Poner el cuerpo y sostener la vida: el trabajo comunitario de La Poderosa en Yapeyú

Poner el cuerpo y sostener la vida: el trabajo comunitario de La Poderosa en Yapeyú
14 agosto, 2026 por Verónika Ferrucci

Susana y Beatriz de la Asamblea La Poderosa en barrio Yapeyú cuentan cómo sostienen los trabajos comunitarios, en un momento donde falta de todo. En esta aguda crisis económica y con el retiro brutal del Estado, “lo urgente es sostener lo alimentario”. Mientras muchas familias no tienen trabajo y están endeudadas, ellas junto al resto de las compañeras siguen apostando por el cuidado de la vida.

Por María Fernanda Espejo y Verónika Ferrucci para La tinta

Susana y Beatriz nos están esperando en la Casa de Mujeres y Disidencias del Yape, como la conoce todo el mundo. Es uno de los espacios de la Asamblea La Poderosa en Córdoba, junto con las asambleas de Los Cortaderos, Villa Rivadavia y El Sauce en las Sierras Chicas. Todo el trabajo comunitario que llevan adelante lo hacen con muchísimo esfuerzo y de manera autogestiva, en un momento donde falta todo en todos lados. “Hoy lo urgente es sostener lo alimentario; prácticamente, no queda margen para mucho más”, lanza rápidamente Beatriz. 

Y agrega: “Nosotras históricamente somos empobrecidas, más allá del color del partido político del gobierno de turno, pero lo que se profundizó la pobreza estructural con el ajuste, la precarización y el desmantelamiento de la gestión de Milei no lo vimos antes”. En un reciente relevamiento, desde la organización, afirman lo que sabemos hace mucho tiempo, que el trabajo comunitario tiene rostro de mujer: 8 de cada 10 de quienes cocinan en comederos y merenderos, y llevan adelante redes de cuidado y acompañamiento son mujeres y disidencias. Con el aumento de demanda de la gente y menos mujeres sosteniendo el trabajo, se genera una saturación y sobrecarga muy grande.

Para Susana, el aislamiento durante la pandemia también debilitó los vínculos y las formas de organización colectiva: “Nos acostumbramos a estar solas y eso tuvo sus consecuencias a la hora de enfrentar la llegada de este gobierno”. En estos dos años y medio de gestión libertaria, sostener la vida cotidiana se hace cada vez más difícil; muchas compañeras tuvieron que recurrir a otros trabajos o ampliar sus jornadas laborales, y eso fue alejándolas del trabajo comunitario. “Se van porque no les queda tiempo para el espacio. Incluso a las que están estudiando y no viven en el barrio, pero que venían a trabajar, también se les puso difícil”, explica Susana. Nosotras hace años que nos definimos como trabajadoras de triple jornada. Fuimos pioneras en levantar la bandera del trabajo comunitario, por eso como organización, en el 2023, presentamos un proyecto de ley para que el Estado nos reconozca los derechos laborales y un salario como trabajadoras comunitarias, pero eso quedó cajoneado”, detalla Beatriz.

Cuando el Estado se corre, el trabajo se traslada a los territorios y recae, otra vez, sobre mujeres y disidencias. En medio de una crisis de cuidados que se profundiza, sostienen los espacios de educación popular y apoyo escolar, murga, fútbol, el comedor y un grupo que están proyectando con chicas jóvenes. También intentan cubrir algunas demandas vinculadas con salud mental, lo que consideran “un privilegio de pocos y no para las empobrecidas”, y acompañan como pueden situaciones de violencias de género, que se vuelven un derrotero para denunciar y hacer algo.

“Ponemos el cuerpo y sostenemos la vida”

Beatriz trabaja en el mercado informal desde siempre y, hasta el año pasado, iba a la feria de la Bulnes y vendía ropa usada, pero este año dejó. “Ya no me rinde ir a la feria, no se vende y hay 20 cuadras o más; creció muchísimo. La gente va y pide un tablón, es el único lugar que queda. Lo que pasa con la ropa es que este gobierno abrió la exportación, vas al centro y pululan los negocios chinos, la ropa china o la que entra usada de Estados Unidos, muy barata”.

Susana es artesana desde hace 30 años y crió a sus hijos vendiendo artesanías. “Fue mi profesión y, hace un año, dejó de serlo porque no vendo”. Se transformaron los hábitos de consumo: con menos dinero disponible, las personas priorizan lo indispensable y las artesanías quedan relegadas, que compiten con productos importados. Para Susana, no solo se trata de que haya menos ventas: también se ha desvalorizado el trabajo artesanal, el tiempo y el saber qué hay detrás de cada objeto hecho a mano. “De la artesanía, además, se ha desvalorizado el trabajo que creamos con las manos”.

