Autos, baúles y censura: ¿qué llevaba Mercedes Sosa?
En una charla con su nieta, Araceli Matus, repasamos la devoción menos conocida de la Negra Sosa: la pasión por la vanguardia tecnológica, las huellas del exilio y las historias que rozan el mito.
El aire helado de Alemania recrea una estética austera/analógica en sus calles: la nieve apenas deshecha sobre el asfalto, la luz neutra, las vitrinas impecables de un concesionario BMW donde todo huele a cuero recién curtido, a precisión, a una frialdad metálica muy europea. En medio de ese paisaje, la puerta se abre y se quiebra la monotonía cromática de la escena. Al salón, entra una mujer que no encaja en ningún molde local. Es morena, lleva un poncho envuelto al cuerpo como una bandera personal y sostiene una sonrisa rotunda, incalculable.

El vendedor la mira con la distancia tibia del comercio de lujo. Responde al precio con una condescendencia sutil, esos aires que portan los que creen adivinar las posibilidades del otro por su aspecto. Pero la mujer no se inmuta. Camina alrededor del auto, lo rodea con la lentitud de quien sabe mirar y, sobre todo, de aquel que sabe lo que quiere.
Apurado por la intuición de que acaba de cometer un error en su juzgamiento, el empleado despliega su ritual: levanta el capó para exhibir el V8 que duerme manso bajo las luces blancas del salón, abre las puertas para tentarla con el aroma amaderado y la pulcritud de la ingeniería alemana. Ignora, claro, que a esa mujer el auto ya le ha entrado por los ojos, que al motor ya lo conoce y que hay un solo dato capaz de cerrar la compra.
Un dato que el vendedor, aún, no ofrece.
—¿Me podría abrir el baúl? —pregunta la voz argentina.
Él obedece en silencio, desconcertado por una prioridad que desafía todos los manuales de venta. Mercedes Sosa se asoma al baúl, mide la profundidad con el ojo de quien ha recorrido el mundo cargando su propia verdad y dice:
—Si me entra el bombo, lo llevo.

El bombo entró, ella se acercó a su bolso y agarró unos papeles de diarios donde guardaba dinero en efectivo, marcos alemanes y pesetas españolas en particular. Pagó en efectivo y, desde aquel día, ninguno de los vendedores de BMW pudo olvidarla.
Mercedes Sosa encarnó una forma de la argentinidad, tanto que nació un 9 de julio, y su figura abarca múltiples capas para interpretarla: la figura humana de la Pachamama, la matrona del escenario que apadrinó la irreverencia de Charly García y la sensibilidad de Fito Páez, o la militante con la voz proscripta condenada al exilio. A todo ese mapa, se le suma una devoción menos explorada, pero igual de feroz: los autos.
No era un entusiasmo ingenuo ni una afición decorativa. Su nieta, Araceli Matus, explica que el amor que tenía por los motores respondía a una fascinación que trascendía la velocidad: era amante, también, de la vanguardia y la tecnología. Fue la primera en traer al país un escenario desmontable, la pionera en implementar iluminación Vari-Lite y la que exigió los mejores micrófonos inalámbricos para que nada interfiriera entre su voz y el público. Con los autos, aplicaba el mismo rigor. Si en la ruta se cruzaba con un modelo que le despertaba deseo, no había vacilaciones. Un fierrero reconoce esa urgencia: las oportunidades no se piensan, se ejecutan. En uno de esos trayectos hacia Tucumán, al pasar por una concesionaria en Santa Fe, le bastó señalar un auto desde la ventanilla para decidir la compra. Lo pagaba en el acto, continuaba el viaje y, al regresar, dejaba el vehículo viejo para subir al nuevo.

