Los autos de la buena memoria
Si esto fuera un despacho de agencia de noticias, diría que Luis Alberto Spinetta diseñaba automóviles y que una mítica casa italiana de diseño automotriz habría plagiado sus ideas. Pero esta noticia rompería el molde mental, el Cristo 3D que cada uno se armó de Spinetta para sí mismo. No hay lugar en nuestro mapa cerebral de Luis Alberto —ese altar de poesía— para la grasa del motor o la industria pesada. Y, sin embargo, las piezas encajan en esta historia.
Luis no dibujaba coches como hobby, sino que creía ―con inocencia o con la certeza absoluta de los visionarios― que si esos bocetos llegaban a los ojos indicados, se podían fabricar. Un diseño dice mucho de su diseñador y sus croquis eran máquinas aerodinámicas de perfiles agresivos, una cruzada visual entre la velocidad pura de la F1 y la fantasía oscura del Batimóvil. La prueba de una cabeza que vivía al borde del futuro.


Spinetta dibujaba de todo y devoraba historietas, pero su devoción era la velocidad estática de los coches en un papel. Que un poeta de su altura haya volcado tanta fe en el trazo de una carrocería zanja una discusión vieja y snob: si el diseño automotriz es o no una disciplina artística. Pareciera que al diseño sobre ruedas se le exige el perdón por ser funcional, por llevar chasis y cigüeñal, como si la utilidad le restara poética a sus curvas. Para el Flaco, la chapa y la pintura eran escultura en movimiento. En sus manos, un prototipo no era un medio de transporte, sino una forma del arte.

La pasión por los motores lo baja a la tierra, le saca el halo de mito distante. Claudio Capace, periodista, lo entiende bien: cuenta que la avenida del barrio de Luis se transformaba por unos días en el trazado de un circuito callejero por donde pasaban rugiendo las máquinas de Juan Manuel Fangio y otros grandes. Spinetta no solo miraba pasar autos, iba por el estruendo de los escapes que le hacía vibrar las costillas y le producía una sacudida en el pecho. La mezcla de aire caliente, nafta y vértigo fue la primera versión del miedo y la fascinación que, años más tarde, volvería a sentir cada vez que pisara un escenario. Ahí, al borde del cordón de la vereda, su mente de chico empezó a moldear las líneas de lo que después dibujaría en el papel. Ese es el kilómetro cero del Spinetta diseñador.

Admirador de la marca italiana Alfa Romeo, tuvo un Fiat 600 celeste —la guarida con ruedas de Pescado Rabioso que sobrevivió hasta los días de Invisible—, un Volkswagen Escarabajo, un Toyota Celica, un Ford Fairlane y un Renault Clio. Pero su devoción verdadera era un Mercedes-Benz 280 coupé gris plata. Mientras, en el papel, sus lápices hacían despegar máquinas de ciencia ficción, en la calle, sus autos no buscaban la ostentación ni el vértigo de la velocidad pura. Lo que lo fascinaba era otra cosa: la geometría precisa del metal, la belleza de la ingeniería cuando roza la poesía. «Yo tuve algunos buenos autos y sé lo que es tener un auto hermoso. Pero, básicamente, los autos, para mí, son para mirar. Son objetos bellísimos”, decía en una entrevista con la revista Rolling Stone.

A pesar de su devoción, nunca abusó del acelerador. Al contrario, hasta sus últimos días, encabezó la campaña de seguridad vial «Conduciendo a Conciencia», una iniciativa impulsada por los padres de las víctimas del Colegio Ecos.
La leyenda, esa construcción paciente que teje el boca a boca con los hilos de la fe, dice que Luis armaba los sobres en la tranquilidad de su casa, colocaba las estampillas con la prolijidad de un artesano y enviaba sus bocetos por correo postal rumbo al norte de Italia. En los destinatarios, figuraban las grandes catedrales del diseño mundial: Pininfarina, Bertone, los talleres de Alfa Romeo. Se los imaginaba cruzando el Atlántico en la bodega de un avión, aterrizando en escritorios de Turín o Milán donde hombres de sobretodo oscuro y anteojos de marco grueso desdoblaban el papel Canson para encontrarse con la visión salvaje de un músico sudamericano.

La versión mítica no necesita firmas ni contratos: sostiene que, en algún punto entre la distracción y el plagio, creativos y ejecutivos europeos habrían tomado notas en silencio. Que ciertas líneas aerodinámicas, ciertos perfiles de morro bajo y alerones imposibles que, años después, lucieron prototipos y modelos de producción en los salones de Europa nacieron, en realidad, del pulso fogueado de Spinetta. Tal vez nunca haya un documento oficial que confirme la sospecha, un acuse de recibo o una carta de disculpas con membrete italiano. Pero tampoco hace falta.
Al final, el mito no habla de propiedad intelectual, sino de algo mucho más sutil: la certeza de que la belleza no pide permiso de origen. Spinetta no dibujaba para figurar en la industria ni para cobrar regalías por una carrocería; dibujaba porque la poesía no le cabía toda en una guitarra y necesitaba salir a rodar. En el fondo, que un diseñador italiano le haya robado o no una línea a Spinetta es un detalle menor. Lo verdaderamente milagroso es saber que, mientras el mundo creía que él solo componía canciones para salvar la ceguera del alma, el Flaco también estaba diseñando el aire en el que íbamos a viajar al futuro.

*Por Esteban Viu para La tinta / Imágenes: Bocetos de Luis Alberto Spinetta.
