Esta deuda no es normal
¿Endeudarse así es un suicidio? ¿No hay que meterse porque son acuerdos entre privados? ¿Se endeudan para comprar un tele? Con el anuncio del programa “Alivio cordobés”, la deuda está en boca de todos. De la boca para adentro, hambre. De la boca para afuera, por ahí, el pez muere.
Hace 129 años, Émile Durkheim publicó el test drive de su recién creado método sociológico: El suicidio. Con el desarrollo contemporáneo de la psicología y los estudios sociales sobre salud mental, nadie en su sano juicio aplicaría en la actualidad las conclusiones a las que llegó esa investigación en aquel entonces. Pero el ejercicio de pensamiento y conocimiento está ahí, vigente. Durkheim sostenía que no podía meterse con las causas individuales por las que las personas tomaban la decisión de quitarse la vida. Pero las tasas suicidógenas eran un asunto de otro orden. La estabilidad de la cifra de suicidios cada cien mil habitantes en distintas ciudades de Europa era tal que apenas si variaba a lo largo de todo el siglo XIX. En su método, esto resultaba un indicador del carácter independiente y colectivo del fenómeno con respecto a sus manifestaciones individuales.
Con la asistencia de su sobrino, el antropólogo Marcel Mauss, construyó artesanalmente estadísticas de comparación internacional que le permitieron dilucidar los grandes factores de esta problemática: las personas de comunidades judías se suicidaban menos que las de protestantes ―estas últimas, con dinámicas de sociabilidad más individualistas―. Los varones solteros o viudos se quitaban la vida más que los casados. En un contexto de relativa normalidad y estabilidad, las personas socialmente integradas estaban también protegidas de la anomalía que implicaba tomar la decisión de terminar violentamente con la propia vida. “Chocolate por la noticia”, estarás pensando. Puede ser, pero él tiene prueba empírica sistemática y vos, ¿qué?
Oscuro dato de color: las mujeres casadas se suicidaban más que las solteras. Saquen las cuentas.
Pero no todo eran obviedades. Durkheim revisaba y revisaba las tablas, se rascaba la cabeza. Algo no cuadraba. Cataclismos como las guerras no aumentaban las tasas suicidógenas. Mientras tanto, en períodos de aparente crecimiento económico, cuando el capitalismo más prometía que cada hombre podía hacerse a sí mismo y ser su propio jefe, las personas tomaban más habitualmente la decisión de terminar con ese sufrimiento llamado vida. El autor inventó el concepto de suicidio anómico para captar ese fenómeno de brecha entre expectativas desbocadas y condiciones reales muy por detrás de las necesarias; esos momentos socialmente adrenalínicos en los que la frustración de las personas llegaba al extremo de empujarlas desde la terraza de los mismos rascacielos que simbolizaban ese progreso que no habían podido alcanzar por su culpa, por su culpa, por su gran culpa.
A veces creemos que discutimos sobre datos, pero la verdadera disputa está en controlar la narrativa ―como le dicen los gringos―. Como esos videítos que empiezan por el final de la historia con una voz en off: sí, ese soy yo. Y ustedes se preguntarán cómo es que llegué hasta allí. Algunos datos sirven como ese final adelantado de la película. El punto de llegada al que hay que aplicarle una suerte de ingeniería inversa para relatar las causas del fenómeno. Muchas veces, lo más significativo no es la veracidad del relato, sino los supuestos que aplicamos cuando reconstruimos la historia. Esos relatos suelen hablar menos de los fenómenos que intentan explicar que de la forma en la que el relator entiende al mundo.
La primera excusa del ministro Caputo fue que el crédito y la deuda son buenos y normales en todo el mundo. Los datos oficiales del BCRA mostraban no solamente la intensidad de la financiarización del consumo, sino también un crecimiento inusitado de la mora. Además de usar todos los mecanismos a mano para aplazar tanto como pudieran los pagos de los consumos presentes (cuotas, crédito, fiado, préstamos), las personas dejaron de poder cumplir con las obligaciones contraídas.
De nuevo, el ministro tuvo que aclarar que, siendo acuerdos entre privados, el Estado nada tenía que hacer interviniendo. Se deslizó, también, que había responsabilidad individual en haber calculado mal y especulado, apostando a la continuidad de una inflación que terminó siendo domada. “No la vieron” y perdieron. De ahí en más, la forma más desvirtuada de imaginación sociológica posible.

En la Bolsa de Comercio de Rosario, Javier Milei explicó retrospectivamente: “El efecto mundial. Si ustedes se fijan, una de las cosas que genera los problemas de créditos, ¿qué pasa? Vino el mundial, ¿saben qué hicieron muchos? Iban a cadenas de venta de electrodomésticos, ¿y qué hacían? Se llevaban televisores para el mundial… Después veían si pagaban o no… Bueno, ahora no pagaron”.
BabyGrobocopatel (apoyado desde la red ex-Twitter por Martín Tetaz) se puso técnico para no “caer en extorsión emocional”: “No se sabe para qué se endeuda la gente. No sabemos. No tenemos un cuali para saber para qué se endeuda la gente. Que puede existir gente que se endeuda para comer, puede existir. Que puede existir gente que se endeuda para comprar un televisor para el mundial, puede existir. Que puede existir gente que se endeuda para comprar falopa, también, o para comprar una moto”.
Algo triste sobre los nepobabys es que a sus unicornios siempre se los compran sus papis. Por más tech que luzcan, al final no inventan nada. El verdadero autor de la deuda y la falopa fue Álvarez Agis, hace siete años ya: “El problema es que la deuda es como la falopa. Al principio es rica, pero después te mata”.
