Una vida fantástica y común: sobre pájaros y escritura
En esta entrega de A favor de la fantasía, me pregunto sobre las aves y sus efectos en la escritura. A veces leves y radiantes; otras, tenebrosos.
Podría enumerar la belleza que trae mudarse de un departamento a una casa con árboles. Decir que, desde esta ventana que todavía me resulta nueva, escribo y recibo a menudo la visita de los naranjeros, de los colibríes en verano, de los churrinches incendiados de rojo cuando tengo suerte, de los chingolos y de las ratonas. Pero no quiero ser bucólica. Quiero decir algo espeluznante. Un miedo.

La muerte de un pájaro siempre es algo desolador. El daño en su cuerpo lo es: como ese pichón de carancho, redondo y una herida roja a la altura del pecho que rescatamos de las garras de una gata. O ese alarido en las noches de verano que no nos deja dormir. Un grito desesperado. ¿Los mismos vecinos que tienen las tortugas tienen aves encerradas? ¿Es un pavo real? ¿Es un gallináceo? ¿Cuál es el tamaño de su desesperación? Más tarde, lo sabré: los vecinos crían codornices. Están en celo y no pían ni trinan: aúllan. Pero hubo otro ruido peor: uno metálico. Hace más de un año, cuando recién me mudaba a esta casa. Un chirrido en el tiro balanceado del calefactor, un aleteo. Nosotros también estamos desesperados. Queremos encontrar una ranura en el metal, pero es imposible. Por las hendijas de la estufa no se ve nada. El plomero no viene y finalmente el aleteo (¿es un murciélago?) se extingue a tal punto que la necedad lo cubre todo y hace parecer que eso espeluznante nunca estuvo.
Pero tampoco quiero ser sombría. O quiero ser las dos cosas: quiero decir algo poético que advierto en las aves. Pero lo poético no es necesariamente hermoso. No es que sea una gran pajarera. El avistaje de aves es una práctica que mucha gente despliega no solo con compromiso, sino con pasión. Pero desde hace algún tiempo, acaso porque gente cercana empezó a tener curiosidad por ellos, me dispuse a mirarlos. Salir a pajarear, como se dice en la jerga, es una especie de meditación activa que siempre trae una revelación. Las aves siempre están y, cuando prestamos atención (algo que se entrega, un tipo de amor al presente), se manifiestan espléndidas cerca del río en una caminata cualquiera: las monjitas blancas, los piojitos tiqui-tiqui, los fueguitos. Escribo fueguito y tiemblo. Pero sigo. No soy buena, digo, porque veo mal. Tengo algún ojo medio astigmático y otro que es miope, pero no lo admito porque los lentes me pesan y prefiero no usarlos. Para colmo, aún no tengo ni siquiera unos binoculares. Entonces dependo completamente de mi atención. Y lo que es mejor: del asombro.

Hay algo de fantástico en el avistaje de aves: los colores, los cantos, el bullicio. Las peleas. Pero lo que me asombra de ellos es otra cosa. Un misterio que no quiero sofocar. Un pájaro es una revelación. O ciertos pájaros pueden serlo. No digo revelación como único significado, digo revelación como digo misterio. La revelación, como la metáfora, existe en quien interpreta. Pero metáfora no es equivalente al objeto de la revelación en sí. Explicar la metáfora es matarla. ¿Y explicar al pájaro? Escribo desde el riesgo de explicar. Y, por ende, de matar.
Últimamente, vengo peleada con la tendencia actual a atribuir a los animales significados. Me parece un gesto extractivista. Me da bronca que tengamos que pedirle sentidos trascendentales, sobre todo, viviendo a expensas de ellos, destruyendo sus ecosistemas. Me parece, en cambio, que lo que ciertos animales silvestres nos revelan tiene que ver con un efecto. A veces temo, también, de ese asombro. La sensación de lo bello, lo liviano, lo fugaz. El paso de este colibrí cometa, la cola fucsia iridiscente como una imaginación. Fue tan breve y tan radiante su visita. Algo cambia en el cuerpo, algo es distinto, algo se siente bendecido. ¿Es porque permanentemente ponemos en riesgo estas vidas que su presencia nos deja así, sorprendidos? ¿O es algo atávico, anterior, comunitario?
Me gustaría pensar, pese a mi desencanto, que quizás el asombro por lo silvestre tenga que ver con formar parte de la sensibilidad de los territorios. Hace poco le escuché decir a Rita Segato que las personas formamos parte de los paisajes, de la vida de sus comunidades allí, de las relaciones que un territorio promueve. Quizás el asombro por el pájaro es el asombro por el paisaje: ¿entonces yo también formo parte de este diálogo con vos, pajarito?

