Soberanía fracturada (parte I)

Soberanía fracturada (parte I)
1 octubre, 2026 por Redacción La tinta

En esta nota, el abogado y doctor en Ciencias Políticas, Sergio Job, recupera un trabajo académico escrito para la serie “Vivir Juntos”, de la Editorial de la Universidad Provincial de Córdoba, para volver sobre una pregunta central de la historia argentina: dónde reside la soberanía y cuáles son sus alcances. A partir de una lectura teórica, política, histórica y jurídica, el autor reconstruye las transformaciones del concepto desde la tradición europea hasta el proceso independentista nuestroamericano, donde soberanía nacional y soberanía popular aparecen estrechamente vinculadas. El recorrido desemboca en una pregunta fundante para la Argentina: ¿en quién reside la soberanía de la comunidad política?

Por Sergio Job para La tinta

Luego de leer el fallo de la CSJN que niega legitimidad activa, para el amparo, a los veteranos de guerra de Malvinas, argumentando que la soberanía no es un bien colectivo, sino un “elemento esencial del Estado”, dejando, de ese modo, en vigencia el artículo 15 del Decreto 70/2023, que habilita la venta de tierras a extranjeros sin límite alguno, creí pertinente compartir y poner a circular nuevamente el presente artículo, ya que, en el mismo, se reflexiona sobre la soberanía como concepto teórico, político, histórico y jurídico situado en nuestra historia, y creo sirve para discutir el argumento central del fallo: dónde reside y cuáles son los alcances de la soberanía.


En lo personal, tal como argumentara Castelli en el Cabildo de Buenos Aires en mayo de 1810, creo que, en última instancia, la soberanía reside en el pueblo, el que ya se expresó de manera contundente sobre el fondo de este fallo en las calles y ejerció tal presión al Poder Legislativo que hizo caer la Ley de extranjerización de la tierra. Es necesario recuperar el estado de alerta y movilización para hacer fracasar este nuevo intento entreguista a la aristocracia global. La tierra, la soberanía nacional y la soberanía popular se defienden. Ni un paso atrás.


Desde el punto de vista teórico, podemos afirmar que la idea de soberanía es un concepto esencialmente controvertido (Gallie). Podemos decir también que la excepcionalidad de la historia y la cultura nuestramericana modifica, tensiona, transforma hasta el más incontrovertible de los conceptos occidentales. Histórica-etimológicamente, la noción de soberanía no era un problema como tal, sino hasta la Paz de Westfalia (1648), donde la misma sirve de principio ordenador del vínculo entre las naciones europeas (al menos, entre sus elites), poniendo límites de hasta dónde podía irradiar y ejercer poder cada soberano; lo que permite estabilizar relativamente fronteras entre los diversos poderes en pugna: afirma el poder del rey dentro de su territorio frente a la dispersión de poderes previo (de la Iglesia o diversos señores feudales), y señala dónde comienza el poder absoluto de otro soberano. En aquel entonces, existía una identidad absoluta entre Estado y soberano. Es el momento de los Estados absolutistas.

Siglo y medio después, esa noción entra en crisis junto al mundo que la había alumbrado. La emergencia de la noción moderna de soberanía nacional se la podemos atribuir a Sieyés (1994), quien, en un camino diametralmente opuesto al de su nacimiento, echa mano al concepto para fundamentar la limitación de la soberanía monárquica y trasladarlo a una “entidad abstracta y permanente” como es la nación, la que es “anterior y superior a todo poder constituido”. Sin embargo, esta misma fórmula también ponía coto a otro poder que venía reclamando participación en la repartija: el pueblo. Tan es así que, unos años antes, Rousseau, en El contrato social, había delineado la noción de soberanía popular: poder que no recae sobre una entidad abstracta, sino sobre un conjunto de individuos concretos, que mutan históricamente y que, por ende, no pueden sino expresarse de modo directo (democracia directa); entendiendo que la soberanía era inalienable e indivisible. Por el contrario, la soberanía nacional de Sieyés es originaria y, si bien no emana de Dios ni de antiguos monarcas, tampoco lo hace del pueblo.

Imagen: La tinta.

Va a ser el proceso independentista nuestroamericano el escenario que vinculará, anudará y transformará la noción de soberanía para siempre. No podía ser de otro modo, en vistas de que “la emancipación de la América meridional es el fenómeno político más considerable del siglo XIX […] por la amplitud de sus movimientos y sus largas proyecciones en el espacio y el tiempo, constituye, sin duda, uno de los más fundamentales cambios que en la condición del género humano se haya operado jamás”, según Mitre.

Fue en ese contexto que se echa mano a una idea desarrollada por el jesuita Francisco Suárez y, con alguna innovación (se le quita peso al origen divino del poder y se argumenta a partir del origen popular de la soberanía), se aplica por primera vez la noción de retroversión del poder al pueblo ―esgrimido por Castelli en el cabildo del 22 de mayo―, el que explicita que, siendo prisionero el rey de España, la soberanía recaía en el pueblo como expresión de la nación. Aquí entonces, soberanía nacional y soberanía popular se vincularán como complementarias y no distintas y enfrentadas como había sucedido en Francia. Para los revolucionarios de mayo, no quedaban dudas de que la soberanía de la nación emanaba y residía en el pueblo. Pero no solo eso, si hasta allí el concepto moderno de soberanía nacional había funcionado como un límite al poder del rey de cada nación, ahora se le aplica ese criterio a un rey que no consideraban propio, sino parcial y lejanamente: el rey de la metrópoli. 

Es en ese proceso donde el concepto se transforma y adquiere ―potenciándose― un doble talante: democrático-popular y anticolonialista (connotación que nunca había sugerido hasta el momento). Soberanía nacional (profundamente imbricada con la soberanía popular) no delimitaba las fronteras sobre las que el poder del rey se ejercía, sino que señalaba la comunidad que, asumiendo su poder como pueblo, exigía su propio gobierno y autodeterminación. Un concepto que, del otro lado del océano y tres siglos atrás, había nacido para afianzar el poder monárquico, era ahora fundamento y bandera para la liberación anticolonial.

Eso implicaba que era sobre el pueblo americano en quien recaía la posibilidad y obligación de decidir. Como atentos lectores de Rousseau, sabían que esa soberanía no debía solamente reclamarse, sino ejercerse. Serán Belgrano y San Martín quienes insistirán en este asunto, entendiendo que renunciar a ese ejercicio implicaba que la nueva nación desapareciese como sujeto político antes de nacer. Pero pueblo también es un concepto esencialmente controvertido y cuyo significado iría a delinearse a fuerza de sangre, heroísmo, traiciones, hazañas y desánimos. ¿Qué pueblo? ¿El de Buenos Aires, el del virreinato, el de toda América hispanoparlante? ¿El del cabildo, el de la plaza, el de criollos, zambos, mestizos, mulatos, indios? En definitiva, en ese momento, se abre una disyuntiva fundante, histórica, concreta: ¿dónde residía ahora la soberanía?

*Por Sergio Job para La tinta / Imagen de portada: La tinta.

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Palabras claves: Ley de Extranjerización de Tierras, Soberanía

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