Todas las cosas por las que éramos raros, hoy, están de moda
Durante años, mirar anime podía ser una forma bastante eficaz de convertirse en el rarito del curso. Hoy, aquellas series que circulaban entre unos pocos forman parte de la cultura popular, las redes y la moda.
Durante buena parte de mi infancia, decir que miraba anime era una información que convenía administrar. Aunque no fuera necesariamente un secreto vergonzoso, aprendí rápidamente que había gustos que era mejor dosificar. Dependía de quién preguntara, del curso en el que estaba y de cuánto quisiera explicar por qué me gustaba lo que me gustaba. Y si bien hablar de Dragon Ball no era un problema, reconocer que miraba series que nadie más conocía, que buscaba capítulos en internet o que sabía algunas palabras en japonés por mirar series podía hacerme pasar momentos incómodos, así que aprendí que interesarse demasiado por ciertas cosas también podía convertirme en alguien demasiado raro.
Por eso, resulta extraño mirar el paisaje cultural de hoy y descubrir que muchas de las cosas por las que nos hicieron sentir fuera de lugar alguna vez, hoy, se convirtieron en tendencia. El anime está en las plataformas, en vidrieras, en la ropa y en las redes sociales. Sus personajes aparecen en memes y las escenas de las series más conocidas circulan incluso entre personas que quizá nunca han visto anime ni, mucho menos, se han identificado con su cultura. En un escenario cultural donde el anime se ha vuelto tan popular, aparece la pregunta por lo que ocurrió para que aquello que podía marcarte como un raro terminara convirtiéndose en algo deseable.
En realidad, sería injusto decir que el anime fue siempre una cultura marginal por estas latitudes. Para quienes crecimos en Argentina y en otras zonas de América Latina, sus imágenes formaban parte del paisaje cotidiano mucho antes de que existiera la palabra mainstream para describirlas. Dragon Ball, Pokémon, Los Caballeros del Zodíaco, Sailor Moon y Naruto pasaban por televisión y reunían a públicos amplios.

La cuestión comenzaba cuando uno cruzaba una frontera casi imperceptible. Aunque mirar anime podía ser cotidiano, interesarse demasiado no lo era tanto. Buscar series que no aparecían en televisión, leer manga, conocer los nombres de sus autores o estudios de animación, disfrutar de la música de los openings y endings eran formas de convertir un consumo popular en algo más cercano. Quizá sea esa una de las claves para entender por qué hoy el cambio parece tan grande visto en retrospectiva.
No es que de pronto el mundo haya empezado a mirar animación japonesa, ya que muchas de esas series ya formaban parte de una experiencia generacional compartida. Lo que cambió fue el lugar cultural de quienes hacían de ese gusto algo más que un entretenimiento ocasional. Durante mucho tiempo, ser fan del anime podía significar ocupar una posición relativamente excéntrica, mientras que, en la actualidad, ese fanatismo se volvió mucho más visible e, incluso, deseable. El anime era popular, pero ser otaku no siempre lo era. Es esa distancia la que se achicó en los últimos diez años.
Parte de las razones está, por supuesto, en internet. Durante mucho tiempo, encontrar una serie implicaba buscarla exhaustivamente en los recovecos de páginas piratas y enlaces en foros. Hoy, entre plataformas de streaming y redes sociales, las series se nos imponen: una escena, una canción o un personaje aparece en nuestro algoritmo y nos encuentra antes de que sepamos siquiera de dónde viene. El anime dejó de circular únicamente por los caminos que recorrían sus propios fanáticos y pasó a mezclarse con el flujo cotidiano de imágenes de internet. Y también cambió la forma en que ser fan se volvió visible. Hoy, el fandom forma parte de la superficie de las mismas redes: está en los memes, los fanarts, los edits, los cosplay y las discusiones que aparecen todos los días entre publicaciones sobre series. Quizá por eso, la transformación de la cultura fan parece todavía más radical de lo que indican las cifras de audiencia.

Actualmente, hay más personas mostrando al anime como parte de sus gustos más definitorios y de su identidad, convirtiendo ese contenido específico en una parte pública de sí mismos. Y cuando algo deja de ser un entusiasmo privado o compartido entre unos pocos para volverse visible a nivel masivo, también empieza a cambiar su lugar dentro de la cultura. El asunto es que cuando una cultura se vuelve masiva, también puede cambiar de manos. Sus imágenes empiezan a circular por lugares que sus autores o primeros públicos difícilmente habrían imaginado, y sus personajes pueden convertirse en símbolos de cosas muy distintas a las que narran sus obras.
En Argentina, quizá el ejemplo más extraño haya sido Chainsaw Man. La motosierra de Javier Milei y su promesa de cortar con la “casta” produjeron asociaciones inmediatas con Pochita y Denji, hasta el punto de que, durante la campaña de 2023, la iconografía de la serie fue apropiada por sectores libertarios: aparecieron disfraces, memes y hasta figuras vinculadas a Milei jugando con esa identificación. La paradoja es que Denji está lejos del héroe individualista que podría sugerir esa apropiación. Es, antes que nada, un adolescente empobrecido, endeudado y explotado, alguien que vende partes de sí mismo para sobrevivir y cuyos deseos más elementales parecen lujos inalcanzables. Solo la cooperación y el sacrificio por los demás abren para Denji otra vida. Que una obra atravesada por la precariedad pueda convertirse, al mismo tiempo, en una imagen útil para un discurso político que hace de la motosierra un símbolo revela algo importante: cuando una obra entra en la cultura popular, sus signos pueden emanciparse de su argumento y empezar a funcionar de maneras que ya no controla ni la historia ni su autor o autora.

