Ante el crecimiento de ITS y el vaciamiento de políticas de salud sexual, ¿cómo pensar en el cuidado colectivo?
Ante el aumento de infecciones de transmisión sexual en Argentina, el vaciamiento sanitario y la desresponsabilización estatal, hay que abrir conversaciones para pensar los cuidados y quién nos está educando. En esta nota, la sexóloga Julia Libertad comparte algunas reflexiones.
Por Julia Libertad* para La tinta
Algunas cuestiones que se presentan de manera recurrente en las personas que llegan al consultorio o al sex shop Superficies de Placer: los diagnósticos de ITS, la notoria falta de ESI, la banalización tanto del uso del preservativo como del consumo temprano de sustancias comerciales para el rendimiento sexual. Además, algunas tendencias virales hacen eco en las prácticas sexuales, como “coger a pelo”, que hace referencia a no usar preservativos. Según datos de AHF Argentina, solo el 5% de los adolescentes y el 13% de los jóvenes afirman usar preservativo, lo que significa que más del 80% no se está cuidando en las relaciones sexuales. Los números respecto al aumento de ITS son alarmantes, los casos de sífilis han aumentado más de un 42%.

Esta tendencia creciente cobra un impulso alarmante al cruzarse con dos momentos políticos, discursivos y sanitarios que pueden aportar explicaciones. Por un lado, el ingreso y masificación de la PrEP, la medicación para profilaxis pre-exposición (iniciada experimentalmente en 2018 y oficializada en el Programa Médico Obligatorio en 2023) que supuso un avance enorme en la prevención del VIH, pero desencadenó un fenómeno no acompañado de compensación de riesgo. Sucede que, sin campañas masivas de prevención combinada, se extendió la falsa sensación de protección integral y derivó en la sustitución y disminución sostenida en el uso de métodos de barrera (preservativo peneano, vulvar y campos de látex), indispensables para prevenir la sífilis y otras ITS.
Por otro lado, la demonización de la educación sexual integral y el desmantelamiento presupuestario por parte del Gobierno nacional desde 2023, que tuvo sus correlatos en las provincias. El salto abrupto entre 2023 y 2025 coincide exactamente con el giro en el discurso oficial, que estigmatizó a la ESI bajo el rótulo de «adoctrinamiento» e «ideología de género», desarticulando las capacitaciones docentes nacionales desde 2024. A este repliegue discursivo, le siguió un recorte drástico (del 60% al 70%) en el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, provocando el desabastecimiento directo de reactivos de diagnóstico (penicilina y pruebas de VDRL) y de insumos de prevención gratuita en hospitales y centros de salud de todo el país. Por otro lado, organizaciones que militan por los derechos de las personas con VIH denuncian la entrega de antirretrovirales vencidos.
La libertad sexual no puede ejercerse en el vacío ni bajo la intemperie institucional; la falta de ESI y la quita de acceso a la salud pública tienen costos directos que hoy se inscriben sobre los cuerpos y sus posibilidades de vivir sexualidades placenteras. En un momento en que el cuidado ha sido relegado a la suerte individual, devolverle la autonomía a las vivencias eróticas exige construir, a veces al margen, propuestas de aprendizaje para revertir estos números que amenazan con restringir el placer.
Frente al avance del vaciamiento estatal tan explícito como anunciado y las narrativas de consumo que invisibilizan la prevención, nombrar lo que ocurre es el primer paso para colectivizar el cuidado y ejercer el goce de manera informada, plena y soberana. La propuesta liberal atribuye a una sumatoria de casos con responsabilidades individuales lo que, en realidad, se traduce en las huellas del corrimiento del Estado con sus políticas públicas. La desresponsabilización estatal deliberada desplaza la obligación del resguardo sanitario público hacia la esfera privada. En este marco de retiro de las garantías colectivas, la salud se mercantiliza y la prevención se fragmenta.
Ponerle el cuerpo a la cultura sexual de tu tiempo
Las decisiones eróticas no se toman en el vacío; están atravesadas por mediaciones culturales, discursos mediáticos y lógicas de consumo que configuran nuestras formas de relacionarnos. Para el filósofo Paul Preciado, vivimos un régimen farmacopornográfico. Esto nos plantea que los cuerpos, los deseos y las prácticas sexuales son producidos y regulados por la articulación entre tecnologías farmacológicas, dispositivos médicos, medios, imágenes y mercados. En una cultura que promueve el rendimiento, la disponibilidad y la inmediatez, el consumo de sustancias y tecnologías para intensificar o sostener determinadas experiencias sexuales puede volverse parte de la escena erótica, mientras la prevención y el cuidado quedan muchas veces asociados al miedo, la enfermedad, el estigma o la vergüenza.
Cuando las narrativas hegemónicas borran/manipulan la conversación sobre el riesgo o la asocian al estigma y a la vergüenza, el placer queda desagregado de la información y la falta de campañas públicas masivas de concientización refuerza la idea de que la salud sexual es un problema individual que cada quien debe resolver en soledad.
Miguel Díaz, médico del Hospital Rawson de Córdoba y uno de los principales referentes en infectología, expresó recientemente a varios medios locales que, ante las fallas en el acceso a la salud, el abandono estatal y la falta de campañas informativas, el cuidado personal se vuelve una responsabilidad individual. Frente a esto, informar, crear redes, constituye un acto de soberanía erótica y autonomía sexual. Ahora bien, ¿cómo construir colectivamente esta respuesta? Desde la sexología clínica, la principal herramienta es la psicoeducación, cuestión que, en este contexto, debería priorizarse. Esto incluye autoconocimiento y acceso a los recursos biomédicos disponibles (preservativos peneanos y vaginales, testeos periódicos, vacunación y medicación preventiva o terapéutica ―PrEP, PEP y doxy-PEP―).
“Me hotea el cuidado”
¿Cómo erotizar el cuidado? Quizá sea la pregunta retórica con más recurrencia que me hago. Si nos encontramos con una ITS que requiere tratamiento, el desafío es que no se convierta en moralizante y generadora de rechazos. Es necesario hablar y hacer acuerdos, actuar sin que medie palabra puede ponernos en una situación de riesgo, aunque sea a priori placentera.
Hay dos conceptos clave: “prevención combinada” y “acuerdos de fluidos”. Cuando hablamos de prevención combinada, nos referimos a cómo decidimos y gestionamos nuestras vivencias sexuales combinando estrategias, tanto las políticas de prevención, no discriminación y garantía de acceso a la salud, métodos de barrera, vacunación, tratamientos como ESI. Hablar de acuerdos de fluidos implica la construcción de acuerdos explícitos sobre las prácticas sexuales que se vivirán dentro y/o fuera de ese vínculo sexual, basadas en la información, el autoconocimiento y la construcción de comunicación asertiva. El desafío es volver estas charlas espacios seguros y no de escrutinios moralizantes.
La soberanía del placer no va a ser decisión política de un gobierno que incita de forma permanente al odio, tampoco del mercado que lucra con la desesperación y el desamparo. Por eso, la salida es colectiva, democratizante, donde lo que se juega es, nada más y nada menos, que la soberanía de nuestros placeres.
*Por Julia Libertad para La tinta / Imagen de portada: A/D.
*Julia Libertad Domínguez Aredez, licenciada en Psicopedagogía MP 124047, sexóloga y terapeuta de vínculos. Coordinación general en Superficies de Placer (sex shop, punto de distribución de autotest gratuitos de VIH) y Espacio Betta (espacio de aprendizaje y salud mental).