El resto de las compañeras limpian casas, cuidan adultos o infancias con un pago devaluado y que no alcanza, trabajan más, “2 horas acá, 4 horas allá, 1 hora y media allá, después hacés algo para salir a vender, pan casero, facturas, comida el fin de semana. ¿Qué tiempo te queda para el trabajo comunitario?”, pregunta Susana mientras recuerda los casos concretos de muchas de las vecinas. A ellas les dicen que las ven bien y fuertes, “pero no saben que estamos colapsadas mentalmente porque volvés a tu casa y te enfrentás con lo mismo que enfrentamos en la organización. Si no pagamos el alquiler, el espacio se cae; si no nos movemos para conseguir con qué cocinar, no podemos servir las viandas”.  

Para sostener el espacio comunitario, ponen la mejor cara, tienen hecho callo una capacidad de ingeniar formas de resolver como sea. Pero, dice Susana, “después llegamos a nuestra casa con nuestras propias miserias, los problemas propios y más rotas todavía. Es duro, no puedo garantizar un montón de cosas en lo personal, en lo familiar y en lo comunitario, entonces esa carga de frustración se hace pesada”.

Cocinar con lo poco que hay 

La ministra Sandra Pettovello, desde el Ministerio de Capital Humano, cortó la entrega de módulos alimentarios a los comedores populares, con fallos judiciales mediante, la distribución no se realiza. Esto agravó las situaciones en los comedores, que ahora tienen que buscar donaciones en el ámbito de lo privado y la colaboración de la gente, a la vez que funcionan menos veces en la semana porque no les alcanza. “La cola no cesa, la inscripción de familias enteras en la lista del comedor o el merendero aumenta semana a semana; no son solo infancias, ahora son jubilados y familias enteras”. Además, el ex Programa Potenciar Trabajo fue reconvertido en Volver al Trabajo, un cambio de nombre que desconoce las trayectorias laborales de sus titulares y que mantiene congelada la asignación mensual de 78.000 pesos desde que asumió Milei. “Son unas monedas, pero con eso pagábamos la comida”, cuenta una de las entrevistadas. Para este mes, el Gobierno decidió dar de baja el programa, dejando a quienes hasta entonces percibían esa asignación sin ese ingreso. 

La Choza, el comedor de La Pode en Yapeyú, es los sábados a pedido de la comunidad, que es el único día que no hay otros y así se achica la espera hasta el lunes,  porque los días sin comedor son días sin comida. Hacen 100 raciones entre comedor y merienda, que la hacen dos veces a la semana. “Llegan con su jarra a buscar un poco de mate cocido o té, y lo que sea que pudieron preparar las compañeras: unas tortas fritas, un bizcochuelo o lo que pudieron juntar para amasar un pan”

Olga tiene 84 años y va hasta la Choza desde la pieza donde vive en San Vicente. Ya se desmayó varias veces porque el trayecto es muy lejos. Cobra una pensión por discapacidad, pero no le alcanza para comer, busca su vianda, se come la mitad a la noche y guarda la otra mitad para el día siguiente.

En Córdoba, la política en relación a lo alimentario también empeoró. El año pasado, el gobierno de Córdoba anunció el traspaso de todos los comedores y merenderos registrados a la Municipalidad, pero no traspasó los recursos y la cosa colapsó, dicen las cocineras, “porque la Muni la única política pública que tiene para hacerle frente al hambre es la Tarjeta Activa con 250.000 pesos”. Entre las referentas, le dicen Inactiva porque puede pasar tranquilamente dos meses y no depositan, además es un dinero que no se entrega en efectivo, lo que limita aún más las posibilidades de usarla. Esta tarjeta no fue pensada originalmente como respuesta a lo alimentario de los espacios comunitarios. Es un programa de economía comunitaria impulsado por la Municipalidad de Córdoba desde 2021, con el objetivo de reactivar el comercio de cercanía a través de una articulación entre municipio, comercios locales, Bancor, Mastercard y organizaciones del tercer sector. Una herramienta pensada para dinamizar el consumo local terminó siendo, a falta de otra cosa, la única respuesta municipal frente al hambre. 

“Deambulamos por muchos lugares para usarla, porque la Muni tampoco le paga a los proveedores. Antes ibas al mercado y la recibían muchos, ahora no y donde la aceptan tenés que pagar más caro. Esta búsqueda es tiempo, es toda una estrategia de pensar qué comprar y cómo hacer para que rinda más. Imaginate, una garrafa de 10 kg cuesta entre 25.000 y 30.000 pesos. Nosotras siempre hemos corrido de atrás, siempre lo mismo: el guiso y la pelea por que manden los secos y también para la verdura o frescos”, nos cuenta Beatriz.