Algo parecido ocurre con las comunidades que se forman alrededor de otras series, como One Piece, Frieren, Dandadan entre muchas otras. Lo que antes podía pensarse como “el público del anime”, hoy es una categoría demasiado amplia para decir casi nada. One Piece convoca a espectadores interesados en la justicia y la lucha contra el poder y por la libertad, mientras series como Frieren cobijan a personas que se interesan por la melancolía, el paso del tiempo y una forma de narrar una historia de fantasía que puede demorarse en asuntos cotidianos en lugar de pasar rápidamente por ellos para ir a las peleas. Dandadan reúne sensibilidades atravesadas por el humor absurdo, las comunidades nerds, el romance adolescente, lo paranormal y una imaginación visual permanentemente desbordada.
Que esas series puedan ocupar simultáneamente el centro de la conversación dice algo sobre el anime contemporáneo: que su popularización masiva produjo una multiplicación de públicos a gran escala. Así, el anime ya no funciona como una identidad compartida que separa a un grupo de los demás, sino que se ha convertido en un territorio cultural lo suficientemente amplio como para que convivan en él sensibilidades, estéticas y lecturas completamente diferentes.

El contraste entre los gustos de nicho de la década de 1990 y los años 2000 en contraposición a la popularidad que tienen los animes hoy como parte de diversas identidades de grupo que ya no implican la misma rareza ni marginalidad que antes podría distraernos de la continuidad que existe entre los animes de antes y los actuales. A pesar del boom de la industria y los cambios en materia de animación y argumentos, entre las muchas continuidades posibles, está reconocer cómo se sostiene cierta vocación para incorporar e incluir lo antinormativo en medio de argumentos y mundos de sentido normativos. Ya Ranma ½ podía sostener una trama atravesada por el matrimonio arreglado, la familia y los roles de género más tradicionales mientras ponía en el centro a un personaje cuyo cuerpo cambiaba de sexo y género. Los Caballeros del Zodíaco mostraban un capítulo más, en la larga historia del anime, que ponía en escena a varones delicados y femeninos a resolver las cosas a los golpes, sin ahorrarse insinuaciones homoeróticas ni guiños queer. Series como Sailor Moon que mostraban adolescentes bajo el radar de lo femenino tradicional y los estereotipos de belleza nos dio una pareja de lesbianas, y Sakura Card Captor puso en escena la bisexualidad. Inuyasha hacía que sus personajes se sintieran atraídos por aquello que excede las categorías estables de lo humano.
Aunque ninguna de las obras de antaño se propuso incorporar discusiones en materia de género y sexualidad en sus historias, sí contienen pequeñas interrupciones de la normalidad que podían resultar fascinantes, precisamente, porque no terminaban de encajar en ella.

Eso que aparecía como una grieta en el pasado empieza cada vez más a convertirse en un rasgo marcado en el anime contemporáneo. Dandadan incorpora lo extraño a través de aliens, demonios y fantasmas, al tiempo que propone formas alternativas de resolver conflictos, como la reparación en lugar del castigo y la mirada punitiva. One Piece contiene explícitamente personajes que desarman las fronteras entre género, cuerpo e identidad, y El verano en que Hikaru murió lleva la relación entre lo queer y lo monstruoso a un lugar especialmente incómodo, al poner en escena que aquello que aparece como amenaza no humana también es lo que permite que un deseo y una identidad que no encontraba lugar bajo la norma puedan empezar a ser reconocidos. La actualidad del anime toma la posta de las series de hace treinta años para seguir preguntando qué ocurre cuando una grieta, una fisura y una forma de vida marginal dejan de ser solamente una excepción dentro de la norma y empiezan a convertirse en maneras posibles de imaginar la amistad, el deseo, la familia elegida, el amor y la comunidad.

Si ser fan del anime significó, alguna vez, ser señalado como alguien extraño y ser apartado de los demás, hoy, la popularización de un mundo cultural que nos ha cobijado tanto en la infancia debería ser motivo para volver a mirar a lxs niñxs que fuimos. Quizá por eso la popularización del anime no debería llevarnos solamente a preguntarnos qué perdió aquella cultura cuando dejó de ser marginal. También puede ser una oportunidad para volver a recordar qué hicimos con esa rareza, gracias a la cual encontramos a otrxs.
Hoy, el anime ha dejado de ser una contraseña para unos pocos. Encuentro que la potencia verdadera del anime fue cobijarnos y que esa cultura sigue cobijando a otrxs, y eso puede dar lugar a un encuentro entre generaciones a partir de algo que nos gusta. En El arte queer del fracaso Jack Halberstam, escribe que el fracaso ama la compañía. Ser raro puede significar encontrar a otros raros como nosotros, para construir un espacio donde no se necesita parecerse a aquello que la norma establece como lo correcto, lo exitoso y lo deseable.
Las cosas por las que nos marginaban, hoy, están de moda. En esa clave, lo verdaderamente importante es que podamos seguir haciendo lo mismo que hicimos de chicxs: encontrar a otrxs, hacer comunidad y reivindicar un poco de esa rareza que alguna vez nos dijeron que teníamos que abandonar.
*Por Sasha Hilas para La tinta / Imagen de portada: Los Caballeros del Zodíaco.
