Brasil por Latinoamérica, comenzó la campaña presidencial de Lula
Las elecciones brasileñas de 2026 son determinantes no solo para Brasil, sino para América Latina. Por su dimensión territorial, económica y demográfica, es el país de mayor peso de la región y cualquier cambio en su orientación política termina repercutiendo más allá de sus fronteras. Se podría decir que Brasil es o irmão mais velho (el hermano mayor). Ignacio Michel estuvo el sábado 22 de agosto en el acto de lanzamiento por la gobernación de Rio de Janeiro, con la presencia de Lula con su campaña presidencial, y comparte estas reflexiones desde el país vecino.
Por Ignacio Michel para La tinta
Una alianza para disputar Rio
Fuimos a la estación Central do Brasil, la principal estación de trenes de Rio de Janeiro, para tomar el tren que, después de casi una hora de viaje, nos llevaría a la zona oeste de RJ. Dejábamos atrás el Rio de las postales turísticas para adentrarnos en una zona que parece otra ciudad. El lugar elegido fue el Estadio Moça Bonita, del Bangu Atlético Clube, parte de la historia obrera y popular, ligado en su origen a la Fábrica de Tecidos Bangu, una industria textil que se instaló en la zona y tuvo un papel central en la formación del barrio.
Cuando llegamos, el clima era festivo, pero también sorprendentemente ordenado y pacífico. En los botecos cercanos al estadio, sonaba música a todo volumen y las calles alrededor estaban llenas de gente, al igual que las tribunas y el campo de juego. Samba, pop y funk brasileño se mezclaban mientras dos animadores arengaban al público, que bailaba y cantaba al ritmo de la música. La escena me hizo pensar en los actos del peronismo en Argentina, aunque había una diferencia evidente: en contraste con muchos de esos actos, el público brasileño no era mayoritariamente joven. Tampoco se veían las frondosas columnas sindicales que suelen formar parte de las movilizaciones políticas argentinas.


El acto fue organizado principalmente por Eduardo Paes, del Partido Social Democrático (PSD), quien, hasta hace unos meses, era prefeito de Rio de Janeiro (intendente), pero renunció a su cargo para ser candidato a gobernador del estado. Paes es una pieza central de la alianza con Lula de cara a las elecciones de 2026. Los tres estados más poblados de Brasil son São Paulo, Minas Gerais y, en tercer lugar, Rio de Janeiro, que además es uno de los territorios con mayor peso político, económico y simbólico. Un estado clave, bastión del bolsonarismo y, al mismo tiempo, uno de los territorios donde Eduardo Paes aparece, según las encuestas, con posibilidades concretas de llegar al gobierno estadual.
El PSD ocupa el espacio de centro-derecha dentro del sistema político brasileño. Esto es importante para comprender la alianza electoral. En Brasil, como en buena parte del mundo, la extrema derecha le ha ganado terreno a las derechas tradicionales y, en esta, tiene un componente diferencial: es antidemocrática. Su principal referente, Jair Bolsonaro, fue condenado por el intento de golpe de Estado de 2022.
Moça Bonita
El estadio explotó al grito de “Olê, olê, olê, olê, Lula, Lula” que se expandió por las tribunas cuando hizo su ingreso en el escenario junto al resto de los candidatos. Varios ojos vidriosos a mi alrededor dejaban ver la emoción del momento. Abrió Eduardo Cavaliere, actual prefeito de Rio de Janeiro, quien asumió el cargo luego de la renuncia de Paes. Después, el candidato a senador, Pedro Paulo, también del PSD, quien en distintos momentos de su discurso fue silbado. Los abucheos dejaban en claro que, aunque el acto formaba parte de una alianza electoral, las diferencias políticas también estaban presentes entre el público. Luego, llegó el turno de la otra candidata al Senado, Benedita da Silva, del PT. Mujer originaria de la favela Chapéu Mangueira e histórica dirigente, fue la primera mujer negra en ocupar los cargos de vereadora (concejala) de Rio de Janeiro, diputada federal constituyente, senadora, vicegobernadora y gobernadora interina del estado de Rio de Janeiro. Fue la segunda persona más vitoreada de la jornada, después del principal protagonista: Lula.


Le siguió Janja da Silva, primera dama, compañera de Lula, quien hizo alusión a Marielle Franco, militante y concejala de Rio de Janeiro, criada en la favela de Maré y asesinada en 2018. El crimen fue ejecutado por sicarios vinculados a las milicias, a las cuales Marielle denunciaba, y se convirtió en uno de los casos más dramáticos de la política contemporánea brasileña. Janja centró su discurso en uno de los principales bastiones electorales de Lula: las mujeres brasileñas. “Nosotras, las mujeres, somos las guardianas de la democracia brasileña”, afirmó, haciendo alusión al lugar central de las mujeres en la victoria de Lula en las elecciones de 2022.
Luego, Paes explicó la alianza con Lula, pero no se quedó solamente en eso. Nacionalizó su discurso al afirmar: “Rio de Janeiro le va a dar el triunfo a Lula”. También fue silbado en distintos momentos de su discurso, aunque recibió aplausos de sus seguidores.



