Las lolitas del pop: de Britney a Tini, hay solo un «free me»
El escándalo de Tini Stoessel reactualiza un viejo estereotipo que Britney encabezó, acaso mejor que nadie: mujeres lo bastante adultas para ser deseadas, pero lo suficientemente chicas como para seguir bajo control. Son lolitas que el mercado fabrica, pero que el patriarcado se empeña en administrar. Entre padres-representantes, fortunas intervenidas y cuerpos convertidos en asunto público, el Laboratorio Pop revisita una historia a la que el pop argentino parece hoy sumar un nuevo capítulo.
Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta
Tarde o temprano, a toda princesa del pop el palacio le huele a jaula. A Tini, parece que el olfato se le aguzó en estos días cuando, inquieta por el manejo de su patrimonio, apartó a su padre-representante y puso en marcha una auditoría, dejando al descubierto que nunca dispuso plenamente de los millones que viene acumulando desde Disney. Ni la nafta del auto ni el vestido de novia puede pagar sin la autorización de quienes administran su dinero y controlan sus tarjetas. Una nena de papá: esa fantasía por la cual el mercado musical y el patriarcado suspiran casi al unísono.


Nada reviste novedad. A ese rol, mucho antes lo ensayó Britney Spears: esa princesa que alteró definitivamente el pop con su imagen de colegiala sexy. Tenía 16, la misma edad que Tini cuando conquistó Latinoamérica con Violetta, pero, a ella, la Rolling Stone no la bautizaría como una “sex symbol”, sirviendo su cuerpo en una portada que solo el tiempo y mucha tinta feminista revelarían controvertida. Suspendida en esa zona ambigua donde inocencia y sensualidad se tocan las puntas, Britney cimentó su carrera sobre esa imagen de la mujer-niña. Encarnaba nada menos que una lolita: figura que debemos a la escandalosa novela que Vladimir Nabokov publicó en 1955, pero que la cultura de masas convirtió en una de sus fantasías sobre la sexualidad femenina. Uno estaría tentado a pensar que, para estas divas pop, su condición de lolita se vence con algunos menesteres de la adultez como el matrimonio o la maternidad. Sin embargo, es justamente la decisión de casarse y disponer de su patrimonio lo que deja al descubierto la vulnerabilidad financiera de Tini, repitiendo en otra escala la lección que Britney muy bien enseñó: ser chica se puede durante mucho tiempo.
Y a los hechos me remito. Cuando en 2004 la princesa frenó de imprevisto su carrera y decidió casarse con un desconocido, los cuestionamientos comenzaron, pero no por las razones más obvias. Ni el cese del candor virginal ni la llegada del cuerpo maternante fueron problema: era su exceso de libertad lo que desentonaba. Hacia 2006, la prensa amarillista la sometía sin piedad al escarnio público por cada movimiento que hacía, buscando certificar sus escandalosas salidas (allí estará la foto con Paris Hilton y Lindsay Lohan) y sus descargos violentos contra los paparazzi (la triste imagen de su meltdown, pelada y a puro paraguazo). Britney había enloquecido, decían: ¿cómo la nena del pop podía postergar la música para entregarse a la maternidad y, luego del divorcio, postergar a sus hijos para entregarse a la joda? ¿En qué momento esa lolita prediseñada se había descarrilado así sin transformar (como el mandato comercial dicta) toda esa tragedia en una canción?

Quienes nunca le soltamos la mano fuimos los gays, feligreses en permanente guardia: convertimos la frase “Free Britney” en una consigna política, decretando mucho antes lo que la Justicia resolvería recién en 2021. Y es que, cuando Britney rompió el silencio, supimos que llevaba 13 años bajo una estricta tutela parental que administraba cada una de sus decisiones. “Mis padres me privaron de mi condición de mujer”, confesaba en La mujer que soy, memoria donde explicita el porqué de su desborde: engaños, presión para abortos clandestinos, entrevistas demoledoras, embarazos consecutivos, depresión posparto, juicio por tenencia y, finalmente, esa curatela que toma control de su vida y obra.