El garage de la Negra Sosa, como la recordamos con cariño y nostalgia, guardó las huellas de su propia biografía. En Madrid, durante los años oscuros del exilio, se movió a bordo de un modesto Ford Fiesta. Pero cuando Peugeot lanzó el 505 ―una berlina robusta, potente y vanguardista para la época―, Mercedes fue de las primeras en conseguirlo en suelo español, adelantándose dos o tres años a la popularización del modelo. Más tarde, vendrían el confort sobrio y la seguridad sueca de un Volvo S80, y el poder germánico de un Audi A6.
Fue en ese Audi donde protagonizó una de sus últimas audacias al volante, en autopistas cordobesas, camino a Oncativo. Le pidió a su hijo Fabián que le cediera el asiento del conductor, tomó el volante y, durante 70 kilómetros, pisó el acelerador hasta alcanzar los 180 kilómetros por hora. «El Audi es un auto que no tiene cordura», recordaría tiempo después sobre esa máquina que solo la hizo aminorar la marcha cuando un salto en el asfalto y un latigazo en la cintura le recordaron que, incluso para ella, la velocidad tenía un límite.
En ese auto alemán, protagonizó otra situación que Araceli, su nieta, recuerda con algo de gracia en su rostro. “Una vez, ella iba manejando por Buenos Aires y un chabón desde otro auto le grita: ‘¡Eh, comunista, mirá el auto que tenés!’. Y mi abuela le respondió: ‘Sí, pelotudo, yo lo tengo y vos no'».

Esta crónica nace a partir de un mito, esas narraciones reservadas para héroes, heroínas, dioses o diosas, y que se dedican a sostener explicaciones profundas como el origen de las cosas o del ser humano. Por lo tanto, mito no es una palabra elegida al azar. Vamos por partes.
La madrugada del 21 de octubre de 1978 fijó una frontera definitiva en la vida de Haydée Mercedes Sosa. Fue el quiebre que la obligó a tomar la decisión que venía postergando desde las primeras amenazas de la Triple A en el 74: empaquetar la vida y marchar al exilio europeo. La escena transcurrió en El Almacén, un local folklórico de La Plata. La noche, tibia y de primavera, había amontonado a tanta gente en la vereda que la propia Mercedes pidió que abrieran de par en par las ventanas para que los de afuera también pudieran escuchar.
El repertorio de esa noche era cauteloso, esquivo a la nómina interminable de canciones prohibidas. Sin embargo, sobre el final, el público empezó a reclamar a viva voz Cuando tenga la tierra. Mercedes cedió. Cantó esa y enganchó Canción con todos. Fue el detonante. La policía irrumpió en el local con brutalidad implacable, puso a la gente de cara a las paredes y se llevó detenidos a la cantora, a sus músicos y hasta a Cristina Dorato, una de las dueñas del lugar.

Los partes oficiales de la Policía bonaerense intentaron ensayar una coartada burocrática: anotaron que la patrulla acudió a El Almacén tras una llamada anónima que alertaba sobre una mujer «entonando canciones de protesta». Pero la propia inteligencia de la fuerza desmontó la mentira dos días después en un informe reservado: personal de la Delegación La Plata había estado operando de encubierto dentro del local. No hubo ningún llamado anónimo, solo espías entre la multitud, esperando el verso exacto para dar la orden de asalto.
Y acá llega el mito: circula el rumor de que Mercedes trasladaba, dentro de su bombos que iban en los baúles de sus autos, algunos instrumentos o luminarias para pequeñas actuaciones de músicos prohibidos por la dictadura. Araceli, al ser consultada, responde que no lo puede confirmar, pero que sí puede decir una cosa: que su abuela era “muy inteligente y solidaria”.
Además, agrega un dato poco conocido hasta hoy: “En una de las giras a Australia, medio que existía la duda si mi abuela era la responsable de exportar hormigas argentinas a Australia, que ahora se hicieron plaga. Porque mi abuela llevaba bombos y chauchas, ¿viste? Entonces parece que, en las chauchas, iban algunas hormiguitas”, cierra risueña.

Los mitos no exigen veracidad ni archivo oficial, viven de la desmesura con que un pueblo elige recordar a los suyos. Mercedes Sosa fue eso, la desmesura humana de quien podía cargar a un país entero en un bombo legüero, acelerar a 180 por una ruta cordobesa e hipnotizar a todos con el baúl de su voz.
*Por Esteban Viu para La tinta / Imagen de portada: A/D.
