De Córdoba a São Paulo: notas sobre la campaña presidencial desde el interior de Brasil
Por M Esteve para La tinta
Llegamos corriendo de una derecha que parece cada vez más grande o, en realidad, como el micelio, siempre tendió redes subterráneas y solo ahora se me hacen evidentes. En este relato, traigo un poco de reflexión y un poco de descripción del proceso de sentir que La Política (con mayúscula, la que habla de división de poderes, de Estado, de parlamentos, etcétera) es un juego de equilibrios entre expresiones situadas y recetas adaptadas por los conservadurismos asentados en la región.
Toda comparación es odiosa, pero también todxs vivimos lo que nos rodea desde algún tipo de referencia conocida, por lo cual la comparación es odiosa y, además, inevitable. Dice la antropóloga Mariza Peirano: “Todo lo que nos sorprende, lo que nos intriga, todo lo que nos causa extrañamiento nos lleva a reflexionar y a conectarnos de manera inmediata con otras situaciones semejantes (o incluso opuestas) que conocemos o vivimos, y nos advierte sobre el hecho de que muchas veces la vida repite la teoría”.
Esto que escribo son unas primeras notas sobre cómo es vivir las elecciones en Brasil, como migrante recién llegada y desde el interior del interior. En 2023, cuando Milei ganó la segunda vuelta, yo estaba en la plaza de mi pueblo perdido en las sierras cordobesas, en una provincia donde 8 de cada 10 personas lo votaron. La sensación de estar cruzándote con un votante de una derecha, hasta el momento, desconocida y desquiciada fue calmándose con el tiempo, luego del shock inicial. Después, llegaron los análisis, el “se viene” y el “no pasa nada”, la relativización de los fascismos, la autocrítica.

Nos fuimos dos años después de que asumiera la presidencia, llegamos a ver las primeras setas brotando: cómo desfinanció todo, cómo legitimó prácticas y discursos de odio, y cómo fuimos entrando en un continuum en que nada parece sorprender aunque siempre se puede estar peor. Esos sentimientos ya estaban allí, como el micelio, solo los ignorábamos, seguramente, como parte de un mecanismo de defensa de burbujas, disociaciones y demás privilegios. Entre ese todo desfinanciado, desguazó el sistema científico del país y las universidades públicas que nos formaron y cobijaron. Y digo nos fuimos porque este relato trae algunas ideas conversadas con colegas y amigxs que también están lejos de Argentina, con quienes el intercambio, la preocupación y la saudade se enredan y comparten. Algunxs de nosotrxs llegamos a Brasil y a sus universidades con la sensación de vivir en una isla dentro de un panorama geopolítico donde la derecha avanzaba. «El paraíso lulista», decían lxs colegas cuando pensábamos en este país como una proyección de futuro. ¿Acaso no se trata un poco de construir horizontes que le peleen al capital la idea de solo una vida posible?
No se nada sobre política brasileña más allá de algún ABC mal aprendido de los programas de política internacional que escuchaba en Argentina. Las barreras idiomáticas, los pluriempleos, el cansancio del cotidiano y los afectos neoliberales de estar ensimismados hacen difícil mantener otros contactos con esa realidad que no sea por el complejo, enredado y siempre mal intencionado vehículo de las redes sociales. Partiendo de este desconocimiento, estas palabras describen una experiencia como la de Malinowski llegando en balsa a la isla trobriandesa: sin hablar la lengua y sin anticuerpos para el sol que pega. ¿Cómo se ven desde mis ojos de mujer-blanca-feminista-universitaria unas elecciones como estas? ¿Por qué lo que tengo para decir podría ser interesante? Una respuesta parcial: no lo es. Lo único interesante es qué puedo recolectar de aquello que sucede a mi alrededor, acotando y ubicando siempre esa localización política que es la propia subjetividad como lugar de enunciación, preguntando y ampliándolo en lo que se pueda.
São Paulo es el estado más rico de Brasil. Su Producto Interno Bruto supera los 3,4 billones de reales, lo que representa más del 30% de toda la economía del país. Es fabril, de rutas grandes y recién asfaltadas, tiene mata atlántica y cerrado, turismo y universidades estaduales. Su capital es una de las ciudades más grandes y cosmopolitas del Brasil, con rolés y moradores de rua en cada esquina. Lxs paulistanxs se visten bonito, elegante, chique. Siempre hay algo para hacer, algo para bailar, una muestra, un teatro, un café de especialidad para conocer.



