Los días cordobeses de Sara Gallardo en La Cumbre
En esta entrega de A favor de la fantasía, investigo sobre la estadía de Sara Gallardo en La Cumbre, su amistad con Manuel Mujica Lainez y sus procesos de escritura vinculados a estos territorios.
Ni bien llegados a La Cumbre, preguntamos en la Secretaría de Turismo por el castillo en el que se exilió una princesa austríaca perseguida por el nazismo. Fue casi como preguntar: disculpe, ¿tienen una princesa? La chica nos miró raro, como dudando de nuestro raciocinio. Los argentinos podremos ser cualquier cosa, pero no tenemos monarquías. Hemos visto en un reel la historia de la princesa y hemos creído que el reel decía la verdad. La verdad va a empezar a complejizarse en nuestro paso por el Valle de Punilla, si hubo o no princesa, si vivió o no tal escritora en una casa llamada Espinillo, si la escalada al cerro Colchiquí dura 15 minutos, como dice la IA de Google, o si se tardan unas dos horas en total y se advierten nidos de cóndores y águilas moras en todo el camino, como ocurre en la vida concreta. Pero esa es otra historia. En realidad estamos ahí, en la Secretaría de Turismo, para otra cosa. Y aunque no tenga que ver con princesas, sí tiene que ver con hidalgas, con Juanas de Arco, con corsarias: voy tras el rastro de una mujer de a caballo, como se definía a sí misma la escritora nacional Sara Gallardo (1931-1988).

Nacional porque en su obra convergen los mapas políticos y estéticos que anudan este país. Tataranieta de Mitre, bisnieta de Miguel Cané, nieta de Ángel Gallardo, divorciada de Luis Pico Estrada y viuda de su gran amor, Héctor Murena, madre de tres hijos, viajera, cronista, escritora. Sara Gallardo genera una extraña justicia contra su linaje, escribe sobre vastos territorios de este país otorgándole al paisaje un estatuto de extrema importancia: el NOA, la Patagonia, la vasta Pampa argentina. Sara Gallardo escribe sobre paisanas, sobre el aborto, sobre indios matacos, sobre desertores de San Martín, sobre cautivas, sobre migrantes, brujos, jubilados, parias. Cuentos como poemas, como fábulas, novelas como pétalos, novelas como presagios o alucinaciones, novelas rurales como cartas de amor, novelas rurales como manifiestos feministas. Ha dicho que la mitad de su vida fue imaginaria y ha logrado, desde la ficción, torcer los modos en los que los sujetos desplazados de esta tierra sean protagonistas, artificio, sujetos de enunciación frente al silencio al que estaban condenados. De todo esto, ha escrito y ha vivido tres años en Córdoba, la provincia que no figura en sus ficciones.
Volvamos al viaje. Una vez más, he logrado que mi novio me acompañe en las aventuras literarias que quiero hacer por el país y, como cada viaje, iniciamos una serie de investigaciones previas que incluyen mitos históricos, búsqueda de trekking diversos, museos maravillosos para conocer. No hay princesa, pero sí monos carayá, cosa insólita en la provincia, pero esa también es otra historia. Sin embargo, aquí en La Cumbre, vivió Sara Gallardo, que para mí es como decir que aquí vivió Jorge Luis Borges, no porque sus obras sean comparables, sino porque sus operaciones literarias, en algún punto, tienen que ver con las tramas políticas de esta nación tanto como la historia que inventan a partir de sus linajes.
Piglia dice que, en la herencia inglesa y criolla de Borges, se hallan tejidos los cursos de su literatura. Yo digo que, en la de Sara Gallardo, se hallan inscriptas las transgresiones que ella va a hacerle a un proyecto de país, a los mandatos de su clase, a los de su género y a los de su época. Sobre qué puede escribir una mujer, cuándo debe hacerlo y con qué procedimientos. Pero esta transgresión hay que buscarla en su literatura, no en su ideología, como en el caso de Borges, porque la literatura, como dice Jacques Rancière, tiene su propio modo de hacer política.


