¿Cómo puede saber la IA que un fusilado vive?
La inteligencia artificial procesa datos a velocidad luz y clona voces sin pestañear. Pero la verdad no nace en un servidor: exige el calor de una mesa de bar, el chasquido de un obturador bajo el sol de Pinamar y el peso helado de una confesión a medianoche.
El debate que provocó el primer noticiero producido por inteligencia artificial —prescindiendo de la mediación humana— resultó incómodo. “El mundo cambió mientras dormías. Lo que necesitás saber para arrancar el día. Noticias hechas con IA”, así se presenta El primer Feca, que sale por Instagram y es impulsado por Santi Siri que, en una entrevista, dijo que fue «experimento de fin de semana». El proyecto parte de intuiciones certeras: la IA puede sintetizar la coyuntura, escanear datos masivos en segundos o detectar patrones en grandes volúmenes de documentos.

La IA puede redactar algún artículo, generar voces y caras falsas, similares a las de Mario Pergolini o Rodolfo Barili. Pero no tiene cuerpo, no habita un lugar ni construye confianza. No siente el calor sofocante de una noche de verano ni percibe la duda, el tono o el miedo de un interlocutor.
Hacer periodismo no es solo procesar datos o redactar una noticia. Es, en su núcleo más puro, una disciplina de presencia, empatía y testimonio. La materia prima del periodismo genuino ―ese que se dedica al hallazgo, al contacto con el dolor o la verdad― pertenece de manera exclusiva a la experiencia humana.
La IA no puede sentarse en un bar una noche calurosa a jugar al ajedrez, pedirle al mozo una soda helada y escuchar a un conocido que se acerca al oído para susurrarle: “Hay un fusilado que vive”.
La IA no podría hacer guardia bajo el sol intenso de Pinamar, fingir que le sacaba una foto a su propia mujer para, en realidad, ajustar el lente de espaldas, gatillar y ponerle cara por primera vez al fantasma más poderoso del país caminando por la costa argentina.
Tampoco puede sostener la mirada durante semanas frente a un marino acorralado por la culpa, sintiendo la tensión del café frío entre las manos, hasta lograr que, en la intimidad de un encuentro que ningún algoritmo puede simular, rompa el pacto de silencio y le confiese la mecánica exacta de los vuelos de la muerte.
El periodismo no es un flujo de datos ni una técnica de síntesis: es el acto profundamente humano de poner el cuerpo, estar presente y sostener el peso de la verdad, o, por lo menos, de la pregunta. Y en esta discusión, tampoco podemos dejar de lado la pregunta: ¿de qué se alimenta la IA para producir información? Se alimenta de nosotros, de nuestro trabajo.
Quizás el algoritmo se quede, al final, con la urgencia del cable diario, el resumen del boletín oficial y la masa anónima de las noticias de rutina. Pero cuando la marejada del dato se calme, quedará intacto el núcleo irreductible del oficio: la necesidad de que una persona le cuente a otra persona lo que vio, lo que sintió y lo que descubrió.
*Por Esteban Viu para La tinta / Imagen de portada: El Primer Feca.