Los pájaros han suscitado todo tipo de escrituras en torno a ellos. ¿Puede ser que la escritura en torno a los pájaros sea un efecto de su propio despliegue más que una hazaña de los humanos? Las aves, instigadoras de escritura. Los ejemplos a los que voy a referir no son exhaustivos. Vienen a mi memoria por asociación. Por ejemplo, escribe Wallace Stevens en el poema 4 de 13 maneras de mirar un mirlo: “Un hombre y una mujer/Son uno./ Un hombre y una mujer y un mirlo/ Son uno”. O la remembranza del poema de Mary Oliver en la traducción de Natalia Leiderman y Patricio Foglia, aquella tarde en la que vi al churrinche tomar agua y una y otra vez, a pique, sobre el río de arena: “El pájaro rojo llegó en pleno invierno/ encendiendo el paisaje/ como ningún otro”.
Pero lo hermoso del pájaro es que el imaginario que convoca, como una fuerza gravitacional, no es únicamente el del espíritu santo: no solo trae una noticia. También es motor del miedo. Perdonen mi paganismo. Y, en esos efectos, en esa escritura del pájaro en nosotros, el pájaro es mejor y más potente. Más sobrenatural y el humano, más pequeño. Porque lo bello, ¿no guarda en sí una especie de miedo? ¿No nos obliga entonces el miedo al respeto, a la cautela? Miedo del pájaro, como cierto cristianismo pediría miedo de Dios. En Los pájaros de Hitchcock (1963), todas las aves de una isla se alteran tras la llegada de una mujer desaforada de amor. Cuervos y gaviotas son especies asesinas que picotean sin piedad a mujeres, niños, ancianos. Solo unos pocos minutos aparece el personaje de la señora ornitóloga, que defiende a las aves de toda crueldad. Un ave, dice, es incapaz de hacer daño. Pero el borracho afirma desde el fondo: es el fin del mundo.
Lo bello también propicia una especie de hambre. El terrible deseo de que perdure. Que el ave se quede unos segundos más, que podamos capturar su impermanencia. Escribe Simone Weil: “La belleza es el misterio supremo aquí abajo. Es un resplandor que reclama atención, pero no le proporciona ningún móvil para perdurar. La belleza promete siempre y nunca da nada; provoca hambre, pero no hay en ella alimento alguno para la parte del alma que aquí abajo trata de saciarse; no tiene alimento más que para la parte del alma que mira. Suscita el deseo y deja claro que en ella no hay nada que desear, pues quiere ante todo que nada en ella cambie. Si no buscamos salidas para huir del tormento delicioso que inflige, el deseo poco a poco se transforma en amor y se crea un germen de la facultad de atención gratuita y pura”.