Estamos entonces en La Cumbre. En esta localidad, vivió Sara en tres casas: dos misteriosas y difíciles de rastrear, y otra, palacio, El Paraíso, la casa de su generosísimo amigo Manuel Mujica Lainez, Manucho. Pedimos las coordenadas, entonces, y llegamos hasta El Paraíso, la casa del escritor en Cruz Chica. Dirigida por la bendición de Candelaria de Olmos, especialista en la obra de Manucho, los coordinadores del Museo Mujica Lainez me abren las puertas de la casona y, en el ya anunciado frío de su interior, doy con las cartas que conectan la obra, las crónicas de la autora y el vínculo personal con Mujica Lainez. Le pregunto a Alejandro, uno de los guías, cómo es que se hicieron amigos. Se sabe poco, me cuenta, de su amistad. Manucho decía que Sara era medio pariente suya y el parentesco aparece cuando, en el salón donde viven los retratos hidalgos de los Mujica Lainez, vemos el busto de un tal Láinez Cané, emparentado con el Miguel Cané, bisabuelo de Sara. Pero la sangre, como sabemos, explica solo una parte. La mitad de mi vida ha sido imaginaria, escribe Sara en una de sus crónicas. Y es esa mitad, la imaginaria, la que más nos interesa. Alejandro me dice que Manucho era bastante pillo y se codeaba de amistades muy convenientes. Que le importaba, además, la rareza de la escritora, a quien en la redacción de Confirmado, revista para la que era columnista, llamaban el bicho Gallardo. Pero también era generoso y, por eso, la invitó a Sara a vivir una casita “de las tías”, como las llamaban, en sus dependencias en El Paraíso. A la casita en cuestión se llega luego de atravesar El Paraíso en sí, tras un sendero tupido y una escultura de Aquiles en el país de la mujeres, del siglo XVII. La Ilíada, ese libro que algunos chicos de La Cumbre habrán tenido el lujo de escucharle leer a Sara. Volveré sobre esto.


La casita de las tías era una sala de práctica para el esgrima: ningún lugar mejor para nuestra escritora nacional, más cerca de las batallas que de la delicadeza resguardada para las mujeres de su clase. Antes y después de El Paraíso, Sara vivió en otras casas imprecisas. En una nota, el escritor Enzo Maqueira nombra una de las residencias de Sara en La Cumbre, una casa que alquilaba, de nombre Irupé. Pero mientras leo ―sumida en el frío de El Paraíso― las cartas de Sara Gallardo, Liliana, la coordinadora del museo, me dice que Sara vivió, además, en una casita llamada Espinillo, irrastreable en el pueblo. Espinillo, pienso, un nombre escueto y parco, hermoso por lo demás, que contrasta con los nombres en alemán o en inglés de las casas top de la zona. Nadie sabe dónde queda y me es inevitable pensar en El país del humo, el primer libro de cuentos de Sara, uno en el que, según la autora, dibuja allí su versión del país, velado acaso por la ficción, distorsionado. Ese libro que la autora terminó de corregir en Cruz Chica, en la casa de su amigo, refugiada del duelo atroz en el que estaba sumida tras la pérdida de su gran amor, Héctor Murena.



Termina uno y empieza otro: su última novela, La rosa en el viento (1979). Sin embargo, confiesa Sara en sus cartas y en varias entrevistas, que allí no puede escribir: “Pues me mudo, tal como te dije; y me ha costado por razones sentimentales, léase cariño por vds. Pero en todo el año no he escrito ni una línea y espero, en los meses que faltan, trabajar a fondo en algo, parapetada detrás de una puerta sin llave”, le escribe Sara a Manucho en el 78, antes de irse a vivir a Europa y volver recién para morir en su país. Está hablando de su novela La rosa en el viento, un texto que nace del cuento de un ruso migrante, un homenaje que quiere hacer para solitarios y que dedica a su difunto esposo, Héctor Murena. El libro se desprende de un borrador de El país del humo, pero que la autora modifica por recomendación de Mujica Lainez. Le escribe a su amigo antes de mudarse a Barcelona, todavía en Buenos Aires: “El libro se llama ‘La rosa en el viento’ y consiste en: el cuento del ruso, arreglado (que dejé fuera de ‘El País’ según tu consejo). De él van saliendo las historias de todos los personajes que menciona al pasar. Creo que estará listo para mayo (…). He arreglado con ‘7 Días’ un sueldo agradable (quince millones) y creo que este año me traerá varias novedades, no pequeñas”.