Rio Claro, la ciudad donde vivo hace unos meses, tiene una plantación de eucaliptos que es considerada la cuna de este árbol en un país que es el mayor productor de su madera a nivel mundial. Desde 1909, esos árboles están ahí, rodeándola. Y es la ciudad que, en las últimas elecciones, tuvo la mayor cantidad de votantes de Bolsonaro. Esa similitud con Córdoba y su placer por votar candidatos de derecha con culos invictos me hace sentir más cerca de casa. Recordemos que, en 2024, Javier Milei recibió de manos de Jair Bolsonaro la medalla “de las tres I”: para coronarlo miembro de su club, había que ser imorrível, imbrochável e incomible.
Un amigo migrante se acerca a un puesto del Partido dos Trabalhadores (PT) y pregunta si puede conseguir una gorrita del partido, le recomiendan que, si la compra, no la use en las calles de esta ciudad o que, al menos, tenga cuidado. Hay otras colegas que están también con becas de intercambio en el norte del país y ellas creen que la victoria de Lula es inminente. Una amiga comparte en redes que estuvo en su acto en Florianópolis; cuando le pregunto cómo se sintió, responde: «Increíble. Habló de todos los temas importantes, cantó, se emocionó, hizo muchos chistes que no entendí». Pienso en la experiencia diferenciada de haber llegado a distintos lugares de este país continental y también pienso que la experiencia migrante se resume un poco en un chiste que nunca terminamos de entender. El extrañamiento puede darse con lo cotidiano, pero, sin dudas, es más pronunciado con eso que percibimos lejano. El humor es una lengua dentro de una lengua, en este caso, una mamushka de lenguas extranjeras.
En el estado de São Paulo, se respira otra cosa. En las esquinas verdes de la ciudad, hay banderas que ondean con el viento donde aparecen las caras de hombres y mujeres sonrientes. En su mayoría, no pasan los 50 años (o eso parece) y les acompañan números de colores con la lista de la que son parte. No importa si llueve dos semanas seguidas, las banderas siguen ahí. En toda la ciudad, solo encontré uno con la cara de Lula y está frente a la universidad, ¿qué nos dice la materialidad de la campaña sobre la política de un lugar? ¿Qué dice una campaña sobre el adentro-y-afuera de la universidad?

Las elecciones se viven en la calle: las banderas en las plazas, la gente repartiendo volantes y algunos autos con las caras del candidatx elegidx. Es común ver autos ploteados con esas caras gigantes, autos de personas comunes que, en sus trayectos por la ciudad, lucen orgullosxs su futura elección. Es decir, existe una expresión pública del voto que se emite individualmente. Las elecciones se viven en la TV: en la Policía Federal de una ciudad cercana ―la única de la zona―, mientras tramitaba mi residencia, se veían de fondo los spots de campaña. Todxs estamos ahí haciendo los mismos trámites, con los mismos sobres llenos de papeles y ningunx mira la TV, tampoco la escuchamos porque está silenciada, las imágenes pasan una detrás de otra. Volviendo a Mariza Peirano, algo que me sorprendió y algo que me resultó conocido, la falta de atención y de sorpresa.
Pregunto a unxs amigxs brasilerxs dónde votan y la mayoría lo hacen en sus ciudades de origen, que no es esta. Recorren el camino para votar esperando que eso que les contamos que está pasando en Argentina no llegue con la misma intensidad a su país. Milei “es un payaso (palhaço)”, dice uno en un portugués entendible y sentido. No es un chiste que no llegamos a entender, pero la sensación es un poco la misma, hay formas de vivir y afectarse de la propuesta de estas “nuevas” derechas (no vamos a entrar en la distinción fina o el debate sobre los modos de nombrar a este movimiento que es un micelio) que son situadas. Lo que pase acá va a ser diferente a lo que pasó allá, no solo por la impronta brasileña del fenómeno, sino también por no sentirse de-acá, por no entender del todo ese (mal) chiste que es Bolsonaro. Ahora la pregunta un poco es cómo eso nos afecta, entre el extrañamiento y la sensación de haber vivido esto antes. O, como dijo Gabriel Giorgi en una de las notas publicadas en el libro Notas para una política de la escucha en 2025, se trata de pensar un poco sobre la relación entre ambos países con lo viejo y lo nuevo de estos modelos y propuestas de futuro; “Javier Delay” lo llamaban en 2023 al Milei recién asumido. La sensación es de conexiones parciales: lo que ya vivieron brasileñxs, lo que estamos viviendo argentinxs, el machete y la motosierra agitándose en el aire.