La investigadora Vinciane Despret, en su ensayo Habitar como un pájaro, discute con toda una tradición positivista que reduce el canto de las aves a la competencia y la seducción. A partir de una serie de casos que la autora visita, llega a proponer que las aves no solo cantan, componen: integran el sonido del río y el tempo de los otros silbidos, de los otros pájaros a su composición. Y considera que, en ese ritmar con lo demás, hay una forma de performar, de hacer, de apropiar para sí para ese paisaje. Como quien toca una tonada para su tierra.
¿Qué efectos pueden instigar las aves en la escritura literaria? ¿Qué imaginarios desatan y por qué es preciso leerlos al margen de buenos códigos de la época? Aunque lo que anote no sea únicamente prístino, me interesan no solo las representaciones de las aves en la literatura, tema amplísimo si lo hay, sino la forma de ave que la literatura puede tomar. Un efecto del terror puede rastrearse en el famoso cuento Pájaros en la boca, de la mejor cuentista contemporánea, Samanta Schweblin. En este texto, hay una niña hermosa que come pájaros (¿con hambre por la belleza en términos de Weil?). El problema no es que ella los coma, sino cuánto puede amarla su padre sabiendo tal atrocidad. O el cuento El lugar donde mueren los pájaros, del argentino Tomás Downey: otras niñas entierran aves que mueren sistemáticamente en el lugar donde están vacacionando. Si la literatura elabora algo de los desastres y los dolores del mundo, estos textos pueden sugerir que estas muertes importan.
¿Qué hay de insoportable en esa fragilidad, en esa irrupción de las vidas áreas? ¿Por qué nos conmueve esa fragilidad? O mejor: ¿cómo no conmoverse? Como en un homenaje a Wallace Stevens o a Hitchcock, la poeta Alejandra Correa escribe, en Maneras de ver morir a un pájaro, un inventario sobre la muerte masiva de aves en un extraño pueblo: “Lo dijeron en el noticiero/ siete de la tarde/ domingo de calor/ Pájaros por todas partes/ se arrojan al suelo”. ¿Por qué esta escena se repite, una y otra vez, en la literatura? ¿Qué sentido del dolor se elabora en ella? La literatura como un gran archivo de los daños, deslumbramientos y obsesiones colectivas. Más que escribir sobre pájaros, me pregunto, copiándole a Vinciane Despret, ¿cómo escribir como pájaro? ¿Tenemos, humanos, esa facultad?

Aunque quise conseguirlo bajo todos los medios, la guía de Aves de Argentina y Uruguay de Tito Narosky, el naturalista autodidacta argentino, sale una fortuna. No pude leerla para esta nota. Pero sí leí otros poemas que Tito instigó en otra poeta, Valeria Mussio: “El canastero coludo también:/ tiene un nombre ridículo/ no pienso reproducirlo/ no hablo latín porque prefiero/ divertirme, pero/ su genérico quiere decir/ ‘insignificante/ y del color del fuego’,/ amor, no creas las palabras que te dan/ solo importa esta pequeña ceremonia/ armarse una vida fantástica y común/ un mundo íntimo de maravillas chiquitas”. Las aves, esas maravillas chiquitas. Su osadía en la exhibición de colores: su canto aguerrido, compositivo, enamorado; su decir el paisaje porque la belleza no tiene potestad, dueño ni sentido; el efecto de azar, de sorpresa, de terror que pueden traernos. La tristeza infinita, el agujero pequeño e inmenso como una estrella colapsada dentro de nosotros.
Discuto conmigo misma y pienso si aquel gesto de otorgar sentidos trascendentes a las aves no es un gesto de búsqueda de lo divino en tiempos seculares, movidos por el terrible demonio Capital. Si hay algo que puede ser otra cosa, metáfora, todavía se puedan disputar los sentidos del mundo. La metáfora no para explicar, sino para decir: esto es esto, pero también otra cosa. Dice Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos: “Aves y pájaros, como los ángeles, son símbolos del pensamiento, de la imaginación y de la rapidez de las relaciones con el espíritu. Conciernen al elemento aire y, como se dijo de las águilas, ‘son altura’ y, en consecuencia, espiritualidad”. Los pájaros: una estela del espíritu del mundo. Despegados apenas de la tiranía de la tierra, de su chatura. Los pájaros, imaginación. Leves como la fuerza que Ítalo Calvino propone para transformar lo real.
Pero el fuego y las aves, como el espíritu santo, pueden manifestarse en tu casa aunque te proclames atea y le disputes a los animales la obligación de significar. La necedad es el gesto más estúpido de los humanos. Y yo, humana, viví muchos meses con el cadáver de un pájaro en mi calefactor. Aquel sonido ocurrió antes del invierno. Había sido eléctrico y desesperado. Por eso, cuando se calmó, fue más fácil hacer como si no hubiera ocurrido. Varias estaciones después, cuando el aparato no funcionaba, antes de llamar al plomero, decidí abrirlo sola. Pensé que quizás era tierra lo que no me permitía prenderlo. Saqué cada tornillo y, dispuesta a limpiar, encontré allí el pajarito muerto, blanco y negro como un recuerdo, tiznado por la ceniza. De cerca, en realidad, se podía advertir el rojo de su cuello. Pensé que aquel ave había sido un chingolito. Lo tomé con varias servilletas entre las manos y el pájaro se disolvió, reloj de arena. Ahora el hueco de su muerte y el polvo están en mí.
*Por Camila Vazquez para La tinta.
