Pueblo chico, infierno grande: «El verano en que Hikaru murió»

Pueblo chico, infierno grande: «El verano en que Hikaru murió»
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18 diciembre, 2025 por Sasha Hilas

En un verano abrasador del Japón rural, tiene lugar una historia extraña y ominosa, aunque marcada por un rasgo inquietantemente común: ser gay en un pueblo pequeño y vivir la propia queeridad como un secreto que no debe ser revelado.

El verano en que Hikaru murió (光が死んだ夏 / Hikaru ga Shinda Natsu) es un anime que se estrenó en julio de este año —producido por Netflix, plataforma que supo subirse al boom del género— y cuenta la historia del joven Yoshiki Tsujinaka y su amigo Hikaru Indo. Desde el primer momento, se trata de un relato de terror, construido sobre una premisa bien conocida del género: tu amigo muere y regresa de la muerte, pero ya no es exactamente el mismo que antes.

La extrañeza dentro de lo familiar tiene el poder de aterrar porque introduce lo desconocido allí donde uno se sentía a salvo: en lo conocido, en lo cotidiano, en quienes quiere. La premisa “regresó, pero ya no es quien era” no necesita fantasmas, alienígenas ni criaturas monstruosas para funcionar. La vivimos a diario: un amigo que nos desconoce, un amor que deja de querernos.

El verano en que Hikaru murió trabaja con esta idea en dos direcciones. Por un lado, está Hikaru, que regresa de las montañas tras haberse perdido, pero ya no es el ser humano que era, sino una entidad que ha tomado su cuerpo y sus recuerdos. Por otro lado, está Yoshiki, que esconde su orientación sexual como si se tratara de su propio pasaporte hacia la monstruosidad. En efecto, para un pueblo conservador y homofóbico, Yoshiki encarna lo extraño dentro de lo familiar.

En los primeros minutos de la serie, Yoshiki descubre la verdadera identidad de Hikaru y le promete no exponerlo. Aunque Hikaru quiere aprender a ser humano —a reconocer emociones, a encontrar valor en la vida—, Yoshiki le dice que no tiene por qué ser normal: que puede ser el monstruo que es. Sin embargo, Hikaru no es el único que queda al descubierto. Con el correr de los episodios, es él quien termina desenmascarando a Yoshiki: “Te gustaba Hikaru, ¿verdad?”.

Mokumokuren, mangaka de la obra, enfatizó que la historia no es de romance, sino que se centra en el miedo a no ser normal y, en consecuencia, a no pertenecer. Sin embargo, también comenta que el hecho de no introducir sentimientos románticos en la trama puede colaborar, justamente, con volverla queer.

Desde siempre, el anime como género se caracterizó por contar historias donde sus personajes traicionan la ejemplariedad en más de un sentido. Sin llegar a representar posiciones que discutan abiertamente las normas dominantes, personajes como Yoshiki hacen trampa a la hegemonía heteronormativa. Se trata de desplazamientos sutiles que quiebran la complicidad con la norma heterosexual y abren el terreno del deseo y la experimentación hacia otros territorios.

Otras emociones mueven la historia y empujan al tranquilo pueblo donde viven hacia el peligro. El deseo de ambos de no separarse comienza a atraer a otras criaturas que descienden de la montaña. Así, la trama se articula en torno a dos núcleos: por un lado, la relación entre Yoshiki y Hikaru; por otro, el secreto que oculta el pueblo.

Las imágenes de la serie —como las del manga— habitan una frontera indeterminada entre el terror y el asco: suciedad, fantasmas de cabellos largos, rostros inmóviles que oscilan entre la sonrisa budista y el espanto, movimientos veloces y fragmentados, texturas viscosas, tentaculares. Esa misma dimensión visual encuentra su eco en el sonido: gritos y espasmos, ruidos que remiten a cavidades húmedas, carne cruda y superficies resbaladizas pueblan los episodios.

Yoshiki siente asco y miedo, pero también atracción. Aunque no puede afirmarse que se trate de una atracción propiamente sexual, lo cierto es que su deseo se orienta cada vez con más determinación hacia Hikaru. ¿Qué lo impulsa? ¿El miedo a la soledad, al duelo? ¿Se aferra a este nuevo Hikaru para negar la pérdida? ¿O reconoce lo monstruoso tanto en él como en sí mismo? ¿Se siente, acaso, emparentado?

No hay respuestas definitivas para estas preguntas. Lo único que podemos afirmar es una orientación mutua entre Hikaru y Yoshiki. Si Hikaru gusta de Yoshiki sin saber exactamente qué significa eso, Yoshiki siente el llamado de lo monstruoso como un lugar reservado para su tranquilidad. Allí puede pertenecer y sentirse, extrañamente, como en casa.

En los primeros cuatro episodios de la serie, tenemos todo el arco afectivo de ellos. En una escena tan espantosa como erótica, Hikaru accede a mostrarle su interior a Yoshiki. Una apertura a la altura del abdomen aparece y Yoshiki mete la mano. Algo inesperado sucede tanto para los espectadores como para los protagonistas: hay placer en lo que están haciendo. Si a Yoshiki lo mueve la curiosidad, a Hikaru lo mueve ganarse la confianza y el cariño de Yoshiki. Tal como le confesó, está loco por él.

Hay otras escenas donde Hikaru pierde el control, por celos y por miedo al rechazo, y desea consumir a Yoshiki. Sin embargo, lo frena la conciencia que empieza a aparecer en él del bien y el mal, y aunque sus sentimientos no son humanos, Hikaru sí siente cariño. Cada vez que mete la pata, se aísla y solamente regresa cuando Yoshiki va a buscarlo. Ante la visión de la entidad monstruosa triste y arrepentida, Yoshiki decide “enseñarle a vivir”.

La entidad sabe que no puede reemplazar al verdadero Hikaru, pero aún así quiere quedarse con Yoshiki. A su vez, Yoshiki siente alivio en esa insistencia. El deseo y el cariño de este Hikaru le devuelven la imagen de sus propios sentimientos, pasados por el filtro de la aceptación. Así, su amor por el antiguo Hikaru no es ni asqueroso ni despreciable.


Hay un poema hermoso y potente de Claudia Masin, llamado «La luz de la luna», que empieza con un verso que seguro Yoshiki entendería muy bien: “Hay quienes no formamos parte de la especie / más que como el error, la anomalía que confirma la precisión / y el equilibrio de las cosas”. Y sin embargo, Yoshiki y el falso Hikaru llegan a experimentar la esperanzadora línea final del mismo poema: “Me quedé / sin embargo en ese abrazo y fui curado / de las enfermedades de los otros, de lo que hicieron conmigo / para salvarse. No hizo falta que nadie más me tocara. Un cuerpo / sostenido por otro cuerpo se vuelve una casa».


*Por Sasha Hilas para La tinta / Imagen de portada: El verano en que Hikaru murió.

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Palabras claves: animé, Queer, Terror

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