Hasta ahora, el silencio de Tini nos empuja a la pura especulación, pero la sospecha nos dice que orillamos un relato harto conocido: el de los padres que administran una carrera cincelada desde temprano y que, en nombre de tal cuidado, acaban confundiendo protección con control y descendencia con propiedad. Y esa historia rebasa el canon de las lolitas.

Por ejemplo, cuando los padres de Macaulay Culkin decidieron separarse, la división de bienes implicaba repartirse también la gallina de los huevos de oro: su retoño tenía apenas 14, pero había ya amasado una fortuna con Mi pobre angelito y todas esas películas que explotaban su cara de pícaro desamparado. Harto de las disputas, demandó a sus propios progenitores y los apartó de la administración de su plata, como también hicieron Drew Barrymore y Luis Miguel, atribuyendo a sus padres una entrada demasiado precoz en el mundo de los adultos y de sus excesos. La lista de infancias explotadas es persistente y quizá fue Shirley Temple la primera en conocer el anverso del tutelaje paterno cuando, al llegar a la adultez, se encontró con las migajas de los millones que había ganado de niña.
Con semejante reguero de infancias rotas, a nadie se le ocurrió adjudicar a la voracidad paternal lo que mediáticamente se había diagnosticado como descenso a la locura. Escuchamos cientos de veces “Overprotected” (allí donde luce el icónico vestido de la marca argentina Kosiuko), pero tardamos varios años en enterarnos de que el verdadero término era uno legal: “tutela” (conservatorship), esa suerte de muerte civil reservada para quien ya no puede decidir por sí mismo. Una forma de infantilización legal, digamos, impuesta en el momento de más vulnerabilidad. Lo inquietante, no obstante, es que esa estrategia jurídica prolonga una infantilización sostenida por el patriarcado en los dos sentidos que la palabra encierra: el padre que tutela y el sistema que somete de manera estructural.


Pero esa lógica no empieza en los tribunales, sino mucho antes: en las propias fábricas de infancias espectaculares. Como Tini, Britney también fue hija del ratón y aprendió a administrar una imagen antes que una intimidad en The Mickey Mouse Club, semillero de otras estrellas infantes como Justin Timberlake, Christina Aguilera o Ryan Gosling. El problema aparece cuando esas criaturas se apartan del libreto: a Miley Cyrus, otra hechura de Disney, también se la miró con recelo cuando su sexualidad dejó de parecer dosificada y jugó mucho con los límites del decoro. Y aquí conviene recordar el giro incómodo que ensaya Nabokov: que uno como lector empiece a cuestionar a Lolita más que al protagonista de la obra, porque si algo enseña la cultura es que, sin importar su edad, el peligro de la mujer siempre está en una sexualidad que se imagina como ingobernable.


Aquello que Britney nos reveló, y que estos días volvemos a aprender con Tini, es la persistencia de una pedagogía patriarcal que solo deja a las mujeres crecer bajo ciertas condiciones. Por algo, poco pueden sorprendernos hoy las palabras de Britney: “Siempre me pareció increíble que tanta gente se sintiera cómoda hablando de mi cuerpo. Tanto personas desconocidas como miembros de mi familia, todos parecían creer que mi cuerpo era propiedad pública: algo que podrían vigilar, controlar, criticar o usar como arma”. Puede que a Peter Pan también se le exija una niñez perpetua, pero la inmadurez funciona muy distinto cuando uno es varón, allí donde el exceso y la irresponsabilidad suelen tolerarse como signos de libertad. La verdadera trampa de princesas como Tini y Britney acaso sea quererlas lo bastante naíf como para mantenerlas por siempre encerradas en su torre.
*Por Ariel Gómez Ponce del Laboratorio Pop de la UNC para La tinta / Imagen de portada: A/D.
