dice, su única riqueza era su educación; relata con orgullo cuánto se esforzaba por estudiar y salir adelante en un contexto de dificultad extrema.

María Moreno retoma en su libro en varias ocasiones la idea del fingimiento en la lectura, “yo solía posar de lectora”, me recordó con algo de vergüenza la cantidad de veces que hice lo mismo. ¿Será que todxs lo hacemos? En la niñez y en la adolescencia, ser una niña con libros definía mi personalidad: obediente con el legado materno e inteligente, culta. A veces, a mis treinta y dos años, finjo en conversaciones que leí algún libro del que se está hablando, o más bien, asiento y omito la falta, como ese amor de Bonsái, de Zambra, donde los dos novios fingían haber leído a Proust.

Sigue hablando María Moreno sobre su madre, primera universitaria de una familia proletaria:

Ella me hizo, a lo largo de toda la primaria y de los primeros dos años de secundaria, el resumen de cada materia. Es decir, por un lado soñaba con que leyera —esa era su manera de interpretar el ascenso de clase, el hábito de la lectura con tema libre, indicio de sensibilidad—, pero pronto los únicos libros valiosos para ella serían los del programa de una carrera que jamás podría ser humanista; la ciencia constituía el único saber, la literatura, una forma de oscurantismo. Con el tiempo comprobé que simplemente copiaba, es decir no me dejaba tocar los libros, como si una especie de discapacidad mía me impidiera entenderlos; para leer, debía pasar por el peaje de su letra titánica. Yo era la mejor alumna, sin embargo, mi madre me hacía asistir a clases con maestra particular. Ojalá se entienda: no era la mejor alumna porque tenía maestra particular, sino que no la necesitaba. Nunca segura de lo que había superado de su destino, al reforzar a través de mí como proyecto una segunda generación de universitarios, pagaba por asegurarse ese logro. Elogiaba mi inteligencia, pero impidiendo que se manifestara mediante el imperativo de saber de memoria: no confiar en lo que ella misma hacía permanecer en la oscuridad —los libros por placer— tenía su lógica. 

El legado de mi mamá es, también en sus palabras, que sus tres hijas hayamos ido a la universidad, un espacio que a ella se le negó, y que sueña como una herramienta de independencia en el mundo. Por suerte, no nos negó la lectura por placer, la incentivó segura de estar compartiendo un tesoro. Gracias a eso, hoy sigo siendo una chica de libros. ¿Nos leemos la próxima? Un abrazo grande, 

Vir del Mar.

PD: Me sumé al programa de la Susy Shock y el Valen Bonetto, que se llama Brotecitos, y hago una columna de libros en los que leo fragmentos en voz alta. Los martes de 18 a 20 h por el streaming (¿o se dice stream?) de Fufú Radio.

Imagen de portada: Romina Santarelli / Ministerio de Cultura de la Nación (Argentina).

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