¿Qué piensan mis amigxs brasilerxs?
Dice la historiadora Sandra Fernández que la amistad “se define desde el género, el parentesco, el ciclo de vida, la estratificación social; anuda motivaciones e ideologías, normas y transgresiones”. Cuando recién llegué, algunas de las personas que me rodeaban en la universidad procuraban no hablar de política o no mencionar nada sobre Argentina hasta que, de a poco, se construyó una confianza que habilita la queja, una queja que abre una puerta a la construcción de sensibilidades comunes. “Milei es un payaso, Bolsonaro y Trump también”, fue la frase que habilitó la cercanía. Es decir, algunos de los vínculos con quienes me rodean arrancan con esa transgresión de encontrarse en un lugar donde la gorra del PT no se puede usar abiertamente, pero su posible uso construye una complicidad. La autora también dice que la amistad es plástica y se adapta a “los cánones sensibles de nuestra vida cotidiana”. Por lo cual retomar las palabras de lxs brasilerxs que me rodean es retomar una sensibilidad que interpela desde lo conocido, que compartimos ―al menos, parcialmente― con los vínculos que se generen en-la-migración.


En medio de un festival que reúne músicas y comidas nordestinas, conversé con unxs amigxs que llegaron hace algunos años a Rio Claro para estudiar en la universidad y luego se quedaron. Ellxs también son del interior de São Paulo, pero de zonas muy distintas; entre el campo y el mar, hay una diversidad enorme, incluso en este estado rico y populoso. Me hablan de algunas de las políticas del primer gobierno de Lula y les brillan los ojos: “Luz para todos, hambre cero”, las manos se agitan en el aire a medida que aquello que se defiende es nombrado y aparece entre nosotrxs. Uno de ellxs comenta que él intenta no decir que vota a Lula, pero que se le nota. Reímos con el forró de fondo, parece que la conversación se hace más ligera así. Sus amigxs de la infancia y adolescencia votan otrxs candidatxs y eso le rompe un poco el corazón. Otro punto de comparación: pienso en 2023 en Argentina y las conversaciones sobre la influencia de las elecciones en los grupos sociales. ¿Qué tan plástico puede ser el afecto que nos une a otrxs como para tensionarse, pero no romperse frente a estas elecciones? La sensación aquí es que las alternativas de derecha son muchas ―todas esas caras en las banderas de distintas esquinas de Rio Claro―, pero, del otro lado, solo están lxs candidatxs que empiecen con 13 (el número de la lista del PT). Porque si bien muchxs tienen críticas a las gestiones lulistas, también se sienten parte de una trinchera común frente a esa derecha que se multiplica.

A medida que se acerca la fecha de las elecciones, las banderas, los volantes y las disputas en la web 2.0 son cada vez más: abro Twitter y me moja una catarata de memes. Por un lado, están los escritos en castellano, desde otras latitudes, que hablan sobre deseos de ser brasilero para poder votar o plantean una utopía en la que Lula es el presidente de América Latina. Por el otro, además de los chistes en portugués ―en el nicho de esta red social, se sabe que lxs brasilerxs son lxs mejores a la hora de hacer reír con los lenguajes de internet―, hay un sinfín de fotos de campañas actuales y anteriores. Circulan videos de artistas reconocidxs con el “Bora Lula” intercalados con imágenes generadas con IA de vírgenes y santos enfrentadxs con demonios bolsonaristas y tweets que citan icónicos momentos de la trayectoria de Lula, levantado en brazos de sus compañeros o rodeado de gente en algún acto pintado de rojo, la mano de cuatro dedos y la cuarta reelección posible. Referencias a su figura y su aura, la presencia que hizo emocionar a mi amiga en Florianópolis: ¿será que es necesaria cierta romantización para llegar en pie al 4 de octubre?
El domingo previo a las elecciones, caminando en frente a una iglesia católica, encuentro a un hombre dejando volantes en los autos, intercambiamos miradas y dice algo que no entiendo bien, pero hace que me acerque a él y, estirando su brazo, entrega un pequeño volante con el número 13 diciendo: “Lula é o presidente do povo e dos estudantes”. Son dos papeles blancos con letras negras, uno está encabezado por la frase: “Vote por um Brasil socialmente mais justo, democrático e soberano”, y enumera una a una algunas políticas, programas de salud, universidades federales inauguradas, mezclando declaraciones de principios como la libertad religiosa con la negación de fake news como que cambiaron los colores de la bandera. La derecha, como el micelio, tiene algunas fórmulas de conexiones parciales entre países donde se acusa al adversario de censurar la vida de las personas, jugar con los símbolos patrios, cagarse en las buenas costumbres. El volante de Lula, además, parecía la famosa campaña del miedo.
En el festival nordestino, también charlamos sobre feminismo, sobre utopías posibles e imposibles, sobre algo que pueda acontecer el 4 de octubre. “Me da esperanza”, comenta una amiga para cerrar una anécdota de Ubatuba, su ciudad natal, donde echaron de un barrio a quienes hacían campaña bolsonarista. Por un rato, me quedo con esa idea, con que hay micelios que también crecen de este lado.
*Por M Esteve para La tinta.