Lula, el hijo de Brasil
“Yo no puedo ver una rampa que ya quiero subirla”, dijo Lula que corrió hasta el centro del escenario mostrando una vitalidad sorprendente. Hacía referencia a la característica rampa del Palácio do Planalto que los presidentes electos suben durante la ceremonia de asunción de la Presidencia de la República. Con su característica voz ronca, cuando comenzó a hablar, se produjo por primera vez un silencio absoluto en el estadio. Era como si, hasta ese momento, todos hubieran estado esperando lo mismo: escucharlo a él. Empezó su discurso explicando, de manera pedagógica, el motivo de su alianza con Paes y, rápidamente, llevó su alocución hacia algunos de los principales ejes de su campaña: seguridad pública, salud, educación y soberanía nacional.
“Cuando ustedes me preguntan: Lula, ¿por qué quieres ser presidente por cuarta vez? Primero, yo no soy candidato porque quiera ser candidato. Mi candidato no soy yo. Mi candidato son ustedes. Mi candidato es el pueblo brasileño. Porque sin ustedes, no sería nada. Tengo que darle gracias a Dios”.



Los ejes centrales de su campaña
“Queremos hacer una revolución en la educación. Cuando llegué a la Presidencia de la República en 2003, había menos de 5 millones de personas en el mercado laboral con estudios universitarios. Hoy, son 25 millones y quiero llegar a 50 millones de egresados”. Y luego sintetizó una de las ideas centrales de su discurso: “Yo no quiero quitar nada a nadie, yo quiero dar igualdad de oportunidades. Quiero que la hija de la empleada doméstica tenga las mismas oportunidades que la hija de la patrona para estudiar en la universidad”.
La educación, en el discurso de Lula, no apareció solamente como una política pública, sino como una herramienta para modificar las condiciones sociales de origen. No hay que olvidar que Lula es el primer presidente de Brasil sin título universitario y, paradójicamente, también el presidente que más universidades construyó.


Pero la campaña de Lula no se limita a las condiciones de vida del pueblo brasileño. La disputa por la soberanía nacional ganó un lugar central a partir de las tarifas impuestas por Donald Trump a Brasil. El conflicto comercial le permitió a Lula presentar la defensa de los intereses brasileños como una cuestión que va más allá del comercio: quién decide sobre los recursos, la economía y el futuro del país. La soberanía no es una palabra nueva en la política brasileña. Forma parte de un imaginario construido sobre la escala del propio país: un territorio continental, una de las mayores economías del mundo, una población de más de 200 millones de habitantes y recursos estratégicos que alimentan, desde hace décadas, la idea de que el país está destinado a ocupar un lugar relevante en el escenario internacional.
Respecto a la soberanía, fue contundente: “Brasil está entre los principales países en reservas de minerales críticos y tierras raras”. La cuestión de los recursos naturales fue presentada como parte de una disputa más amplia por la autonomía brasileña frente a las grandes potencias. Lula fue explícito: “No tengo preferencia entre Estados Unidos, China, Rusia, Francia o Inglaterra. Soy brasileño y quiero las cosas para nuestro país. Quien quiera construir una alianza con nosotros, que venga para acá”.
La misma lógica apareció cuando habló de inteligencia artificial. “Brasil no quiere copiar el modelo de IA chino ni norteamericano, quiere IA hablando portugués”. Soberanía tecnológica y sobre los recursos naturales. O Brasil é dos Brasileiros (“Brasil para los brasileños”) podía leerse en distintas gorras rojas y verdes que llevaban muchos de los presentes en el estadio.


“Vamos a expulsar a los bandidos y devolver el territorio al pueblo de Rio de Janeiro”. El mensaje era directo en una ciudad y un estado donde el control territorial ejercido por organizaciones criminales forma parte de la vida cotidiana de millones de personas. Lula intentaba apropiarse de una cuestión que históricamente ha sido uno de los principales argumentos electorales de la derecha brasileña. El acto de Bangu terminaba así de configurar la alianza entre el PT y la centro-derecha que había llevado a Lula hasta la zona oeste de Rio de Janeiro para disputar el territorio electoral al bolsonarismo.
Brasil es un país atravesado por enormes desigualdades, con grandes concentraciones urbanas donde los problemas de seguridad y narcotráfico forman parte de la vida cotidiana. Desde que Lula irrumpió en la política brasileña, logró torcer el curso de la historia: Brasil no solo adquirió una mayor relevancia global, sino que las condiciones de vida de millones de brasileños mejoraron sustancialmente.


Un hombre que comenzó su trayectoria como obrero metalúrgico y dirigente sindical llegó a la Presidencia de la República. Fue presidente durante tres períodos, volvió a competir después de haber pasado por la cárcel y de sufrir la pérdida de su esposa y de un nieto. Y, aun así, a los 80 años, se encuentra nuevamente recorriendo Brasil para pedir el voto. Quizás ahí radique el silencio del estadio cuando tomó la palabra en Moça Bonita. Tal vez la historia se escribe con épica o no se escribe.
Del otro lado, aparece el hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado por liderar un golpe de Estado. Flávio Bolsonaro, con menor capacidad discursiva que su padre, encabeza una candidatura atravesada por frondosos cuestionamientos de corrupción y sin el respaldo total del establishment brasileño, el apellido Bolsonaro parece no alcanzar por sí solo, pero, al mismo tiempo, lo es todo.
*Por Ignacio Michel para La tinta / Imagen de portada: EFE/ Sebastiao Moreira.