Más tarde, va a ocurrirme la misma sincronía que anota Luisa Valenzuela en la entrevista que le hace a Sara en El Paraíso, pero detengámonos ahora en esa etapa de no-escritura. Escribe Luisa: “Hasta que de golpe me topo con el mojón de entrada a otra casa finca y grabado en madera dice Los galgos, entonces sé que no es cierto, que no hay separación entre la vida y la literatura, que Sara Gallardo allí en la sierra ocupándose de sus hijos también está escribiendo, por dentro”. Los galgos, esos seres míticos de sus novelas, por quienes compartían admiración con su amigo Manucho. Varias anécdotas refractan a la Sara de La Cumbre como una escritora doméstica, tal como escribe Paula Pico Estrada ―los chicos Pico E., como los nombra su madre en las cartas―, una mujer que escribe y cría y ama y cocina lomitos en la chimenea, les agrega romero de las sierras. Y va a hacer las compras al pueblo que es La Cumbre y sube pesada con las bolsas. Y hasta cocina ñoquis riquísimos para los amiguitos de sus hijos. Tuve la suerte de hablar con una de ellas, alumna de Sara Gallardo en La Cumbre School, un proyecto que Sara fundó junto a otras docentes de la zona y en el que dio clases de lengua a los niños, que la oyeron, entonces, leer La Ilíada y La Odisea. En el mismo lugar, Sara dio talleres de literatura argentina para adultos. Y yo siento una gran envidia por aquellos alumnos que tuvieron clases de literatura argentina junto con la autora nacional.
Me interesa seguir los rastros de Sara Gallardo en Córdoba: “Esa provincia de la salud, a la que iba de chica por el asma y a la que volví por el alma. Mujica Lainez insistió mucho en llevarme a vivir a Cruz Chica. En ese ambiente de fantasía que es El Paraíso estuve nueve meses. No escribía y eso me empujó a irme. Nos mudamos a La Cumbre y, en esa serranía, en esos horizontes infinitos ya estuve mejor”. La vida en la fantasía fue un registro de la existencia en el que Sara estuvo inmersa desde tiempos remotos. En “la burbuja Gallardo”, como llamaban en su familia a la vida en las estancias más improductivas de Buenos Aires, llenas de aves y bañados, como le hubiera gustado a su abuelo naturalista Ángel Gallardo; pasando por el ejercicio de desactualidad que practicaba en sus notas periodísticas, lejos de cualquier agenda, así como la extemporaneidad en sus textos literarios, corrida de la moda, pero nunca completamente afuera de su época. Hay que perder el paraíso para escribir, parece decir esta trayectoria vital, marcada por la fuga y los viajes constantes. “¿A qué vine aquí, finalmente, si no me cabe la menor duda de que en Cruz Chica y La Cumbre encontré el ideal?”, escribe en el 78 a su amigo.


En cualquier caso, los días cordobeses de Sara Gallardo fueron días también de jolgorio siempre que su anfitrión estaba cerca. Escribe en su crónica Los objetos de El Paraíso tras la muerte de su amigo: “Las mujeres allí vivíamos de sport. Dios mío. Pero el miércoles, zapatos de seda en mano, botas en pies, bajábamos por el barro a El Paraíso. Adentro esperaba la belleza: floreros arborescentes, platos de porcelana, fuegos prendidos”. El fuego, lo cálido, el invierno: factores que Sara añora en su correspondencia con Manucho: “Ya estoy extrañando todo aquello, ¡cuánto lo extrañaré dentro de un mes! Me dice Paula que están de fuegos prendidos. Qué olor maravilloso, la nariz se me alarga”, escribe en el 78 a Manucho, un año de mucho epistolario. Un intercambio del que solo leo los envíos de Sara y en el que se advierten el humor ―Mi querido Manuchín, como lo llamaba―, los chismes literarios ―invitaciones al programa de Mirtha Legrand, llamados a contactos que “sirven” para obtener circulación literaria― y las cosas de la vida diaria, las enfermedades, las muertes, la distancia y curiosidades: Sara Gallardo, digitopunturista. “¿Qué te diré de nosotros que no te haya contado ya? Ah, ya sé: que estoy estudiando Digitopuntura! Para cuando vaya en abril estaré bastante avanzada, aunque luego, debo completar con un semestre más que me permitirá ejercer… ¿Pondré un Instituto donde atenderé en kimono? Todo puede suceder en este mundo”, confiesa en el 79 a Manucho.
Misma confesión que hace en una entrevista con Esteban Peicovich, en la que resalta como vital su vínculo con la naturaleza: “Esto de la bioenergía china que estudio ahora es lo mismo, es mirar la misma cosa, lo viviente”. Ese costado místico que quizás compartiera con su marido, Héctor Murena. La pérdida de la que fue a curarse a El Paraíso: “En La Cumbre recompuse mis lutos, luché contra el nihilismo y volví a lo elemental de la vida: las cosas diarias, los pájaros, las heladas, el fuego”. Reconstruir el paraíso, vivir en él, imposibilitada, por el dolor y por la belleza, de la escritura. ¿Pero qué es escribir? Corregir, editar, ampliar, elaborar notas para Confirmado y para La Nación, ¿qué vínculo con la escritura anula el dolor agudo, la perfección, los lujos? ¿Por qué esas otras labores no son escribir? En Córdoba, la escritora vive para sanar, pero no puede allí ingresar en una dimensión más vital de la escritura: ¿tomada por el duelo? ¿Eclipsada por su amigo? Abandonada por los dioses de la escritura, prefería pensar ella, lejos de los psicologismos.


También yo tengo que dejar El Paraíso, aunque quisiera permanecer en su patio laberíntico, leyendo estas cartas al sol. Ya en La Cumbre, visito una librería y consigo la versión agotada de una compilación de las crónicas de Sara, Los oficios, reunidas por Lucía de Leone. Antes, caminamos maravillados y enojados con la aristocracia argentina, ¿cómo son posibles todos estos palacios? La princesa sigue sin aparecer aunque damos con la supuesta morada de su exilio. Con un código QR, accedemos a la historia de su arquitectura. Ningún comentario sobre doncellas. En la caminata, encontramos algo más: una casita, más modesta que el resto. Su nombre es Espinillo.

*Por Camila Vazquez para La tinta.