Hay gente que sigue siendo solidaria y aporta con un bono cuando sacan una campaña o con alguna donación o descuento en los precios. “La cantidad de gente despedida, los sueldos que no alcanzan, ¿quién colabora con nosotras? La clase media está cada vez más cerca de la baja. No dejaron de pronto de ser solidarias, les sigue doliendo la situación de empobrecimiento en los barrios, pero se están empobreciendo”, plantea Beatriz. Para ejemplificar, Susana cuenta que los profesionales de la salud no logran responder a todas las demandas médicas, “no es que no nos atiendan porque no quieren, es que no cobran bien, ya no nos enfrentamos con los médicos, con los hospitales, nos solidarizamos y estamos a la par”. 

Sobrevivir con deudas  

Desde el Observatorio Villero, hicieron una encuesta de uso del tiempo en trabajo comunitario y ahora están trabajando con una encuesta sobre endeudamiento en barrios populares a nivel nacional, que es una de las problemáticas que ven con muchísima preocupación.

Susana cuenta que, en los barrios populares, no hay opciones bancarias para salir de las deudas; lo que queda a la mano es meterse con billeteras virtuales, Mercado Pago o Tarjeta Naranja, que dan posibilidad de préstamos. “En barrios populares del país, se está recurriendo al prestamista del barrio que, por lo general, es el que maneja el narco y es el que le da trabajo a los pibes y el que retira la tarjeta de la asignación cuando no le pueden pagar y el que te termina cagando a tiro las casas si la deuda no es saldada. En el Yape, no está sucediendo a esas escalas. En los grupos de compraventa, siempre hay mujeres preguntando por prestamistas”. 


Las deudas a las que se refieren son en su mayoría para comprar comida y remedios. “Es muy grande el porcentaje de mujeres jefas de hogares, solas, atravesadas por violencia, sin trabajo, trabajadoras comunitarias, el camino directo es al prestamista del barrio para después terminar sin nada”. Y no es un problema de «educación financiera» ni de mala administración individual, sino la consecuencia directa de un modelo que desorganizó la vida cotidiana.


“La clase media también está endeudada, pero con los bancos. Nosotras endeudadas estuvimos toda la vida, pero había una diferencia, antes era para mejorar mi calidad de vida, pintar mi casa, comprar una bicicleta, comprar una casa, hoy comprás la comida este mes para pagarla el mes que viene”, dice Beatriz.

Cuando el Estado ya no es garante, se achica o va desapareciendo de los territorios populares, avanza el narco como garantía para resolver; es el que te da trabajo, sostiene los comedores y el que te presta el dinero. Detrás, está la complicidad del poder judicial y político. Con estos niveles de pobreza, la única salida están siendo estas economías ilegales que garantizan la comida, en la casa o en los espacios, en la comunidad en general. 


Ante la pregunta de si ven alguna diferencia con otros momentos de crisis que hemos tenido en el país, las dos coinciden en nunca haber vivido algo así. Beatriz dice que, en la pandemia, había miedo; ahora, hay dolor: “Esta crueldad yo nunca la viví y tengo 60 años y pasé varias crisis. Cada día que pasa, veo el tejido social que se va desmembrando, se va ir Milei, pero todo el daño que va a dejar no se va a arreglar con una paritaria”. Ellas todo el tiempo se preguntan, entre el cansancio y el seguir haciendo, ¿cómo se componen esas redes de nuevo? ¿Cómo se compone esa trama para que esa gente que hoy avala y goza con todo este horror? 


En medio de ese desmembramiento, hay algo que todavía persiste: la organización y las redes que se sostienen pese a todo. Y la profunda convicción en lo que hacen y en cómo lo hacen, una militancia barrial que encuentra sentido en el trabajo comunitario. “Nos movilizan las ganas de transformar el barrio y eso nunca nos lo van a quitar”. Sostienen una coherencia difícil para estas épocas entre lo que dicen y lo que hacen, y siguen poniendo el cuerpo, aun cuando cada día las cosas se ponen más difíciles. “La gente no nos pasa por el costado, quienes vienen son las mismas mujeres que nos encontramos cuando vamos a la plaza, al almacén, a la verdulería; no son extrañas. Y nos tenemos entre todas”. En esas redes, en ese hacer colectivo, también encuentran una forma de sostenerse y, de algún modo, de salvarse la vida entre todas.

Para colaborar con la Asamblea Yapeyú, pueden aportar al alias: LACHOZA.YAPEYU a nombre de Paloma Amaranto o contactarse con Susana Zaccaro al 3513066175.

*Por María Fernanda Espejo y Verónika Ferrucci para La tinta / Imagen de portada: Natalia Colazo.

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