Se embarazan para cobrar un plan, tienen mejores zapatillas que las tuyas, en su casa sin revoque tienen antena de DirecTV, con la Tarjeta Alimentar compran alfajores triples y se endeudan para comprar falopa. Pero, en realidad, sí sabemos. Según un relevamiento probabilístico con más de 1600 casos, realizado en junio de 2026, representativo de la población mayor a 18 años de la provincia de Córdoba, en el marco del Observatorio Social y Cultural para el Desarrollo Sostenible de la UNC, 7 de cada 10 cordobeses pidieron al menos un préstamo en los últimos dos años y 4 de cada 10 pidieron dos o más préstamos.
¿Para qué se endeudan las y los cordobeses? En primer lugar, para comprar alimentos y mercadería (48%); en segundo lugar, para cubrir imprevistos (43%) y, en tercer lugar, para pagar deudas previas (32%). Confirmando esta tendencia, el 53% de las y los cordobeses tiene alimentos y mercadería en su último resumen de tarjeta de crédito. ¿Sabemos cuántos usan el préstamo para comprar bienes durables? El 11%. ¿Y cuántos tienen compra de equipamiento en cuotas en su último resumen de la tarjeta? El 19%. Además, 7 de cada 10 se atrasaron en algún pago en los últimos dos años, 4 de cada 10 tienen todavía vigente alguna deuda y 3 de cada 10 tienen dos o más deudas vigentes. Deudas pasadas y tarjetas de crédito son las interrupciones de pago más habituales. Una mamushka de nuevos endeudamientos para pagar viejos endeudamientos que serán, pronto, endeudamiento en el futuro. El viejo endeudamiento no se muere, el nuevo endeudamiento no tardó en aparecer y, en ese claroscuro, salen a explicar los monstruos.
Hoy, la ministra de Seguridad, la cordobesa Monteoliva, confirmó que, en un solo año, aumentaron un 30% los suicidios en las fuerzas de seguridad. Dato de vital importancia: Durkheim explicaba los suicidios en personas que pertenecían a instituciones totales como el Ejército, por un fenómeno de sobreintegración social, cuando el honor del colectivo se ponía por encima de todo y la existencia del individuo se diluía hasta perderse. Pareciera que acá se trata de otra cosa. El Estado argentino, por su parte, intervino en el último tiempo autorizando a sus fuerzas de seguridad para realizar actividades extra, como servicios de transporte en Uber, blanqueando que los ingresos de estos agentes estatales son así de insuficientes para la subsistencia mínima. «Tenemos niveles de endeudamiento, muchas veces formales e informales, al interior de la fuerza y muchas veces son vidas que hay que ayudar a ordenar», sostuvo la ministra. En el mismo período de tiempo, los suicidios aumentaron un 23% en todo el país, superando el promedio mundial establecido por la OMS.
Hace algunas semanas, fue noticia el suicidio de Jorge Horacio Ortiz en la localidad de Cipoletti. Jubilado con la mínima, sin poder afrontar siquiera el monto del alquiler, habría realizado un pacto suicida con su pareja, quien fuera encontrada en grave estado de salud en la vivienda. Al poner nuevamente en marcha la ingeniería inversa del relato, los voceros no oficiales del gobierno se pronunciaron. No hace falta salir a discutir con Diego Recalde, que explicó que “estar endeudado no te lleva a matarte”. El suicidio ―chocolate dos por la noticia― no es un efecto lineal ni simple. Como sostuvo en un comunicado la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM): “No debemos desconocer que el suicidio es un fenómeno complejo y multicausal, por lo que sería irresponsable reducirlo a una única explicación o establecer relaciones causales lineales, pero sería igualmente irresponsable ignorar las condiciones sociales, económicas, laborales, familiares y comunitarias en las que se produce el sufrimiento de las personas. En efecto, la pérdida del trabajo, la precarización laboral, el endeudamiento, la dificultad para pagar un alquiler, acceder a una vivienda o llegar a fin de mes no son solo datos. Son situaciones concretas que afectan la vida cotidiana, los vínculos, los proyectos personales y familiares y las expectativas respecto del futuro”.
En consonancia con la línea del oficialismo, el personaje social del jubilado, pero más aún el de la jubilada, es el máximo representante de los privados: privado de sus ingresos y principal soporte del “equilibrio fiscal”, privado de sus medicamentos y su atención médica, víctima del desfinanciamiento y el ajuste, casta sin derecho a réplica, privado de un futuro a mil cuotas, sin megacanje, sin 30 años para esperar a que seamos Alemania. Por cierto: el Estado alemán sí interviene para regular los alquileres.
Hace 129 años, Durkheim retrataba una sociedad en crisis y juzgaba como anormal la frustración social que generaban las promesas incumplidas del capitalismo y la desintegración social de un mundo desencantado. Poder aseverar que algo no es normal es tan básico como necesario para la vida social. Los relatos hablan sobre la forma en la que los relatores entienden al mundo. El dato no es que las deudas nos lleven al suicidio. El dato es que, en la imaginación sociológica de las fuerzas gobernantes, la explicación cuenta la historia de faloperos que se compraron televisores para ver el mundial. Y eso no es normal.
Si vos o alguien que conocés está atravesando una crisis emocional o pensamientos de suicidio, se puede llamar a la línea 0800-888-5555, un servicio gratuito y confidencial que otorga apoyo las 24 horas a los vecinos y vecinas de Córdoba. A nivel nacional, la línea 0800-345-1435 otorga asistencia a personas con pensamiento suicida. Hablarlo con alguien —un amigo, un familiar, un profesional— ayuda y no hay que atravesarlo en soledad.
*Por Gonzalo Assusa para La tinta / Imagen de portada: Sociograma para La tinta.
